Inicio Foros Formación cofrade Santoral 15/08/2013 San Alipio de Tagaste, obispo.

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    La Asunción de Nuestra Señora. Nuestra Señora del Alcázar, de Begoña, de la Paloma, de Los Reyes, del Alba. Santos: Alfredo, Alipio, Arnulfo, Juan, obispos; Luis Batis Sainz, sacerdote mártir; Napoleón, Saturnino, Manuel Morales y Salvador Lara Puente, mártires; Alicia (= Adela), Margarita, Emilia, vírgenes; María Sagrario de San Luis Gonzaga, mártir (beata).

    San Alipio de Tagaste, obispo.

    Las noticias sobre la vida de este santo, podemos hallarlas casi totalmente, en las obras de su gran amigo San Agustín, con quien compartió los errores de la juventud, la conversión y las fatigas del apostolado.

    Nació en Tagaste hoy Souk Ahras de Argelia, de padres que formaban parte de la clase noble local, quienes le pusieron el nombre de Alipio cuyo significado es «sin pena» y viene de la lengua griega.

    Pequeño de estatura, pero de ánimo fuerte y de carácter virtuoso, trabó una afectuosa e íntima amistad con Agustín, hasta el punto de que éste lo llama repetidamente “frater cordis mei”, hermano de mi corazón. Con él compartió los errores de juventud, la conversión, la vida religiosa y las fatigas del apostolado. San Agustín le describe como persona de índole religiosa, de gran honradez e imparcialidad por su amor a la justicia.

    Algún año más joven que su amigo, frecuentó las escuelas de gramática de su tierra y las de retórica en Cartago; lo precedió en Roma, donde fue a estudiar derecho, y, más tarde, lo acompañó a Milán. En Roma fue consejero del “comes” distribuidor de las subvenciones a Italia, y dio muestras, poco frecuentes en estas circunstancias, de integridad y desinterés.

    Resistió enérgicamente a las pretensiones de un potente senador que intentó inducirlo a cometer irregularidades, mostrándose indiferente, con la admiración general, tanto ante las amenazas como ante las lisonjas: “Alma rara, escribe San Agustín, que no hizo caso de la amistad, ni temió el resentimiento de un hombre tan poderoso, célebre por los innumerables medios de que dispuso para hacer el bien o el mal”. La amistad con Agustín sirvió para retraerlo momentáneamente de la pasión por los juegos del circo, pero le arrastró el maniqueísmo.

    Con el amigo, Alipio vivió la aventura del retorno a la fe. Casto de costumbres, le fue una gran ayuda en la lucha contra las pasiones y le desaconsejó unirse a una mujer para no renunciar a vivir libremente en el amor de la sabiduría. Estuvo presente en la crisis de la conversión y siguió su ejemplo. Se retiró con él a Casiciaco, donde participaba en las discusiones filosóficas y, junto con él, recibió el bautismo el 25 de abril del 387.

    Al año siguiente, Alipio volvió a África, y en Tagaste se retiró con los amigos a la vida cenobítica. En el 391 siguió a Agustín en el monasterio de Hipona. Poco después, viajó a oriente e hizo amistad con San Jerónimo. Fue estimado por San Paulino de Nola, quien admiró su santidad y su celo.

    Elegido obispo de Tagaste, hacia el año 394, cuando Agustín era todavía sacerdote, a su lado, casi durante cuarenta años, brilla en la iglesia de África como reformador del clero, maestro de vida monástica (Santa Melania, la joven, permaneció siete años en Tagaste bajo su dirección) y defensor de la fe contra donatistas y pelagianos.

    En el 411 participó en la conferencia de Cartago, siendo uno de los siete obispos católicos que disputaron con los donatistas. Contra los pelagianos se empleó con tal fuerza, que los herejes le unieron a Agustín en el odio y a Jerónimo en el mérito. En el 416 participó en el concilio de Milevi (Numidia) y escribió sobre esta reunión al papa Inocencio.

    Por motivo de la causa pelagiana viajó varias veces a Italia, llevando obras agustinianas al pontífice Bonifacio y al “Comes” Valerio. En el 428, desde Roma, le mandó al amigo una réplica de Juliano, e insistió para que le contestara.

    Son las últimas noticias que tenemos de él. Se supone que estuvo en Hipona durante la muerte de San Agustín y que murió en el mismo año de 430.

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