Inicio › Foros › Formación cofrade › Evangelio Dominical y Festividades › Evangelio Domingo 02/04/2017 5ª Semana de Cuaresma.
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28 marzo, 2017 a las 18:41 #10049
Anónimo
Inactivo«Yo soy la resurrección y la vida»Lectura del santo evangelio según San JuanEn aquel tiempo, las hermanas de Lázaro mandaron recado a Jesús, diciendo: «Señor, tu amigo está enfermo.»
Jesús, al oírlo, dijo: «Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.»
Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo, se quedó todavía dos días en donde estaba.
Sólo entonces dice a sus discípulos: «Vamos otra vez a Judea.»
Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado.
Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. Y dijo Marta a Jesús; «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá.»
Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará.»
Marta respondió: «Sé que resucitará en la resurrección del último día.»
Jesús le dice: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mi, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mi, no morirá para siempre. ¿Crees esto?»
Ella le contestó: «Si, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.»
Jesús sollozó y, muy conmovido, preguntó: «¿Dónde lo habéis enterrado?»
Le contestaron: «Señor, ven a verlo.»
Jesús se echó a llorar.
Los judíos comentaban: «¡Cómo lo quería!»
Pero algunos dijeron: «Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera éste?»
Jesús, sollozando de nuevo, llega al sepulcro. Era una cavidad cubierta con una losa. Dice Jesús: «Quitad la losa.»
Marta, la hermana del muerto, le dice: «Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días.»
Jesús le dice: «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?»
Entonces quitaron la losa.
Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado.»
Y dicho esto, gritó con voz potente: «Lázaro, ven afuera.»
El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario.
Jesús les dijo: «Desatadlo y dejadlo andar.»
Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.
Palabra del Señor.1 abril, 2017 a las 9:57 #12883Anónimo
InactivoLa Cuaresma va llegando a su fin. El próximo domingo comienza la Semana Santa con el Domingo de Ramos. Dejo los comentarios al evangelio de este último domingo cuaresmal. EL DERECHO A MORIR MEJOR[align=justify]En poco tiempo se ha impuesto entre nosotros un nuevo estilo de morir. Hoy se muere más tarde y también de forma más lenta. Se muere con menos dolor, pero más solos. Mejor atendidos técnicamente, pero peor acompañados.En otros tiempos, el moribundo era el auténtico protagonista de su muerte. Advertido de la proximidad de la última hora, él mismo presidía el acontecimiento: reunía a sus seres queridos, les daba las últimas recomendaciones, pedía perdón, recibía los sacramentos y se despedía hasta la otra vida. Rara vez sucede hoy así.
La muerte se va convirtiendo cada vez más en un proceso despersonalizado, confinado a los profesionales sanitarios, y vaciado en buena parte de su contenido humano y religioso. En muchos casos, el enfermo queda abandonado, a la espera de su muerte más o menos presentida, como si ya no fuera necesaria ninguna otra ayuda o acompañamiento, excepto el control de los aparatos de asistencia. Mientras tanto, una conspiración de silencio impide al enfermo preparar y vivir su muerte de forma más lúcida y responsable.
No es fácil entender cómo, en una sociedad aparentemente tan celosa de la dignidad de la persona, no se genera una reacción ante este estado de cosas y no se grita con fuerza el derecho a morir con más dignidad. La muerte pertenece a la persona y no a la medicina. El enfermo tiene derecho, no sólo a una asistencia médica que alivie su dolor y le proporcione la mejor calidad de vida posible. Ha de recibir también la ayuda necesaria para vivir su muerte de forma humana. Cuando ya no se puede curar, se puede y se debe aliviar, acompañar y ayudar a morir dignamente. Del mismo modo que nadie ha de vivir solo y abandonado, sin la ayuda necesaria para vivir con dignidad, tampoco se ha de abandonar a una persona sin la ayuda adecuada para enfrentarse a su muerte de forma digna.
El momento de la muerte recae hoy casi por completo sobre el equipo sanitario y, de manera particular, sobre las enfermeras. Son éstas las que ayudan más de cerca al moribundo, de forma muchas veces admirable. Pero no basta. El enfermo puede necesitar curar heridas que arrastra del pasado, enfrentarse a sentimientos de culpabilidad, abrirse confiadamente al misterio, reconciliarse con Dios, pedir perdón, sentirse aceptado, despedirse con paz.
Todo moribundo, cualquiera que sea su visión religiosa, su fe o actitud existencial, tiene derecho a ser mejor atendido en el momento de enfrentarse a la experiencia más densa y decisiva de su vida. Una organización más adecuada de la asistencia hospitalaria, una mayor atención de familiares y amigos, una actuación más responsable de sacerdotes y creyentes podría aliviar y hacer más humana la muerte de no pocos.
Y dichosos también hoy los que, solos o mal acompañados, mueran confiando en aquel que dijo: «Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera, vivirá.»
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[align=right]José Antonio Pagola[/align] EL ÚLTIMO EVANGELIO[align=justify]El último evangelio, atribuido por la tradición a Juan, es un escrito que va a iluminar la vida de Jesús con una profundidad teológica nunca antes desarrollada por ningún evangelista.Jesús no es solo el gran Profeta de Dios. Es «la Palabra de Dios hecha carne», hecha vida humana; Jesús es Dios hablándonos desde la vida concreta de este hombre.
Más aún, en la resurrección, Dios se ha manifestado tan identificado con Jesús que el evangelista se atreve a poner en su boca estas misteriosas palabras: «El Padre y yo somos uno», «el Padre está en mí y yo en el Padre».
Por supuesto, Dios sigue siendo un misterio. Nadie lo ha visto, pero Jesús, que es su Hijo y viene del seno del Padre, «nos lo ha dado a conocer». Por eso Juan va narrando los «signos» que Jesús hace revelando la gloria que se encierra en él, como Hijo de Dios enviado por el Padre para salvar al mundo.
Si cura a un ciego es para manifestar: «Yo soy la luz del mundo. El que me siga no caminará a oscuras, sino que tendrá la luz de la vida».
Si resucita a Lázaro es para proclamar: «Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá».
A la luz de la resurrección, el evangelista revela que el objetivo supremo de Jesús es dar vida: «Yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia».
Es lo único que Dios quiere para sus hijos e hijas. «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Dios no envió a su Hijo al mundo para condenarlo, sino para salvarlo» .
A la luz de la resurrección todo cobra una profundidad grandiosa que no podían sospechar cuando le seguían por Galilea.
Aquel Jesús al que han visto curar, acoger, perdonar, abrazar y bendecir es el gran regalo que Dios ha hecho al mundo para que todos encuentren en él la salvación.
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[align=right]José Antonio Pagola[/align] ASÍ QUIERO MORIR YO[align=justify]Jesús nunca oculta su cariño hacia tres hermanos que viven en Betania. Seguramente son los que le acogen en su casa siempre que sube a Jerusalén. Un día, Jesús recibe un recado: «Nuestro hermano Lázaro, tu amigo, está enfermo». Al poco tiempo Jesús se encamina hacia la pequeña aldea.Cuando se presenta, Lázaro ha muerto ya. Al verlo llegar, María, la hermana más joven, se echa a llorar. Nadie la puede consolar. Al ver llorar a su amiga y también a los judíos que la acompañan, Jesús no puede contenerse. También él «se echa a llorar» junto a ellos. La gente comenta: «¡Cómo lo quería!».
Jesús no llora solo por la muerte de un amigo muy querido. Se le rompe el alma al sentir la impotencia de todos ante la muerte. Todos llevamos en lo más íntimo de nuestro ser un deseo insaciable de vivir. ¿Por qué hemos de morir? ¿Por qué la vida no es más dichosa, más larga, más segura, más vida?
El hombre de hoy, como el de todas las épocas, lleva clavada en su corazón la pregunta más inquietante y más difícil de responder: ¿qué va a ser de todos y cada uno de nosotros? Es inútil tratar de engañarnos. ¿Qué podemos hacer ante la muerte? ¿Rebelarnos? ¿Deprimirnos?
Sin duda, la reacción más generalizada es olvidarnos y «seguir tirando». Pero, ¿no está el ser humano llamado a vivir su vida y a vivirse a sí mismo con lucidez y responsabilidad? ¿Solo hacia nuestro final nos hemos de acercar de forma inconsciente e irresponsable, sin tomar postura alguna?
Ante el misterio último de la muerte no es posible apelar a dogmas científicos ni religiosos. No nos pueden guiar más allá de esta vida. Más honrada parece la postura del escultor Eduardo Chillida, al que en cierta ocasión le escuché decir: «De la muerte, la razón me dice que es definitiva. De la razón, la razón me dice que es limitada».
Los cristianos no sabemos de la otra vida más que los demás. También nosotros nos hemos de acercar con humildad al hecho oscuro de nuestra muerte. Pero lo hacemos con una confianza radical en la bondad del Misterio de Dios que vislumbramos en Jesús. Ese Jesús al que, sin haberlo visto, amamos y al que, sin verlo aún, damos nuestra confianza.
Esta confianza no puede ser entendida desde fuera. Solo puede ser vivida por quien ha respondido, con fe sencilla, a las palabras de Jesús: «Yo soy la resurrección y la vida. ¿Crees tú esto?». Recientemente, Hans Küng, el teólogo católico más crítico del siglo XX, cercano ya a su final, ha dicho que, para él, morirse es «descansar en el misterio de la misericordia de Dios». Así quiero morir yo.
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[align=right]José Antonio Pagola[/align] También el de Fano.
JESÚS ES VIDA[align=justify]Jesús es Vida. Jesús ha venido a dar Vida y Vida en abundancia. De la buena. Me rescata de la fosa de la desesperación. Me arranca del llanto y del temor. Me da su Paz. Me dice nuevamente: “¡Levántate y anda!”[/align]
[align=right]Dibujo: Patxi Velasco, Fano.Texto: Fernando Cordero, ss.cc.
[/align] 1 abril, 2017 a las 9:57 #18936Anónimo
InactivoLa Cuaresma va llegando a su fin. El próximo domingo comienza la Semana Santa con el Domingo de Ramos. Dejo los comentarios al evangelio de este último domingo cuaresmal. EL DERECHO A MORIR MEJOR[align=justify]En poco tiempo se ha impuesto entre nosotros un nuevo estilo de morir. Hoy se muere más tarde y también de forma más lenta. Se muere con menos dolor, pero más solos. Mejor atendidos técnicamente, pero peor acompañados.En otros tiempos, el moribundo era el auténtico protagonista de su muerte. Advertido de la proximidad de la última hora, él mismo presidía el acontecimiento: reunía a sus seres queridos, les daba las últimas recomendaciones, pedía perdón, recibía los sacramentos y se despedía hasta la otra vida. Rara vez sucede hoy así.
La muerte se va convirtiendo cada vez más en un proceso despersonalizado, confinado a los profesionales sanitarios, y vaciado en buena parte de su contenido humano y religioso. En muchos casos, el enfermo queda abandonado, a la espera de su muerte más o menos presentida, como si ya no fuera necesaria ninguna otra ayuda o acompañamiento, excepto el control de los aparatos de asistencia. Mientras tanto, una conspiración de silencio impide al enfermo preparar y vivir su muerte de forma más lúcida y responsable.
No es fácil entender cómo, en una sociedad aparentemente tan celosa de la dignidad de la persona, no se genera una reacción ante este estado de cosas y no se grita con fuerza el derecho a morir con más dignidad. La muerte pertenece a la persona y no a la medicina. El enfermo tiene derecho, no sólo a una asistencia médica que alivie su dolor y le proporcione la mejor calidad de vida posible. Ha de recibir también la ayuda necesaria para vivir su muerte de forma humana. Cuando ya no se puede curar, se puede y se debe aliviar, acompañar y ayudar a morir dignamente. Del mismo modo que nadie ha de vivir solo y abandonado, sin la ayuda necesaria para vivir con dignidad, tampoco se ha de abandonar a una persona sin la ayuda adecuada para enfrentarse a su muerte de forma digna.
El momento de la muerte recae hoy casi por completo sobre el equipo sanitario y, de manera particular, sobre las enfermeras. Son éstas las que ayudan más de cerca al moribundo, de forma muchas veces admirable. Pero no basta. El enfermo puede necesitar curar heridas que arrastra del pasado, enfrentarse a sentimientos de culpabilidad, abrirse confiadamente al misterio, reconciliarse con Dios, pedir perdón, sentirse aceptado, despedirse con paz.
Todo moribundo, cualquiera que sea su visión religiosa, su fe o actitud existencial, tiene derecho a ser mejor atendido en el momento de enfrentarse a la experiencia más densa y decisiva de su vida. Una organización más adecuada de la asistencia hospitalaria, una mayor atención de familiares y amigos, una actuación más responsable de sacerdotes y creyentes podría aliviar y hacer más humana la muerte de no pocos.
Y dichosos también hoy los que, solos o mal acompañados, mueran confiando en aquel que dijo: «Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera, vivirá.»
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[align=right]José Antonio Pagola[/align] EL ÚLTIMO EVANGELIO[align=justify]El último evangelio, atribuido por la tradición a Juan, es un escrito que va a iluminar la vida de Jesús con una profundidad teológica nunca antes desarrollada por ningún evangelista.Jesús no es solo el gran Profeta de Dios. Es «la Palabra de Dios hecha carne», hecha vida humana; Jesús es Dios hablándonos desde la vida concreta de este hombre.
Más aún, en la resurrección, Dios se ha manifestado tan identificado con Jesús que el evangelista se atreve a poner en su boca estas misteriosas palabras: «El Padre y yo somos uno», «el Padre está en mí y yo en el Padre».
Por supuesto, Dios sigue siendo un misterio. Nadie lo ha visto, pero Jesús, que es su Hijo y viene del seno del Padre, «nos lo ha dado a conocer». Por eso Juan va narrando los «signos» que Jesús hace revelando la gloria que se encierra en él, como Hijo de Dios enviado por el Padre para salvar al mundo.
Si cura a un ciego es para manifestar: «Yo soy la luz del mundo. El que me siga no caminará a oscuras, sino que tendrá la luz de la vida».
Si resucita a Lázaro es para proclamar: «Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá».
A la luz de la resurrección, el evangelista revela que el objetivo supremo de Jesús es dar vida: «Yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia».
Es lo único que Dios quiere para sus hijos e hijas. «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Dios no envió a su Hijo al mundo para condenarlo, sino para salvarlo» .
A la luz de la resurrección todo cobra una profundidad grandiosa que no podían sospechar cuando le seguían por Galilea.
Aquel Jesús al que han visto curar, acoger, perdonar, abrazar y bendecir es el gran regalo que Dios ha hecho al mundo para que todos encuentren en él la salvación.
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[align=right]José Antonio Pagola[/align] ASÍ QUIERO MORIR YO[align=justify]Jesús nunca oculta su cariño hacia tres hermanos que viven en Betania. Seguramente son los que le acogen en su casa siempre que sube a Jerusalén. Un día, Jesús recibe un recado: «Nuestro hermano Lázaro, tu amigo, está enfermo». Al poco tiempo Jesús se encamina hacia la pequeña aldea.Cuando se presenta, Lázaro ha muerto ya. Al verlo llegar, María, la hermana más joven, se echa a llorar. Nadie la puede consolar. Al ver llorar a su amiga y también a los judíos que la acompañan, Jesús no puede contenerse. También él «se echa a llorar» junto a ellos. La gente comenta: «¡Cómo lo quería!».
Jesús no llora solo por la muerte de un amigo muy querido. Se le rompe el alma al sentir la impotencia de todos ante la muerte. Todos llevamos en lo más íntimo de nuestro ser un deseo insaciable de vivir. ¿Por qué hemos de morir? ¿Por qué la vida no es más dichosa, más larga, más segura, más vida?
El hombre de hoy, como el de todas las épocas, lleva clavada en su corazón la pregunta más inquietante y más difícil de responder: ¿qué va a ser de todos y cada uno de nosotros? Es inútil tratar de engañarnos. ¿Qué podemos hacer ante la muerte? ¿Rebelarnos? ¿Deprimirnos?
Sin duda, la reacción más generalizada es olvidarnos y «seguir tirando». Pero, ¿no está el ser humano llamado a vivir su vida y a vivirse a sí mismo con lucidez y responsabilidad? ¿Solo hacia nuestro final nos hemos de acercar de forma inconsciente e irresponsable, sin tomar postura alguna?
Ante el misterio último de la muerte no es posible apelar a dogmas científicos ni religiosos. No nos pueden guiar más allá de esta vida. Más honrada parece la postura del escultor Eduardo Chillida, al que en cierta ocasión le escuché decir: «De la muerte, la razón me dice que es definitiva. De la razón, la razón me dice que es limitada».
Los cristianos no sabemos de la otra vida más que los demás. También nosotros nos hemos de acercar con humildad al hecho oscuro de nuestra muerte. Pero lo hacemos con una confianza radical en la bondad del Misterio de Dios que vislumbramos en Jesús. Ese Jesús al que, sin haberlo visto, amamos y al que, sin verlo aún, damos nuestra confianza.
Esta confianza no puede ser entendida desde fuera. Solo puede ser vivida por quien ha respondido, con fe sencilla, a las palabras de Jesús: «Yo soy la resurrección y la vida. ¿Crees tú esto?». Recientemente, Hans Küng, el teólogo católico más crítico del siglo XX, cercano ya a su final, ha dicho que, para él, morirse es «descansar en el misterio de la misericordia de Dios». Así quiero morir yo.
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[align=right]José Antonio Pagola[/align] También el de Fano.
JESÚS ES VIDA[align=justify]Jesús es Vida. Jesús ha venido a dar Vida y Vida en abundancia. De la buena. Me rescata de la fosa de la desesperación. Me arranca del llanto y del temor. Me da su Paz. Me dice nuevamente: “¡Levántate y anda!”[/align]
[align=right]Dibujo: Patxi Velasco, Fano.Texto: Fernando Cordero, ss.cc.
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