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15 septiembre, 2017 a las 12:06 #10243
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InactivoNuestra Señora de los Dolores (Soledad, Sol, Marisol, Angustias). Santos: Nicomedes, Valeriano, Emila (Emiliano, Emilia) y Jeremías, Militina, Cirino, Serapión, Leoncio, Herculano, Máximo, Teódoto, Asclepiódoto, Nicetas, Porfirio, mártires; Silvano, Epiro, Leobino, obispos; Albino, Apro, confesores; Aicardo, abad; Rolando, ermitaño; Eutropia.Santos Emilas y Jeremías, mártires.Entre los muchos Mártires de Jesucristo que ennoblecieron a Córdoba en tiempo en que el Rey Moro Abderramán perseguía de muerte a los cristianos, se numeran a San Emila, y Jeremías ambos naturales de la misma ciudad, que si bien distinguidos por su calificada nobleza, lo fueron mucho más por el generoso brío con que pelearon contra los infieles, triunfando de ellos gloriosamente. Estudiaron los dos, según nos dice San Eulogio, historiador de sus Actas, en la iglesia de San Cipriano, una de las escuelas en que se instruían los jóvenes cristianos en letras, y en virtudes; bajo la enseñanza de los mas hábiles preceptores y habiendo ascendido Emila al sagrado ministerio de Levita [diácono], siguió Jeremías en el estado secular las funciones de su profesión.
Encendieron ambos, en vivísimos deseos de la gloria del martirio, y como se hallaban perfectamente instruidos en el idioma africano, y en las ridículas supersticiones de la secta Mahometana, valiéndose de esta pericia como de armas para conquistar el cielo, se presentaron al Tribunal de los infieles e hicieron una confesión pública de la fe de Jesucristo; pero no satisfechos de acción tan gloriosa, comenzaron a declamar, especialmente Emila, contra el falso profeta Mahoma en términos, que en comparación de los desprecios que de él hicieron los dos ilustres Confesores, estimaron en poco los Agarenos todas las maledicencias que habían dicho contra su Legislador los mártires precedentes.
No es fácil poder explicar la ira que concibieron los bárbaros, al ver la generosa libertad con que a su presencia blasfemaban Emila y Jeremías de aquel a quien tenían por su gran Profeta: y arrebatados de un furor extraordinario, no trataron sólo de quitar la vida a los dos atrevidos jóvenes, sino de acabar enteramente con todos los Cristianos; pero reflexionando, que seria consiguiente en este caso la destrucción de su Imperio, cuando tenían la experiencia, que sin afligirlos se ofrecían voluntariamente al martirio los fieles de todos estados, sexos, y condiciones, contenidos con este temor, descargaron su cólera contra los dos esforzados militares de Jesucristo.
Quisieron primero molestarlos con las miserias, y con los trabajos de una dura prisión; pero conociendo que en lugar de abatir el valor de los dos jóvenes, se aumentaba cada día, los mandaron degollar en el 15 de Septiembre del año 852: logrando por este medio la apetecida corona del martirio.
Estaba el Cielo sereno cuando se ejecutó la sentencia: y queriendo el Señor manifestar su indignación por la injusticia de aquel castigo, se movió de repente una tempestad tan furiosa de truenos formidables, y de encendidos relámpagos, que parecía querer Dios aniquilar a Córdoba; más no por esto dejaron los moros de continuar en su bárbara costumbre, en fuerza de la cual colgaron en unos palos los cuerpos de los dos insignes mártires a la vista de la ciudad, para que sirviesen de escarmiento. Después, por orden de Abderramán, fueron echados con los de San Rogelio, y Servideo, que padecieron en el siguiente día, en una ardiente hoguera, a fin de que quedasen reducidos a cenizas: las que recogidas por los cristianos, se depositaron en lugares sagrados, donde les tributaron la veneración correspondiente.
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