Inicio Foros Formación cofrade Evangelio Dominical y Festividades Evangelio domingo 12/11/2017 32º de Tiempo Ordinario Ciclo A

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  • #10308
    Anónimo
    Inactivo

    ¡Que llega el esposo, salid a su encuentro!

    Lectura del santo Evangelio según San Mateo

    En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:

    «Se parecerá el reino de los cielos a diez vírgenes que tomaron sus lámparas y salieron a encuentro del esposo.

    Cinco de ellas eran necias y cinco eran prudentes.

    Las necias, al tomar las lámparas, no se proveyeron de aceite; en cambio, las prudentes se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas.

    El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron.

    A medianoche se oyó una voz:

    «¡Que llega el esposo, salid a su encuentro!»

    Entonces se despertaron todas aquellas vírgenes y se pusieron a preparar sus lámparas.

    Y las necias dijeron a las prudentes:

    «Dadnos de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas.”

    Pero las prudentes contestaron:

    «Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis».

    Mientras iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta.

    Más tarde llegaron también las otras vírgenes, diciendo:

    «Señor, señor, ábrenos.»

    Pero él respondió:

    «En verdad os digo que no os conozco.»

    Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora».

    Palabra del Señor.

    #12910
    Anónimo
    Inactivo

    Os dejo los comentarios al Evangelio del domingo.

    INCREDULIDAD DE LOS CREYENTES

    Se nos apagan las lámparas.

    [align=justify]Desde hace algunos años se viene designando así la paradójica situación de hombres y mujeres que se confiesan creyentes, pero en los que la fe ya no es una fuerza que influya en sus vidas. Cristianos de fe tan lánguida, esperanza tan apagada y vida tan pagana como la de muchos contemporáneos que ya no se dicen creyentes.

    Son personas que viven en un estado intermedio entre el cristianismo tradicional que conocieron de niños y la descristianización general que respiran hoy en su entorno. Se confiesan cristianos, pero su vida cotidiana se nutre de fuentes, convicciones e impulsos muy alejados del espíritu de Cristo.

    Mal cuidada y peor alimentada, la fe va perdiendo fuerza en ellos, mientras la incredulidad se va extendiendo en sus conciencias de manera casi imperceptible, pero cada vez más firme.

    Cristianos de rostro irreconocible, su estado está bien descrito en esas jóvenes de la parábola evangélica que dejan que se apaguen sus lámparas antes de que llegue el esposo.

    ¿Es posible reavivar de nuevo esa fe antes de que sea demasiado tarde? ¿Es posible que vuelva a iluminar la vida de quien se va deslizando poco a poco hacia la incredulidad total?

    Antes que nada, es necesario reconocer la propia incoherencia y reaccionar. No es sano vivir en la contradicción sin plantearla explícitamente y resolverla. Hay que pasar del «cristianismo por nacimiento» al «cristianismo por elección». ¿Cómo va a ser uno creyente en una sociedad laica y plural, si no es por decisión consciente y libre?

    Pero es necesario, además, cuidar la fe, conocerla cada vez mejor, cultivarla. Un cristiano ha de preocuparse de leer personalmente el evangelio e interesarse por el estudio de la persona de Cristo y su mensaje. Difícilmente se sostendrá hoy «la fe del carbonero» en una sociedad donde el cristianismo está expuesto a un examen cada vez más crítico.

    Pero, lo más decisivo es, sin duda, alimentar la experiencia religiosa. La fe consiste básicamente en fundamentar nuestra existencia, no en nosotros mismos sino en Dios. Cuando falta esta entrega confiada a Dios, la fe queda reducida a un añadido artificial y engañoso.

    ¿Cómo puede decirse creyente un hombre que no invoca a Dios ni se para nunca a escucharlo vivo en su interior? ¿Cómo puede crecer la esperanza de un cristiano que no celebra nunca el domingo ni se alimenta jamás de la Eucaristía? El cristiano sólo crece cuando acierta a alimentar «la lámpara» de su fe.[/align]
    [align=right]José Antonio Pagola[/align]

    ENVEJECER CON SABIDURIA

    [align=justify]Envejecer no es una desgracia. Nuestra vida tiene su ritmo y no lo podemos alterar. La verdadera sabiduría consiste en saber aceptarlo sin amargura ni enojos inútiles, tal como Dios lo ha querido para cada uno de nosotros.

    Saber caminar en paz, al ritmo de cada edad, disfrutando del encanto y las posibilidades que nos ofrece cada día que vivimos.

    En una sencilla parábola, Jesús nos pone en guardia ante un peligro que acecha siempre al ser humano pero que puede acentuarse en los últimos años. El peligro de gastarnos, «quedarnos sin aceite», dejar que el espíritu se apague en nosotros.

    Sin duda, la vejez trae consigo limitaciones inevitables. Nuestro cuerpo no nos responde como quisiéramos. Nuestra mente no es tan lúcida como en otros tiempos. El contacto con el mundo que nos rodea puede hacerse más difícil.

    Pero nuestro mundo interior puede crecer y ensancharse. Cuando han terminado ya otras preocupaciones y trabajos que nos han tenido tantos años lejos de nosotros mismos, puede ser el momento de encontrarnos por fin con nosotros y con Dios.

    Es el momento de dedicarnos a lo realmente importante. Tenemos tiempo para disfrutar de cada cosa por pequeña que nos parezca. Podemos vivir más despacio. Descansar. Hacer balance de las experiencias acumuladas a lo largo de los años.

    Tal vez, sólo el anciano puede vivir con verdadera sabiduría, con sensatez y hasta con humor. Él sabe mejor que nadie como funciona la vida, cuánta importancia le damos a cosas que apenas la tienen. Sus años le permiten mirarlo todo con más realismo, con más comprensión y ternura.

    Lo importante es no perder la energía interior. Cuando nos quedamos vacíos por dentro, es fácil caer en la amargura, el aburrimiento, el desequilibrio emocional y mental.

    Por eso, cuánto bien puede hacerle a la persona avanzada en años el pararse a rezar despacio y sin prisas, con una confianza total en ese Dios que mira nuestra vida y nuestras debilidades con amor y comprensión infinitas. Ese Dios que comprende nuestra soledad y nuestras penas. El Dios que nos espera con los brazos abiertos.

    Jesús tenía razón. Hemos de cuidar que no se nos apague por dentro la vida. Si no encontramos la paz y la felicidad dentro de nosotros, no las encontraremos en ninguna parte. Como ha dicho alguien con ingenio, lo importante no es añadir años a nuestra vida sino añadir vida a nuestros años.[/align]
    [align=right]José Antonio Pagola[/align]

    ENCENDER UNA FE GASTADA

    [align=justify]La primera generación cristiana vivió convencida de que Jesús, el Señor resucitado, volvería muy pronto lleno de vida. No fue así. Poco a poco, los seguidores de Jesús se tuvieron que preparar para una larga espera.

    No es difícil imaginar las preguntas que se despertaron entre ellos. ¿Cómo mantener vivo el espíritu de los comienzos? ¿Cómo vivir despiertos mientras llega el Señor? ¿Cómo alimentar la fe sin dejar que se apague? Un relato de Jesús sobre lo sucedido en una boda les ayudaba a pensar la respuesta.

    Diez jóvenes, amigas de la novia, encienden sus antorchas y se preparan para recibir al esposo. Cuando, al caer el sol, llegue a tomar consigo a la esposa, los acompañarán a ambos en el cortejo que los llevará hasta la casa del esposo donde se celebrará el banquete nupcial.

    Hay un detalle que el narrador quiere destacar desde el comienzo. Entre las jóvenes hay cinco «sensatas» y previsoras que toman consigo aceite para impregnar sus antorchas a medida que se vaya consumiendo la llama. Las otras cinco son unas «necias» y descuidadas que se olvidan de tomar aceite con el riesgo de que se les apaguen las antorchas.

    Pronto descubrirán su error. El esposo se retrasa y no llega hasta medianoche. Cuando se oye la llamada a recibirlo, las sensatas alimentan con su aceite la llama de sus antorchas y acompañan al esposo hasta entrar con él en la fiesta. Las necias no saben sino lamentarse: «Que se nos apagan las antorchas». Ocupadas en adquirir aceite, llegan al banquete cuando la puerta está cerrada. Demasiado tarde.

    Muchos comentaristas tratan de buscar un significado secreto al símbolo del «aceite». ¿Está Jesús hablando del fervor espiritual, del amor, de la gracia bautismal…? Tal vez es más sencillo recordar su gran deseo: «Yo he venido a traer fuego a la tierra, y ¿qué he de querer sino que se encienda?». ¿Hay algo que pueda encender más nuestra fe que el contacto vivo con él?

    ¿No es una insensatez pretender conservar una fe gastada sin reavivarla con el fuego de Jesús? ¿No es una contradicción creernos cristianos sin conocer su proyecto ni sentirnos atraídos por su estilo de vida?

    Necesitamos urgentemente una calidad nueva en nuestra relación con él. Cuidar todo lo que nos ayude a centrar nuestra vida en su persona. No gastar energías en lo que nos distrae o desvía de su Evangelio. Encender cada domingo nuestra fe rumiando sus palabras y comulgando vitalmente con él. Nadie puede transformar nuestras comunidades como Jesús.[/align]
    [align=right]José Antonio Pagola[/align]

    También el de Kamiano.

    PONTE LAS PILAS, RECARGA TU BATERÍA

    [align=justify]Al hilo del Evangelio de este domingo, Patxi V. FANO nos invita a orar: Ponte las pilas, carga tu batería. Nos ofrece algunas indicaciones:

    •Quien espera la llamada de Jesús que no olvide el cargador.

    •Enchúfate a su Palabra, conéctate…

    •No dejes que sea una llamada perdida.[/align]

    Fraternalmente.

    #18963
    Anónimo
    Inactivo

    Os dejo los comentarios al Evangelio del domingo.

    INCREDULIDAD DE LOS CREYENTES

    Se nos apagan las lámparas.

    [align=justify]Desde hace algunos años se viene designando así la paradójica situación de hombres y mujeres que se confiesan creyentes, pero en los que la fe ya no es una fuerza que influya en sus vidas. Cristianos de fe tan lánguida, esperanza tan apagada y vida tan pagana como la de muchos contemporáneos que ya no se dicen creyentes.

    Son personas que viven en un estado intermedio entre el cristianismo tradicional que conocieron de niños y la descristianización general que respiran hoy en su entorno. Se confiesan cristianos, pero su vida cotidiana se nutre de fuentes, convicciones e impulsos muy alejados del espíritu de Cristo.

    Mal cuidada y peor alimentada, la fe va perdiendo fuerza en ellos, mientras la incredulidad se va extendiendo en sus conciencias de manera casi imperceptible, pero cada vez más firme.

    Cristianos de rostro irreconocible, su estado está bien descrito en esas jóvenes de la parábola evangélica que dejan que se apaguen sus lámparas antes de que llegue el esposo.

    ¿Es posible reavivar de nuevo esa fe antes de que sea demasiado tarde? ¿Es posible que vuelva a iluminar la vida de quien se va deslizando poco a poco hacia la incredulidad total?

    Antes que nada, es necesario reconocer la propia incoherencia y reaccionar. No es sano vivir en la contradicción sin plantearla explícitamente y resolverla. Hay que pasar del «cristianismo por nacimiento» al «cristianismo por elección». ¿Cómo va a ser uno creyente en una sociedad laica y plural, si no es por decisión consciente y libre?

    Pero es necesario, además, cuidar la fe, conocerla cada vez mejor, cultivarla. Un cristiano ha de preocuparse de leer personalmente el evangelio e interesarse por el estudio de la persona de Cristo y su mensaje. Difícilmente se sostendrá hoy «la fe del carbonero» en una sociedad donde el cristianismo está expuesto a un examen cada vez más crítico.

    Pero, lo más decisivo es, sin duda, alimentar la experiencia religiosa. La fe consiste básicamente en fundamentar nuestra existencia, no en nosotros mismos sino en Dios. Cuando falta esta entrega confiada a Dios, la fe queda reducida a un añadido artificial y engañoso.

    ¿Cómo puede decirse creyente un hombre que no invoca a Dios ni se para nunca a escucharlo vivo en su interior? ¿Cómo puede crecer la esperanza de un cristiano que no celebra nunca el domingo ni se alimenta jamás de la Eucaristía? El cristiano sólo crece cuando acierta a alimentar «la lámpara» de su fe.[/align]
    [align=right]José Antonio Pagola[/align]

    ENVEJECER CON SABIDURIA

    [align=justify]Envejecer no es una desgracia. Nuestra vida tiene su ritmo y no lo podemos alterar. La verdadera sabiduría consiste en saber aceptarlo sin amargura ni enojos inútiles, tal como Dios lo ha querido para cada uno de nosotros.

    Saber caminar en paz, al ritmo de cada edad, disfrutando del encanto y las posibilidades que nos ofrece cada día que vivimos.

    En una sencilla parábola, Jesús nos pone en guardia ante un peligro que acecha siempre al ser humano pero que puede acentuarse en los últimos años. El peligro de gastarnos, «quedarnos sin aceite», dejar que el espíritu se apague en nosotros.

    Sin duda, la vejez trae consigo limitaciones inevitables. Nuestro cuerpo no nos responde como quisiéramos. Nuestra mente no es tan lúcida como en otros tiempos. El contacto con el mundo que nos rodea puede hacerse más difícil.

    Pero nuestro mundo interior puede crecer y ensancharse. Cuando han terminado ya otras preocupaciones y trabajos que nos han tenido tantos años lejos de nosotros mismos, puede ser el momento de encontrarnos por fin con nosotros y con Dios.

    Es el momento de dedicarnos a lo realmente importante. Tenemos tiempo para disfrutar de cada cosa por pequeña que nos parezca. Podemos vivir más despacio. Descansar. Hacer balance de las experiencias acumuladas a lo largo de los años.

    Tal vez, sólo el anciano puede vivir con verdadera sabiduría, con sensatez y hasta con humor. Él sabe mejor que nadie como funciona la vida, cuánta importancia le damos a cosas que apenas la tienen. Sus años le permiten mirarlo todo con más realismo, con más comprensión y ternura.

    Lo importante es no perder la energía interior. Cuando nos quedamos vacíos por dentro, es fácil caer en la amargura, el aburrimiento, el desequilibrio emocional y mental.

    Por eso, cuánto bien puede hacerle a la persona avanzada en años el pararse a rezar despacio y sin prisas, con una confianza total en ese Dios que mira nuestra vida y nuestras debilidades con amor y comprensión infinitas. Ese Dios que comprende nuestra soledad y nuestras penas. El Dios que nos espera con los brazos abiertos.

    Jesús tenía razón. Hemos de cuidar que no se nos apague por dentro la vida. Si no encontramos la paz y la felicidad dentro de nosotros, no las encontraremos en ninguna parte. Como ha dicho alguien con ingenio, lo importante no es añadir años a nuestra vida sino añadir vida a nuestros años.[/align]
    [align=right]José Antonio Pagola[/align]

    ENCENDER UNA FE GASTADA

    [align=justify]La primera generación cristiana vivió convencida de que Jesús, el Señor resucitado, volvería muy pronto lleno de vida. No fue así. Poco a poco, los seguidores de Jesús se tuvieron que preparar para una larga espera.

    No es difícil imaginar las preguntas que se despertaron entre ellos. ¿Cómo mantener vivo el espíritu de los comienzos? ¿Cómo vivir despiertos mientras llega el Señor? ¿Cómo alimentar la fe sin dejar que se apague? Un relato de Jesús sobre lo sucedido en una boda les ayudaba a pensar la respuesta.

    Diez jóvenes, amigas de la novia, encienden sus antorchas y se preparan para recibir al esposo. Cuando, al caer el sol, llegue a tomar consigo a la esposa, los acompañarán a ambos en el cortejo que los llevará hasta la casa del esposo donde se celebrará el banquete nupcial.

    Hay un detalle que el narrador quiere destacar desde el comienzo. Entre las jóvenes hay cinco «sensatas» y previsoras que toman consigo aceite para impregnar sus antorchas a medida que se vaya consumiendo la llama. Las otras cinco son unas «necias» y descuidadas que se olvidan de tomar aceite con el riesgo de que se les apaguen las antorchas.

    Pronto descubrirán su error. El esposo se retrasa y no llega hasta medianoche. Cuando se oye la llamada a recibirlo, las sensatas alimentan con su aceite la llama de sus antorchas y acompañan al esposo hasta entrar con él en la fiesta. Las necias no saben sino lamentarse: «Que se nos apagan las antorchas». Ocupadas en adquirir aceite, llegan al banquete cuando la puerta está cerrada. Demasiado tarde.

    Muchos comentaristas tratan de buscar un significado secreto al símbolo del «aceite». ¿Está Jesús hablando del fervor espiritual, del amor, de la gracia bautismal…? Tal vez es más sencillo recordar su gran deseo: «Yo he venido a traer fuego a la tierra, y ¿qué he de querer sino que se encienda?». ¿Hay algo que pueda encender más nuestra fe que el contacto vivo con él?

    ¿No es una insensatez pretender conservar una fe gastada sin reavivarla con el fuego de Jesús? ¿No es una contradicción creernos cristianos sin conocer su proyecto ni sentirnos atraídos por su estilo de vida?

    Necesitamos urgentemente una calidad nueva en nuestra relación con él. Cuidar todo lo que nos ayude a centrar nuestra vida en su persona. No gastar energías en lo que nos distrae o desvía de su Evangelio. Encender cada domingo nuestra fe rumiando sus palabras y comulgando vitalmente con él. Nadie puede transformar nuestras comunidades como Jesús.[/align]
    [align=right]José Antonio Pagola[/align]

    También el de Kamiano.

    PONTE LAS PILAS, RECARGA TU BATERÍA

    [align=justify]Al hilo del Evangelio de este domingo, Patxi V. FANO nos invita a orar: Ponte las pilas, carga tu batería. Nos ofrece algunas indicaciones:

    •Quien espera la llamada de Jesús que no olvide el cargador.

    •Enchúfate a su Palabra, conéctate…

    •No dejes que sea una llamada perdida.[/align]

    Fraternalmente.

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