Inicio Foros Formación cofrade Santoral 21/04/2014 San Apolonio de Roma, mártir.

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    Santos: Anselmo de Cantorbery, obispo y doctor de la Iglesia; Anastasio sinaíta, obispo; Román Adame Rosales, sacerdote y mártir; Simeón, Abdécalas, Ananías, Apolonio, Alejandra (Sandra), Arador, Fortunato, Félix, Silvio, Vidal, Apolo, Isacio, Crotato, Timoteo, Pusicio, mártires; Conrado Parzha (sacristán), confesor.

    San Apolonio de Roma, mártir.

    Senador romano, conocido entre los cristianos de la Urbe por su elevada condición social y profunda cultura.

    Su nombre significa «aquel que brilla», y tiene su origen en la lengua griega.

    Denunciado probablemente por un esclavo suyo, el juez invitó a Apolonio a sincerarse frente al senado, presentando una elocuentísima defensa de la propia fe, pero igualmente fue condenado a muerte.

    El procónsul Perenio, en atención a la nobleza y fama de Apolonio deseaba sinceramente salvarlo, pero se vio obligado a pronunciar la condena por el decreto del emperador Cómodo (alrededor del año 185).

    En su proceso, en que el mártir afirma su amor por la vida, recuerda las normas morales de los cristianos recibidas del Señor Jesús, y proclama la esperanza en una vida futura: «Los decretos de los hombres no pueden suprimir el decreto de Dios; más creyentes ustedes maten, y más se multiplicará su número por obra de Dios. Nosotros no encontramos duro el morir por el verdadero Dios, porque por medio de él somos lo que somos; por no morir de una mala muerte, lo soportamos todo con constancia; ya vivos, ya muertos, somos del Señor».

    El procónsul le decía: ¡Con estas ideas, Apolonio, tú sientes gusto en morir!

    Pero el le contestaba: «Yo experimento gusto en la vida, pero es por amor a la vida que no temo en absoluto la muerte; indudablemente, no hay cosa más preciosa que la vida, pero que la vida eterna, que es inmortalidad del alma que ha vivido bien en esta vida terrena. En la Palabra de Dios, nuestro Salvador Jesucristo «nos enseñó a frenar la ira, a moderar el deseo, a mortificar la concupiscencia, a superar los dolores, a estar abiertos y sociables, a incrementar la amistad, a destruir la vanagloria, a no tratar de vengarnos contra aquellos que nos hacen mal, a despreciar la muerte por la ley de Dios, a no devolver ofensa por ofensa, sino a soportarla, a creer en la ley que él nos ha dado, a honrar al soberano, a venerar solamente a Dios inmortal, a creer en el alma inmortal, en el juicio que vendrá después de la muerte, a esperar en el premio de los sacrificios hechos por virtud, que el Señor concederá a quienes hayan vivido santamente.

    Así, cuando el juez pronunció la sentencia de muerte, Apolonio dijo: «Doy gracias a mi Dios, procónsul Perenio, juntamente con todos aquellos que reconocen como Dios al omnipotente y unigénito Hijo suyo Jesucristo y al Espíritu santo, también por esta sentencia tuya que para mí es fuente de salvación».

    Apolonio murió decapitado en Roma el domingo 21 de abril.

    Eusebio comenta así la muerte de Apolonio: «El mártir, muy amado por Dios, fue un santísimo luchador de Cristo, que fue al encuentro del martirio con alma pura y corazón fervoroso. Siguiendo su fúlgido ejemplo, vivifiquemos nuestra alma con la fe».

    Sabemos también por el mismo Eusebio que el acusador de Apolonio, como también más tarde el del futuro papa Calixto, fue condenado a tener las piernas quebradas.

    Según una disposición imperial, que Tertuliano (Ad Scap. IV, 3) atribuye a Marco Aurelio, los acusadores de los cristianos debían ser condenados a muerte.

    Las Actas del martirio de Apolonio, descubiertos en el siglo pasado, existen hoy en versión original armenia y griega y en varias traducciones modernas de las «Actas de los antiguos mártires», incorporadas en Eusebio, «Historia Eclesiástica».

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