Santos: Pablo, Cándido, Venancio, obispos; Licarión, presbítero; Pedro, presbítero y mártir; Walabonso, diácono y mártir; Isaac, Abencio, Jeremías, Sabiniano, Wistremundo, monjes y mártires; Acacio, Alderico, Eugenia, Valentín, Juan, Tarasio, Sancho, Godescalco, mártires; Antonio María Gianelli, confesor; Roberto, abad; Ana García, virgen.
Santos Pedro y cinco compañeros, mártires.
San Eulogio de Córdoba nos narra la pasión de seis mártires que fueron decapitados por los musulmanes, en el año 851, en aquella ciudad. Eran el sacerdote o presbítero Pedro, originario de Astigi (Écija, en Sevilla) y el diácono Wallabonse, originario de Ilipa (Niebla, en Huelva), quienes habían venido a Córdoba para estudiar y se les encomendó la dirección de un convento de religiosas, situado en un barrio, al oeste de la ciudad.
El resto del grupo, lo componían; Sabino, venido de las montañas vecinas y Wistremundo de Astigi, dos monjes que, después de su juventud habían ingresado al monasterio de San Zoilo; Havencio, monje de San Cristóforo, monasterio situado al sur de Córdoba y Jeremías, quien después de haber estado casado, fundó un monasterio para él y su familia sobre las alturas «hacia el Aquilón» a siete millas de Córdoba.
En tanto que los otros mártires fueron decapitados, Jeremías sufrió el suplicio del fuego. Sus cuerpos fueron quemados y sus cenizas arrojadas al Guadalquivir. Mabillon cree que todos estos monjes militaban bajo la regla de San Benito.