Tu Bautismo, Señor, es pregón de tu Reino

La Iglesia celebra hoy la Festividad del Bautizo del Señor, dentro del todavía Tiempo de Navidad. Para termina este ciclo litúrgico con la Festividad de hoy, nos llega una escena de la vida de Jesús llena de significado.

Después de tantos días de jolgorio, despilfarro y derroche, queremos dar por finalizada cuanto antes «ESTA cada vez mas FIESTA PAGANA» como sociedad, no hemos podido conseguir mantenernos en el ESPIRITU VERDADERO de la Navidad. Realmente no celebramos o festejamos el NACIMIENTO o NATIVIDAD del Señor. Todo lo contrario. Lo que celebramos y festejamos, lo hacemos SIN ÉL.

Para muchos, ya se ha llegado al final de la fiesta, y a pesar que no haber una fecha establecida para poder retirar los adornos «cada vez menos navideños», la mayoría de personas coinciden que, la principal fecha (por lo menos una de ellas) para poder retirarlos, es con la llegada de los Reyes Magos. Sin embargo otros manifiestan que la fecha indicada es el día del Bautismo de Jesús, fecha que varía según el calendario de cada año. Hay incluso quienes deciden quitarlos a partir del día de Ntra. Sra. de la Candelaria, que se celebra el 2 de febrero, día de las candelas, o día de la Presentación del Señor.

No, no hay una fecha establecida, para poder quitar nuestros adornos navideños, ¿Pero por qué tanta prisa por retirar los símbolos y adornos cuando los hemos tenido hasta 20 días antes de su inicio? Como dice el refrán (sabiduría popular “Hasta San Antón, Pascuas son”. ¿No sería más sensato, coherente, incluso correcto, empezar la verdadera navidad, en las fechas más próximas al día 24 de diciembre y finalizarla como decimos en las fechas indicadas? ¿Incluso resaltar y dejar de continuo, solamente el Misterio del Nacimiento con Jesús, María y José, en algún rincón principal de nuestros domicilios, para recordarnos y aprender, seamos creyentes practicantes o no, de la humildad, del amor y de la entrega por parte de las personas allí representadas? No quitemos al «NIÑO JESÚS» de nuestros hogares y mucho menos de nuestro corazón.

Al reflexionar sobre el bautismo de Jesús, comprendemos mejor que aquel Niño que contemplábamos en Belén hace muy pocos días y que fue presentado ante los pueblos por medio de una estrella, la misma que guiaron a los Magos de Oriente, ha de ejercer una misión en nombre de Dios.

Sobre Él, reposa toda la confianza del Padre y toda la fuerza del Espíritu Santo.

Si en Navidad contemplábamos al Verbo Encarnado, ahora se manifiesta por completo Dios; Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Dios se implica en la historia humana. La historia de Jesús se transforma ahora en la historia del Dios-con-nosotros y del nosotros-con-Dios.

En el Evangelio de San Mateo, en el capítulo 3, versículos 13 a 17, se nos narra el episodio del Bautismo de Jesús, momento en el que Él, se manifiesta como enviado del Padre y comienza su vida pública:

De momento hubo una voz saliendo desde el cielo y diciendo: “Tú eres mi querido hijo, y yo estoy muy complacido contigo.” La paloma y la voz de Dios eran una señal diciendo que Jesús era el Mesías.

Después de todo eso, Juan reunió un grupo de personas. Jesús se acercó al grupo mientras Juan hablaba con ellos.  “¡Miren!, La mano de Dios viene para liberarnos del pecado que hay en este mundo.” Le dijo que vio el Espíritu de Dios bajando donde Jesús en forma de una paloma. Que escuchó la voz de Dios, y que la paloma era un símbolo para revelar a su Hijo.

Jesús se pone en la fila de los pecadores. Avanza decidido entre el grupo de peregrinos que viene de Galilea; se coloca ante Juan que ya lo había reconocido, y comienza un breve diálogo. Jesús ha llegado al Jordán para ser bautizado por Juan. Pero éste se resiste diciendo: «Soy yo quien necesita ser bautizado por ti, ¿cómo vienes tú a mí?»

Cuando Jesús se acerca a Juan para ser bautizado, y eso significa que él no hace asco de los pecadores, sino que viene a juntarse con ellos, viene a buscarlos. Entiende su vida como entrega por ellos, por eso se acerca a los pecadores. Así lo presenta Juan el Bautista: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. Una de las acusaciones que después le hacen, es precisamente esa: «Los fariseos y los escribas murmuraban diciendo: “Este acoge a los pecadores y come con ellos”». Este es el título de nuestra cercanía con Jesús, que ha venido a buscar a los pecadores: “Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, y yo soy el primero” , decía San Pablo. Esta cercanía de Jesús a los pecadores se llama misericordia.

Lectura del santo Evangelio según san Mateo 3, 13-17

En aquel tiempo, vino Jesús desde Galilea al Jordán y se presento a Juan para que lo bautizara.

Pero Juan intentaba disuadirlo diciéndole:

«Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?».

Jesús le contestó:

«Déjalo ahora. Conviene que así cumplamos toda justicia».

Entonces Juan se lo permitió. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una luz de los cielos que decía:

«Este es mi Hijo amado, en quien me complazco».

Palabra del Señor.

 

Juan y Jesús son parientes. La madre de Juan, Isabel, dijo de María, la madre de Jesús, que sabía iba a ser la madre del Hijo de Dios. Jesús era Dios hecho hombre quien venía a la tierra. Juan tenía una misión. Tenía que preparar al pueblo para el encuentro con Cristo, y estaba completando su misión. Ahora, Cristo se ha revelado.

Algunas personas fueron donde Juan y le dijeron que ahora las personas van siguiendo a Jesús, y no a él. Pensaban que eso le iba a molestar, pero Juan no tenía ningún problema con ello. Les dijo que él, no era el Cristo. Les dejo saber que Cristo debe ser el importante, y él debe ser menos importante.

Jesús se introduce en el río Jordán.

Y cumple Jesús toda justicia. Desciende a las aguas ante Juan. En aquellos momentos el inocente de todo pecado asume todos los pecados de los hombres. Los miles de millones de pecados de los hombres caen sobre sus espaldas, y los asume haciéndose pecado, como si fuesen suyos, sin serlo. Esta decisión libre le costará sangre y sudor, amor difícil, amor total que llegará a estar crucificado, hasta dar la vida por todos.

Cuando Jesús entra en las aguas y Juan baña su cabeza, son sumergidos todos los pecados de los hombres. Las aguas limpian el cuerpo, y por eso son tomadas como símbolo de la limpieza de las almas que se arrepienten ante Dios de sus pecados. Más no pueden hacer. Pero al sumergirse Jesús en las aguas, las santifica, les da una fuerza nueva. Más adelante, el bautismo lavará con las aguas los pecados hasta la raíz, y dará la nueva vida que Cristo conquistará en su resurrección. Serán, efectivamente, aguas vivas que saltan hasta la vida eterna.

Dios se manifiesta.

Al salir Jesús del agua sucede el gran acontecimiento: Dios se manifiesta. “Inmediatamente después de ser bautizado, Jesús salió del agua; y he aquí que se le abrieron los Cielos, y vio al Espíritu de Dios que descendía en forma de paloma y venía sobre él. Y una voz del Cielo que decía: Este es mi Hijo, el amado, en quien me he complacido”(Mt).

La voz es la del Padre, eterno Amante, el que engendra al Hijo en un acto de amor eterno, dándole toda su vida. El Hijo es el Amado, igual al Padre según su divinidad. Es tan Hijo que es consustancial con el Padre, los dos son uno en unión de amor. El Padre le dio toda su vida, y el Hijo ama al Padre con ese amor obediente que vemos en Jesús cuando desciende a las aguas como hombre que se sabe Dios, desde una libertad humana con la que se entrega por los hombres y ama al Padre. Y el Padre se complace en ese hombre que le ama con amor total y mira a los demás hombres saliendo del pecado, y les ama en el Hijo.

El Espíritu Santo

espirituSantoLa paloma simboliza el Espíritu. Anunció la nueva tierra y la paz de Dios a los hombres después del diluvio, que habían sido castigados por sus pecados. Anuncia el amor a los que quieren vivir de amor. Anuncia junto a Jesús la nueva Alianza, en que, de nuevo, el Espíritu de Dios volará sobre las aguas del mundo. Limpiará los corazones con el fuego de su amor, purificará las intenciones, llenará de Dios a todos los que crean y esperen, inflamará de amor a los amantes que desean el amor total, tan lejano al amor propio.

Jesús es ungido por el Espíritu. Jesús es así el Cristo, el nuevo rey del reino del Padre. Antes los reyes eran ungidos con aceite, y la gracia de Dios les daba fuerzas. Ahora el Espíritu mismo invade a Jesús. Podrá actuar con plena libertad en su alma dócil, le impulsará, le encenderá en fuego divino. Por eso “Jesús lleno del Espíritu Santo, regresó del Jordán, y fue conducido por el Espíritu al desierto”. Comienza su vida de Ungido por el Espíritu que le lleva a lo más alejado del paraíso, al desierto, donde se mortifica, reza y sufre la tentación de Satanás.

¿SOY DE LOS TUYOS, SEÑOR?

Me dicen que fui bautizado,
pero no sé muy bien, Señor,
hasta qué punto soy de los tuyos,
de tu grupo, de tu familia, de tus ideas,
de los que defienden, sin fisuras,
tu Palabra sin riesgo de ser descafeinada.

Dicen que, el Espíritu, quema
y me siento un tanto frío.
Me advierten que, el Bautismo,
es un punto de salida
y frecuentemente me instalo en mis intereses.
Me recuerdan que, ser de los tuyos,
es optar por tu Palabra, por tu vida,
por tu mensaje, por tu cruz,
por tus caminos y por tus contradicciones.

Y, cuántas veces, Señor,
me dejo guiar exclusivamente
por el vocerío del mundo
amañar por las sensaciones del simple escaparate
seducir con fuegos artificiales
asustar por el sufrimiento
o añorar y buscar atajos
sin que me digan que soy de los tuyos.

¿SOY DE LOS TUYOS, SEÑOR?

Ayúdame, Señor,
a convertirme, para estar cerca de Ti
a liberarme, para dedicarme a Ti
a llenarme de tu Espíritu,
para ofrecerme al pregón de tu Reino
Que tu Bautismo, Señor,
sea para mí, causa de crecimiento
llamada a la sinceridad y a la valentía
a la generosidad y al testimonio
a la verdad y a la firme respuesta.

 Amén.


D. Javier Leoz Ventura

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