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13 noviembre, 2013 a las 18:41 #8538
Anónimo
InactivoCon vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas.Lectura del santo evangelio según San LucasEn aquel tiempo, algunos ponderaban la belleza del templo, por la calidad de la piedra y los exvotos. Jesús les dijo.
– «Esto que contempláis, llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido.»
Ellos le preguntaron:
– «Maestro, ¿cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder?»
Él contestó:
– «Cuidado con que nadie os engañe. Porque muchos vendrán usurpando mi nombre, diciendo: «Yo soy», o bien: «El momento está cerca; no vayáis tras ellos.
Cuando oigáis noticias de guerras y de revoluciones, no tengáis pánico.
Porque eso tiene que ocurrir primero, pero el final no vendrá en seguida.»
Luego les dijo:
– «Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, habrá grandes terremotos, y en diversos países epidemias y hambre.
Habrá también espantos y grandes signos en el cielo.
Pero antes de todo eso os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a la cárcel, y os harán comparecer ante reyes y gobernadores, por causa mía. Así tendréis ocasión de dar testimonio.
Haced propósito de no preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro.
Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os traicionarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán por causa mía.
Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas.»
Palabra del Señor.16 noviembre, 2013 a las 12:26 #12713Anónimo
Inactivo[align=justify]Os dejo los comentarios al Evangelio del domingo:CON PERSEVERANCIA¿Desaparecerá un día lo que los hombres van construyendo con tanto esfuerzo, sudor y luchas?
Los científicos no tienen la menor duda: la especie humana, el planeta Tierra, el sistema solar y las galaxias no existirán para siempre. Se discute si será por exceso de calor o de frío, pero un día todo terminará. La lejanía de este final no impide que nazcan en nosotros preguntas nada frívolas. Si esto es realmente así, ¿qué será de nuestra vida?, ¿cuál es el destino de la Humanidad?, ¿qué decir de ese Dios al que buscan e invocan las diferentes religiones?
Mientras tanto, en las sociedades modernas de Occidente, asentadas en el bienestar, no se quiere pensar en final alguno. Se vive por lo general desde una sensación de seguridad inamovible. A pesar de todos los conflictos y tragedias, el mundo siempre irá mejorando. No es imaginable la destrucción, sólo el progreso. Hablar del «fin del mundo» es cosa de pesimistas impenitentes o de visionarios apocalípticos.
Ni el poder de los poderosos es tan poderoso ni la seguridad del progreso es tan indiscutible. De pronto parece que se nos desvela un poco más la inconsistencia del ser humano, su incapacidad para construir un mundo más digno y su impotencia para salvarse a sí mismo.
Seguimos esclavos del viejo y perverso mecanismo de la «acción y reacción». Se justifica una vez más la guerra que mata a nuevos inocentes y no se piensa en dar un nuevo rumbo a la política mundial. De nuevo habrá victoria de los ganadores, pero no habrá ni más paz ni más justicia en el mundo. En las sociedades del bienestar «todo volverá a ir bien», pero en el mundo cincuenta millones de personas seguirán muriendo de hambre.
Las palabras de Jesús recogidas en lo que se llama «el apocalipsis sinóptico» son de un realismo sorprendente: la historia estará tejida de guerras, odios, hambres y muertes, y después llegará un día el Fin.
Sin embargo, su mensaje es de una confianza increíble: hay que seguir buscando el reino de Dios y su justicia, hay que trabajar por un «hombre nuevo», hay que seguir creyendo en el amor. «Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas».
MAS NECESARIA QUE NUNCAApenas se habla hoy de la paciencia. No está de moda. Atrae más la actitud rebelde y agresiva, la reacción vehemente ante cualquier adversidad. Desprestigiada socialmente a veces y mal entendida otras, la paciencia va quedando relegada como algo poco importante, propio quizás de espíritus débiles. Sin embargo, sin el aprendizaje de la paciencia no es posible el arte de vivir.
La paciencia no es fruto de la debilidad. Al contrario, supone fortaleza interior. La persona paciente moviliza todas sus energías para no doblegarse ante la adversidad y seguir luchando con firmeza, sin dejarse perturbar por el mal. Se necesita mucha entereza para mantener el ánimo sereno y confiado cuando todo se nos pone en contra.
Aunque parezca fuerte y violento, el impaciente es una persona débil, incapaz de tolerarse a sí mismo y de soportar las contrariedades de la vida. Por lo general, los niños son impacientes. No han aprendido todavía a vivir con paz y sosiego las diversas realidades de la existencia.
La verdadera paciencia nada tiene que ver con una resignación pasiva. Ser paciente con uno mismo y con los demás no significa soportar la vida de forma apática y sin espíritu de iniciativa. No es «aguantar» porque uno no sabe o no se atreve a hacer otra cosa. La persona paciente se mantiene activa, sigue buscando lo mejor, responde a nuevas situaciones y retos inesperados, pero lo hace sin perder la paz ni la lucidez.
La paciencia no es virtud de un momento, sino un estilo de perseverar de forma pacífica pero tenaz, sin rendirse ante la adversidad. Por eso, en las primeras comunidades cristianas, el término «hypomone» se traduce indistintamente como «paciencia» o «perseverancia». Ésa es la exhortación de Jesús: «Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras vidas» (Lucas 21, 19). El creyente alimenta su paciencia en ese Dios que tiene paciencia inmensa con todas sus criaturas.
Bien entendida, la paciencia es tal vez más necesaria que nunca entre nosotros. No es posible dejar atrás la violencia y promover un proceso de pacificación sin una actitud paciente y tenaz por parte de todos.
No se recupera en un día la confianza rota por tanto enfrentamiento.
No es posible aproximar posturas y buscar juntos lo mejor para todos sin un trabajo paciente, sereno y lúcido. Por eso, ni impaciencia ni desaliento
TIEMPOS DE CRISISEn los evangelios se recogen algunos textos de carácter apocalíptico en los que no es fácil diferenciar el mensaje que puede ser atribuido a Jesús y las preocupaciones de las primeras comunidades cristianas, envueltas en situaciones trágicas mientras esperan con angustia y en medio de persecuciones el final de los tiempos.
Según el relato de Lucas, los tiempos difíciles no han de ser tiempos de lamentos y desaliento. No es tampoco la hora de la resignación o la huida. La idea de Jesús es otra. Precisamente en tiempos de crisis “tendréis ocasión de dar testimonio”.
Es entonces cuando se nos ofrece la mejor ocasión de dar testimonio de nuestra adhesión a Jesús y a su proyecto.
Llevamos ya cinco años sufriendo una crisis que está golpeando duramente a muchos. Lo sucedido en este tiempo nos permite conocer ya con realismo el daño social y el sufrimiento que está generando. ¿No ha llegado el momento de plantearnos cómo estamos reaccionando?
Tal vez, lo primero es revisar nuestra actitud de fondo: ¿Nos hemos posicionado de manera responsable, despertando en nosotros un sentido básico de solidaridad, o estamos viviendo de espaldas a todo lo que puede turbar nuestra tranquilidad?
¿Qué hacemos desde nuestros grupos y comunidades cristianas? ¿Nos hemos marcado una línea de actuación generosa, o vivimos celebrando nuestra fe al margen de lo que está sucediendo?
La crisis está abriendo una fractura social injusta entre quienes podemos vivir sin miedo al futuro y aquellos que están quedando excluidos de la sociedad y privados de una salida digna. ¿No sentimos la llamada a introducir algunos “recortes” en nuestra vida para poder vivir los próximos años de manera más sobria y solidaria?
Poco a poco, vamos conociendo más de cerca a quienes se van quedando más indefensos y sin recursos (familias sin ingreso alguno, parados de larga duración, inmigrantes enfermos…) ¿Nos preocupamos de abrir los ojos para ver si podemos comprometernos en aliviar la situación de algunos? ¿Podemos pensar en alguna iniciativa realista desde las comunidades cristianas?
No hemos de olvidar que la crisis no solo crea empobrecimiento material. Genera, además, inseguridad, miedo,
impotencia y experiencia de fracaso. Rompe proyectos, hunde familias, destruye la esperanza. ¿No hemos de recuperar la importancia de la ayuda entre familiares, el apoyo entre vecinos, la acogida y el acompañamiento desde la comunidad cristiana…? Pocas cosas pueden ser más nobles en estos momentos que el aprender a cuidarnos mutuamente.
Trabaja y contagia la solidaridad. Pásalo.
[/align] [align=justify]También el deKamiano.En medio de las persecuciones, de los conflictos, de las tareas, de los sinsabores, pero también de las alegrías, de las ganas, la entrega y el entusiasmo: pon, Señor, tus palabras en nuestra boca.
Ponlas con la misma energía y autenticidad con que lo hace el papa Francisco, o la misionera que lo ha dejado todo por servir, o de los niños que se alegran con tu Evangelio.
No hay adversario ni enemigo que pueda con el testimonio sincero de los que tienen fe. No hace falta preparar defensas porque la defensa es la propia vida que se deja llevar por la Buena Noticia.
¡Gracias, Señor, porque no necesitamos discursos, porque la sal habla por sí misma sin necesidad de aparentar!
Te pedimos especialmente por el pueblo filipino. Pon palabras en nuestra boca y solidaridad en nuestras manos para compartir.
[/align] Fraternalmente.-
16 noviembre, 2013 a las 12:26 #18766Anónimo
Inactivo[align=justify]Os dejo los comentarios al Evangelio del domingo:CON PERSEVERANCIA¿Desaparecerá un día lo que los hombres van construyendo con tanto esfuerzo, sudor y luchas?
Los científicos no tienen la menor duda: la especie humana, el planeta Tierra, el sistema solar y las galaxias no existirán para siempre. Se discute si será por exceso de calor o de frío, pero un día todo terminará. La lejanía de este final no impide que nazcan en nosotros preguntas nada frívolas. Si esto es realmente así, ¿qué será de nuestra vida?, ¿cuál es el destino de la Humanidad?, ¿qué decir de ese Dios al que buscan e invocan las diferentes religiones?
Mientras tanto, en las sociedades modernas de Occidente, asentadas en el bienestar, no se quiere pensar en final alguno. Se vive por lo general desde una sensación de seguridad inamovible. A pesar de todos los conflictos y tragedias, el mundo siempre irá mejorando. No es imaginable la destrucción, sólo el progreso. Hablar del «fin del mundo» es cosa de pesimistas impenitentes o de visionarios apocalípticos.
Ni el poder de los poderosos es tan poderoso ni la seguridad del progreso es tan indiscutible. De pronto parece que se nos desvela un poco más la inconsistencia del ser humano, su incapacidad para construir un mundo más digno y su impotencia para salvarse a sí mismo.
Seguimos esclavos del viejo y perverso mecanismo de la «acción y reacción». Se justifica una vez más la guerra que mata a nuevos inocentes y no se piensa en dar un nuevo rumbo a la política mundial. De nuevo habrá victoria de los ganadores, pero no habrá ni más paz ni más justicia en el mundo. En las sociedades del bienestar «todo volverá a ir bien», pero en el mundo cincuenta millones de personas seguirán muriendo de hambre.
Las palabras de Jesús recogidas en lo que se llama «el apocalipsis sinóptico» son de un realismo sorprendente: la historia estará tejida de guerras, odios, hambres y muertes, y después llegará un día el Fin.
Sin embargo, su mensaje es de una confianza increíble: hay que seguir buscando el reino de Dios y su justicia, hay que trabajar por un «hombre nuevo», hay que seguir creyendo en el amor. «Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas».
MAS NECESARIA QUE NUNCAApenas se habla hoy de la paciencia. No está de moda. Atrae más la actitud rebelde y agresiva, la reacción vehemente ante cualquier adversidad. Desprestigiada socialmente a veces y mal entendida otras, la paciencia va quedando relegada como algo poco importante, propio quizás de espíritus débiles. Sin embargo, sin el aprendizaje de la paciencia no es posible el arte de vivir.
La paciencia no es fruto de la debilidad. Al contrario, supone fortaleza interior. La persona paciente moviliza todas sus energías para no doblegarse ante la adversidad y seguir luchando con firmeza, sin dejarse perturbar por el mal. Se necesita mucha entereza para mantener el ánimo sereno y confiado cuando todo se nos pone en contra.
Aunque parezca fuerte y violento, el impaciente es una persona débil, incapaz de tolerarse a sí mismo y de soportar las contrariedades de la vida. Por lo general, los niños son impacientes. No han aprendido todavía a vivir con paz y sosiego las diversas realidades de la existencia.
La verdadera paciencia nada tiene que ver con una resignación pasiva. Ser paciente con uno mismo y con los demás no significa soportar la vida de forma apática y sin espíritu de iniciativa. No es «aguantar» porque uno no sabe o no se atreve a hacer otra cosa. La persona paciente se mantiene activa, sigue buscando lo mejor, responde a nuevas situaciones y retos inesperados, pero lo hace sin perder la paz ni la lucidez.
La paciencia no es virtud de un momento, sino un estilo de perseverar de forma pacífica pero tenaz, sin rendirse ante la adversidad. Por eso, en las primeras comunidades cristianas, el término «hypomone» se traduce indistintamente como «paciencia» o «perseverancia». Ésa es la exhortación de Jesús: «Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras vidas» (Lucas 21, 19). El creyente alimenta su paciencia en ese Dios que tiene paciencia inmensa con todas sus criaturas.
Bien entendida, la paciencia es tal vez más necesaria que nunca entre nosotros. No es posible dejar atrás la violencia y promover un proceso de pacificación sin una actitud paciente y tenaz por parte de todos.
No se recupera en un día la confianza rota por tanto enfrentamiento.
No es posible aproximar posturas y buscar juntos lo mejor para todos sin un trabajo paciente, sereno y lúcido. Por eso, ni impaciencia ni desaliento
TIEMPOS DE CRISISEn los evangelios se recogen algunos textos de carácter apocalíptico en los que no es fácil diferenciar el mensaje que puede ser atribuido a Jesús y las preocupaciones de las primeras comunidades cristianas, envueltas en situaciones trágicas mientras esperan con angustia y en medio de persecuciones el final de los tiempos.
Según el relato de Lucas, los tiempos difíciles no han de ser tiempos de lamentos y desaliento. No es tampoco la hora de la resignación o la huida. La idea de Jesús es otra. Precisamente en tiempos de crisis “tendréis ocasión de dar testimonio”.
Es entonces cuando se nos ofrece la mejor ocasión de dar testimonio de nuestra adhesión a Jesús y a su proyecto.
Llevamos ya cinco años sufriendo una crisis que está golpeando duramente a muchos. Lo sucedido en este tiempo nos permite conocer ya con realismo el daño social y el sufrimiento que está generando. ¿No ha llegado el momento de plantearnos cómo estamos reaccionando?
Tal vez, lo primero es revisar nuestra actitud de fondo: ¿Nos hemos posicionado de manera responsable, despertando en nosotros un sentido básico de solidaridad, o estamos viviendo de espaldas a todo lo que puede turbar nuestra tranquilidad?
¿Qué hacemos desde nuestros grupos y comunidades cristianas? ¿Nos hemos marcado una línea de actuación generosa, o vivimos celebrando nuestra fe al margen de lo que está sucediendo?
La crisis está abriendo una fractura social injusta entre quienes podemos vivir sin miedo al futuro y aquellos que están quedando excluidos de la sociedad y privados de una salida digna. ¿No sentimos la llamada a introducir algunos “recortes” en nuestra vida para poder vivir los próximos años de manera más sobria y solidaria?
Poco a poco, vamos conociendo más de cerca a quienes se van quedando más indefensos y sin recursos (familias sin ingreso alguno, parados de larga duración, inmigrantes enfermos…) ¿Nos preocupamos de abrir los ojos para ver si podemos comprometernos en aliviar la situación de algunos? ¿Podemos pensar en alguna iniciativa realista desde las comunidades cristianas?
No hemos de olvidar que la crisis no solo crea empobrecimiento material. Genera, además, inseguridad, miedo,
impotencia y experiencia de fracaso. Rompe proyectos, hunde familias, destruye la esperanza. ¿No hemos de recuperar la importancia de la ayuda entre familiares, el apoyo entre vecinos, la acogida y el acompañamiento desde la comunidad cristiana…? Pocas cosas pueden ser más nobles en estos momentos que el aprender a cuidarnos mutuamente.
Trabaja y contagia la solidaridad. Pásalo.
[/align] [align=justify]También el deKamiano.En medio de las persecuciones, de los conflictos, de las tareas, de los sinsabores, pero también de las alegrías, de las ganas, la entrega y el entusiasmo: pon, Señor, tus palabras en nuestra boca.
Ponlas con la misma energía y autenticidad con que lo hace el papa Francisco, o la misionera que lo ha dejado todo por servir, o de los niños que se alegran con tu Evangelio.
No hay adversario ni enemigo que pueda con el testimonio sincero de los que tienen fe. No hace falta preparar defensas porque la defensa es la propia vida que se deja llevar por la Buena Noticia.
¡Gracias, Señor, porque no necesitamos discursos, porque la sal habla por sí misma sin necesidad de aparentar!
Te pedimos especialmente por el pueblo filipino. Pon palabras en nuestra boca y solidaridad en nuestras manos para compartir.
[/align] Fraternalmente.-
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