Inicio Foros Formación cofrade Evangelio Dominical y Festividades Evangelio del domingo 05/01/2014

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  • #8608
    Anónimo
    Inactivo

    La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros.

    Lectura del santo evangelio según San Juan.

    En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios.

    La Palabra en el principio estaba junto a Dios.

    Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho.

    En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres.

    La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió.

    Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz. La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre. Al mundo vino, y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre.

    Éstos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios. Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad.

    Juan da testimonio de él y grita diciendo: «Este es de quien dije: “El que viene detrás de mí pasa delante de mí, porque existía antes que yo.”»

    Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia. Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo.

    A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.

    Palabra del Señor.

    #12720
    Anónimo
    Inactivo

    [align=justify]Os adjunto los comentarios al Evamgelio:

    EL ROSTRO HUMANO DE DIOS

    No recuperaremos los cristianos el vigor espiritual que necesitamos en estos tiempos de crisis religiosa, si no aprendemos a vivir nuestra adhesión a Jesús con una calidad nueva. Ya no basta relacionarnos con un Jesús mal conocido, vagamente captado, confesado de manera abstracta o admirado como un líder humano más.

    ¿Cómo redescubrir con fe renovada el misterio que se encierra en Jesús? ¿Cómo recuperar su novedad única e irrepetible? ¿Cómo dejarnos sacudir por sus palabras de fuego? El prólogo del evangelio de Juan nos recuerda algunas convicciones cristianas de suma importancia.

    En Jesús ha ocurrido algo desconcertante. Juan lo dice con términos muy cuidados: «la Palabra de Dios se ha hecho carne». No se ha quedado en silencio para siempre. Dios se nos ha querido comunicar, no a través de revelaciones o apariciones, sino encarnándose en la humanidad de Jesús. No se ha «revestido» de carne, no ha tomado la «apariencia» de un ser humano. Dios se ha hecho realmente carne débil, frágil y vulnerable como la nuestra.

    Los cristianos no creemos en un Dios aislado e inaccesible, encerrado en su Misterio impenetrable. Nos podemos

    encontrar con él en un ser humano como nosotros. Para relacionarnos con él, no hemos de salir de nuestro mundo. No hemos de buscarlo fuera de nuestra vida. Lo encontramos hecho carne en Jesús.

    Esto nos hace vivir la relación con él con una profundidad única e inconfundible. Jesús es para nosotros el rostro humano de Dios. En sus gestos de bondad se nos va revelando de manera humana cómo es y cómo nos quiere Dios. En sus palabras vamos escuchando su voz, sus llamadas y sus promesas. En su proyecto descubrimos el proyecto del Padre.

    Todo esto lo hemos de entender de manera viva y concreta. La sensibilidad de Jesús para acercarse a los enfermos, curar sus males y aliviar su sufrimiento, nos descubre cómo nos mira Dios cuando nos ve sufrir, y cómo nos quiere ver actuar con los que sufren. La acogida amistosa de Jesús a pecadores, prostitutas e indeseables nos manifiesta cómo nos comprende y perdona, y cómo nos quiere ver perdonar a quienes nos ofenden.

    Por eso dice Juan que Jesús está «lleno de gracia y de verdad». En él nos encontramos con el amor gratuito y desbordante de Dios. En él acogemos su amor verdadero, firme y fiel. En estos tiempos en que no pocos creyentes viven su fe de manera perpleja, sin saber qué creer ni en quién confiar, nada hay más importante que poner en el centro de las comunidades cristianas a Jesús como rostro humano de Dios.

    ALERGIA A LA MISA

    Los suyos no la recibieron

    Son muchos los que, aun confesándose cristianos, han abandonado casi totalmente la práctica dominical. Basta escucharlos con atención para descubrir en ellos una especie de «alergia» hacia la misa.

    Algunos dicen que les aburre el carácter repetitivo de la celebración dominical. Desearían algo más vivo y espontáneo. Sin embargo, el carácter repetitivo es algo inherente a la misma condición humana. Toda nuestra vida está hecha de gestos y actividades que se repiten de manera regular. Lo importante es no vivir de manera rutinaria, con esa «alma habituada» de la que hablaba Peguy.

    ¿Es rutinaria la misa dominical para quien pide perdón por los errores y pecados concretos cometidos durante la semana, para quien agradece a Dios todo lo bueno y positivo, para quien pide al Señor luz y fuerza para enfrentarse a la vida siempre nueva de cada día?

    Hay quienes dicen que les resulta una liturgia hipócrita y artificial, que queda muy lejos de esa vida real donde cada uno ha de mostrar con hechos la fe que lleva dentro.

    Pero, ¿es hipócrita escuchar, semana tras semana, el evangelio de Jesucristo, recordar sus exigencias y su interpelación, y renovar el compromiso de ser cada vez más coherente con las propias convicciones? ¿No es más hipócrita llamarse creyente y vivir, semana tras semana, sin recordar siquiera a Dios?

    Otros se alejan de la misa como de algo mágico, un conjunto de ritos extraños y anacrónicos, envueltos en un lenguaje hermético e impenetrable, que difícilmente puede decirle algo a un hombre enraizado en la cultura moderna?

    Pero, ¿es algo mágico buscar el encuentro personal con Cristo, alimentar la propia fe en la escucha del evangelio, buscar la renovación profunda de nuestro ser en el contacto vivificador con la comunidad creyente y con el Señor presente en la Eucaristía?

    Hay quienes rechazan la misa porque la Iglesia ha insistido en su carácter obligatorio. No están dispuestos a someterse por más tiempo a una obligación precisamente el día en que uno puede liberarse del trabajo y de otras cargas profesionales.

    Pero, ¿se puede ser creyente sin sentirse nunca urgido interiormente a alabar y dar gracias a Dios? ¿Se puede ser cristiano sin sentirse nunca llamado a comulgar con Cristo?

    Durante las fiestas de Navidad hay un texto que se escucha repetidamente en la liturgia: «La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre… Vino a su casa, y los suyos no la recibieron». ¿No es una interpelación para todos? ¿No estamos abandonando a quien desea hacerse más presente en nuestra vida?

    A pesar de todas las limitaciones y defectos que puede tener la celebración concreta de la misa en una comunidad cristiana, la Eucaristía puede ser para muchos la única experiencia que alimente hoy su fe. Hemos de preguntarnos con sinceridad: ¿Por qué he abandonado en realidad esa misa dominical que podría reavivar mi fe?

    PREGUNTAS SOBRE LA NAVIDAD

    (Para quien busca en primera persona)

    He oído decir que algunos aseguran que Jesús es un mito. ¿Se puede afirmar con toda seguridad que Jesús ha existido realmente?

    Sí. En la antigüedad nadie puso en duda la existencia de Jesús. Sólo a finales del siglo 18 conocemos algunos autores que comienzan a decir que Jesús no ha existido.

    A comienzos del siglo 20 se hacen diversos intentos para explicar el origen del cristianismo sin la existencia de un personaje real llamado Jesús. Hoy la cuestión está resuelta.

    Ningún investigador serio pone en duda la existencia de Jesús.

    Es cierto que, de vez en cuando, se puede leer en revistas o libros sensacionalistas a escritores que consideran a Jesús como un mito sin consistencia histórica alguna. Se trata, por lo general, de autores que desconocen la investigación actual o tratan de sorprender a sus lectores con planteamientos ingeniosos, pero carentes de fundamento.

    Hoy los científicos no tienen duda alguna. El prestigioso biblista alemán Rudolph Bultmann, conocido por su talante extremadamente crítico, dice así:

    «En cualquier caso, la duda acerca de si Jesús ha existido realmente no tiene ningún fundamento y no merece ser refutada. Es indiscutible que Jesús está en el origen del movimiento histórico del cristianismo».

    Recientemente el historiador judío David Flusser, considerado como uno de los mejores conocedores del tiempo de Jesús, ha dicho que, con excepción de Flavio Josefo y, tal vez, de Pablo de Tarso, «Jesús es el personaje judío mejor conocido de su tiempo».

    ¿Cuándo nació Jesús? ¿Se puede saber la fecha exacta de su nacimiento?

    Los historiadores sólo coinciden en que Jesús nació antes del año 4 a.C. La razón es sencilla. Jesús nació ciertamente a finales del reinado de Herodes el Grande. Por otra parte, sabemos por el historiador Flavio Josefo que Herodes murió a finales de marzo del año 4 a.C. en su palacio de Jericó. En concreto, la mayoría de los investigadores modernos fijan el nacimiento de Jesús entre los años 6 al 4 antes de la era cristiana. Nada más podemos afirmar con certeza sobre la fecha.

    No deja de tener su gracia decir que Jesús nació antes de comenzar la era cristiana. Tiene su explicación. Nuestro calendario actual se debe a los estudios llevados a cabo por un monje que vivió a finales del siglo quinto en Roma. Lo llamaban Dionisio, el Exiguo. Al fijar la fecha del nacimiento de Jesús, el buen monje se equivocó en sus cálculos y la retrasó algo más de cuatro años.

    Entonces, ¿por qué celebramos su nacimiento el 25 de diciembre? ¿No nació Jesús a las doce de la Nochebuena?

    Tenemos noticias de que hacia el año 336 se celebraba en Roma una fiesta de la Navidad el 25 de diciembre. Lo mismo sucedía en las Iglesias de África. Hacia finales del siglo cuarto, está fiesta está ya establecida en el norte de Ittalia, en Asia Menor y en otras partes.

    El 25 de diciembre no es el día del nacimiento histórico de Jesús. Se escogió esta fecha para sustituir la fiesta pagana del Natalis solis invicti o Nacimiento del sol vencedor. Era una fiesta muy popular en el Imperio y se celebraba en el solsticio de invierno. A los pueblos primitivos les producía un cierto temor ver que en invierno los días se iban acortando, que las sombras de la noche se alargaban y que la luz del sol se iba apagando. Por eso, cuando comprobaban que, de nuevo, los días empezaban a alargarse y que el sol recuperaba su fuerza, lo celebraban con grandes fiestas.

    Los cristianos, que no conocían la fecha exacta del nacimiento de Jesús, pues los evangelios no ofrecen información alguna, consideraron que estas fiestas del solsticio del invierno podían ser el momento más adecuado para celebrar el nacimiento del Salvador.

    Fue un gran acierto. Por eso en Navidad tiene tanta importancia la luz, los cirios, la alegría en medio de la noche… El evangelista Lucas recoge en su evangelio de la infancia un bello himno en el que a Jesús se le llama:

    «el Sol que nace de lo alto, para iluminar a los que están en tinieblas y en sombras de muerte, y para dirigir nuestros pasos por el camino de la paz».

    En este himno se puede entrever el clima en el que se gestaron y nacieron las fiestas cristianas de la Navidad.

    RECUPERAR LA FRESCURA DEL EVANGELIO

    En el prólogo del evangelio de Juan se hacen dos afirmaciones básicas que nos obligan a revisar de manera radical

    nuestra manera de entender y de vivir la fe cristiana, después de veinte siglos de no pocas desviaciones, reduccionismos y enfoques poco fieles al Evangelio de Jesús.

    La primera afirmación es ésta: “La Palabra de Dios se ha hecho carne”. Dios no ha permanecido callado, encerrado

    para siempre en su misterio. Nos ha hablado. Pero no se nos ha revelado por medio de conceptos y doctrinas sublimes. Su Palabra se ha encarnado en la vida entrañable de Jesús para que la puedan entender y acoger hasta los más sencillos.

    La segunda afirmación dice así: “A Dios nadie lo ha visto jamás. El Hijo único, que está en el seno del Padre, es

    quien lo ha dado a conocer”. Los teólogos hablamos mucho de Dios, pero ninguno de nosotros lo ha visto. Los dirigentes religiosos y los predicadores hablamos de él con seguridad, pero ninguno de nosotros ha visto su rostro. Solo Jesús, el Hijo único del Padre, nos ha contado cómo es Dios, cómo nos quiere y cómo busca construir un mundo más humano para todos.

    Esta dos afirmaciones están en el trasfondo del programa renovador del Papa Francisco. Por eso busca una Iglesia

    enraizada en el Evangelio de Jesús, sin enredarnos en doctrinas o costumbres “no directamente ligadas al núcleo del Evangelio”. Si no lo hacemos así, “no será el Evangelio lo que se anuncie, sino algunos acentos doctrinales o morales que proceden de determinadas opciones ideológicas”.

    La actitud del Papa es clara. Solo en Jesús se nos ha revelado la misericordia de Dios. Por eso, hemos de volver a la

    fuerza transformadora del primer anuncio evangélico, sin eclipsar la Buena Noticia de Jesús y “sin obsesionarnos por una multitud de doctrinas que se intenta imponer a fuerza de insistencia”.

    El Papa piensa en una Iglesia en la que el Evangelio pueda recuperar su fuerza de atracción, sin quedar obscurecida por otras formas de entender y vivir hoy la fe cristiana. Por eso, nos invita a “recuperar la frescura original del Evangelio” como lo más bello, lo más grande, lo más atractivo y, al mismo tiempo, lo más “necesario”, sin encerrar a Jesús “en nuestros esquemas aburridos”.

    No nos podemos permitir en estos momentos vivir la fe sin impulsar en nuestras comunidades cristianas la conversión a Jesucristo y a su Evangelio a la que nos llama el Papa. Él mismo nos pide a todos “que apliquemos con generosidad y valentía sus orientaciones sin prohibiciones ni miedos”.

    Recupera la frescura original del Evangelio. Pásalo[/align]

    Fraternalmente.-

    #18773
    Anónimo
    Inactivo

    [align=justify]Os adjunto los comentarios al Evamgelio:

    EL ROSTRO HUMANO DE DIOS

    No recuperaremos los cristianos el vigor espiritual que necesitamos en estos tiempos de crisis religiosa, si no aprendemos a vivir nuestra adhesión a Jesús con una calidad nueva. Ya no basta relacionarnos con un Jesús mal conocido, vagamente captado, confesado de manera abstracta o admirado como un líder humano más.

    ¿Cómo redescubrir con fe renovada el misterio que se encierra en Jesús? ¿Cómo recuperar su novedad única e irrepetible? ¿Cómo dejarnos sacudir por sus palabras de fuego? El prólogo del evangelio de Juan nos recuerda algunas convicciones cristianas de suma importancia.

    En Jesús ha ocurrido algo desconcertante. Juan lo dice con términos muy cuidados: «la Palabra de Dios se ha hecho carne». No se ha quedado en silencio para siempre. Dios se nos ha querido comunicar, no a través de revelaciones o apariciones, sino encarnándose en la humanidad de Jesús. No se ha «revestido» de carne, no ha tomado la «apariencia» de un ser humano. Dios se ha hecho realmente carne débil, frágil y vulnerable como la nuestra.

    Los cristianos no creemos en un Dios aislado e inaccesible, encerrado en su Misterio impenetrable. Nos podemos

    encontrar con él en un ser humano como nosotros. Para relacionarnos con él, no hemos de salir de nuestro mundo. No hemos de buscarlo fuera de nuestra vida. Lo encontramos hecho carne en Jesús.

    Esto nos hace vivir la relación con él con una profundidad única e inconfundible. Jesús es para nosotros el rostro humano de Dios. En sus gestos de bondad se nos va revelando de manera humana cómo es y cómo nos quiere Dios. En sus palabras vamos escuchando su voz, sus llamadas y sus promesas. En su proyecto descubrimos el proyecto del Padre.

    Todo esto lo hemos de entender de manera viva y concreta. La sensibilidad de Jesús para acercarse a los enfermos, curar sus males y aliviar su sufrimiento, nos descubre cómo nos mira Dios cuando nos ve sufrir, y cómo nos quiere ver actuar con los que sufren. La acogida amistosa de Jesús a pecadores, prostitutas e indeseables nos manifiesta cómo nos comprende y perdona, y cómo nos quiere ver perdonar a quienes nos ofenden.

    Por eso dice Juan que Jesús está «lleno de gracia y de verdad». En él nos encontramos con el amor gratuito y desbordante de Dios. En él acogemos su amor verdadero, firme y fiel. En estos tiempos en que no pocos creyentes viven su fe de manera perpleja, sin saber qué creer ni en quién confiar, nada hay más importante que poner en el centro de las comunidades cristianas a Jesús como rostro humano de Dios.

    ALERGIA A LA MISA

    Los suyos no la recibieron

    Son muchos los que, aun confesándose cristianos, han abandonado casi totalmente la práctica dominical. Basta escucharlos con atención para descubrir en ellos una especie de «alergia» hacia la misa.

    Algunos dicen que les aburre el carácter repetitivo de la celebración dominical. Desearían algo más vivo y espontáneo. Sin embargo, el carácter repetitivo es algo inherente a la misma condición humana. Toda nuestra vida está hecha de gestos y actividades que se repiten de manera regular. Lo importante es no vivir de manera rutinaria, con esa «alma habituada» de la que hablaba Peguy.

    ¿Es rutinaria la misa dominical para quien pide perdón por los errores y pecados concretos cometidos durante la semana, para quien agradece a Dios todo lo bueno y positivo, para quien pide al Señor luz y fuerza para enfrentarse a la vida siempre nueva de cada día?

    Hay quienes dicen que les resulta una liturgia hipócrita y artificial, que queda muy lejos de esa vida real donde cada uno ha de mostrar con hechos la fe que lleva dentro.

    Pero, ¿es hipócrita escuchar, semana tras semana, el evangelio de Jesucristo, recordar sus exigencias y su interpelación, y renovar el compromiso de ser cada vez más coherente con las propias convicciones? ¿No es más hipócrita llamarse creyente y vivir, semana tras semana, sin recordar siquiera a Dios?

    Otros se alejan de la misa como de algo mágico, un conjunto de ritos extraños y anacrónicos, envueltos en un lenguaje hermético e impenetrable, que difícilmente puede decirle algo a un hombre enraizado en la cultura moderna?

    Pero, ¿es algo mágico buscar el encuentro personal con Cristo, alimentar la propia fe en la escucha del evangelio, buscar la renovación profunda de nuestro ser en el contacto vivificador con la comunidad creyente y con el Señor presente en la Eucaristía?

    Hay quienes rechazan la misa porque la Iglesia ha insistido en su carácter obligatorio. No están dispuestos a someterse por más tiempo a una obligación precisamente el día en que uno puede liberarse del trabajo y de otras cargas profesionales.

    Pero, ¿se puede ser creyente sin sentirse nunca urgido interiormente a alabar y dar gracias a Dios? ¿Se puede ser cristiano sin sentirse nunca llamado a comulgar con Cristo?

    Durante las fiestas de Navidad hay un texto que se escucha repetidamente en la liturgia: «La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre… Vino a su casa, y los suyos no la recibieron». ¿No es una interpelación para todos? ¿No estamos abandonando a quien desea hacerse más presente en nuestra vida?

    A pesar de todas las limitaciones y defectos que puede tener la celebración concreta de la misa en una comunidad cristiana, la Eucaristía puede ser para muchos la única experiencia que alimente hoy su fe. Hemos de preguntarnos con sinceridad: ¿Por qué he abandonado en realidad esa misa dominical que podría reavivar mi fe?

    PREGUNTAS SOBRE LA NAVIDAD

    (Para quien busca en primera persona)

    He oído decir que algunos aseguran que Jesús es un mito. ¿Se puede afirmar con toda seguridad que Jesús ha existido realmente?

    Sí. En la antigüedad nadie puso en duda la existencia de Jesús. Sólo a finales del siglo 18 conocemos algunos autores que comienzan a decir que Jesús no ha existido.

    A comienzos del siglo 20 se hacen diversos intentos para explicar el origen del cristianismo sin la existencia de un personaje real llamado Jesús. Hoy la cuestión está resuelta.

    Ningún investigador serio pone en duda la existencia de Jesús.

    Es cierto que, de vez en cuando, se puede leer en revistas o libros sensacionalistas a escritores que consideran a Jesús como un mito sin consistencia histórica alguna. Se trata, por lo general, de autores que desconocen la investigación actual o tratan de sorprender a sus lectores con planteamientos ingeniosos, pero carentes de fundamento.

    Hoy los científicos no tienen duda alguna. El prestigioso biblista alemán Rudolph Bultmann, conocido por su talante extremadamente crítico, dice así:

    «En cualquier caso, la duda acerca de si Jesús ha existido realmente no tiene ningún fundamento y no merece ser refutada. Es indiscutible que Jesús está en el origen del movimiento histórico del cristianismo».

    Recientemente el historiador judío David Flusser, considerado como uno de los mejores conocedores del tiempo de Jesús, ha dicho que, con excepción de Flavio Josefo y, tal vez, de Pablo de Tarso, «Jesús es el personaje judío mejor conocido de su tiempo».

    ¿Cuándo nació Jesús? ¿Se puede saber la fecha exacta de su nacimiento?

    Los historiadores sólo coinciden en que Jesús nació antes del año 4 a.C. La razón es sencilla. Jesús nació ciertamente a finales del reinado de Herodes el Grande. Por otra parte, sabemos por el historiador Flavio Josefo que Herodes murió a finales de marzo del año 4 a.C. en su palacio de Jericó. En concreto, la mayoría de los investigadores modernos fijan el nacimiento de Jesús entre los años 6 al 4 antes de la era cristiana. Nada más podemos afirmar con certeza sobre la fecha.

    No deja de tener su gracia decir que Jesús nació antes de comenzar la era cristiana. Tiene su explicación. Nuestro calendario actual se debe a los estudios llevados a cabo por un monje que vivió a finales del siglo quinto en Roma. Lo llamaban Dionisio, el Exiguo. Al fijar la fecha del nacimiento de Jesús, el buen monje se equivocó en sus cálculos y la retrasó algo más de cuatro años.

    Entonces, ¿por qué celebramos su nacimiento el 25 de diciembre? ¿No nació Jesús a las doce de la Nochebuena?

    Tenemos noticias de que hacia el año 336 se celebraba en Roma una fiesta de la Navidad el 25 de diciembre. Lo mismo sucedía en las Iglesias de África. Hacia finales del siglo cuarto, está fiesta está ya establecida en el norte de Ittalia, en Asia Menor y en otras partes.

    El 25 de diciembre no es el día del nacimiento histórico de Jesús. Se escogió esta fecha para sustituir la fiesta pagana del Natalis solis invicti o Nacimiento del sol vencedor. Era una fiesta muy popular en el Imperio y se celebraba en el solsticio de invierno. A los pueblos primitivos les producía un cierto temor ver que en invierno los días se iban acortando, que las sombras de la noche se alargaban y que la luz del sol se iba apagando. Por eso, cuando comprobaban que, de nuevo, los días empezaban a alargarse y que el sol recuperaba su fuerza, lo celebraban con grandes fiestas.

    Los cristianos, que no conocían la fecha exacta del nacimiento de Jesús, pues los evangelios no ofrecen información alguna, consideraron que estas fiestas del solsticio del invierno podían ser el momento más adecuado para celebrar el nacimiento del Salvador.

    Fue un gran acierto. Por eso en Navidad tiene tanta importancia la luz, los cirios, la alegría en medio de la noche… El evangelista Lucas recoge en su evangelio de la infancia un bello himno en el que a Jesús se le llama:

    «el Sol que nace de lo alto, para iluminar a los que están en tinieblas y en sombras de muerte, y para dirigir nuestros pasos por el camino de la paz».

    En este himno se puede entrever el clima en el que se gestaron y nacieron las fiestas cristianas de la Navidad.

    RECUPERAR LA FRESCURA DEL EVANGELIO

    En el prólogo del evangelio de Juan se hacen dos afirmaciones básicas que nos obligan a revisar de manera radical

    nuestra manera de entender y de vivir la fe cristiana, después de veinte siglos de no pocas desviaciones, reduccionismos y enfoques poco fieles al Evangelio de Jesús.

    La primera afirmación es ésta: “La Palabra de Dios se ha hecho carne”. Dios no ha permanecido callado, encerrado

    para siempre en su misterio. Nos ha hablado. Pero no se nos ha revelado por medio de conceptos y doctrinas sublimes. Su Palabra se ha encarnado en la vida entrañable de Jesús para que la puedan entender y acoger hasta los más sencillos.

    La segunda afirmación dice así: “A Dios nadie lo ha visto jamás. El Hijo único, que está en el seno del Padre, es

    quien lo ha dado a conocer”. Los teólogos hablamos mucho de Dios, pero ninguno de nosotros lo ha visto. Los dirigentes religiosos y los predicadores hablamos de él con seguridad, pero ninguno de nosotros ha visto su rostro. Solo Jesús, el Hijo único del Padre, nos ha contado cómo es Dios, cómo nos quiere y cómo busca construir un mundo más humano para todos.

    Esta dos afirmaciones están en el trasfondo del programa renovador del Papa Francisco. Por eso busca una Iglesia

    enraizada en el Evangelio de Jesús, sin enredarnos en doctrinas o costumbres “no directamente ligadas al núcleo del Evangelio”. Si no lo hacemos así, “no será el Evangelio lo que se anuncie, sino algunos acentos doctrinales o morales que proceden de determinadas opciones ideológicas”.

    La actitud del Papa es clara. Solo en Jesús se nos ha revelado la misericordia de Dios. Por eso, hemos de volver a la

    fuerza transformadora del primer anuncio evangélico, sin eclipsar la Buena Noticia de Jesús y “sin obsesionarnos por una multitud de doctrinas que se intenta imponer a fuerza de insistencia”.

    El Papa piensa en una Iglesia en la que el Evangelio pueda recuperar su fuerza de atracción, sin quedar obscurecida por otras formas de entender y vivir hoy la fe cristiana. Por eso, nos invita a “recuperar la frescura original del Evangelio” como lo más bello, lo más grande, lo más atractivo y, al mismo tiempo, lo más “necesario”, sin encerrar a Jesús “en nuestros esquemas aburridos”.

    No nos podemos permitir en estos momentos vivir la fe sin impulsar en nuestras comunidades cristianas la conversión a Jesucristo y a su Evangelio a la que nos llama el Papa. Él mismo nos pide a todos “que apliquemos con generosidad y valentía sus orientaciones sin prohibiciones ni miedos”.

    Recupera la frescura original del Evangelio. Pásalo[/align]

    Fraternalmente.-

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