Inicio Foros Formación cofrade Evangelio Dominical y Festividades Evangelio del domingo 14/09/2014 Exaltación de la Santa Cruz

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  • #8928
    Anónimo
    Inactivo

    Tiene que ser elevado el Hijo del hombre

    Lectura del santo evangelio según San Juan

    En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo:

    -«Nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre.

    Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna.

    Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna.

    Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.»

    Palabra del Señor.

    #12772
    Anónimo
    Inactivo

    [align=justify]Un poco tarde pero os dejo los comentarios al Evangelio.

    ALGO MÁS QUE SOBREVIVIR

    Son muchos los observadores que, durante estos últimos años, vienen detectando en nuestra sociedad contemporánea graves signos indicadores de «una pérdida de amor a la vida».

    Se ha hablado, por ejemplo, del síndrome de la pasividad como uno de los rasgos patológicos más característicos de nuestra sociedad industrial. Son muchas las personas que no se relacionan activamente con el mundo, sino que viven sometidas pasivamente a los ídolos o exigencias del momento.

    Individuos dispuestos a ser alimentados, pero sin capacidad alguna de creatividad personal propia. Hombres y mujeres cuyo único recurso es el conformismo. Seres que funcionan por inercia, movidos por «los tirones» de la sociedad que los empuja en una dirección o en otra.

    Otro síntoma grave es el aburrimiento creciente en las sociedades modernas. La industria de la diversión y el ocio (TV, cine, sala de fiestas, conferencias, viajes…) consigue que el aburrimiento sea menos consciente, pero no logra suprimirlo.

    En muchos individuos sigue creciendo la indiferencia por la vida, el sentimiento de infelicidad, el mal sabor de lo artificial, la incapacidad de entablar contactos vivos y amistosos.

    Otro signo es «el endurecimiento del corazón». Personas cuyo recurso es aislarse, no necesitar de nadie, vivir «congelados afectivamente», desentenderse de todos y defender así su pequeña felicidad cada vez más intocable y cada vez más triste.

    Y, sin embargo, los humanos estamos hechos para vivir y vivir intensamente. Y en esta misma sociedad se puede observar la reacción de muchos hombres y mujeres que buscan en el contacto personal íntimo o en el encuentro con la naturaleza o en el descubrimiento de nuevas experiencias, una salida para «sobrevivir».

    Pero el ser humano necesita algo más que «sobrevivir». Es triste que los creyentes de hoy no seamos capaces de descubrir y experimentar nuestra fe como fuente de vida auténtica.

    No estamos convencidos de que creer en Jesucristo es tener vida eterna, es decir, comenzar a vivir ya desde ahora algo nuevo y definitivo que no está sujeto a la decadencia y a la muerte.

    Hemos olvidado a ese Dios cercano a cada persona concreta, que anima y sostiene nuestra vida y que nos llama y nos urge desde ahora a una vida más plena y más libre.

    Y, sin embargo, ser creyente es sentirse llamado a vivir con mayor plenitud, descubriendo desde nuestra adhesión a Cristo, nuevas posibilidades, nuevas fuerzas y nuevo horizonte a nuestro vivir diario.

    DIOS ES DE TODOS

    Pocas frases habrán sido tan citadas como esta que el evangelio de Juan pone en labios de Jesús. Los autores ven en ella un resumen de lo esencial de la fe, tal como se vivía entre no pocos cristianos a comienzos del siglo II: «Tanto amó Dios al mundo que envió a su Hijo único».

    Dios ama al mundo entero, no solo a aquellas comunidades cristianas a las que ha llegado el mensaje de Jesús. Ama a todo el género humano, no solo a la Iglesia. Dios no es propiedad de los cristianos. No ha de ser acaparado por ninguna religión. No cabe en ninguna catedral, mezquita o sinagoga.

    Dios habita en todo ser humano acompañando a cada persona en sus gozos y desgracias. A nadie deja abandonado, pues tiene sus caminos para encontrarse con cada cual, sin que tenga que seguir necesariamente los que nosotros le marcamos. Jesús le veía cada mañana «haciendo salir su sol sobre buenos y malos».

    Dios no sabe ni quiere ni puede hacer otra cosa sino amar, pues en lo más íntimo de su ser es amor. Por eso dice el evangelio que ha enviado a su Hijo, no para «condenar al mundo», sino para que «el mundo se salve por medio de él». Ama el cuerpo tanto como el alma, y el sexo tanto como la inteligencia. Lo único que desea es ver ya, desde ahora y para siempre, a la humanidad entera disfrutando de su creación.

    Este Dios sufre en la carne de los hambrientos y humillados de la tierra; está en los oprimidos defendiendo su dignidad, y en los que luchan contra la opresión alentando su esfuerzo. Está siempre en nosotros para «buscar y salvar» lo que nosotros estropeamos y echamos a perder.

    Dios es así. Nuestro mayor error sería olvidarlo. Más aún. Encerrarnos en nuestros prejuicios, condenas y mediocridad religiosa, impidiendo a las gentes cultivar esta fe primera y esencial. ¿Para qué sirven los discursos de los teólogos, moralistas, predicadores y catequistas si no despiertan la alabanza al Creador, si no hacen crecer en el mundo la amistad y el amor, si no hacen la vida más bella y luminosa, recordando que el mundo está envuelto por los cuatro costados por el amor de Dios?

    También el de Kamiano.

    CUANDO CIELO Y TIERRA SE UNEN

    La fiesta de la santa Cruz pone de manifiesto la centralidad de este sagrado signo que acompaña la vida del cristiano desde su nacimiento HASTA su muerte, que une el cielo con la tierra gracias a la entrega hasta el extremo del Señor Jesús.

    Cada día dibujamos la cruz en nuestro cuerpo en las diversas oraciones, indicando nuestra adhesión a Aquel que, por nosotros murió en el Calvario. Es nuestra marca, que nos remite CONTINUAMENTE a la ofrenda excepcional de Cristo hasta dar la vida en el patíbulo. Es el signo del perdón frente a la ofensa, de la fuerza que brota la debilidad.

    La cruz ESTÁ presente en iglesias, casas y en nuestro propio cuerpo. En algunos lugares, se ha convertido en lugar de peregrinación. Hay cruces en nuestro mundo que nos unen especialmente al santo madero, como son, las de aquellos que viven la exclusión, la violencia, el hambre y tantos sufrimientos. Nuestra sociedad necesita que mostremos la Cruz de Jesús, de la que dimana su fuerza redentora y su amor por esta humanidad doliente.

    ¡Por el madero ha VENIDO la alegría, el perdón y el amor al mundo entero!

    Fraternalmente.-[/align]

    #18825
    Anónimo
    Inactivo

    [align=justify]Un poco tarde pero os dejo los comentarios al Evangelio.

    ALGO MÁS QUE SOBREVIVIR

    Son muchos los observadores que, durante estos últimos años, vienen detectando en nuestra sociedad contemporánea graves signos indicadores de «una pérdida de amor a la vida».

    Se ha hablado, por ejemplo, del síndrome de la pasividad como uno de los rasgos patológicos más característicos de nuestra sociedad industrial. Son muchas las personas que no se relacionan activamente con el mundo, sino que viven sometidas pasivamente a los ídolos o exigencias del momento.

    Individuos dispuestos a ser alimentados, pero sin capacidad alguna de creatividad personal propia. Hombres y mujeres cuyo único recurso es el conformismo. Seres que funcionan por inercia, movidos por «los tirones» de la sociedad que los empuja en una dirección o en otra.

    Otro síntoma grave es el aburrimiento creciente en las sociedades modernas. La industria de la diversión y el ocio (TV, cine, sala de fiestas, conferencias, viajes…) consigue que el aburrimiento sea menos consciente, pero no logra suprimirlo.

    En muchos individuos sigue creciendo la indiferencia por la vida, el sentimiento de infelicidad, el mal sabor de lo artificial, la incapacidad de entablar contactos vivos y amistosos.

    Otro signo es «el endurecimiento del corazón». Personas cuyo recurso es aislarse, no necesitar de nadie, vivir «congelados afectivamente», desentenderse de todos y defender así su pequeña felicidad cada vez más intocable y cada vez más triste.

    Y, sin embargo, los humanos estamos hechos para vivir y vivir intensamente. Y en esta misma sociedad se puede observar la reacción de muchos hombres y mujeres que buscan en el contacto personal íntimo o en el encuentro con la naturaleza o en el descubrimiento de nuevas experiencias, una salida para «sobrevivir».

    Pero el ser humano necesita algo más que «sobrevivir». Es triste que los creyentes de hoy no seamos capaces de descubrir y experimentar nuestra fe como fuente de vida auténtica.

    No estamos convencidos de que creer en Jesucristo es tener vida eterna, es decir, comenzar a vivir ya desde ahora algo nuevo y definitivo que no está sujeto a la decadencia y a la muerte.

    Hemos olvidado a ese Dios cercano a cada persona concreta, que anima y sostiene nuestra vida y que nos llama y nos urge desde ahora a una vida más plena y más libre.

    Y, sin embargo, ser creyente es sentirse llamado a vivir con mayor plenitud, descubriendo desde nuestra adhesión a Cristo, nuevas posibilidades, nuevas fuerzas y nuevo horizonte a nuestro vivir diario.

    DIOS ES DE TODOS

    Pocas frases habrán sido tan citadas como esta que el evangelio de Juan pone en labios de Jesús. Los autores ven en ella un resumen de lo esencial de la fe, tal como se vivía entre no pocos cristianos a comienzos del siglo II: «Tanto amó Dios al mundo que envió a su Hijo único».

    Dios ama al mundo entero, no solo a aquellas comunidades cristianas a las que ha llegado el mensaje de Jesús. Ama a todo el género humano, no solo a la Iglesia. Dios no es propiedad de los cristianos. No ha de ser acaparado por ninguna religión. No cabe en ninguna catedral, mezquita o sinagoga.

    Dios habita en todo ser humano acompañando a cada persona en sus gozos y desgracias. A nadie deja abandonado, pues tiene sus caminos para encontrarse con cada cual, sin que tenga que seguir necesariamente los que nosotros le marcamos. Jesús le veía cada mañana «haciendo salir su sol sobre buenos y malos».

    Dios no sabe ni quiere ni puede hacer otra cosa sino amar, pues en lo más íntimo de su ser es amor. Por eso dice el evangelio que ha enviado a su Hijo, no para «condenar al mundo», sino para que «el mundo se salve por medio de él». Ama el cuerpo tanto como el alma, y el sexo tanto como la inteligencia. Lo único que desea es ver ya, desde ahora y para siempre, a la humanidad entera disfrutando de su creación.

    Este Dios sufre en la carne de los hambrientos y humillados de la tierra; está en los oprimidos defendiendo su dignidad, y en los que luchan contra la opresión alentando su esfuerzo. Está siempre en nosotros para «buscar y salvar» lo que nosotros estropeamos y echamos a perder.

    Dios es así. Nuestro mayor error sería olvidarlo. Más aún. Encerrarnos en nuestros prejuicios, condenas y mediocridad religiosa, impidiendo a las gentes cultivar esta fe primera y esencial. ¿Para qué sirven los discursos de los teólogos, moralistas, predicadores y catequistas si no despiertan la alabanza al Creador, si no hacen crecer en el mundo la amistad y el amor, si no hacen la vida más bella y luminosa, recordando que el mundo está envuelto por los cuatro costados por el amor de Dios?

    También el de Kamiano.

    CUANDO CIELO Y TIERRA SE UNEN

    La fiesta de la santa Cruz pone de manifiesto la centralidad de este sagrado signo que acompaña la vida del cristiano desde su nacimiento HASTA su muerte, que une el cielo con la tierra gracias a la entrega hasta el extremo del Señor Jesús.

    Cada día dibujamos la cruz en nuestro cuerpo en las diversas oraciones, indicando nuestra adhesión a Aquel que, por nosotros murió en el Calvario. Es nuestra marca, que nos remite CONTINUAMENTE a la ofrenda excepcional de Cristo hasta dar la vida en el patíbulo. Es el signo del perdón frente a la ofensa, de la fuerza que brota la debilidad.

    La cruz ESTÁ presente en iglesias, casas y en nuestro propio cuerpo. En algunos lugares, se ha convertido en lugar de peregrinación. Hay cruces en nuestro mundo que nos unen especialmente al santo madero, como son, las de aquellos que viven la exclusión, la violencia, el hambre y tantos sufrimientos. Nuestra sociedad necesita que mostremos la Cruz de Jesús, de la que dimana su fuerza redentora y su amor por esta humanidad doliente.

    ¡Por el madero ha VENIDO la alegría, el perdón y el amor al mundo entero!

    Fraternalmente.-[/align]

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