Inicio › Foros › Formación cofrade › Evangelio Dominical y Festividades › Evangelio del domingo 11/01/2015 2ª de Navidad
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5 enero, 2015 a las 18:04 #9074
Anónimo
InactivoTú eres mi Hijo amado, mi predilecto.Lectura del santo evangelio según San Marcos.En aquel tiempo, proclamaba Juan: «Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo.»
Por entonces llegó Jesús desde Nazaret de Galilea a que Juan lo bautizara en el Jordán.
Apenas salió del agua, vio rasgarse el cielo y al Espíritu bajar hacia él como una paloma.
Se oyó una voz del cielo: «Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto.»
Palabra del Señor.10 enero, 2015 a las 12:15 #12794Anónimo
Inactivo[align=justify]Os dejo los comentarios al Evangelio del domingo.PASAR DE DIOSOs bautizará con Espíritu Santo
Mc. 1, 6b-11
A nuestra vida, para ser humana, le falta una dimensión esencial: La interioridad. Se nos obliga a vivir con rapidez, sin detenernos en nada ni en nadie, y la felicidad no tiene tiempo para penetrar hasta nuestra alma.
Pasamos rápidamente por todo y nos quedamos casi siempre en la superficie. Se nos está olvidando escuchar y mirar la vida con un poco de hondura y profundidad.
El silencio nos podría curar, pero ya no somos capaces de encontrarlo en medio de nuestras mil ocupaciones. Cada vez hay menos espacio para el espíritu en nuestra vida diaria. Por otra parte, ¿quién se atreve a ocuparse de cosas tan sospechosas como la vida interior, la meditación o la búsqueda de Dios?.
Privados de vida interior, sobrevivimos cerrando los ojos, olvidando nuestra alma, revistiéndonos de capas y más capas de proyectos, ocupaciones, ilusiones y planes. Nos hemos adaptado ya y hasta hemos aprendido a vivir “como cosas en medio de cosas”
Pero lo triste es observar que, con demasiada frecuencia, tampoco la religión es capaz de dar calor y vida interior a las personas. En un mundo que ha apostado por lo “exterior”, Dios queda como un objetivo demasiado lejano y, a decir verdad, de poco interés para la vida diaria.
Por ello, no es extraño ver que muchos hombres y mujeres “pasan de Dios”, lo ignoran, no saben de qué se trata, han conseguido vivir sin tener necesidad de El. Quizás existe, pero lo cierto es que no les “sirve” para nada útil.
Los evangelistas presentan a Jesús como el que viene a “bautizar con Espíritu Santo», es decir, como alguien que puede limpiar nuestra existencia y sanarla con la fuerza del Espíritu. Y, quizás, la primera tarea de la Iglesia actual sea, precisamente, la de ofrecer ese “Bautismo de Espíritu Santo” a las personas de hoy.
Necesitamos ese Espíritu que nos enseñe a pasar de lo puramente exterior a lo que hay de más íntimo del ser humano, en el mundo y en la vida. Un Espíritu que nos enseñe a acoger a ese Dios que habita en el interior de nuestras vidas y en el centro de nuestra existencia.
No basta que el Evangelio sea predicado con palabras. Nuestros oídos están demasiado acostumbrados y no escuchen ya el mensaje de las palabras. Sólo nos puede convencer la experiencia real, viva, concreta de una alegría interior nueva y diferente.
Hombres y mujeres, convertidos en paquetes de nervios excitados, seres movidos por una agitación exterior vacía, cansados ya de casi todo y sin apenas alegría interior alguna, ¿podemos hacer algo mejor que detener un poco nuestra vida, invocar humildemente a un Dios en el que todavía creemos y abrirnos confiadamente al Espíritu que puede transformar nuestra existencia?
JESUS EN EL JORDANCuando se acercó al Jordán, Jesús se encontró con un espectáculo conmovedor: gentes venidas de todas partes se hacían bautizar por Juan, confesando sus pecados e invocando el perdón de Dios.
No había entre aquella muchedumbre sacerdotes del templo ni escribas de Jerusalén. La mayoría era gente de las aldeas; también se ven entre ellos prostitutas, recaudadores y personas de conducta sospechosa. Se respira una actitud de «conversión».
La purificación en las aguas vivas del Jordán significa el paso del desierto a la tierra que Dios les ofrece de nuevo para disfrutarla de manera más digna y justa.
En el Jordán se está iniciando la «restauración» de Israel. Los bautizados vuelven a sus casas para vivir de manera nueva, como miembros de un pueblo renovado, preparado para acoger la llegada ya inminente de Dios.
Jesús se acercó al Bautista, escuchó su llamada a la conversión y se hizo bautizar por él en las aguas del río Jordán. El hecho ocurrió en torno al año 28. Para Jesús es un momento decisivo, pues significa un giro total en su vida. Aquel joven artesano oriundo de una pequeña aldea de Galilea no vuelve ya a Nazaret. En adelante se dedicará en cuerpo y alma a una tarea de carácter profético.
Le atrae la idea de preparar al pueblo para el encuentro con su Dios. Esta esperanza, recogida inicialmente del Bautista, será su objetivo principal cuando, dentro ya de un horizonte nuevo, se dedique a hacerla realidad sobre todo entre los más desgraciados: llamar al pueblo para acoger a su Dios, despertar la esperanza en los corazones, trabajar por la restauración de Israel, buscar una convivencia más justa y más fiel a la Alianza… Probablemente Jesús iba perfilando ya, en el desierto del Jordán, las grandes líneas de su misión.
Cuando, en medio del silencio del desierto, se acallan de noche los gritos del Bautista y no se oye el rumor de la confesión de los pecados de quienes se sumergen en el Jordán, Jesús escucha la voz de Dios, que lo llama a una misión nueva.
CONFIANZA Y DOCILIDADJesús vivió en el Jordán una experiencia que marcó para siempre su vida. No se quedó ya con el Bautista. Tampoco volvió a su trabajo en la aldea de Nazaret. Movido por un impulso incontenible, comenzó a recorrer los caminos de Galilea anunciando la Buena Noticia de Dios. Como es natural, el evangelista Marcos no puede describir lo que ha vivido Jesús en su intimidad, pero ha sido capaz de recrear una escena conmovedora para sugerirlo. Está construida con rasgos «míticos» de hondo significado. «Los cielos se rasgan»: ya no hay distancias; Dios se comunica íntimamente con Jesús. Se oye «una voz venida del cielo: Tú eres mi hijo querido. En ti me complazco». Lo esencial está dicho. Esto es lo que Jesús escucha de Dios en su interior: «Tú eres mío. Eres mi hijo. Tu ser está brotando de mí. Yo soy tu Padre. Te quiero entrañablemente; me llena de gozo que seas mi hijo; me siento feliz». En adelante, Jesús no lo llamará con otro nombre: Abbá, Padre. De esta experiencia brotan dos actitudes que Jesús vivió y trató de contagiarnos a todos: confianza increíble en Dios y docilidad. Jesús confía en Dios de manera espontánea. Se abandona a él sin recelos ni cálculos. No vive nada de forma forzada o artificial. Confía en Dios. Se siente hijo querido. Por eso nos enseña a llamarle a Dios «Padre». Le apena la «fe pequeña» de sus discípulos. Con esa fe raquítica no se puede vivir. Nos repite una y otra vez: «No tengáis miedo. Confiad». Toda su vida la pasó infundiendo confianza en Dios. Al mismo tiempo, Jesús vive en una actitud de docilidad total a Dios. Nada ni nadie le apartará de ese camino. Como hijo bueno, busca ser la alegría de su padre. Como hijo fiel, vive identificándose con él, imitándole en todo. Es lo que trata de enseñarnos a todas las generaciones: «Imitad a Dios. Pareceos a vuestro Padre. Sed buenos como vuestro Padre del cielo es bueno. Reproducid su bondad. Es lo mejor para la humanidad». En tiempos de crisis de fe no debemos perdernos en lo accesorio y secundario. Es esencial cuidar lo esencial: la confianza total en Dios y la docilidad humilde. Todo lo demás viene después. Es una pena que, a pesar de decirnos seguidores de Jesús, volvamos tan fácilmente a imágenes regresivas del Antiguo Testamento abandonando la experiencia más genuina de Dios.
[/align] 10 enero, 2015 a las 12:15 #18847Anónimo
Inactivo[align=justify]Os dejo los comentarios al Evangelio del domingo.PASAR DE DIOSOs bautizará con Espíritu Santo
Mc. 1, 6b-11
A nuestra vida, para ser humana, le falta una dimensión esencial: La interioridad. Se nos obliga a vivir con rapidez, sin detenernos en nada ni en nadie, y la felicidad no tiene tiempo para penetrar hasta nuestra alma.
Pasamos rápidamente por todo y nos quedamos casi siempre en la superficie. Se nos está olvidando escuchar y mirar la vida con un poco de hondura y profundidad.
El silencio nos podría curar, pero ya no somos capaces de encontrarlo en medio de nuestras mil ocupaciones. Cada vez hay menos espacio para el espíritu en nuestra vida diaria. Por otra parte, ¿quién se atreve a ocuparse de cosas tan sospechosas como la vida interior, la meditación o la búsqueda de Dios?.
Privados de vida interior, sobrevivimos cerrando los ojos, olvidando nuestra alma, revistiéndonos de capas y más capas de proyectos, ocupaciones, ilusiones y planes. Nos hemos adaptado ya y hasta hemos aprendido a vivir “como cosas en medio de cosas”
Pero lo triste es observar que, con demasiada frecuencia, tampoco la religión es capaz de dar calor y vida interior a las personas. En un mundo que ha apostado por lo “exterior”, Dios queda como un objetivo demasiado lejano y, a decir verdad, de poco interés para la vida diaria.
Por ello, no es extraño ver que muchos hombres y mujeres “pasan de Dios”, lo ignoran, no saben de qué se trata, han conseguido vivir sin tener necesidad de El. Quizás existe, pero lo cierto es que no les “sirve” para nada útil.
Los evangelistas presentan a Jesús como el que viene a “bautizar con Espíritu Santo», es decir, como alguien que puede limpiar nuestra existencia y sanarla con la fuerza del Espíritu. Y, quizás, la primera tarea de la Iglesia actual sea, precisamente, la de ofrecer ese “Bautismo de Espíritu Santo” a las personas de hoy.
Necesitamos ese Espíritu que nos enseñe a pasar de lo puramente exterior a lo que hay de más íntimo del ser humano, en el mundo y en la vida. Un Espíritu que nos enseñe a acoger a ese Dios que habita en el interior de nuestras vidas y en el centro de nuestra existencia.
No basta que el Evangelio sea predicado con palabras. Nuestros oídos están demasiado acostumbrados y no escuchen ya el mensaje de las palabras. Sólo nos puede convencer la experiencia real, viva, concreta de una alegría interior nueva y diferente.
Hombres y mujeres, convertidos en paquetes de nervios excitados, seres movidos por una agitación exterior vacía, cansados ya de casi todo y sin apenas alegría interior alguna, ¿podemos hacer algo mejor que detener un poco nuestra vida, invocar humildemente a un Dios en el que todavía creemos y abrirnos confiadamente al Espíritu que puede transformar nuestra existencia?
JESUS EN EL JORDANCuando se acercó al Jordán, Jesús se encontró con un espectáculo conmovedor: gentes venidas de todas partes se hacían bautizar por Juan, confesando sus pecados e invocando el perdón de Dios.
No había entre aquella muchedumbre sacerdotes del templo ni escribas de Jerusalén. La mayoría era gente de las aldeas; también se ven entre ellos prostitutas, recaudadores y personas de conducta sospechosa. Se respira una actitud de «conversión».
La purificación en las aguas vivas del Jordán significa el paso del desierto a la tierra que Dios les ofrece de nuevo para disfrutarla de manera más digna y justa.
En el Jordán se está iniciando la «restauración» de Israel. Los bautizados vuelven a sus casas para vivir de manera nueva, como miembros de un pueblo renovado, preparado para acoger la llegada ya inminente de Dios.
Jesús se acercó al Bautista, escuchó su llamada a la conversión y se hizo bautizar por él en las aguas del río Jordán. El hecho ocurrió en torno al año 28. Para Jesús es un momento decisivo, pues significa un giro total en su vida. Aquel joven artesano oriundo de una pequeña aldea de Galilea no vuelve ya a Nazaret. En adelante se dedicará en cuerpo y alma a una tarea de carácter profético.
Le atrae la idea de preparar al pueblo para el encuentro con su Dios. Esta esperanza, recogida inicialmente del Bautista, será su objetivo principal cuando, dentro ya de un horizonte nuevo, se dedique a hacerla realidad sobre todo entre los más desgraciados: llamar al pueblo para acoger a su Dios, despertar la esperanza en los corazones, trabajar por la restauración de Israel, buscar una convivencia más justa y más fiel a la Alianza… Probablemente Jesús iba perfilando ya, en el desierto del Jordán, las grandes líneas de su misión.
Cuando, en medio del silencio del desierto, se acallan de noche los gritos del Bautista y no se oye el rumor de la confesión de los pecados de quienes se sumergen en el Jordán, Jesús escucha la voz de Dios, que lo llama a una misión nueva.
CONFIANZA Y DOCILIDADJesús vivió en el Jordán una experiencia que marcó para siempre su vida. No se quedó ya con el Bautista. Tampoco volvió a su trabajo en la aldea de Nazaret. Movido por un impulso incontenible, comenzó a recorrer los caminos de Galilea anunciando la Buena Noticia de Dios. Como es natural, el evangelista Marcos no puede describir lo que ha vivido Jesús en su intimidad, pero ha sido capaz de recrear una escena conmovedora para sugerirlo. Está construida con rasgos «míticos» de hondo significado. «Los cielos se rasgan»: ya no hay distancias; Dios se comunica íntimamente con Jesús. Se oye «una voz venida del cielo: Tú eres mi hijo querido. En ti me complazco». Lo esencial está dicho. Esto es lo que Jesús escucha de Dios en su interior: «Tú eres mío. Eres mi hijo. Tu ser está brotando de mí. Yo soy tu Padre. Te quiero entrañablemente; me llena de gozo que seas mi hijo; me siento feliz». En adelante, Jesús no lo llamará con otro nombre: Abbá, Padre. De esta experiencia brotan dos actitudes que Jesús vivió y trató de contagiarnos a todos: confianza increíble en Dios y docilidad. Jesús confía en Dios de manera espontánea. Se abandona a él sin recelos ni cálculos. No vive nada de forma forzada o artificial. Confía en Dios. Se siente hijo querido. Por eso nos enseña a llamarle a Dios «Padre». Le apena la «fe pequeña» de sus discípulos. Con esa fe raquítica no se puede vivir. Nos repite una y otra vez: «No tengáis miedo. Confiad». Toda su vida la pasó infundiendo confianza en Dios. Al mismo tiempo, Jesús vive en una actitud de docilidad total a Dios. Nada ni nadie le apartará de ese camino. Como hijo bueno, busca ser la alegría de su padre. Como hijo fiel, vive identificándose con él, imitándole en todo. Es lo que trata de enseñarnos a todas las generaciones: «Imitad a Dios. Pareceos a vuestro Padre. Sed buenos como vuestro Padre del cielo es bueno. Reproducid su bondad. Es lo mejor para la humanidad». En tiempos de crisis de fe no debemos perdernos en lo accesorio y secundario. Es esencial cuidar lo esencial: la confianza total en Dios y la docilidad humilde. Todo lo demás viene después. Es una pena que, a pesar de decirnos seguidores de Jesús, volvamos tan fácilmente a imágenes regresivas del Antiguo Testamento abandonando la experiencia más genuina de Dios.
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