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15 julio, 2015 a las 6:37 #9304
Anónimo
InactivoSantos: Buenaventura, obispo y doctor de la Iglesia; Abudemo, Agripino, Eutropio, Zósima, Bonosa, Catulino, Jenaro, Julia, Segundo, Máximo, Vito, Modesto, Ciriaco, Antíoco, Felipe, mártires; Bladimiro, Regisvinda, Pompilio María Pirroti, Everardo, Felicísimo, Balduino, confesores; Terencio, Jacobo, Atanasio, Santiago, obispos; Félix, José, obispos y mártirer; Gumberto, abad.San Félix de Tibiuca, obispo y mártir.En los comienzos de la persecución de Diocleciano, muchos cristianos entregaban a los perseguidores los libros sagrados para que los quemasen y de esta manera demostrar públicamente su apostasía y salvar la vida por ello.
Algunos trataron de disculpar su proceder o disminuir su culpabilidad, como si las circunstancias pudiesen justificar la cooperación en una acción impía o sacrílega.
Félix, obispo de África proconsular, lejos de seguir el mal ejemplo de tantos otros cristianos, se sintió más bien espoleado a adoptar una conducta vigorosa y vigilante.
El magistrado de Tibiuca, Magniliano, le ordenó que entregase todos los libros y escritos sagrados para quemarlos.
El obispo replicó que estaba obligado a obedecer a Dios antes que a los hombres, y entonces Magniliano le envió al procónsul de Cartago.
Según cuenta el relato del martirio, el procónsul, enfurecido por la valiente confesión del santo, le cargó de cadenas y le encerró en una horrible mazmorra.
Nueve días después, le envió en un navío a Italia para que le juzgase Maximino. La travesía duró cuatro días; el obispo fue encerrado en la cala del barco con los caballos y no probó alimento ni bebida.
Los cristianos de Agrigento, de Sicilia y de todas las ciudades por donde pasó el santo, le acogieron jubilosamente.
En Venosa de la Apulia, el prefecto mandó quitarle los grilletes y le preguntó si realmente poseía libros sagrados y por qué razón se rehusaba a entregarlos. Félix replicó que no podía negar que poseyese libros sagrados, pero que jamás los entregaría.
Y sin más averiguaciones, el prefecto le mandó decapitar.
En el sitio de la ejecución San Félix dio gracias a Dios por su bondad y, en seguida, tendió la cabeza al verdugo para ofrecerse en sacrificio, a Aquél que vive por los siglos de los siglos.
Tenía entonces cincuenta y seis años.
Fue una de las primeras víctimas de la persecución de Diocleciano.
Pero La leyenda de la deportación de San Félix a Italia y su martirio en ese país, es una invención del hagiógrafo, quien quería hacer de él un santo italiano.
Lo que está fuera de duda que san Félix fue martirizado por el procónsul de Cartago, que ante la orden del procurador Magniliano de que se arrojasen al fuego los libros de la Biblia, respondió que prefería ser abrasado él mismo antes que quemar las Sagradas Escrituras, y por esta respuesta el procurador Anulino le atravesó con la espada.
Sus reliquias fueron más tarde trasladadas a la vía llamada de los Escilitanos, en la basílica de Fausto, de dicha ciudad.
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