Inicio Foros Formación cofrade Evangelio Dominical y Festividades Evangelio del domingo 31/01/2016 4º de Tiempo Ordinario.

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    Anónimo
    Inactivo

    Jesús, como Elías y Elíseo, no solo es enviado a los judíos

    Lectura del santo evangelio según San Lucas

    En aquel tiempo, Jesús comenzó a decir en la sinagoga:

    – «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír.»

    Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de su boca.

    Y decían:

    – «¿No es éste el hijo de José?»

    Pero Jesús les dijo:

    – «Sin duda me diréis aquel refrán: «Médico, cúrate a ti mismo»; haz también aquí, en tu pueblo, lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún.»

    Y añadió:

    – «En verdad os digo que ningún profeta es aceptado en su pueblo. Puedo aseguraros que en Israel había muchas viudas en los días de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías sino a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, sin embargo, ninguno de ellos fue curado sino Naamán, el sirio.»

    Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo echaron fuera del pueblo y lo llevaron hasta un precipicio del monte sobre el que estaba edificado su pueblo, con intención de despeñarlo. Pero Jesús se abrió paso entre ellos y se seguía su camino.

    Palabra del Señor.

    #12837
    Anónimo
    Inactivo

    Os dejo los comentarios del Evangelio del domingo:

    EDUCAR LA VOLUNTAD

    [align=justify]No está de moda hablar de disciplina, esfuerzo o renuncia. Pocos se atreven hoy a mostrar la importancia que tiene en la vida la educación de una voluntad fuerte y recia. Vivimos más bien envueltos en eso que el catedrático de psiquiatría Enrique Rojas llama «la filosofía del me apetece». Esa es la principal motivación que inspira la vida de no pocos: «no me apetece», «esto me va», «aquello no me gusta».

    En pocos años, ha ido creciendo de manera alarmante el número de personas de voluntad débil, caprichosas y blandas, incapaces de proponerse metas y objetivos concretos. Hombres y mujeres inconstantes que giran como veletas según el viento del momento, llevados y traídos por lo que, en cada instante, les pide el cuerpo.

    Buscan una vida cómoda y placentera, pero les espera un futuro difícil. En el amor no llegarán muy lejos, pues no saben lo que es renunciar, ni conocen la importancia del sacrificio y la dedicación al bien del otro. Son como niños consentidos y caprichosos que estropean cualquier relación basada en el amor y la entrega generosa.

    Tampoco lograrán nada grande y noble en los demás aspectos de su vida. Nunca desarrollarán sus verdaderas posibilidades. Se instalarán en la mediocridad y arrastrarán, a donde quiera que vayan, su personalidad mal diseñada, fruto del abandono y la dejadez.

    El hombre de hoy necesita recordar que la voluntad es un rasgo esencial del ser humano. Tanto como la razón. Incluso se ha de decir que la persona con voluntad llega más lejos en su crecimiento personal que quien es inteligente. Lo grande es casi siempre fruto de la determinación y la tenacidad.

    Educar la voluntad es un trabajo que requiere esfuerzo diario. Hay que utilizar herramientas tan concretas como la disciplina, el orden, la constancia y la ilusión. Hay que saber renunciar a la satisfacción de lo inmediato en función de metas futuras.

    Pero merece la pena. Antes o después, van llegando los frutos. La persona se va haciendo más libre y más dueña de sí misma. No se doblega fácilmente a las dificultades. Su vida va alcanzando una madurez que enriquece a quienes encuentra en su camino.

    El modelo más limpio lo encuentra el cristiano en ese Jesús capaz de ser fiel a su misión, a pesar de los rechazos y desprecios que encuentra en su camino. El evangelista Lucas nos dice que sus propios vecinos de Nazaret trataban de «despeñarlo», pero él «se abrió paso entre ellos» para continuar su tarea salvadora[/align]
    [align=right]José Antonio Pagola[/align]

    ¿NO NECESITAMOS PROFETAS?

    [align=justify]«Un gran profeta ha surgido entre nosotros». Así gritaban en las aldeas de Galilea, sorprendidos por las palabras y los gestos de Jesús. Sin embargo, no es esto lo que sucede en Nazaret cuando se presenta ante sus vecinos como ungido como Profeta de los pobres.

    Jesús observa primero su admiración y luego su rechazo. No se sorprende. Les recuerda un conocido refrán: «Os aseguro que ningún profeta es bien acogido en su tierra». Luego, cuando lo expulsan fuera del pueblo e intentan acabar con él, Jesús los abandona. El narrador dice que «se abrió paso entre ellos y se fue alejando». Nazaret se quedó sin el Profeta Jesús.

    Jesús es y actúa como profeta. No es un sacerdote del templo ni un maestro de la ley. Su vida se enmarca en la tradición profética de Israel. A diferencia de los reyes y sacerdotes, el profeta no es nombrado ni ungido por nadie. Su autoridad proviene de Dios, empeñado en alentar y guiar con su Espíritu a su pueblo querido cuando los dirigentes políticos y religiosos no saben hacerlo. No es casual que los cristianos confiesen a Dios encarnado en un profeta.

    Los rasgos del profeta son inconfundibles. En medio de una sociedad injusta donde los poderosos buscan su bienestar silenciando el sufrimiento de los que lloran, el profeta se atreve a leer y a vivir la realidad desde la compasión de Dios por los últimos. Su vida entera se convierte en «presencia alternativa» que critica las injusticias y llama a la conversión y el cambio.

    Por otra parte, cuando la misma religión se acomoda a un orden de cosas injusto y sus intereses ya no responden a los de Dios, el profeta sacude la indiferencia y el autoengaño, critica la ilusión de eternidad y absoluto que amenaza a toda religión y recuerda a todos que solo Dios salva. Su presencia introduce una esperanza nueva pues invita a pensar el futuro desde la libertad y el amor de Dios.

    Una Iglesia que ignora la dimensión profética de Jesús y de sus seguidores, corre el riesgo de quedarse sin profetas.

    · Nos preocupa mucho la escasez de sacerdotes y pedimos vocaciones para el servicio presbiteral. ¿Por qué no pedimos que Dios suscite profetas? ¿No los necesitamos? ¿No sentimos necesidad de suscitar el espíritu profético en nuestras comunidades?

    · Una Iglesia sin profetas, ¿no corre el riesgo de caminar sorda a las llamadas de Dios a la conversión y el cambio?

    · Un cristianismo sin espíritu profético, ¿no tiene el peligro de quedar controlado por el orden, la tradición o el miedo a la novedad de Dios?[/align]
    [align=right]José Antonio Pagola[/align]

    También el de Kamiano.

    LA REVOLUCIÓN DEL HIJO DEL CARPINTERO

    [align=justify]La revolución del hijo del carpintero comenzó cuando se propuso tallar un hombre o una mujer con formas de corazones. Parece que los que son duros y cerrados en su interior son madera imposible para la talla. El hijo del carpintero quiere talla, formar nuevas vidas con el Amor. No hace falta más milagro que el diseño de su Corazón. El Corazón de Jesús talla corazones para que aprendamos a amar, sin necesidad de nada más. El hijo del carpintero nos tiene desconcertados. Buscamos signos y Él mismo se nos da con el mayor de ellos: el Amor. El hijo del carpintero no sería profeta hoy en su tierra. Ya no se valoran a los carpinteros, auténticos ebanistas del corazón.[/align]
    [align=right] Texto: Fernando Cordero ss.cc –[/align]

    #18890
    Anónimo
    Inactivo

    Os dejo los comentarios del Evangelio del domingo:

    EDUCAR LA VOLUNTAD

    [align=justify]No está de moda hablar de disciplina, esfuerzo o renuncia. Pocos se atreven hoy a mostrar la importancia que tiene en la vida la educación de una voluntad fuerte y recia. Vivimos más bien envueltos en eso que el catedrático de psiquiatría Enrique Rojas llama «la filosofía del me apetece». Esa es la principal motivación que inspira la vida de no pocos: «no me apetece», «esto me va», «aquello no me gusta».

    En pocos años, ha ido creciendo de manera alarmante el número de personas de voluntad débil, caprichosas y blandas, incapaces de proponerse metas y objetivos concretos. Hombres y mujeres inconstantes que giran como veletas según el viento del momento, llevados y traídos por lo que, en cada instante, les pide el cuerpo.

    Buscan una vida cómoda y placentera, pero les espera un futuro difícil. En el amor no llegarán muy lejos, pues no saben lo que es renunciar, ni conocen la importancia del sacrificio y la dedicación al bien del otro. Son como niños consentidos y caprichosos que estropean cualquier relación basada en el amor y la entrega generosa.

    Tampoco lograrán nada grande y noble en los demás aspectos de su vida. Nunca desarrollarán sus verdaderas posibilidades. Se instalarán en la mediocridad y arrastrarán, a donde quiera que vayan, su personalidad mal diseñada, fruto del abandono y la dejadez.

    El hombre de hoy necesita recordar que la voluntad es un rasgo esencial del ser humano. Tanto como la razón. Incluso se ha de decir que la persona con voluntad llega más lejos en su crecimiento personal que quien es inteligente. Lo grande es casi siempre fruto de la determinación y la tenacidad.

    Educar la voluntad es un trabajo que requiere esfuerzo diario. Hay que utilizar herramientas tan concretas como la disciplina, el orden, la constancia y la ilusión. Hay que saber renunciar a la satisfacción de lo inmediato en función de metas futuras.

    Pero merece la pena. Antes o después, van llegando los frutos. La persona se va haciendo más libre y más dueña de sí misma. No se doblega fácilmente a las dificultades. Su vida va alcanzando una madurez que enriquece a quienes encuentra en su camino.

    El modelo más limpio lo encuentra el cristiano en ese Jesús capaz de ser fiel a su misión, a pesar de los rechazos y desprecios que encuentra en su camino. El evangelista Lucas nos dice que sus propios vecinos de Nazaret trataban de «despeñarlo», pero él «se abrió paso entre ellos» para continuar su tarea salvadora[/align]
    [align=right]José Antonio Pagola[/align]

    ¿NO NECESITAMOS PROFETAS?

    [align=justify]«Un gran profeta ha surgido entre nosotros». Así gritaban en las aldeas de Galilea, sorprendidos por las palabras y los gestos de Jesús. Sin embargo, no es esto lo que sucede en Nazaret cuando se presenta ante sus vecinos como ungido como Profeta de los pobres.

    Jesús observa primero su admiración y luego su rechazo. No se sorprende. Les recuerda un conocido refrán: «Os aseguro que ningún profeta es bien acogido en su tierra». Luego, cuando lo expulsan fuera del pueblo e intentan acabar con él, Jesús los abandona. El narrador dice que «se abrió paso entre ellos y se fue alejando». Nazaret se quedó sin el Profeta Jesús.

    Jesús es y actúa como profeta. No es un sacerdote del templo ni un maestro de la ley. Su vida se enmarca en la tradición profética de Israel. A diferencia de los reyes y sacerdotes, el profeta no es nombrado ni ungido por nadie. Su autoridad proviene de Dios, empeñado en alentar y guiar con su Espíritu a su pueblo querido cuando los dirigentes políticos y religiosos no saben hacerlo. No es casual que los cristianos confiesen a Dios encarnado en un profeta.

    Los rasgos del profeta son inconfundibles. En medio de una sociedad injusta donde los poderosos buscan su bienestar silenciando el sufrimiento de los que lloran, el profeta se atreve a leer y a vivir la realidad desde la compasión de Dios por los últimos. Su vida entera se convierte en «presencia alternativa» que critica las injusticias y llama a la conversión y el cambio.

    Por otra parte, cuando la misma religión se acomoda a un orden de cosas injusto y sus intereses ya no responden a los de Dios, el profeta sacude la indiferencia y el autoengaño, critica la ilusión de eternidad y absoluto que amenaza a toda religión y recuerda a todos que solo Dios salva. Su presencia introduce una esperanza nueva pues invita a pensar el futuro desde la libertad y el amor de Dios.

    Una Iglesia que ignora la dimensión profética de Jesús y de sus seguidores, corre el riesgo de quedarse sin profetas.

    · Nos preocupa mucho la escasez de sacerdotes y pedimos vocaciones para el servicio presbiteral. ¿Por qué no pedimos que Dios suscite profetas? ¿No los necesitamos? ¿No sentimos necesidad de suscitar el espíritu profético en nuestras comunidades?

    · Una Iglesia sin profetas, ¿no corre el riesgo de caminar sorda a las llamadas de Dios a la conversión y el cambio?

    · Un cristianismo sin espíritu profético, ¿no tiene el peligro de quedar controlado por el orden, la tradición o el miedo a la novedad de Dios?[/align]
    [align=right]José Antonio Pagola[/align]

    También el de Kamiano.

    LA REVOLUCIÓN DEL HIJO DEL CARPINTERO

    [align=justify]La revolución del hijo del carpintero comenzó cuando se propuso tallar un hombre o una mujer con formas de corazones. Parece que los que son duros y cerrados en su interior son madera imposible para la talla. El hijo del carpintero quiere talla, formar nuevas vidas con el Amor. No hace falta más milagro que el diseño de su Corazón. El Corazón de Jesús talla corazones para que aprendamos a amar, sin necesidad de nada más. El hijo del carpintero nos tiene desconcertados. Buscamos signos y Él mismo se nos da con el mayor de ellos: el Amor. El hijo del carpintero no sería profeta hoy en su tierra. Ya no se valoran a los carpinteros, auténticos ebanistas del corazón.[/align]
    [align=right] Texto: Fernando Cordero ss.cc –[/align]

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