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18 abril, 2016 a las 20:15 #9640
Anónimo
InactivoOs doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otrosLectura del santo Evangelio según San JuanCuando salió Judas del cenáculo, dijo Jesús: – «Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Sí Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en si mismo: pronto lo glorificará. Hijitos, me queda poco de estar con vosotros. Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también entre vosotros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos : si os amáis unos a otros».
Palabra del Señor.21 abril, 2016 a las 16:19 #12854Anónimo
InactivoOs dejo los comentarios sobre el Evangelio. LA SEÑAL[align=justify]Pocas veces se habrá hablado tanto del amor y se habrá falseado al mismo tiempo tanto su contenido más hondo y humano.Hay revistas de amor, canciones de amor, películas de amor, citas de amor, cartas de amor, técnicas para «hacer el amor»… Pero, ¿qué es el amor? ¿cómo se vive y se alimenta el amor?
Cualquier observador sereno de nuestra sociedad sabe que tantas cosas a las que se llama hoy «amor» no son en realidad sino otras tantas formas de desintegrar el verdadero amor.
Hay quienes llaman amor al contacto fugaz y trivial de dos personas que «disfrutan» mutuamente vacías de ternura, afecto y mutua entrega.
Para otros, amor no es sino una hábil manera de someter a otro a sus intereses ocultos y sus satisfacciones egoístas.
No pocos creen vivir el amor cuando sólo buscan en realidad un refugio y un remedio para una sensación de soledad que, de otro modo, les resultaría insoportable.
Bastantes creen encontrar el amor en una relación satisfactoria donde la mutua tolerancia y el intercambio de satisfacciones los une frente a un mundo hostil y amenazador.
Pero en esta sociedad donde se corre con frecuencia tras ese ideal descrito por A. Huxley del hombre bien alimentado, bien vestido, sexualmente satisfecho y con posibilidad de divertirse intensamente, son ya bastante los que experimentan la verdad de la fina observación de A. Saint-Exupéry: «Los hombres compran cosas hechas a los mercaderes. Pero, como no existen mercaderes de amigos, los hombres ya no tienen amigos».
En en esta sociedad donde los creyentes hemos de escuchar la actualidad de las palabras de Jesús: «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado. La señal por la que conocerán que sois discípulos míos, será que os amáis unos a otros».
Los cristianos estamos llamados a distinguimos no por un saber particular, por una doctrina ni por la observancia de unos ritos o unas leyes. Nuestra verdadera identidad y distintivo se basa en nuestro modo de amar.
Se nos tiene que conocer por nuestro estilo de amar que tiene como criterio y punto de referencia el modo de amar de Jesús.
Un amor, por tanto, desinteresado, que sabe acoger y ponerse al servicio del otro, sin límites ni discriminaciones. Un amor que sabe afirmar la vida, el crecimiento, la libertad y la felicidad de los demás.
Esta es la tarea gozosa del creyente en esta sociedad donde se falsifica tanto el amor. Desarrollar nuestra capacidad de amar siguiendo el estilo de Jesús.
El que se adentre por este camino descubrirá que sólo el amor hace que la vida merezca ser vivida y que sólo desde el verdadero amor es posible experimentar la gran alegría de vivir.
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[align=right]José Antonio Pagola[/align] NO PERDER LA IDENTIDAD[align=justify]Jesús se está despidiendo de sus discípulos. Dentro de muy poco, ya no lo tendrán con ellos. Jesús les habla con ternura especial: «Hijitos míos, me queda poco de estar con vosotros». La comunidad es pequeña y frágil. Acaba de nacer. Los discípulos son como niños pequeños. ¿Qué será de ellos si se quedan sin el Maestro?Jesús les hace un regalo: «Os doy un mandato nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado». Si se quieren mutuamente con el amor con que Jesús los ha querido, no dejarán de sentirlo vivo en medio de ellos. El amor que han recibido de Jesús seguirá difundiéndose entre los suyos.
Por eso, Jesús añade: «La señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros». Lo que permitirá descubrir que una comunidad que se dice cristiana es realmente de Jesús, no será la confesión de una doctrina, ni la observancia de unos ritos, ni el cumplimiento de una disciplina, sino el amor vivido con el espíritu de Jesús. En ese amor está su identidad.
Vivimos en una sociedad donde se ha ido imponiendo la «cultura del intercambio». Las personas se intercambian objetos, servicios y prestaciones. Con frecuencia, se intercambian además sentimientos, cuerpos y hasta amistad. Eric Fromm llegó a decir que «el amor es un fenómeno marginal en la sociedad contemporánea». La gente capaz de amar es una excepción.
Probablemente sea un análisis excesivamente pesimista, pero lo cierto es que, para vivir hoy el amor cristiano, es necesario resistirse a la atmósfera que envuelve a la sociedad actual. No es posible vivir un amor inspirado por Jesús sin distanciarse del estilo de relaciones e intercambios interesados que predomina con frecuencia entre nosotros.
Si la Iglesia «se está diluyendo» en medio de la sociedad contemporánea no es solo por la crisis profunda de las instituciones religiosas. En el caso del cristianismo es, también, porque muchas veces no es fácil ver en nuestras comunidades discípulos y discípulas de Jesús que se distingan por su capacidad de amar como amaba él. Nos falta el distintivo cristiano.
Los cristianos hemos hablado mucho del amor. Sin embargo, no siempre hemos acertado o nos hemos atrevido a darle su verdadero contenido a partir del espíritu y de las actitudes concretas de Jesús. Nos falta aprender que él vivió el amor como un comportamiento activo y creador que lo llevaba a una actitud de servicio y de lucha contra todo lo que deshumaniza y hace sufrir el ser humano.
[/align]
[align=right]José Antonio Pagola[/align] También el de Kamiano.
.[align=justify]Como siempre, Patxi une al Evangelio del Domingo lo que la Iglesia vive, lo que nos alegra o preocupa. En esta ocasión las palabras de san Juan resuenan con una actualidad nueva, con el telón de fondo de la exhortación apostólica Amoris Laetitia (“La alegría del amor”): “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también entre vosotros”. Vivamos con alegría ese mandato de Jesús, esa meta, ese reto. Amar como Él, con su estilo, con sus ganas, con su entrega, con su alegría. Que nuestra vida sea sombra de la alegría, del amor del Señor. Que nos parezcamos a Él, que dibujemos con nuestro ejemplo su manera de transmitir el perdón, la paz, en definitiva, la alegría del corazón. Termina la Amoris Laetitia con una oración a la Sagrada Familia, con la que nos hacemos eco, teniendo especialmente presentes a nuestros hermanos de Ecuador[/align] [align=justify]Oración a la Sagrada FamiliaJesús, María y José en vosotros contemplamos el esplendor del verdadero amor, a vosotros, confiados, nos dirigimos. Santa Familia de Nazaret, haz también de nuestras familias lugar de comunión y cenáculo de oración, auténticas escuelas del Evangelio y pequeñas iglesias domésticas. Santa Familia de Nazaret, que nunca más haya en las familias episodios de violencia, de cerrazón y división; que quien haya sido herido o escandalizado sea pronto consolado y curado. Santa Familia de Nazaret, haz tomar conciencia a todos del carácter sagrado e inviolable de la familia, de su belleza en el proyecto de Dios. Jesús, María y José, escuchad, acoged nuestra súplica. Amén. –
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[align=right]Dibu: Patxi Velasco FANOTexto: Fernando Cordero ss.cc. –
[/align] 21 abril, 2016 a las 16:19 #18907Anónimo
InactivoOs dejo los comentarios sobre el Evangelio. LA SEÑAL[align=justify]Pocas veces se habrá hablado tanto del amor y se habrá falseado al mismo tiempo tanto su contenido más hondo y humano.Hay revistas de amor, canciones de amor, películas de amor, citas de amor, cartas de amor, técnicas para «hacer el amor»… Pero, ¿qué es el amor? ¿cómo se vive y se alimenta el amor?
Cualquier observador sereno de nuestra sociedad sabe que tantas cosas a las que se llama hoy «amor» no son en realidad sino otras tantas formas de desintegrar el verdadero amor.
Hay quienes llaman amor al contacto fugaz y trivial de dos personas que «disfrutan» mutuamente vacías de ternura, afecto y mutua entrega.
Para otros, amor no es sino una hábil manera de someter a otro a sus intereses ocultos y sus satisfacciones egoístas.
No pocos creen vivir el amor cuando sólo buscan en realidad un refugio y un remedio para una sensación de soledad que, de otro modo, les resultaría insoportable.
Bastantes creen encontrar el amor en una relación satisfactoria donde la mutua tolerancia y el intercambio de satisfacciones los une frente a un mundo hostil y amenazador.
Pero en esta sociedad donde se corre con frecuencia tras ese ideal descrito por A. Huxley del hombre bien alimentado, bien vestido, sexualmente satisfecho y con posibilidad de divertirse intensamente, son ya bastante los que experimentan la verdad de la fina observación de A. Saint-Exupéry: «Los hombres compran cosas hechas a los mercaderes. Pero, como no existen mercaderes de amigos, los hombres ya no tienen amigos».
En en esta sociedad donde los creyentes hemos de escuchar la actualidad de las palabras de Jesús: «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado. La señal por la que conocerán que sois discípulos míos, será que os amáis unos a otros».
Los cristianos estamos llamados a distinguimos no por un saber particular, por una doctrina ni por la observancia de unos ritos o unas leyes. Nuestra verdadera identidad y distintivo se basa en nuestro modo de amar.
Se nos tiene que conocer por nuestro estilo de amar que tiene como criterio y punto de referencia el modo de amar de Jesús.
Un amor, por tanto, desinteresado, que sabe acoger y ponerse al servicio del otro, sin límites ni discriminaciones. Un amor que sabe afirmar la vida, el crecimiento, la libertad y la felicidad de los demás.
Esta es la tarea gozosa del creyente en esta sociedad donde se falsifica tanto el amor. Desarrollar nuestra capacidad de amar siguiendo el estilo de Jesús.
El que se adentre por este camino descubrirá que sólo el amor hace que la vida merezca ser vivida y que sólo desde el verdadero amor es posible experimentar la gran alegría de vivir.
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[align=right]José Antonio Pagola[/align] NO PERDER LA IDENTIDAD[align=justify]Jesús se está despidiendo de sus discípulos. Dentro de muy poco, ya no lo tendrán con ellos. Jesús les habla con ternura especial: «Hijitos míos, me queda poco de estar con vosotros». La comunidad es pequeña y frágil. Acaba de nacer. Los discípulos son como niños pequeños. ¿Qué será de ellos si se quedan sin el Maestro?Jesús les hace un regalo: «Os doy un mandato nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado». Si se quieren mutuamente con el amor con que Jesús los ha querido, no dejarán de sentirlo vivo en medio de ellos. El amor que han recibido de Jesús seguirá difundiéndose entre los suyos.
Por eso, Jesús añade: «La señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros». Lo que permitirá descubrir que una comunidad que se dice cristiana es realmente de Jesús, no será la confesión de una doctrina, ni la observancia de unos ritos, ni el cumplimiento de una disciplina, sino el amor vivido con el espíritu de Jesús. En ese amor está su identidad.
Vivimos en una sociedad donde se ha ido imponiendo la «cultura del intercambio». Las personas se intercambian objetos, servicios y prestaciones. Con frecuencia, se intercambian además sentimientos, cuerpos y hasta amistad. Eric Fromm llegó a decir que «el amor es un fenómeno marginal en la sociedad contemporánea». La gente capaz de amar es una excepción.
Probablemente sea un análisis excesivamente pesimista, pero lo cierto es que, para vivir hoy el amor cristiano, es necesario resistirse a la atmósfera que envuelve a la sociedad actual. No es posible vivir un amor inspirado por Jesús sin distanciarse del estilo de relaciones e intercambios interesados que predomina con frecuencia entre nosotros.
Si la Iglesia «se está diluyendo» en medio de la sociedad contemporánea no es solo por la crisis profunda de las instituciones religiosas. En el caso del cristianismo es, también, porque muchas veces no es fácil ver en nuestras comunidades discípulos y discípulas de Jesús que se distingan por su capacidad de amar como amaba él. Nos falta el distintivo cristiano.
Los cristianos hemos hablado mucho del amor. Sin embargo, no siempre hemos acertado o nos hemos atrevido a darle su verdadero contenido a partir del espíritu y de las actitudes concretas de Jesús. Nos falta aprender que él vivió el amor como un comportamiento activo y creador que lo llevaba a una actitud de servicio y de lucha contra todo lo que deshumaniza y hace sufrir el ser humano.
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[align=right]José Antonio Pagola[/align] También el de Kamiano.
.[align=justify]Como siempre, Patxi une al Evangelio del Domingo lo que la Iglesia vive, lo que nos alegra o preocupa. En esta ocasión las palabras de san Juan resuenan con una actualidad nueva, con el telón de fondo de la exhortación apostólica Amoris Laetitia (“La alegría del amor”): “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también entre vosotros”. Vivamos con alegría ese mandato de Jesús, esa meta, ese reto. Amar como Él, con su estilo, con sus ganas, con su entrega, con su alegría. Que nuestra vida sea sombra de la alegría, del amor del Señor. Que nos parezcamos a Él, que dibujemos con nuestro ejemplo su manera de transmitir el perdón, la paz, en definitiva, la alegría del corazón. Termina la Amoris Laetitia con una oración a la Sagrada Familia, con la que nos hacemos eco, teniendo especialmente presentes a nuestros hermanos de Ecuador[/align] [align=justify]Oración a la Sagrada FamiliaJesús, María y José en vosotros contemplamos el esplendor del verdadero amor, a vosotros, confiados, nos dirigimos. Santa Familia de Nazaret, haz también de nuestras familias lugar de comunión y cenáculo de oración, auténticas escuelas del Evangelio y pequeñas iglesias domésticas. Santa Familia de Nazaret, que nunca más haya en las familias episodios de violencia, de cerrazón y división; que quien haya sido herido o escandalizado sea pronto consolado y curado. Santa Familia de Nazaret, haz tomar conciencia a todos del carácter sagrado e inviolable de la familia, de su belleza en el proyecto de Dios. Jesús, María y José, escuchad, acoged nuestra súplica. Amén. –
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[align=right]Dibu: Patxi Velasco FANOTexto: Fernando Cordero ss.cc. –
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