Inicio Foros Formación cofrade Santoral 05/05/2016 San Máximo de Jerusalén, obispo y confesor.

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    Santos: Ángel, Hilario, Niceto, Eulogio, Teodoro, Geroncio, Sacerdote, Máximo, Britón, obispos; Eutimio, Crescenciana, Irene, Irenio, Joviniano, Peregrino, Gregorio, Arquelao, Felicísima, Silvano, mártires; Ida, santa; Nancto, Avertino, eremitas.

    San Máximo de Jerusalén, obispo y confesor.

    La llegada de Maximino Daia como César de Oriente, en el 305, marcó cierto suavizamiento en las persecuciones cristianas: las provincias estaban llenas de cristianos del lugar, y al nuevo César, carente de prestigio y de poder propio, no le convenía ponerse a la población nativa en contra. Sin embargo en poco tiempo Maximino ve que contra esta religión el único recurso es la violencia, y si realmente quiere un reflorecimiento del paganismo, tendrá que perseguir a los cristianos. Así, muy prontamente, ya en el año 306, se dio «con mayor furia y frecuencia que sus predecesores a la persecución contra nosotros.» (Eusebio, Historia Eclesiástica, VIII, 14,9).

    Una de las víctimas de estas persecuciones fue el santo que hoy recordamos, Máximo de Jerusalén. Nos cuenta el historiador Sozómeno (Historia, I,10) que en la persecución de Maximino Daia sufrió trabajo en las minas, y que le quitaron el ojo derecho y el pie izquierdo. No sabemos el año concreto de estos hechos, que pudieron haber ocurrido entre el año 306, inicio de esta serie de persecuciones, y el año 312, fin del mandato de Maximino Daia.

    Sin embargo Máximo, como algunos otros, Sozómeno menciona junto a Máximo a Pafnuncio de Egipto, sobrevivió al maltrato. Aquellos que seguían viviendo tras estas persecuciones eran considerados por la comunidad cristiana casi como «mártires vivos», y por ello, venerados como confesores de la fe.

    Máximo fue acogido por Macario de Jerusalén y ordenado obispo, a pesar de las mutilaciones, que no contaron en contra de la ordenación precisamente por ser fruto de la confesión de fe, y a la muerte de éste hacia el 337, le sucedió en el gobierno de la sede hasta que murió, en torno al 350.

    Cuenta Sozómeno que Macario lo había ordenado obispo para la iglesia de Dióscoro, sufragánea de Jerusalén, pero dado el prestigio de Máximo como confesor, los jerosolimitanos no querían desprenderse de él, ni Macario hizo nada por enviarlo a su sede; así que a la muerte de éste pareció lo más natural que Máximo continuara allí, y se nombrara otro obispo para la de Dióscoro.

    Sozómeno narra también (libro II, 24) que en el contexto del Concilio de Nicea un confesor jerosolimitano adoptó posiciones arrianas, pero fue reconvenido por Pafnuncio, y volvió a la plena ortodoxia. Según se piensa, ese confesor es precisamente san Máximo, quien luego no sólo demostró seguir la recta fe, sino que fue uno de los esforzados defensores de san Atanasio, al punto de que en el año 349 fue expulsado por los arrianos de su sede, tras lo cual murió.

    Fuera de esto no tenemos más noticias sobre este santo, ya que los autores posteriores se limitan a repetir, con pocas variantes, los datos consignados por Sozómeno.

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