Inicio Foros Formación cofrade Santoral 13/11/2016 San Eugenio de Toledo, obispo.

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    Santos: Leandro, obispo; Diego de Alcalá, Estanilao de Kostka, Homobono, confesores; Arcadio, Pascasio, Probo, Eutiquiano, Valentín, Soluto, Víctor, Antonio, Cebinos, Germán, mártires; Ennata, Maxelinda, vírgenes y mártires; Pablito, niño; Nicolás I, papa; Eugenio, Florido, Bricio, Quinciano, Quiliano, obispos; Leoniano, Pascasio, Donato, Everardo, Marcos, abades; Francisca Javier Cabrini, fundadora.

    San Eugenio de Toledo, obispo.

    Hay cierta confusión en las primeras listas episcopales de Toledo. Se afirma que hubo un primer obispo Eugenio, que era astrónomo y matemático, aunque su existencia no es del todo segura. En cambio, sí lo es la de su sucesor, también Eugenio, músico y poeta, de origen godo, que es el santo que veneramos hoy, y pasó a la historia como Eugenio II.

    Nació en Toledo y su padre era conde de Las Escancias. En su ciudad natal se hizo clérigo siendo obispo San Eladio, quien lo educó y más tarde, atraído por la fama de Zaragoza como foco cultural, ingresó en el monasterio de Santa Engracia para ampliar sus estudios. Fue discípulo de San Braulio de Zaragoza, uno de los personajes más cultos de su tiempo y amigo y consejero de San Isidoro de Sevilla, estudiando con él en la Iglesia de Santa Engracia de esa ciudad. Supo fundir las enseñanzas de su maestro y de San Isidoro. Destacó, además de por su actividad poética, como músico y como teólogo.

    Braulio, tras ser nombrado obispo de la sede zaragozana en el año 626, escogió a Eugenio para que fuera su arcediano. Y en el año 649, fue nombrado arzobispo de Toledo por Chindasvinto, como muestra la carta del rey visigodo a Braulio, donde este propone y expresa su deseo de nombrar a Eugenio titular del arzobispado. Braulio, que veía en él desde siempre, a su sucesor en la sede cesaraugustana, lo propuso, pero él, siendo aún monje en Zaragoza, se escondió en un cementerio para evitar que le eligiesen obispo; pero fue descubierto y obligado a aceptar la consagración.

    Fue pues, nombrado obispo de Toledo y es considerado como el iniciador del arzobispado de esta ciudad. Es considerado también uno de los Padres de la Iglesia hispánica.

    Desde su nueva cátedra toledana impulsó la cultura y celebró los concilios VIII, IX y X de Toledo. Gobernó su sede con gran edificación. Trabajó incansablemente por la santificación de sus sacerdotes y sus fieles.

    En cuanto a su actividad literaria, escribió libros de teología, epístola y poemas. Está considerado el principal poeta latino del siglo VII por los distintos metros utilizados, la variedad de sus composiciones y el saber literario que se desprende de las mismas. Fue asimismo en esa sede toledana, promotor de la música sacra.

    Se conservan algunos escritos del santo, tanto en prosa como en verso. Se dice que era también buen músico y que trató de elevar el nivel del canto sacro que había degenerado mucho y trabajó en la ordenación de la sagrada liturgia. Entre su poesía, destaca el Libellus diversi carminis metro (Libro de poesías diversas).

    Asimismo, Eugenio enseñó Gramática y Sagrada Escritura y fue consejero de los reyes Chindasvinto y Recesvinto. Compuso música para la liturgia y arte visigodos. El rey Chindasvinto le encargó revisar una nueva edición del “Examerón” de Emilio Blosio Draconcio. Trabajó incansablemente en la conversión de los judíos. Formó al futuro obispo San Julián de Toledo, y a su muerte le sucedió San Ildefonso de Toledo, sobrino suyo.

    Murió el año 657 en su sede episcopal y fue sepultado en la Basílica de Santa Leocadia.

    Es el patrono de los molineros.

    Sus poemas y los testimonios de Ildefonso de Toledo, además de un relato martirológico del siglo IX, son la principal fuente para conocer su biografía.

    En cuanto a su actividad literaria, escribió libros de teología, epístolas y poemas. Una de sus composiciones habla de San Ildefonso, aunque no ha llegado hasta nuestros días. Otra, titulada «Lamentum de adventu propriae senectutis» («Lamento por la llegada de mi propia vejez»), trata el tema de la vejez, el paso del tiempo y la implacabilidad de la muerte.

    La narración martirológica sobre su vida y reliquias fue compuesta a mediados del siglo IX por un autor anónimo, probablemente el presbítero del santuario de Deuil, donde según la leyenda hagiográfica, reposaron por algún tiempo los restos de San Eugenio. Existen dos versiones del relato. La más extensa se conserva en manuscritos de las bibliotecas de Bruselas , La Haya y en París.

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