Inicio › Foros › Formación cofrade › Evangelio Dominical y Festividades › Evangelio domingo 20/11/2016 34º de Tiempo Ordinario Ciclo C
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14 noviembre, 2016 a las 16:11 #9885
Anónimo
InactivoFestividad de Cristo Rey.Señor, acuérdate de mí cuando llegues a tu reinoLectura del santo Evangelio según San LucasEn aquel tiempo, los magistrados hacían muecas a Jesús, diciendo:
«A otros ha salvado; que se salve a si mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido».
Se burlaban de él también los soldados, que se acercaban y le ofrecían vinagre, diciendo:
«Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo».
Había también por encima de él un letrero:
«Éste es el rey de los judíos».
Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo:
«¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros».
Pero el otro, respondiéndole e increpándolo, le decía:
– «¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en la misma condena? Nosotros, en verdad, lo estamos justamente, porque recibimos el justo pago de lo que hicimos; en cambio, este no ha hecho nada malo».
Y decía:
«Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino».
Jesús le dijo:
– «En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso».
Palabra del Señor.18 noviembre, 2016 a las 17:37 #12867Anónimo
InactivoTras unos días sin poder colgar los comentarios, retomamos la actividad. LA EXPERIENCIA DEL INCURABLE[align=justify]Todos sabemos, desde muy temprano, que hemos de morir. Pero vivimos como si la muerte no fuera con nosotros. Nos parece natural que mueran los demás, incluso esos seres queridos cuya desaparición nos apenará profundamente. Pero nos cuesta «imaginar» que también nosotros moriremos. No negamos con nuestra cabeza que algún día lejano e incierto será así. Es otra cosa. C. Castilla del Pino dice que se trata de una singular «negación emocional» que nos permite vivir y proyectar el futuro como si, de hecho, no fuéramos a morir nunca.Sin embargo, el desarrollo de la medicina moderna está provocando cada vez más situaciones de personas que se ven obligadas a vivir la experiencia de saber o de intuir que, en un plazo más o menos breve, van a vivir su propia muerte. Cualquiera de nosotros puede sufrir hoy una intervención «a vida o muerte» o verse sometido a los largos tratamientos de una enfermedad terminal.
Las reacciones pueden ser diversas. Es normal que, de pronto, se despierte el miedo. La persona se siente «atrapada». Impotente ante un mal que puede acabar con su vida. Enseguida comienzan a brotar preguntas inquietantes: ¿He de morir ya? Y, ¿cuándo y cómo será?, ¿qué sentiré en esos momentos?, ¿qué sucederá después?, ¿terminará todo en la muerte?, ¿será verdad que me encontraré con Dios?
Estas preguntas, planteadas desde una actitud de angustia reprimida y formuladas una y otra vez en lo secreto de uno mismo, no hacen bien. La postura ha de ser otra. Es el momento de vivir más intensamente que nunca el regalo de cada día. Es ahora cuando se puede vivir con más verdad y también con más amor. Sin perder la confianza en Dios, comunicándose con la persona amiga, colaborando con los médicos para vivir con dignidad y sin sufrir mucho.
El doctor Reil, eminente médico del pasado siglo, decía que «los enfermos incurables pierden la vida, pero no la esperanza». Tal vez, éste es el gran reto del incurable: no perder la esperanza. Pero, ¿esperanza en qué?, ¿esperanza en quién? En un Congreso reciente, el profesor Laín Entralgo nos hablaba de esa «esperanza genuina» que, según los estudios del médico de Heilderberg, H. Plügge, habita a la persona ante la muerte, y que se da incluso en quien no profesa religión alguna. Una esperanza oculta que no se orienta hacia este mundo ni hacia las cosas de esta vida, sino que tiende hacia algo indeterminado y apunta a la vida como aspiración firme y segura del ser humano.
El incurable creyente confía todo este anhelo de vida en manos de Dios. Todo lo demás se hace secundario. No importan los errores pasados, la infidelidad o la vida mediocre. Ahora sólo cuenta la bondad y la fuerza salvadora de Dios. Por eso, de su corazón brota una oración semejante a la del malhechor moribundo en la cruz: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino.» Una oración que es invocación confiada, petición de perdón y, sobre todo, acto de fe viva en un Dios salvador.
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[align=right]José Antonio Pagola[/align] CARGAR CON LA CRUZ[align=justify]El relato de la crucifixión, proclamado en la fiesta de Cristo Rey, nos recuerda a los seguidores de Jesús que su reino no es un reino de gloria y de poder, sino de servicio, amor y entrega total para rescatar al ser humano del mal, el pecado y la muerte.Habituados a proclamar la «victoria de la Cruz», corremos el riesgo de olvidar que el Crucificado nada tiene que ver con un falso triunfalismo que vacía de contenido el gesto más sublime de servicio humilde de Dios hacia sus criaturas. La Cruz no es una especie de trofeo que mostramos a otros con orgullo, sino el símbolo del amor crucificado de Dios que nos invita a seguir su ejemplo.
Cantamos, adoramos y besamos la Cruz de Cristo porque en lo más hondo de nuestro ser sentimos la necesidad de dar gracias a Dios por su amor insondable, pero sin olvidar que lo primero que nos pide Jesús de manera insistente no es besar la Cruz sino cargar con ella. Y esto consiste sencillamente en seguir sus pasos de manera responsable y comprometida, sabiendo que ese camino nos llevará tarde o temprano a compartir su destino doloroso.
No nos está permitido acercarnos al misterio de la Cruz de manera pasiva, sin intención alguna de cargar con ella. Por eso, hemos de cuidar mucho ciertas celebraciones que pueden crear en torno a la Cruz una atmósfera atractiva pero peligrosa, si nos distraen del seguimiento fiel al Crucificado haciéndonos vivir la ilusión de un cristianismo sin Cruz. Es precisamente al besar la Cruz cuando hemos de escuchar la llamada de Jesús: «Si alguno viene detrás de mí… que cargue con su cruz y me siga».
Para los seguidores de Jesús, reivindicar la Cruz es acercarse servicialmente a los crucificados; introducir justicia donde se abusa de los indefensos; reclamar compasión donde solo hay indiferencia ante los que sufren. Esto nos traerá conflictos, rechazo y sufrimiento. Será nuestra manera humilde de cargar con la Cruz de Cristo.
El teólogo católico Johann Baptist Metz viene insistiendo en el peligro de que la imagen del Crucificado nos esté ocultando el rostro de quienes viven hoy crucificados. En el cristianismo de los países del bienestar está ocurriendo, según él, un fenómeno muy grave: «La Cruz ya no intranquiliza a nadie, no tiene ningún aguijón; ha perdido la tensión del seguimiento a Jesús, no llama a ninguna responsabilidad, sino que descarga de ella».
¿No hemos de revisar todos cuál es nuestra verdadera actitud ante el Crucificado?¿No hemos de acercarnos a él de manera más responsable y comprometida?
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[align=right]José Antonio Pagola[/align] También el de Kamiano.
EL REY QUE REGALA EL PARAÍSO[align=justify]Al finalizar el año litúrgico y el año santo de la Misericordia, por si todavía no hemos ahondado en el misterio de Cristo, el evangelio nos muestra a un rey muy especial. Es un monarca que muestra su corazón y cuáles son sus preferidos; un rey alérgico a tronos y cetros que se hace muy próximo a las personas que viven la limitación, la enfermedad o la exclusión. Un rey así no lo encontramos en ningún cuento o historia de reinos lejanos, por muy fantásticos que sean. Ese rey es Cristo, cuyo Rostro, se manera viva y sorprendente, lo podemos encontrar en el que tiene hambre o sed, en el forastero o en los sin techo, en el desnudo, en el enfermo o en el privado de libertad, como bien nos indican las obras de misericordia que hemos recordado y practicado durante este año. Habrá muchos que hayan encontrado ese Rostro en otros rostros.Y, además, Cristo, que reina desde la Cruz coronado de espinas nos regala las llaves del Paraíso. En su trono de la Cruz, a los que están crucificados con Él. Al arrepentido, al que está cerca de su Corazón. ¡Aprovechemos esta infinita oferta de su generosidad y de su Amor!
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[align=right]Dibus: Patxi Velasco FANOTexto: Fernando Cordero ss.cc.
[/align] Fraternalmente.-
18 noviembre, 2016 a las 17:37 #18920Anónimo
InactivoTras unos días sin poder colgar los comentarios, retomamos la actividad. LA EXPERIENCIA DEL INCURABLE[align=justify]Todos sabemos, desde muy temprano, que hemos de morir. Pero vivimos como si la muerte no fuera con nosotros. Nos parece natural que mueran los demás, incluso esos seres queridos cuya desaparición nos apenará profundamente. Pero nos cuesta «imaginar» que también nosotros moriremos. No negamos con nuestra cabeza que algún día lejano e incierto será así. Es otra cosa. C. Castilla del Pino dice que se trata de una singular «negación emocional» que nos permite vivir y proyectar el futuro como si, de hecho, no fuéramos a morir nunca.Sin embargo, el desarrollo de la medicina moderna está provocando cada vez más situaciones de personas que se ven obligadas a vivir la experiencia de saber o de intuir que, en un plazo más o menos breve, van a vivir su propia muerte. Cualquiera de nosotros puede sufrir hoy una intervención «a vida o muerte» o verse sometido a los largos tratamientos de una enfermedad terminal.
Las reacciones pueden ser diversas. Es normal que, de pronto, se despierte el miedo. La persona se siente «atrapada». Impotente ante un mal que puede acabar con su vida. Enseguida comienzan a brotar preguntas inquietantes: ¿He de morir ya? Y, ¿cuándo y cómo será?, ¿qué sentiré en esos momentos?, ¿qué sucederá después?, ¿terminará todo en la muerte?, ¿será verdad que me encontraré con Dios?
Estas preguntas, planteadas desde una actitud de angustia reprimida y formuladas una y otra vez en lo secreto de uno mismo, no hacen bien. La postura ha de ser otra. Es el momento de vivir más intensamente que nunca el regalo de cada día. Es ahora cuando se puede vivir con más verdad y también con más amor. Sin perder la confianza en Dios, comunicándose con la persona amiga, colaborando con los médicos para vivir con dignidad y sin sufrir mucho.
El doctor Reil, eminente médico del pasado siglo, decía que «los enfermos incurables pierden la vida, pero no la esperanza». Tal vez, éste es el gran reto del incurable: no perder la esperanza. Pero, ¿esperanza en qué?, ¿esperanza en quién? En un Congreso reciente, el profesor Laín Entralgo nos hablaba de esa «esperanza genuina» que, según los estudios del médico de Heilderberg, H. Plügge, habita a la persona ante la muerte, y que se da incluso en quien no profesa religión alguna. Una esperanza oculta que no se orienta hacia este mundo ni hacia las cosas de esta vida, sino que tiende hacia algo indeterminado y apunta a la vida como aspiración firme y segura del ser humano.
El incurable creyente confía todo este anhelo de vida en manos de Dios. Todo lo demás se hace secundario. No importan los errores pasados, la infidelidad o la vida mediocre. Ahora sólo cuenta la bondad y la fuerza salvadora de Dios. Por eso, de su corazón brota una oración semejante a la del malhechor moribundo en la cruz: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino.» Una oración que es invocación confiada, petición de perdón y, sobre todo, acto de fe viva en un Dios salvador.
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[align=right]José Antonio Pagola[/align] CARGAR CON LA CRUZ[align=justify]El relato de la crucifixión, proclamado en la fiesta de Cristo Rey, nos recuerda a los seguidores de Jesús que su reino no es un reino de gloria y de poder, sino de servicio, amor y entrega total para rescatar al ser humano del mal, el pecado y la muerte.Habituados a proclamar la «victoria de la Cruz», corremos el riesgo de olvidar que el Crucificado nada tiene que ver con un falso triunfalismo que vacía de contenido el gesto más sublime de servicio humilde de Dios hacia sus criaturas. La Cruz no es una especie de trofeo que mostramos a otros con orgullo, sino el símbolo del amor crucificado de Dios que nos invita a seguir su ejemplo.
Cantamos, adoramos y besamos la Cruz de Cristo porque en lo más hondo de nuestro ser sentimos la necesidad de dar gracias a Dios por su amor insondable, pero sin olvidar que lo primero que nos pide Jesús de manera insistente no es besar la Cruz sino cargar con ella. Y esto consiste sencillamente en seguir sus pasos de manera responsable y comprometida, sabiendo que ese camino nos llevará tarde o temprano a compartir su destino doloroso.
No nos está permitido acercarnos al misterio de la Cruz de manera pasiva, sin intención alguna de cargar con ella. Por eso, hemos de cuidar mucho ciertas celebraciones que pueden crear en torno a la Cruz una atmósfera atractiva pero peligrosa, si nos distraen del seguimiento fiel al Crucificado haciéndonos vivir la ilusión de un cristianismo sin Cruz. Es precisamente al besar la Cruz cuando hemos de escuchar la llamada de Jesús: «Si alguno viene detrás de mí… que cargue con su cruz y me siga».
Para los seguidores de Jesús, reivindicar la Cruz es acercarse servicialmente a los crucificados; introducir justicia donde se abusa de los indefensos; reclamar compasión donde solo hay indiferencia ante los que sufren. Esto nos traerá conflictos, rechazo y sufrimiento. Será nuestra manera humilde de cargar con la Cruz de Cristo.
El teólogo católico Johann Baptist Metz viene insistiendo en el peligro de que la imagen del Crucificado nos esté ocultando el rostro de quienes viven hoy crucificados. En el cristianismo de los países del bienestar está ocurriendo, según él, un fenómeno muy grave: «La Cruz ya no intranquiliza a nadie, no tiene ningún aguijón; ha perdido la tensión del seguimiento a Jesús, no llama a ninguna responsabilidad, sino que descarga de ella».
¿No hemos de revisar todos cuál es nuestra verdadera actitud ante el Crucificado?¿No hemos de acercarnos a él de manera más responsable y comprometida?
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[align=right]José Antonio Pagola[/align] También el de Kamiano.
EL REY QUE REGALA EL PARAÍSO[align=justify]Al finalizar el año litúrgico y el año santo de la Misericordia, por si todavía no hemos ahondado en el misterio de Cristo, el evangelio nos muestra a un rey muy especial. Es un monarca que muestra su corazón y cuáles son sus preferidos; un rey alérgico a tronos y cetros que se hace muy próximo a las personas que viven la limitación, la enfermedad o la exclusión. Un rey así no lo encontramos en ningún cuento o historia de reinos lejanos, por muy fantásticos que sean. Ese rey es Cristo, cuyo Rostro, se manera viva y sorprendente, lo podemos encontrar en el que tiene hambre o sed, en el forastero o en los sin techo, en el desnudo, en el enfermo o en el privado de libertad, como bien nos indican las obras de misericordia que hemos recordado y practicado durante este año. Habrá muchos que hayan encontrado ese Rostro en otros rostros.Y, además, Cristo, que reina desde la Cruz coronado de espinas nos regala las llaves del Paraíso. En su trono de la Cruz, a los que están crucificados con Él. Al arrepentido, al que está cerca de su Corazón. ¡Aprovechemos esta infinita oferta de su generosidad y de su Amor!
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[align=right]Dibus: Patxi Velasco FANOTexto: Fernando Cordero ss.cc.
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