Inicio › Foros › Formación cofrade › Santoral › 01/01/2014 San Almaquio ó Telémaco, monje y mártir.
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1 enero, 2014 a las 10:10 #8604
Anónimo
InactivoSolemnidad de Santa María, Madre de Dios, Octava de la Navidad (Manuel, Jesús). Santos: Agripino, Frodoberto, Justino, obispos; Almaquio, Concordio, mártires; Eufrosina, vírgen; Martina, virgen y mártir; Fulgencio de Ruspe, Ponfilio, Vicente María Strambi, confesor; Odilón, Guillermo, abades.San Almaquio ó Telémaco, monje y mártir.Su nombre significa “el que combate de lejos”, y viene de la lengua griega.
Estamos ante un mártir del siglo IV. Su nombre te suena a raro y, sin embargo, este joven sigue tan actual que últimamente le han dedicado una calle en Roma.
Hizo una gran aportación a la humanidad y a la misma Iglesia. Gracias a su arrojo y valentía en decir las cosas claras a tiempo y a destiempo, consiguió algo que nadie esperaba por la dificultad que entrañaba.
A este joven le corresponde el inmenso honor de haber abolido o acabado con los cruentos y sanguinarios espectáculos que se celebraban en Roma y, no solamente de la capital, sino en todo el Imperio.
El cristianismo iba creciendo rápidamente y ya se habían acabado las estúpidas persecuciones contra los cristianos por el sólo hecho de creer en Jesús de Nazaret.
El paganismo iba cediendo terreno a la doctrina y vida de los cristianos por ser más coherentes y mucho más lanzados que los seguidores de ídolos falsos.
Todo lo que sabemos de este interesante personaje proviene de dos breves reseñas. La primera de ellas se halla en la «Historia Eclesiástica» de Teodoreto (lib. V, c. 26), la segunda en el antiguo «Martirologio de Jerónimo,»
Fue un joven monje llegado de Oriente que, encontrándose en Roma, al presenciar el sangriento espectáculo del circo, se arrojó impulsivamente a la arena para interrumpirlo diciendo: «Hoy es el octavo día del nacimiento de Nuestro Señor, pongan fin a la veneración de los ídolos y absténganse de sacrificios sucios».
Por orden de Alipio, prefecto de la ciudad lo mandó matar. Allí mismo murió víctima –depende del biógrafo que se lea– de las fieras, de los gladiadores o lapidado por el público que se resistía a quedarse sin diversión. Eso da igual; lo importante es saber que a un cristiano se le removieron las entrañas al ver el menosprecio que tantos mostraban de la vida humana y dio su vida por ello.
Parece ser que, a raíz de este acontecimiento, el emperador Honorio llegó a tomar la decisión de prohibir este tipo de festejo, cuando propició el espíritu cristiano en la reforma de las leyes del imperio.
El valor de una vida de hombre no debe depender solo del consenso de los parlamentos ni siquiera de los acuerdos internacionales y, mucho menos, de las conveniencias del momento. El cristiano lo aprende de la vida de Jesús que la entregó por todos los hombres. Quizá la espontánea reacción de este antiguo y desconocido monje oriental pueda ayudar a pensar a los pacifistas de todos los tiempos.
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