Inicio Foros Formación cofrade Santoral 05/04/2015 San Alberto de Montecorvino, obispo.

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    Santos: Vicente Ferrer, presbítero; Alberto de Montecorvino, obispo; Claudiano, confesor; Zenón, Dídimo, mártires; Catalina Tomás, Juliana de Cornillón, vírgenes; Gerardo, abad.

    San Alberto de Montecorvino, obispo.

    Aunque nació en el año 1031 en Normandia, Juan, su padre, descendiente de una familia noble,se estableció con su hijo de muy corta edad en Montecorvino de Apulia, cuando el pueblo empezaba a transformarse en ciudad.

    La gran estima que la población profesaba a Alberto le mereció ser elegido obispo de Montecorvino.

    Poco después, el santo perdió la vista; pero el cielo le concedió una gran penetración interior y el don de profecía.

    La fama de San Alberto creció mucho a raíz de los milagros que hizo.

    En un ardiente día de verano, el santo pidió a uno de sus criados fuese a traerle agua de la fuente. «Hijo mío», le dijo el obispo después de beber un sorbo, «yo te pedí agua y me has traído vino». El criado declaró que le había llevado agua de la fuente y fue de nuevo a llenar el vaso; pero el agua se convirtió otra vez en vino.

    Poco después, un habitante de Montecorvino, que había sido hecho prisionero, invocó el nombre del obispo; al punto un ángel le sacó de su prisión en los Abruzos y le trasladó a los alrededores de Montecorvino. El hombre fue a ver a San Alberto al día siguiente, y éste le dijo: «No me gradezcas a mí, sino a Dios, hijo mío; es Él quien, con su gran poder, consuela a los afligidos y liberta a los cautivos.»

    Cuando el santo era ya muy anciano, se le dio como ayudante a un sacerdote llamado Crescencio. Era éste un hombre poco escrupuloso, que deseaba que San Alberto muriese cuanto antes para sucederle en el cargo. En vez de ayudar al obispo, Crescencio y sus amigos le dificultaban la tarea y se burlaban de él cruelmente. El siervo de Dios lo soportó todo con gran paciencia, pero predijo a Crescencio que no disfrutaría mucho tiempo de la sede que codiciaba.

    El pueblo de Montecorvino amó a su obispo hasta el fin. Cuando corrió la noticia de que había entrado en agonía, los hombres, las mujeres y los niños se reunieron llorando a las puertas de su casa. El santo les dio la bendición y los exhortó a vivir piadosa y rectamente.

    Después se quedó dormido y murió apaciblemente el 5 de abril en el año 1127.

    Fue enterrado en su catedral.

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