Santos: Raimundo de Peñafort, Luciano, presbíteros; Clero, diácono; Julián, Félix, Jenaro, Senador, Próculo y Probo, mártires; Teodoro, monje; Reinoldo, monje y mártir; Ciro, Crispín, Nicetas, Valentín, Ceada, obispos; Canuto Lavard, rey; Alberto, Anastasio, confesores; Macra y Virginia, vírgenes.
San Ciro de Constantinopla, monje y obispo.
Siendo monje en Paflagonia, fue elegido para ocupar la sede constantinopolitana.
Monje en Amastris, hoy Amasra, ciudad del Ponto Euxino, predijo el retorno al trono de Justiniano II Rhinotmetos, cuando este fue depuesto por el usurpador Leoncio.
En el 705 se cumplió la profecía, y el emperador repuesto en su sede no olvidó a Ciro, y, destituido el obispo Callinico, lo elevó al episcopado en lugar de este.
El nuevo patriarca ejerció sobre el emperador una benéfica influencia, mitigando la crueldad en las venganzas contra los adversarios; por obra suya fue recibido en Constantinopla con todos los honores el papa Constantino.
Ciro conservó su sello episcopal por tres años.
En el año 712, depuesto por el bárbaro Bardane, que sucedió a Justiniano con el nombre de Filípico, fue sustituido por Juan, su propio secretario y exiliado.
Se ignora el año de su muerte, finalmente en el destierro.