Santos: Segundo, Claudio, Primo, Macario, Justo, Amaranto, Nicostrato, Sinforiano, Castorio, Simplicio, los Cuatro Santos Coronados: Severo, Severino, Carpóforo y Victoriano, mártires; Matrona, abadesa; Mauro, Godofredo, Wilchado, obispos; Eufrosina, Hugo, confesores; Claro, presbítero; Gregorio, Tisilo, abades.
San Claro, monje y presbítero.
Nació en Auvernia dentro del seno de una familia ilustre.
Se hizo discípulo de San Martín en Marmoutier, construyendo una casa al lado del monasterio del obispo, donde congregó a muchos hermanos. Fue ordenado sacerdote e ingresó en la comunidad de Marmoutier, llevando a cabo tareas que lo asimilarían a un actual maestro de novicios, siendo el encargado de la formación de los monjes, en lo que dio prueba de prudencia y discernimiento, y no se dejó engañar por quienes pretendían estar dotados de dones místicos extraordinarios.
Vivió como ermitaño en un lugar cercano a la abadía donde congregó a muchos discípulos.
Después de su muerte, Sulpicio Severo (el escritor, no el santo) lo hizo sepultar en la iglesia de Primiliacum (localidad no identificada) y pidió a San Paulino de Nola un epitafio para la tumba. Paulino le envió tres para elegir, donde, jugando con el nombre, elogiaba los méritos de Claro («meritis et nomine clarus») y pedía su intercesión. El culto parece haberse difundido en época más tardía: el Cardenal Baronio, lo introdujo en el Martirologio Romano el 8 de noviembre, unos días antes de San Martín de Tours, a quien habría apenas precedido en la muerte.