Inicio › Foros › Formación cofrade › Santoral › 09/07/2015 San Gregorio Grassi, obispo y mártir.
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9 julio, 2015 a las 11:22 #15335
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InactivoNuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. Santos: Cirilo, obispo y mártir; Beltrán, Ponciano, Focio, Fraterno, Bricio, obispos; Juliana, virgen y mártir; Anatolia, Audaz, Victoria, Andrés, Probo, Elgar, Eusanio, Everilda, Zenón, Faustina, Floriana, Patermuto, Copretes, Alejandro, mártires; Teófanes, confesor; Verónica de Julianis, virgen; Joaquín Ho, catequista laico mártir de China; mártires franciscanos de Shanxi: Gregorio Grassi y Francisco Fogolla, obispos; Elías Facchini y Teodorico Balat, sacerdotes; Andrés Bauer, hermano religioso.San Gregorio Grassi, obispo y mártir.Noble figura misionero franciscano y obispo.
Nació en Castellazzo Bormida, provincia de Alessandria, en Piamonte (Italia), el 13 de diciembre de 1833, siendo el tercero de los nueve hijos de Juan Bautista y Paola Francisca Mocagatta.
Fue bautizado el mismo día con el nombre de Pierluigi, y su madre lo consagró a la Virgen para que lo protegiera toda su vida.
El 2 de noviembre de 1848 vistió el hábito franciscano en el convento noviciado de Montiano (Forlí), y cambió su nombre por el de Gregorio.
En agosto de 1856, terminados los estudios en el convento de la SS. Annunziata de Bolonia, fue ordenado sacerdote, y pidió ser enviado a misiones. Dos años después estaba en Roma, en el colegio misionero de San Bartolomé de la Isla, preparándose para las misiones de China, hacia donde partió a finales de 1860. Visitó devotamente la Tierra Santa y llegó a Schang-tong.
Destinado a Shansi, trabajó varios años en el Distrito de Tee-yuen-sien, de donde pasó a Taiyuanfu, capital de la provincia. Durante 40 años ejerció su dinámico apostolado, primero como misionero, después, en 1876, como obispo coadjutor con derecho a sucesión, y en 1891 como Vicario Apostólico de Shansi Septentrional, donde dio notable desarrollo a la conquista misionera.
Hablaba perfectamente el chino y fue rector del seminario indígena.
En 1893 abrió en el territorio de Shansi el primer noviciado franciscano de China. Eran constantes sus visitas pastorales a las numerosas pequeñas comunidades cristianas, distantes a veces hasta 450 kilómetros, hechas con diligencia, por caminos en extremo difíciles. En 1878 su territorio padeció una terrible carestía, seguida de graves epidemias, con siete millones de víctimas, entre ellas 4.000 cristianos. También él sufrió el mal, infectado en la asistencia a los enfermos, pero se curó milagrosamente, y reinició sus recorridos apostólicos consolando, alentando, ayudando generosamente. En su largo apostolado, construyó 60 iglesias, entre ellas el santuario de Santa María de los Ángeles, a 2.000 metros de altura.
Fue asiduo en el confesionario y en la catequesis de niños y adultos, en la asistencia a los pobres y necesitados, y en la defensa y apoyo de los misioneros. Dedicaba largas horas a la oración y meditación.
Pensaba volver a Italia para recobrar las energías, pero otro viaje lo esperaba. En vísperas del martirio, invitado a huir y esconderse, Mons. Grassi respondió: «Desde la edad de doce años he deseado y pedido al Señor ser mártir, ¿y ahora que ha llegado el momento deseado, tendría que huir?»
Recibió la palma del martirio, a los 67 años, capitaneando un glorioso batallón de mártires de la fe caídos bajo la espada de los boxers el 9 de julio de 1900 en Taiyuanfu.
La forma en que fue martirizado fue la siguiente: A todos los mártires de Shansi, después de un tiempo de cárcel, los hicieron salir en fila, precedidos por los obispos Gregorio Grassi y Francisco Fogolla, rodeados de soldados que los custodiaban estrechamente para que no pudieran escaparse. Mons. Grassi tuvo que decirles: No es necesario que nos atéis; iremos voluntarios a donde nos llevéis.
Como respuesta, uno de los soldados hirió al obispo, y también sus compañeros fueron heridos sin compasión; por su parte, las hermanas fueron tratadas con saña y desprecio. Todos, camino del tribunal del Virrey, fueron maltratados y escarnecidos por los soldados y los boxers, que, temiendo que los cristianos reaccionaran y trataran de liberarlos, los tenían más sujetos y vigilados.
Llegados al tribunal, el Virrey mandó que las víctimas se arrodillaran en una larga fila, y comenzó el juicio.
Dirigiéndose a Mons. Fogolla le dijo: ¿Desde cuándo estás en China y a cuántos del pueblo has perjudicado haciéndolos cristianos?
El, le contesto; Hace muchos años que estamos en China y nunca hemos perjudicado a nadie. Al contrario, hemos beneficiado a muchos.
Prosiguió el Virrey; Qué medicina dais a la gente para hacerlos cristianos, que ni siquiera los niños están dispuestos a abandonar vuestra religión?
El obispo le contesta; Nosotros no les damos ninguna medicina para hacerlos cristianos, y ellos son plenamente libres; pero saben que no deben apostatar, porque están convencidos de que es un mal, y que es pecado no adorar al Dios del cielo.
El Virrey dio unos puñetazos al obispo, y luego gritó: ¡Matadlos, matadlos!
De inmediato los soldados irrumpieron y brutalmente sacaron de la sala del tribunal a las víctimas, desenvainaron las espadas y empezó la salvaje carnicería. Los primeros en caer fueron los obispos y los misioneros; luego, los seminaristas y los laicos; cuando les llegó el turno a las religiosas, se quitaron el velo, se cubrieron la cara y dejaron al descubierto el cuello para facilitar su trabajo a los verdugos; entretanto, Sor María de la Paz entonó el Te Deum que las otras siguieron hasta su decapitación.
Los restos mortales de los mártires, después de ser objeto de ludibrio de los boxers, los soldados y la plebe, fueron arrojados a una fosa común en la que eran enterrados los malhechores y los vagabundos.
Otro grupo de mártires, los de Hunan, sus cuerpos fueron incinerados y las cenizas arrojadas al viento y al río.
Los perseguidores de los grupos de Shansi y de Hunan creyeron que borraban la memoria de sus víctimas mezclando sus huesos con los de facinerosos, dándolos como pasto a los perros y a las aves rapaces o dispersando sus cenizas.
Pero se dice que, cuando los restos fueron exhumados, la tierra se cubrió de un suave manto de nieve, que hizo exclamar al mismo Virrey impresionado por el espectáculo: «Estos extranjeros eran de veras gente buena y valiente, el mismo cielo se asocia a sus funerales».
En los lugares del martirio y en las tumbas que custodian los restos de los mártires, el gobierno erigió monumentos expiatorios.
El Papa Pío XII los beatificó a todo el grupo, el 24 de noviembre de 1946, y el Papa Juan Pablo II, los canonizó el 1 de octubre del 2000.
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