Santos: Antimo, Máximo, Baso, Fabio, Anastasio, Susana, Esteban, Longinos, Demetrio, Atico, Tadeo, Florencio, Gangulfo, Evelio, Poncio, Dioclecio, Sisinio, Pons, mártires; Ticiano, Mamerto, obispos; Iluminado, Cirilo, Eleuterio, Mariano, Dorotea, Eliseo, Justino, Gualterio, Bertila, confesores; Mayolo, abad; Berta, abadesa.
San Antimo, mártir.
Nació en Bitinia en Nicomedia, fue sacerdote y predicó en Roma.
Prisionero una vez, sanó milagrosamente al procónsul Piniano, por intercesión de su mujer Lucina; este hecho llevó a la conversión de toda la familia del procónsul, que no sólo liberó a los prisioneros cristianos sino que además los escondió.
Escondido en la villa de Pinianus que se encontraba en la Vía Salaria, Antimo convirtió también al sacerdote del dios Silvano y a toda su familia.
Encontrado culpable de haber roto un ídolo de aquella divinidad, Antimo fue arrojado al río Tíber con una piedra amarrada al cuello pero salió del torrente sano y salvo.
Se le condenó a ser decapitado. Ocurrió en el año 304 siendo cónsul Prisco.
Fue sepultado en el oratorio donde solía rezar.
Junto a él, murieron pero lapidados en Ósimo de las Marcas, Sisinio, Dioclecio y Florencio. También se unen a su leyenda, Máximo, Basso y Fabio. Todos ellos mártires en Roma, durante la persecución de Diocleciano.
Sus reliquias son veneradas desde 1658 en la iglesia de San Antimo cerca de Nápoles.
Según una leyenda, el Papa Adriano I, en el año 781, habría entregado parte de las reliquias de San Antimo y San Sebastián a Carlomagno, quien le donó la abadía en el acto de la fundación.