Inicio Foros Formación cofrade Santoral 11/12/2015 San Masona de Mérida, obispo.

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    Santos: Dámaso I, papa; Eutiquio, Victorico, Fusciano, Trasón, Ponciano, Pretextato, Genaciano, Segundo, Zósimo, Pablo, Ciriaco, Genciano, mártires; Bársabas, presbítero y mártir; Sabino, Benjamín, Paulo, Fidel, Masona, obispos; Daniel estilita, monje; Martín de San Nicolás y Melchor de San Agustín, beatos, mártires de Japón.

    San Masona de Mérida, obispo.

    No había en aquel entonces nada más temible que el poder de aquellos guerreros visigodos que se establecen en la Península ibérica durante el siglo V.

    Eran una raza vigorosa y joven, aureolada con el prestigio de la victoria, aparecía como envuelta en el esplendor fabuloso de una aurora llena de promesas irrealizables. Sin embargo, su grandeza iba a ser efímera; como el torrente siciliano que guardaba los despojos del primero de sus reyes, el río de la civilización debía pasar sobre ella y esconder su tumba. Su fatalidad fue gastar sus energías al servicio de una obra infecunda, perder lo mejor de su vida en defensa del arrianismo.

    El más valiente, el más poderoso y el más sagaz de sus reyes, fue un arriano furibundo y un perseguidor. Entre los numerosos aciertos de su política, tuvo un gran desacierto, que manchó su nombre: el de haber querido establecer la unidad religiosa de su reino a base de la teología arriana. Pronto se dio cuenta de que lo que debiera ser un lazo de unión se convertía en manzana de discordia. Primero, en su mismo palacio: una princesa que humedece con su sangre y con sus lágrimas los mármoles brillantes, arrastrada por la furia de la reina; después, entre dominados y dominadores, y, finalmente, entre los hombres de su misma raza.

    Así que nuestro santo de hoy, español nacido en Mérida, de padres nobles, ricos y arrianos, estuvo educado y mezclado con el arrianismo desde su misma concepción. Pero siendo joven, abandonó la religión de sus mayores y entró en un monasterio, junto a la basílica de Santa Eulalia.

    Conquistó el cariño de todas las gentes de su tierra por sus liberalidades, por la afabilidad de su trato, por su humildad y por su amor a los pobres. Desde mucho antes, su nombre había corrido lo mismo entre los católicos como entre los arríanos, admirados de ver a un hombre que en la flor de la juventud abandonaba la herejía de sus padres, despreciaba un risueño porvenir y se encerraba en el citado monasterio.

    Aclamado obispo por el pueblo de Mérida, se había revelado desde el primer momento, no acaso como un sabio a semejanza de Leandro de Sevilla, pero sí como un hombre de acción y como un santo.

    Varias veces fueron emisarios del rey godo a convencer a Masona y ganarlo para la herejía arriana. Los emisarios de Toledo llegaban al palacio episcopal de Mérida, y siempre fueron rechazados sus ofrecimientos y despreciadas sus amenazas.

    El rey quiere entonces arrojarle de Mérida, pero el pueblo se agrupa en torno suyo para defenderle, y no es el momento de crear nuevos conflictos, pues su hijo Hermenegildo acaba de rebelarse en Sevilla. El rey no pudo desterrarlo a causa de la oposición del pueblo, sin embargo, mandó un obispo arriano a la ciudad. Es un hombre llamado Sunna, «de frente adusta, de ojos torvos, de hablar obsceno, de costumbres perversas, de ingenio intrigante, de aspecto facineroso». No obstante, está orgulloso de su saber, y Leovigildo confía también en su ciencia, pues propone al clero y al pueblo de Mérida la celebración de una disputa pública para conocer de qué lado estaba la verdad. Los dos obispos debían presentarse, uno frente a otro, en el atrio del palacio. Era imposible rehuir la contienda.

    Durante cierto tiempo, se creyó que Masona había desaparecido. La ansiedad era enorme entre los católicos. Sunna y los suyos recorrían la ciudad con aire de triunfadores. Pero ¿Dónde está vuestro obispo? preguntaban a sus adversarios con tono de desdén.

    Masona se había retirado a la basílica de Santa Eulalia para prepararse a la lucha con ayunos y oraciones. Temblaba con razón, porque de su habilidad dependía el triunfo de la ortodoxia. Su aparición a los tres días dentro de la ciudad disipó las angustias y preocupaciones de los fieles. Llegan pues entre Masona y el obispo arriano, Sunna, los enfrentamientos verbales.

    Llegó Sunna, acompañado de gentes algareras, llegaron los jueces nombrados por el rey y por la Iglesia, se sentaron los dos obispos, y empezó aquel certamen que tenía suspensa a toda la nación. Habló Sunna con ampulosidad y grandes voces, insultando a sus enemigos más que exponiendo su doctrina; respondió Masona con suavidad y moderación; fue acalorándose la disputa; de una y otra parte se cruzaban textos de la Sagrada Escritura y de los Padres, argumentos teológicos y comentarios bíblicos. De repente, el obispo arriano se quedó sin saber qué contestar; algunos de su campo salieron en su defensa, pero fueron también refutados. Los mismos arrianos se hacían lenguas de la elocuencia de Masona. «El Señor—dice su biógrafo—puso tal gracia aquel día en sus labios, que, aunque era un buen orador, jamás habló de una manera tan admirable como entonces.» Fuera de sí, la muchedumbre le arrebató y le llevó en triunfo hasta la basílica de la mártir, entre vítores y cánticos sagrados.

    Fue una alegría de corta duración. A los pocos días, los agentes del rey se apoderaron del santo obispo y, bien escoltado, le llevaban a Toledo. Durante largo trecho le acompañó hacia el destierro la ciudad de Mérida en masa, llorando inconsolablemente. También él lloró al despedirles con un discurso en que recomendaba la moderación y la paciencia. Leovigildo no había desesperado aún de atraerle a su secta. Le dijo que, entendido como él lo entendía, el arrianismo apenas si se diferenciaba del catolicismo. Veneraba las reliquias de los mártires, prohibía rebautizar a los convertidos, y sólo exigía «que se diese gloria al Padre por el Hijo en el Espíritu Santo»; una fórmula, decía él, que podía ser aceptada lo mismo por los católicos que por los arrianos. A estas argucias, Masona respondía siempre lo mismo: «Creo en la consubstancialidad del Padre y del Hijo.» Entonces el rey le amenazó con confinarle en un rincón de la Península.

    Pero Masona continúa en el destierro. Relegado por una sentencia pública, sólo una orden expresa puede sacarle de allí. Leovigildo trata de convencer a Masona pero sigue sin conseguirlo. Manda reunir regalos espléndidos, y con algunos de sus cortesanos se los envía a Masona, rogándole humildemente que vuelva a su diócesis. Lo único que consigue es que el prelado deje su retiro, pero rechaza los presentes. Para Leovigildo, no hay tristeza más grande en vísperas de su muerte tenga que cambiar toda su política y pedir perdón a sus perseguidos, sin decidirse a confesar su error.

    Diez meses después, con la conversión de Recaredo, y en el año 589, llegan las aclamaciones del tercer Concilio toledano. Masona presidía la asamblea, el rey declaraba proscrito el arrianismo, y Leandro, con soberano lirismo, cantaba el himno de la unidad.

    Como obispo, favoreció a todos: judíos, arrianos y paganos. Levantó iglesias, monasterios, e hizo un magnífico hospital.

    Murió el año en el año 606.

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