Inicio Foros Formación cofrade Santoral 18/02/2014 San Tarasio, Patriarca de Constantinopla.

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    Santos: Simeón, obispo de Jerusalén; Flaviano, Eladio, obispos; Tarasio, patriarca; Claudio, Alejandro, Cucias, Lucio, Rótulo, Clásico, Máximo, Prepedigna, Silvano, Secundino, Frúctulo, mártires; Constancia, Atica, Artemia, confesores; Bernardita o Bernardette Soubirous, virgen; Juan Pedro Néel, sacerdote mártir de China, de las Misiones Exteriores de París.

    San Tarario, Patriarca de Constantinopla.

    Para nosotros que vivimos en la “civilización de las imágenes”, así llamada por la masiva presencia de los instrumentos audiovisuales, sobre todo el cine y la televisión, tal vez resulte estimulante el recuerdo de un personaje que luchó valientemente por las “imágenes”, aunque ésta no sea su gloria principal y las imágenes por las que él combatió eran mucho más “sagradas” que las que nos propone ahora la sociedad de consumo.

    La polémica sobre el culto de las imágenes, la llamada lucha iconoclasta, contó entre sus protagonistas a los emperadores bizantinos León III el Isáurico, Constantino V Coprónimo y León IV Khazaras por una parte, y por otra a San Juan Damasceno y a los patriarcas Germán de Constantinopla y a Tarasio.

    En realidad, junto a un conflicto ideal, que trataba sobre la ortodoxia, sobre la legitimidad de representar a Dios y al “mundo celeste”, prohibido por la ley judía pero no observado por los cristianos, los historiadores hacen notar que había muchas cuestiones de carácter político y hasta económico.

    En efecto, los defensores de las imágenes eran los monjes, los únicos verdaderos opositores del poder imperial. Pero, como decíamos, Tarasio tiene también otras glorias.

    Era de familia noble y había sido revestido de la dignidad de senador y jefe de la cancillería imperial.

    Aunque era un simple laico, por designación del difunto patriarca Pablo, fue elegido para recibir una difícil herencia, que aceptó con la condición de que la emperatriz Irene y el senado se comprometieran a consentir la convocación de un concilio.

    Solo así, sería posible restablecer la ortodoxia y la paz eclesiástica. Esto se logró, no sin dificultad, en el concilio de Nicea del 787.

    Obedeciendo a las decisiones conciliares, Tarasio restituyó en su patriarcado el culto de las imágenes.

    Su vida fue un modelo de perfecto desinterés material, volcado hacia el clero y el pueblo. En su casa y en su mesa no había nada de la magnificencia que ostentaban sus predecesores.

    Consagrado al servicio del prójimo, Tarasio apenas permitía que sus criados le sirviesen.

    Dormía muy poco y en sus ratos de ocio se consagraba a la oración y la lectura espiritual.

    Prohibió al clero el uso de vestidos preciosos y se mostró particularmente severo por lo que se refiere al teatro.

    Con frecuencia repartía personalmente alimentos a los pobres; para que nadie se sintiese abandonado, visitaba todos los hospitales y obras de beneficencia en Constantinopla.

    Tarasio fue también un fuerte defensor de la moral cristiana y sobre todo del matrimonio, oponiéndose con energía al mismo emperador Constantino VI, que pretendía de él la sentencia de divorcio para poder contraer nuevas nupcias.

    El emperador enamorado de Teódota, dama de honor de su esposa, la emperatriz María, decidió divorciarse de la esposa con la que la emperatriz madre Irene, le había obligado a casarse.

    Para ello, intentó ganarse la voluntad del patriarca y le envió a un mensajero para anunciarle que la emperatriz quería envenenarlo.

    Tarasio respondió al mensajero: “Di al emperador que estoy dispuesto a morir antes que

    ayudarle a realizar su propósito”. Entonces el emperador trató de ganarle por medio de halagos. Llamó, pues, al patriarca y le dijo: “A ti no puedo ocultarte nada, pues te considero como a mi padre. Es indudable que la Iglesia permitirá que me divorcie de una mujer que ha intentado envenenarme. La emperatriz María merece la muerte o la prisión perpetua”.

    El emperador mostró a Tarasio un vaso con veneno que, según él, la emperatriz había tratado de hacerle beber. Pero el patriarca no se dejó engañar, y replicó que estaba cierto de que Constantino quería divorciarse de la emperatriz porque estaba enamorado de Teódota; además le manifestó que, aun en el caso de que la emperatriz María fuese realmente culpable, el nuevo matrimonio constituiría un adulterio.

    El monje Juan, que se hallaba también presente, habló con gran valentía en el mismo sentido que el patriarca; el emperador, furioso, les mandó retirarse de su presencia.

    Después echó a la emperatriz María fuera del palacio y la obligó a tomar el velo.

    Como Tarasio se negaba a casarlo con Teódota, el matrimonio se llevó a cabo ante el abad José, un personaje de la Iglesia de Constantinopla.

    En adelante Tarasio tuvo que soportar el resentimiento de Constantino, quien le persiguió durante el resto de su reinado. Se cuenta que el emperador hacía seguir al patriarca en todos sus movimientos, que había prohibido a todos, que hablasen con él sin su permiso, y que desterró a muchos de los amigos y servidores de Tarasio por dirigirle la palabra.

    Entre tanto, la emperatriz Irene que quería seguir gobernando, se ganó a los principales personajes de la corte y el ejército, encarceló a su hijo Constantino y le mandó sacar los ojos.

    Irene gobernó durante cinco años, hasta que fue depuesta por Nicéforo, quien usurpó el imperio y la desterró a la isla de Lesbos.

    Tarasio, fue también un gran devoto de la Virgen María, a quien saludaba así: “Salve, oh Mediadora de todo lo que hay bajo el cielo; salve, reparadora de todo el universo; Salve, oh llena de gracia, el Señor es contigo, él que existía antes que tú y nació de ti, para vivir con nosotros”.

    San Tarasio murió a la edad de 76 años, en el año 806 y fue sepultado en el santuario “Todos los mártires” del monasterio fundado en el Bósforo.

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