Inicio Foros Formación cofrade Santoral 19/05/2013 San Crispín de Viterbo

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    Santos: Celestino V, papa; Urbano I, papa y mártir; Teodoro, Dunstano, Cirilo, obispos; Pudente, Pudenciana (Potenciana), Ciriaca, vírgenes; Calócero, Partemio, Filotero, Juan de Cetina, Pedro de Dueñas, mártires; Ivo, Evonio, Bernardo, Gracia, Teófilo de Corte, Adolfo, confesores; Crispin, capuchino franciscano; beato Francisco Coll, fundador de las HH. Dominicas de la Anunciata.

    San Crispín de Viterbo.

    Nació en Viterbo, Italia, el 13 de noviembre de 1668. Su verdadero nombre fue Pietro (Pedro) Fiorentti.

    A pesar de ser considerado un santo alegre, la impresión que le produjo la muerte de su padre Ubaldo le marcó su infancia. Su tío Francisco, hermano de su padre, le envió primero a la escuela de los Jesuitas para que aprendiera gramática y, después, lo acogió como aprendiz en su taller de zapatero, donde estuvo hasta los 25 años, momento en que se fue con los frailes.

    De pequeño ayudaba en misas y era feliz haciendo ayuno, tanto que por su extrema delgadez y naturaleza enfermiza, su tío solía decirle a su madre: « vales para criar pollos, pero no hijos. ¿No ves que el niño no crece porque no come?» Y era el propio tío quien se encargaba de hacerle comer. Pero con el tiempo y viendo que seguía igual de pequeño y escuchimizado se dio por vencido y le dijo a su madre: «Déjalo que haga lo que quiera, porque mejor será tener en casa un santo delgado que un pecador gordo».

    Un día, al ver a un grupo de novicios que había bajado a la iglesia con motivo de unas rogativas para pedir la lluvia, le motivó para decidirse en hacerse Capuchino. En realidad ya lo había pensado mucho antes y había leído y releído la Regla de San Francisco, por lo que su decisión había sido madurada con anterioridad. En esta decisión además, influyo el no querer ser sacerdote, sino hermano laico como San Félix de Cantalicio,

    Inmediatamente se fue a hablar con el Provincial, quien necesitados de noviciados, le admitió en la Orden. Llegó a pensar que ya estaba todo superado, pero no fue así. Los primeros que se opusieron fueron sus familiares, empezando por su madre. La pobre ya era mayor y con una hija soltera a su cargo; además, no comprendía que, habiendo hecho los estudios con los Jesuitas, no quisiera ser sacerdote sino laico. Sin embargo, la decisión estaba tomada. Procuró que a su madre y hermana, las atendieran unas personas del pueblo, y se marchó al noviciado.

    Cual no sería su sorpresa al comprobar que, a pesar de haberle admitido ya el Provincial, el maestro de novicios se negaba a recibirlo y ante su insistencia le contestó: «Bueno, si al Provincial le compete el recibir a los novicios, a mí me toca probarlos».

    Y bien que lo probó. Lo primero que hizo fue darle una azada y enviarle al huerto a cavar mañana y tarde. En vista de que resistía, le mandó como ayudante del limosnero para que cargara con la alforja, a ver si aguantaba las caminatas bajo el sol y la lluvia. Y las aguantó. Por último, no se le ocurrió otra cosa que nombrarle enfermero para que atendiera a un fraile tuberculoso. Parece que no lo hizo del todo mal, pues tanto el enfermo como el maestro de novicios se ufanaron cuando ya eran viejos, de haberlo tenido como enfermero y como novicio.

    Una vez profesó, le enviaron por distintos conventos, hasta que recaló en Orvieto. Allí estuvo durante cuarenta años de limosnero; es decir, literalmente toda su vida, pues sólo lo llevaron a Roma para morir.

    Durante los cincuenta años que estuvo con los frailes hizo de todo menos de zapatero, que era su profesión. Fue cocinero, enfermero, hortelano y limosnero; No era persona para estar en la sombra, sino al fuego y al sol; es decir, que debía estar o en la cocina o en la huerta. Sin embargo la mayoría de su vida se quemó buscando comida para los frailes y atendiendo las necesidades de la gente.

    En su dedicación en busca ese sustento, lo primero que hacía antes de salir del convento era cantar el Ave, maris stella; después, rosario en mano, se dirigía a la limosna, que, de ordinario, solía hacer pronto. Para ahorrar tiempo le pedía antes al cocinero le dijera qué necesitaba, y así se limitaba a pedir solamente lo necesario.

    Como había muchos pobres, procuraba dirigir las limosnas que sobraban a una casa del pueblo para que desde allí se redistribuyeran; así satisfacía la solidaridad de los pudientes y la necesidad de los pobres.

    Tan convencido estaba de que gran parte de la miseria proviene de la injusticia, que no se podía contener ante los abusos de los patronos para con los trabajadores. Cuando alguno tenía que venir al convento a trabajar, procuraba que lo trataran bien, porque al trabajo hay que ir de buena gana.

    Una vez que un defraudador le pidió que rogara por su salud, le contestó que cuando pagase lo que debía a sus acreedores y a su servidumbre entonces pediría a la Virgen que lo curara. Y es que le gustaba visitar a los enfermos y encarcelados; no sólo para darles buenos consejos sino para remediarles, en la medida de sus posibilidades, las necesidades.

    La gente acudía a él en busca de remedios y se iba con la sensación de que hacía milagros. Incluso le cortaban trozos del manto para hacerse reliquias; hasta que no pudiendo más y les gritó: «Pero ¿qué hacéis? Cuánto mejor sería que le cortaseis la cola a un perro.. . ¿Estáis locos? ¡Tanto alboroto por un asno que pasa!»

    Sin embargo no todo era pedir limosna y atender a la gente. Esto era la consecuencia. Su opción había sido seguir a Jesús y eso conlleva mucho tiempo de estar con él y aprender sus actitudes. Su gran devoción a la Virgen le ayudó mucho. Le gustaba exteriorizar sus sentimientos para con ELLA adornando sus altares. Cuando estuvo trabajando de hortelano colocó una imagen de María en una pequeña cabaña. Delante de ella esparcía restos de semillas y migajas de pan para que se acercasen los pájaros, se alimentasen y cantasen, ya que hubiera querido que todas las criaturas del universo se juntasen para alabar en todo momento a la madre de Dios.

    El reuma y la gota acabaron con él. Ya no podía casi andar y tuvo que retirarse a la enfermería de Roma. Pero allí también la gente venía a buscarle. ¿Por qué la gente acudía a él si no era ni santo ni profeta?

    En el mes de mayo la enfermedad se agravó y fue a más. Para no estropear la fiesta de San Félix le aseguró al enfermero que no se moriría ni el día 17 ni el 18. Y, efectivamente, el Señor le debió escuchar y le llevó en su compañía el 19 de mayo de 1750.

    Fué el primer santo canonizado por el Papa Juan Pablo II, acto que se realizó el 20 de junio de 1982.

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