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21 febrero, 2017 a las 10:27 #16040
Anónimo
InactivoSantos: Pedro Damián, obispo y doctor; Maximiano y Severiano, Félix, Gundeberto, Paterio, Antimo, obispos; Zacarías, patriarca; Randoaldo, monje; Vérulo, Félix, Secundino, Saturnino, Fortunato, Siricio, Sérvulo, Claudio, Sabino y Máximo, Pedro Mavimeno, mártires; Roberto, presbítero y mártir; Leonor, reina; Irene y Vitaliana, vírgenes.San Roberto Southwell, presbítero y mártirUno de los dogmas de la crítica literaria es el de que debe estudiarse a los poetas en relación con su tiempo, sus ocupaciones y su marco histórico general. Sin embargo, con frecuencia resulta útil estudiar al escritor a la luz de sus propios escritos únicamente. En todo caso, Roberto Southwell constituye una excepción, pues antes que poeta fue hombre, sacerdote, misionero y mártir.
Nació hacia el año 1561, en Horsam Saint Faith, en Norfolk. Su madre era pariente de los Shelley de Sussex, de suerte que un lejano parentesco unía a Southwell con el gran poeta Shelley.
Estudió en Douai, donde fue discípulo del famoso teólogo Leonardo Lessio, y allí entró por primera vez en contacto con la Compañía de Jesús. Prosiguió sus estudios en París, bajo la dirección de Tomás Darbyshire, quien había sido archidiácono de Essex en tiempos de María Estuardo. Poco después de cumplir los dieciesiete años, Roberto pidió ser admitido en la Compañía de Jesús. La admisión le fue negada a causa de su juventud; esta contrariedad le movió a escribir el primero de sus poemas que ha llegado hasta nosotros. En el otoño de 1578 fue finalmente admitido en el noviciado de Roma. Más tarde, fue prefecto de estudios del venerable Colegio Inglés y recibió la ordenación sacerdotal en 1584. Dos años después, partió a la misión de Inglaterra en compañía del Padre Enrique Garnet.
La carrera de misionero activo del P. Southwell duró seis años. En 1587 era capellán de la condesa Ana de Arundel, en Londres, y esto le permitió entrar en contacto con San Felipe Howard, esposo de la condesa, que estaba prisionero en la Torre de Londres. A pesar de que tomaba todas las precauciones posibles para no darse a conocer, su fama se extendió pronto y su espíritu tranquilo y bondadoso impulsó eficazmente su trabajo apostólico. El santo se mantuvo alejado de todas las intrigas y controversias políticas y eclesiásticas, entregándose por completo a sus deberes sacerdotales. En 1592, denunciado por una joven de la casa en la que se había refugiado, fue detenido por el infame Topcliffe y encerrado en Uxenden Hall, la casa de su captor.
Con el fin de arrancarle denuncias sobre otros católicos, los verdugos sometieron al santo a terribles tormentos, por lo menos en nueve ocasiones, en la misma casa de Topcliffe. Este había dicho a la reina: «Southwell es el prisionero más útil que hayamos capturado, con tal de que sepamos aprovecharle». Después de casi tres años de prisión en Gatehouse y en la Torre dé Londres, el santo apeló a Lord Cecil, exigiéndole que se procediera al juicio o se le dejase en libertad. La apelación surtió efecto, pues fue juzgado y condenado a muerte por el delito de ser sacerdote. El 21 de febrero de 1595 fue colgado, arrastrado y descuartizado en Tyburn; la tortura fue tan cruel, que los asistentes pidieron a gritos que el descuartizamiento no se llevara al cabo, sino después de la muerte. San Roberto no tenía más que treinta y tres años.
Aunque en el caso del santo, el poeta tiene menos importancia que el sacerdote y el misionero, esto no significa que la poesía haya dejado de constituir una parte muy real de su existencia. Sus breves y elegantes poemas líricos, tan intensos y apasionados, revelan las cualidades de su espíritu de un modo discreto y, con frecuencia, emocionante; y nada puede poner más de relieve esas cualidades que el estudio de la vida en que se realizaron y expresaron. Los poemas del santo reflejan en forma muy vivida su valor y su sensibilidad; su fe en Dios y en la belleza de la creación, aun en medio de las peores brutalidades de la época; el extraño contraste de ese hombre santo y apacible obligado a huir de la ley, escondiéndose y disfrazándose, como si fuera un criminal.
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