Inicio › Foros › Formación cofrade › Evangelio Dominical y Festividades › Evangelio del domingo 03/05/2015 5º de Pascua
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28 abril, 2015 a las 19:38 #9213
Anónimo
Inactivo«El que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante»Lectura del santo evangelio según San JuanEn aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
-«Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento mío que no da fruto lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto.
Vosotros ya estáis limpios por las palabras que os he hablado; permaneced en mí, y yo en vosotros.
Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí.
Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada.
Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden.
Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará.
Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos.»
Palabra del Señor.30 abril, 2015 a las 17:41 #12808Anónimo
Inactivo[align=justify]Os dejo los comentarios al Evangelio.CREERLa fe no es una impresión o emoción del corazón. Sin duda, el creyente siente su fe, la experimenta y la disfruta, pero sería un error reducirla a «sentimentalismo». La fe no es algo que depende de los sentimientos: «ya no siento nada… debo estar perdiendo la fe». Ser creyentes es una actitud responsable y razonada.
La fe no es tampoco una opinión personal. El creyente se compromete personalmente a creer en Dios, pero la fe no puede ser reducida a «subjetivismo»: «yo tengo mis ideas y creo lo que a mí me parece». La realidad de Dios no depende de mí, ni del cristianismo es fabricación de cada uno.
La fe no es tampoco una costumbre o tradición recibida de los padres. Es bueno nacer en una familia creyente y recibir desde niño una orientación cristiana de la vida, pero sería muy pobre reducir la fe a «costumbre religiosa»: «en mi familia siempre hemos sido muy de Iglesia». La fe es una decisión personal de cada uno.
La fe no es tampoco una receta moral. Creer en Dios tiene sus exigencias, pero sería una equivocación reducirlo todo a «moralismo»: «yo respeto a todos y no hago mal a nadie». La fe es, además, amor a Dios, compromiso por un mundo más humano, esperanza de vida eterna, acción de gracias, celebración.
La fe no es tampoco un «tranquilizante». Creer en Dios es, sin duda, fuente de paz, consuelo y serenidad, pero la fe no es sólo un «agarradero» para los momentos críticos: «yo cuando me encuentro en apuros acudo a la Virgen». Creer es el mejor estímulo para luchar, trabajar y vivir de manera digna y responsable.
La fe comienza a desfigurarse cuando se olvida que, antes que nada, es un encuentro personal con Cristo. El cristiano es una persona que se encuentra con Cristo y en él va descubriendo a un Dios Amor que cada día le convence y atrae más. Lo dice muy bien Juan: «Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. Dios es Amor» (1 Jn 4, 16).
Esta fe sólo da frutos cuando vivimos día a día unidos a Cristo, es decir, motivados y sostenidos por su Espíritu y su Palabra: «El que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante, porque sin mí no podéis hacer nada».
NO DESVIARNOS DE JESÚSLa imagen es sencilla y de gran fuerza expresiva. Jesús es la «vid verdadera», llena de vida; los discípulos son «sarmientos» que viven de la savia que les llega de Jesús; el Padre es el «viñador» que cuida personalmente la viña para que dé fruto abundante. Lo único importante es que se vaya haciendo realidad su proyecto de un mundo más humano y feliz para todos.
La imagen pone de relieve dónde está el problema. Hay sarmientos secos por los que no circula la savia de Jesús. Discípulos que no dan frutos porque no corre por sus venas el Espíritu del Resucitado. Comunidades cristianas que languidecen desconectadas de su persona.
Por eso se hace una afirmación cargada de intensidad: «el sarmiento no puede dar fruto si no permanece en la vid»: la vida de los discípulos es estéril «si no permanecen» en Jesús. Sus palabras son categóricas: «Sin mí no podéis hacer nada». ¿No se nos está desvelando aquí la verdadera raíz de la crisis de nuestro cristianismo, el factor interno que resquebraja sus cimientos como ningún otro?
La forma en que viven su religión muchos cristianos, sin una unión vital con Jesucristo, no subsistirá por mucho tiempo: quedará reducida a «folklore» anacrónico que no aportará a nadie la Buena Noticia del Evangelio. La Iglesia no podrá llevar a cabo su misión en el mundo contemporáneo, si los que nos decimos «cristianos» no nos convertimos en discípulos de Jesús, animados por su espíritu y su pasión por un mundo más humano.
Ser cristiano exige hoy una experiencia vital de Jesucristo, un conocimiento interior de su persona y una pasión por su proyecto, que no se requerían para ser practicante dentro de una sociedad de cristiandad. Si no aprendemos a vivir de un contacto más inmediato y apasionado con Jesús, la decadencia de nuestro cristianismo se puede convertir en una enfermedad mortal.
Los cristianos vivimos hoy preocupados y distraídos por muchas cuestiones. No puede ser de otra manera. Pero no hemos de olvidar lo esencial. Todos somos «sarmientos». Solo Jesús es «la verdadera vid». Lo decisivo en estos momentos es «permanecer en él»: aplicar toda nuestra atención al Evangelio; alimentar en nuestros grupos, redes, comunidades y parroquias el contacto vivo con él; no desviarnos de su proyecto.
También el de Kamiano que esta semana es especial y particular.
A D. Antonio Cabrero Rodríguez, sacerdoteJn 15,1-8
“Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada”.
Hoy en mi comentario al Evangelio dominical no puedo dejar de hacer memoria agradecida de D. Antonio Cabrero Rodríguez, el cura de mi pueblo: el que me habló de Jesús, con el que fui monaguillo, el que me llevó al seminario, el que me impuso la casulla el día de mi ordenación sacerdotal… Con motivo de sus 25 años de llegada al pueblo, le organizaron una eucaristía sorpresa y en la acción de gracias le dije que era, sobre todo, “un seguidor de Jesús”. San Pablo le encantaba, por esa pasión de identificarse con el Maestro.
Como el sarmiento unido a la vid, ha pasado por el dolor de la enfermedad, pero como el Buen Pastor no ha querido dejar su rebaño hasta el final. Me quedo con sus ganas, con su ser creyente y sacerdote. Hasta el final, como un campeón en medio de la enfermedad y cuando las fuerzas le fallaban.
Me pude despedir hace unos días de ti en el hospital. Intuía que ya sería la última vez, aunque siempre te vi con fuerzas y nunca te acostumbras a ver cómo “menguan” las personas tan significativas y queridas desde la infancia. Tú me decías: “Ya no tengo la fuerza que tenía”. Ese rato que pasé me hizo ver tu serenidad y solidez, tu fe. Y también tu cariño.
Gracias, don Antonio. Hoy no puedo comentar el Evangelio. Dejo, a tantos kilómetros de ti, pero unido en la comunión de los santos, que suba la oración al Dios de bondad y misericordia, al Padre de Jesús, en cuyos brazos estás ya para siempre. Tu vida ha sido Evangelio. Que la Virgen de la Merced y la Virgencita de la Sierra, te hayan cubierto para siempre con su manto. Seguiremos en contacto y espero volver a verte en esa fiesta del encuentro con Jesús. ¡Hasta siempre, querido don Antonio! ¡No dejaremos de hacer memoria agradecida de tu vida y de tu ministerio!
[/align] Fraternalmente.-
30 abril, 2015 a las 17:41 #18861Anónimo
Inactivo[align=justify]Os dejo los comentarios al Evangelio.CREERLa fe no es una impresión o emoción del corazón. Sin duda, el creyente siente su fe, la experimenta y la disfruta, pero sería un error reducirla a «sentimentalismo». La fe no es algo que depende de los sentimientos: «ya no siento nada… debo estar perdiendo la fe». Ser creyentes es una actitud responsable y razonada.
La fe no es tampoco una opinión personal. El creyente se compromete personalmente a creer en Dios, pero la fe no puede ser reducida a «subjetivismo»: «yo tengo mis ideas y creo lo que a mí me parece». La realidad de Dios no depende de mí, ni del cristianismo es fabricación de cada uno.
La fe no es tampoco una costumbre o tradición recibida de los padres. Es bueno nacer en una familia creyente y recibir desde niño una orientación cristiana de la vida, pero sería muy pobre reducir la fe a «costumbre religiosa»: «en mi familia siempre hemos sido muy de Iglesia». La fe es una decisión personal de cada uno.
La fe no es tampoco una receta moral. Creer en Dios tiene sus exigencias, pero sería una equivocación reducirlo todo a «moralismo»: «yo respeto a todos y no hago mal a nadie». La fe es, además, amor a Dios, compromiso por un mundo más humano, esperanza de vida eterna, acción de gracias, celebración.
La fe no es tampoco un «tranquilizante». Creer en Dios es, sin duda, fuente de paz, consuelo y serenidad, pero la fe no es sólo un «agarradero» para los momentos críticos: «yo cuando me encuentro en apuros acudo a la Virgen». Creer es el mejor estímulo para luchar, trabajar y vivir de manera digna y responsable.
La fe comienza a desfigurarse cuando se olvida que, antes que nada, es un encuentro personal con Cristo. El cristiano es una persona que se encuentra con Cristo y en él va descubriendo a un Dios Amor que cada día le convence y atrae más. Lo dice muy bien Juan: «Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. Dios es Amor» (1 Jn 4, 16).
Esta fe sólo da frutos cuando vivimos día a día unidos a Cristo, es decir, motivados y sostenidos por su Espíritu y su Palabra: «El que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante, porque sin mí no podéis hacer nada».
NO DESVIARNOS DE JESÚSLa imagen es sencilla y de gran fuerza expresiva. Jesús es la «vid verdadera», llena de vida; los discípulos son «sarmientos» que viven de la savia que les llega de Jesús; el Padre es el «viñador» que cuida personalmente la viña para que dé fruto abundante. Lo único importante es que se vaya haciendo realidad su proyecto de un mundo más humano y feliz para todos.
La imagen pone de relieve dónde está el problema. Hay sarmientos secos por los que no circula la savia de Jesús. Discípulos que no dan frutos porque no corre por sus venas el Espíritu del Resucitado. Comunidades cristianas que languidecen desconectadas de su persona.
Por eso se hace una afirmación cargada de intensidad: «el sarmiento no puede dar fruto si no permanece en la vid»: la vida de los discípulos es estéril «si no permanecen» en Jesús. Sus palabras son categóricas: «Sin mí no podéis hacer nada». ¿No se nos está desvelando aquí la verdadera raíz de la crisis de nuestro cristianismo, el factor interno que resquebraja sus cimientos como ningún otro?
La forma en que viven su religión muchos cristianos, sin una unión vital con Jesucristo, no subsistirá por mucho tiempo: quedará reducida a «folklore» anacrónico que no aportará a nadie la Buena Noticia del Evangelio. La Iglesia no podrá llevar a cabo su misión en el mundo contemporáneo, si los que nos decimos «cristianos» no nos convertimos en discípulos de Jesús, animados por su espíritu y su pasión por un mundo más humano.
Ser cristiano exige hoy una experiencia vital de Jesucristo, un conocimiento interior de su persona y una pasión por su proyecto, que no se requerían para ser practicante dentro de una sociedad de cristiandad. Si no aprendemos a vivir de un contacto más inmediato y apasionado con Jesús, la decadencia de nuestro cristianismo se puede convertir en una enfermedad mortal.
Los cristianos vivimos hoy preocupados y distraídos por muchas cuestiones. No puede ser de otra manera. Pero no hemos de olvidar lo esencial. Todos somos «sarmientos». Solo Jesús es «la verdadera vid». Lo decisivo en estos momentos es «permanecer en él»: aplicar toda nuestra atención al Evangelio; alimentar en nuestros grupos, redes, comunidades y parroquias el contacto vivo con él; no desviarnos de su proyecto.
También el de Kamiano que esta semana es especial y particular.
A D. Antonio Cabrero Rodríguez, sacerdoteJn 15,1-8
“Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada”.
Hoy en mi comentario al Evangelio dominical no puedo dejar de hacer memoria agradecida de D. Antonio Cabrero Rodríguez, el cura de mi pueblo: el que me habló de Jesús, con el que fui monaguillo, el que me llevó al seminario, el que me impuso la casulla el día de mi ordenación sacerdotal… Con motivo de sus 25 años de llegada al pueblo, le organizaron una eucaristía sorpresa y en la acción de gracias le dije que era, sobre todo, “un seguidor de Jesús”. San Pablo le encantaba, por esa pasión de identificarse con el Maestro.
Como el sarmiento unido a la vid, ha pasado por el dolor de la enfermedad, pero como el Buen Pastor no ha querido dejar su rebaño hasta el final. Me quedo con sus ganas, con su ser creyente y sacerdote. Hasta el final, como un campeón en medio de la enfermedad y cuando las fuerzas le fallaban.
Me pude despedir hace unos días de ti en el hospital. Intuía que ya sería la última vez, aunque siempre te vi con fuerzas y nunca te acostumbras a ver cómo “menguan” las personas tan significativas y queridas desde la infancia. Tú me decías: “Ya no tengo la fuerza que tenía”. Ese rato que pasé me hizo ver tu serenidad y solidez, tu fe. Y también tu cariño.
Gracias, don Antonio. Hoy no puedo comentar el Evangelio. Dejo, a tantos kilómetros de ti, pero unido en la comunión de los santos, que suba la oración al Dios de bondad y misericordia, al Padre de Jesús, en cuyos brazos estás ya para siempre. Tu vida ha sido Evangelio. Que la Virgen de la Merced y la Virgencita de la Sierra, te hayan cubierto para siempre con su manto. Seguiremos en contacto y espero volver a verte en esa fiesta del encuentro con Jesús. ¡Hasta siempre, querido don Antonio! ¡No dejaremos de hacer memoria agradecida de tu vida y de tu ministerio!
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