Inicio › Foros › Formación cofrade › Evangelio Dominical y Festividades › Evangelio del domingo 04/10/2015 27º de Tiempo Ordinario
- Este debate está vacío.
-
AutorEntradas
-
30 septiembre, 2015 a las 11:36 #9393
Anónimo
InactivoLo que Dios ha unido, que no lo separe el hombreLectura del santo evangelio según San MarcosEn aquel tiempo, se acercaron unos fariseos y le preguntaron a Jesús, para ponerlo a prueba:
– «¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer?»
Él les replicó:
– «¿Qué os ha mandado Moisés?»
Contestaron:
– «Moisés permitió divorciarse, dándole a la mujer un acta de repudio.»
Jesús les dijo:
-«Por vuestra terquedad dejó escrito Moisés este precepto. Al principio de la creación Dios «los creó hombre y mujer. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne». De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.»
En casa, los discípulos volvieron a preguntarle sobre lo mismo.
Él les dijo:
– «Si uno se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra la primera. Y si ella se divorcia de su marido y se casa con otro, comete adulterio.»
Le acercaban niños para que los tocara, pero los discípulos les regañaban.
Al verlo, Jesús se enfadó y les dijo:
– «Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis; de los que son como ellos es el reino de Dios. Os aseguro que el que no acepte el reino de Dios como un niño, no entrará en él.»
Y los abrazaba y los bendecía imponiéndoles las manos.
Palabra del Señor.2 octubre, 2015 a las 10:44 #12818Anónimo
InactivoMe ha llamado mucho la atención, éste comentario al evangelio del domingo, por el Reverendo D. Juan Manuel Pérez Piñero. Quote:La cuestión del divorcio no es nueva. En el país de Jesús también se discutía sobre eso. Y también había una especie de “ley de divorcio”. Es lo que contemplamos en el Evangelio de este domingo: Unos fariseos, con mala intención, van a pedirle al Señor su opinión sobre este tema: “¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer?”
La respuesta del Señor es admirable. Va a la raíz de la cuestión planteada: El matrimonio no es un invento humano, que se deja a la libre voluntad de cada uno. Dios es el Creador del matrimonio y lo dotó de propiedades y normas propias, de acuerdo con su naturaleza. ¿Y quién entiende más de una cosa que el que la hizo? Cuando manejamos, por ejemplo, un electrodoméstico cualquiera, tenemos que adaptarnos a las normas del que lo proyectó, porque, de lo contrario, se quema o se estropea. Igual sucede con el matrimonio.
Y además, si se unen el hombre y la mujer para formar “una sola carne” ¿quién los podrá separar? Por eso, cuando en la casa los discípulos vuelven a preguntarle sobre lo mismo, Jesucristo les dice que el que se divorcia comete adulterio, tanto si lo hace el hombre como la mujer.
¡Así es el matrimonio cuando sale de las manos de Dios! ¡Y la Liturgia de hoy nos aproxima a esa realidad maravillosa!
A pesar de todo, modernamente las leyes civiles han introducido el divorcio como la solución a la problemática de la pareja que no marcha bien. ¡Cuántas reflexiones podríamos hacer sobre ello! Pero más que discutir de normas y leyes, el cristiano busca en la Palabra de Dios y en la Doctrina de la Iglesia, la verdadera respuesta. Y es ésta: “La Iglesia, acogiendo y meditando fielmente la Palabra de Dios, ha enseñado solemnemente y enseña que el matrimonio de los bautizados es uno de los siete sacramentos de la Nueva Alianza” (Fam. C., 13). Es decir, signo e instrumento eficaz de la acción de Dios en los esposos. Y esta es la Buena Noticia que la Iglesia, de Oriente a Occidente anuncia cada día en el mundo.
Pero los sacramentos, para ser provechosos, necesitan una adecuada preparación, celebración y vivencia.
Y continúa el Evangelio hablando de la acogida que hace Jesucristo a los niños que le acercaban para que los tocara… Y decía: “De los que son como ellos es el Reino de Dios…” Y también: “Os aseguro que el que no acepte el Reino de Dios como un niño, no entrará en él”.
Me parece que, para comprender mejor las enseñanzas de Cristo sobre el matrimonio, necesitaríamos volver a ser niños y abrir nuestros ojos, nuestros oídos y nuestro corazón a su Palabra.
Cuántas gracias hemos de darle al Señor por el don del matrimonio y porque hace posible que tantos matrimonios vivan felices. Pero, en una ocasión como ésta, no podemos olvidar que son también muchos los que, a pesar de todo, no han conseguido el bienestar que soñaron siempre. La Iglesia, a la que llamó siendo Beato, San Juan XXIII “Madre y Maestra”, al exponer su doctrina, no mira con dureza e insensibilidad a los que han tenido que optar por otro camino (Fam. C. 84).
Termino haciendo alusión al salmo 127 que usamos hoy de salmo responsorial y que canta el bienestar familiar del que teme al Señor y sigue sus caminos: “Que el Señor nos bendiga todos los días de nuestra vida”.
2 octubre, 2015 a las 10:44 #18871Anónimo
InactivoMe ha llamado mucho la atención, éste comentario al evangelio del domingo, por el Reverendo D. Juan Manuel Pérez Piñero. Quote:La cuestión del divorcio no es nueva. En el país de Jesús también se discutía sobre eso. Y también había una especie de “ley de divorcio”. Es lo que contemplamos en el Evangelio de este domingo: Unos fariseos, con mala intención, van a pedirle al Señor su opinión sobre este tema: “¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer?”
La respuesta del Señor es admirable. Va a la raíz de la cuestión planteada: El matrimonio no es un invento humano, que se deja a la libre voluntad de cada uno. Dios es el Creador del matrimonio y lo dotó de propiedades y normas propias, de acuerdo con su naturaleza. ¿Y quién entiende más de una cosa que el que la hizo? Cuando manejamos, por ejemplo, un electrodoméstico cualquiera, tenemos que adaptarnos a las normas del que lo proyectó, porque, de lo contrario, se quema o se estropea. Igual sucede con el matrimonio.
Y además, si se unen el hombre y la mujer para formar “una sola carne” ¿quién los podrá separar? Por eso, cuando en la casa los discípulos vuelven a preguntarle sobre lo mismo, Jesucristo les dice que el que se divorcia comete adulterio, tanto si lo hace el hombre como la mujer.
¡Así es el matrimonio cuando sale de las manos de Dios! ¡Y la Liturgia de hoy nos aproxima a esa realidad maravillosa!
A pesar de todo, modernamente las leyes civiles han introducido el divorcio como la solución a la problemática de la pareja que no marcha bien. ¡Cuántas reflexiones podríamos hacer sobre ello! Pero más que discutir de normas y leyes, el cristiano busca en la Palabra de Dios y en la Doctrina de la Iglesia, la verdadera respuesta. Y es ésta: “La Iglesia, acogiendo y meditando fielmente la Palabra de Dios, ha enseñado solemnemente y enseña que el matrimonio de los bautizados es uno de los siete sacramentos de la Nueva Alianza” (Fam. C., 13). Es decir, signo e instrumento eficaz de la acción de Dios en los esposos. Y esta es la Buena Noticia que la Iglesia, de Oriente a Occidente anuncia cada día en el mundo.
Pero los sacramentos, para ser provechosos, necesitan una adecuada preparación, celebración y vivencia.
Y continúa el Evangelio hablando de la acogida que hace Jesucristo a los niños que le acercaban para que los tocara… Y decía: “De los que son como ellos es el Reino de Dios…” Y también: “Os aseguro que el que no acepte el Reino de Dios como un niño, no entrará en él”.
Me parece que, para comprender mejor las enseñanzas de Cristo sobre el matrimonio, necesitaríamos volver a ser niños y abrir nuestros ojos, nuestros oídos y nuestro corazón a su Palabra.
Cuántas gracias hemos de darle al Señor por el don del matrimonio y porque hace posible que tantos matrimonios vivan felices. Pero, en una ocasión como ésta, no podemos olvidar que son también muchos los que, a pesar de todo, no han conseguido el bienestar que soñaron siempre. La Iglesia, a la que llamó siendo Beato, San Juan XXIII “Madre y Maestra”, al exponer su doctrina, no mira con dureza e insensibilidad a los que han tenido que optar por otro camino (Fam. C. 84).
Termino haciendo alusión al salmo 127 que usamos hoy de salmo responsorial y que canta el bienestar familiar del que teme al Señor y sigue sus caminos: “Que el Señor nos bendiga todos los días de nuestra vida”.
2 octubre, 2015 a las 16:14 #12819Anónimo
Inactivo[align=justify]Os dejo los comentarios al Evangelio.ANTE LOS DIVORCIADOSLos cristianos no podemos cerrar los ojos ante un hecho profundamente doloroso. En general, los divorciados no se sienten comprendidos por la Iglesia ni por las comunidades cristianas. La mayoría solo percibe una dureza disciplinar que no llegan a entender. Abandonados a sus problemas y sin la ayuda que necesitarían, no encuentran en la Iglesia un lugar para ellos.
No se trata de poner en discusión la visión cristiana del matrimonio, sino de ser fieles a ese Jesús que, al mismo tiempo que defiende el matrimonio, se acerca a todo hombre o mujer ofreciendo su comprensión y su gracia precisamente a quienes más las necesitan. Este es el reto. ¿Cómo mostrar a los divorciados la misericordia infinita de Dios a todo ser humano? ¿Cómo estar junto a ellos de manera evangélica?
Antes que nada hemos de recordar que los divorciados que se han vuelto a casar civilmente siguen siendo miembros de la Iglesia. No están excomulgados; no han sido expulsados de la Iglesia. Forman parte de la comunidad y han de encontrar en los cristianos la solidaridad y comprensión que necesitan para vivir su difícil situación de manera humana y cristiana.
Si la Iglesia les retira el derecho a recibir la comunión es porque «su estado y condición de vida contradicen objetivamente la unión de amor entre Cristo y la Iglesia, significada y actualizada en la eucaristía» (Juan Pablo II). Pero esto no autoriza a nadie a condenarlos como personas excluidas de la salvación ni a adoptar una postura de rechazo o marginación.
Al contrario, el mismo Juan Pablo II exhorta a los responsables de la comunidad cristiana «a que ayuden a los divorciados cuidando, con caridad solícita, que no se sientan separados de la Iglesia, pues pueden e incluso deben, en cuanto bautizados, tomar parte en su vida». Como todos los demás cristianos, también ellos tienen derecho a escuchar la Palabra de Dios, tomar parte en la asamblea eucarística, colaborar en diferentes obras e iniciativas de la comunidad y recibir la ayuda que necesitan para vivir su fe y para educara sus hijos.
Es injusto que una comprensión estrecha de la disciplina de la Iglesia y un rigorismo que tiene poco que ver con el Espíritu de Jesús nos lleven a marginar y abandonar incluso a personas que se esforzaron sinceramente por salvar su primer matrimonio, que no tienen fuerzas para enfrentarse solas a su futuro, que viven fielmente su matrimonio civil, que no pueden rehacer en manera alguna su matrimonio anterior o que tienen adquiridas nuevas obligaciones morales en su actual situación.
En cualquier caso, a los divorciados que os sintáis creyentes solo os quiero recordar una cosa:
Dios es infinitamente más grande, más comprensivo y más amigo que todo lo que podáis ver en nosotros, los cristianos, o en los hombres de Iglesia. Dios es Dios. Cuando nosotros no os comprendemos, él os comprende. Confiad siempre en él.
ACOGER A LOS PEQUEÑOSEl episodio parece insignificante. Sin embargo, encierra un trasfondo de gran importancia para los seguidores de Jesús. Según el relato de Marcos, algunos tratan de acercar a Jesús a unos niños y niñas que corretean por allí. Lo único que buscan es que aquel hombre de Dios los pueda tocar para comunicarles algo de su fuerza y de su vida. Al parecer, era una creencia popular.
Los discípulos se molestan y tratan de impedirlo. Pretenden levantar un cerco en torno a Jesús. Se atribuyen el poder de decidir quiénes pueden llegar hasta Jesús y quiénes no. Se interponen entre él y los más pequeños, frágiles y necesitados de aquella sociedad. En vez de facilitar su acceso a Jesús, lo obstaculizan.
Se han olvidado ya del gesto de Jesús que, unos días antes, ha puesto en el centro del grupo a un niño para que aprendan bien que son los pequeños los que han de ser el centro de atención y cuidado de sus discípulos. Se han olvidado de cómo lo ha abrazado delante de todos, invitándoles a acogerlos en su nombre y con su mismo cariño.
Jesús se indigna. Aquel comportamiento de sus discípulos es intolerable. Enfadado, les da dos órdenes: «Dejad que los niños se acerquen a mí. No se lo impidáis». ¿Quién les ha enseñado a actuar de una manera tan contraria a su Espíritu? Son, precisamente, los pequeños, débiles e indefensos, los primeros que han de tener abierto el acceso a Jesús.
La razón es muy profunda pues obedece a los designios del Padre: «De los que son como ellos es el reino de Dios». En el reino de Dios y en el grupo de Jesús, los que molestan no son los pequeños, sino los grandes y poderosos, los que quieren dominar y ser los primeros.
El centro de su comunidad no ha de estar ocupado por personas fuertes y poderosas que se imponen a los demás desde arriba. En su comunidad se necesitan hombres y mujeres que buscan el último lugar para acoger, servir, abrazar y bendecir a los más débiles y necesitados.
El reino de Dios no se difunde desde la imposición de los grandes sino desde la acogida y defensa a los pequeños. Donde éstos se convierten en el centro de atención y cuidado, ahí está llegando el reino de Dios, la sociedad humana que quiere el Padre.
Ante este evangelio, no está de más recordar que: Los hijos tienen derecho además a que sus padres se reúnan para tratar de temas relativos a su educación y salud, o para tomar decisiones sobre aspectos importantes para su vida. La pareja no ha de olvidar que, aun estando separados, siguen siendo padres de unos hijos que los necesitan.
También el de Kamiano.
UNIDOS Y EN ACTITUD DE ACOGIDAEl Evangelio del próximo domingo es una invitación a cuidar la familia, como regalo precioso de Dios. Escuela de amor y de acogida, de perdón y reconciliación. Es tan necesario que los niños tengan la oportunidad de sentir el amor de Jesús a través de sus padres. “Dejad que los niños se acerquen a mí”. No provoquemos grietas irreparables en la comunidad central de la vida. Mimemos la convivencia familiar, los pequeños y grandes detalles, el acompañamiento de sus miembros, la donación gratuita. A pesar de la atmósfera envolvente, apostemos por la familia y por poner a los niños en un clima donde puedan sentir la presencia del Señor en medio de ellos.
Fraternalmente.-
[/align] 2 octubre, 2015 a las 16:14 #18872Anónimo
Inactivo[align=justify]Os dejo los comentarios al Evangelio.ANTE LOS DIVORCIADOSLos cristianos no podemos cerrar los ojos ante un hecho profundamente doloroso. En general, los divorciados no se sienten comprendidos por la Iglesia ni por las comunidades cristianas. La mayoría solo percibe una dureza disciplinar que no llegan a entender. Abandonados a sus problemas y sin la ayuda que necesitarían, no encuentran en la Iglesia un lugar para ellos.
No se trata de poner en discusión la visión cristiana del matrimonio, sino de ser fieles a ese Jesús que, al mismo tiempo que defiende el matrimonio, se acerca a todo hombre o mujer ofreciendo su comprensión y su gracia precisamente a quienes más las necesitan. Este es el reto. ¿Cómo mostrar a los divorciados la misericordia infinita de Dios a todo ser humano? ¿Cómo estar junto a ellos de manera evangélica?
Antes que nada hemos de recordar que los divorciados que se han vuelto a casar civilmente siguen siendo miembros de la Iglesia. No están excomulgados; no han sido expulsados de la Iglesia. Forman parte de la comunidad y han de encontrar en los cristianos la solidaridad y comprensión que necesitan para vivir su difícil situación de manera humana y cristiana.
Si la Iglesia les retira el derecho a recibir la comunión es porque «su estado y condición de vida contradicen objetivamente la unión de amor entre Cristo y la Iglesia, significada y actualizada en la eucaristía» (Juan Pablo II). Pero esto no autoriza a nadie a condenarlos como personas excluidas de la salvación ni a adoptar una postura de rechazo o marginación.
Al contrario, el mismo Juan Pablo II exhorta a los responsables de la comunidad cristiana «a que ayuden a los divorciados cuidando, con caridad solícita, que no se sientan separados de la Iglesia, pues pueden e incluso deben, en cuanto bautizados, tomar parte en su vida». Como todos los demás cristianos, también ellos tienen derecho a escuchar la Palabra de Dios, tomar parte en la asamblea eucarística, colaborar en diferentes obras e iniciativas de la comunidad y recibir la ayuda que necesitan para vivir su fe y para educara sus hijos.
Es injusto que una comprensión estrecha de la disciplina de la Iglesia y un rigorismo que tiene poco que ver con el Espíritu de Jesús nos lleven a marginar y abandonar incluso a personas que se esforzaron sinceramente por salvar su primer matrimonio, que no tienen fuerzas para enfrentarse solas a su futuro, que viven fielmente su matrimonio civil, que no pueden rehacer en manera alguna su matrimonio anterior o que tienen adquiridas nuevas obligaciones morales en su actual situación.
En cualquier caso, a los divorciados que os sintáis creyentes solo os quiero recordar una cosa:
Dios es infinitamente más grande, más comprensivo y más amigo que todo lo que podáis ver en nosotros, los cristianos, o en los hombres de Iglesia. Dios es Dios. Cuando nosotros no os comprendemos, él os comprende. Confiad siempre en él.
ACOGER A LOS PEQUEÑOSEl episodio parece insignificante. Sin embargo, encierra un trasfondo de gran importancia para los seguidores de Jesús. Según el relato de Marcos, algunos tratan de acercar a Jesús a unos niños y niñas que corretean por allí. Lo único que buscan es que aquel hombre de Dios los pueda tocar para comunicarles algo de su fuerza y de su vida. Al parecer, era una creencia popular.
Los discípulos se molestan y tratan de impedirlo. Pretenden levantar un cerco en torno a Jesús. Se atribuyen el poder de decidir quiénes pueden llegar hasta Jesús y quiénes no. Se interponen entre él y los más pequeños, frágiles y necesitados de aquella sociedad. En vez de facilitar su acceso a Jesús, lo obstaculizan.
Se han olvidado ya del gesto de Jesús que, unos días antes, ha puesto en el centro del grupo a un niño para que aprendan bien que son los pequeños los que han de ser el centro de atención y cuidado de sus discípulos. Se han olvidado de cómo lo ha abrazado delante de todos, invitándoles a acogerlos en su nombre y con su mismo cariño.
Jesús se indigna. Aquel comportamiento de sus discípulos es intolerable. Enfadado, les da dos órdenes: «Dejad que los niños se acerquen a mí. No se lo impidáis». ¿Quién les ha enseñado a actuar de una manera tan contraria a su Espíritu? Son, precisamente, los pequeños, débiles e indefensos, los primeros que han de tener abierto el acceso a Jesús.
La razón es muy profunda pues obedece a los designios del Padre: «De los que son como ellos es el reino de Dios». En el reino de Dios y en el grupo de Jesús, los que molestan no son los pequeños, sino los grandes y poderosos, los que quieren dominar y ser los primeros.
El centro de su comunidad no ha de estar ocupado por personas fuertes y poderosas que se imponen a los demás desde arriba. En su comunidad se necesitan hombres y mujeres que buscan el último lugar para acoger, servir, abrazar y bendecir a los más débiles y necesitados.
El reino de Dios no se difunde desde la imposición de los grandes sino desde la acogida y defensa a los pequeños. Donde éstos se convierten en el centro de atención y cuidado, ahí está llegando el reino de Dios, la sociedad humana que quiere el Padre.
Ante este evangelio, no está de más recordar que: Los hijos tienen derecho además a que sus padres se reúnan para tratar de temas relativos a su educación y salud, o para tomar decisiones sobre aspectos importantes para su vida. La pareja no ha de olvidar que, aun estando separados, siguen siendo padres de unos hijos que los necesitan.
También el de Kamiano.
UNIDOS Y EN ACTITUD DE ACOGIDAEl Evangelio del próximo domingo es una invitación a cuidar la familia, como regalo precioso de Dios. Escuela de amor y de acogida, de perdón y reconciliación. Es tan necesario que los niños tengan la oportunidad de sentir el amor de Jesús a través de sus padres. “Dejad que los niños se acerquen a mí”. No provoquemos grietas irreparables en la comunidad central de la vida. Mimemos la convivencia familiar, los pequeños y grandes detalles, el acompañamiento de sus miembros, la donación gratuita. A pesar de la atmósfera envolvente, apostemos por la familia y por poner a los niños en un clima donde puedan sentir la presencia del Señor en medio de ellos.
Fraternalmente.-
[/align] -
AutorEntradas
- Debes estar registrado para responder a este debate.
