Inicio Foros Formación cofrade Evangelio Dominical y Festividades Evangelio del domingo 07/02/2016 5º de Tiempo Ordinario.

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  • #9542
    Anónimo
    Inactivo

    Dejándolo todo, lo siguieron.

    Lectura del santo Evangelio según San Lucas

    En aquel tiempo, la gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la palabra de Dios, y él estaba de pie a la orilla del lago de Genesaret.

    Desde allí vio dos barcas junto a la orilla del lago; los pescadores habían bajado y estaban limpiando las redes.

    Jesús subió a una de las barcas, que era de Simón, y le pidió que se apartara un poco de la orilla; después se sentó, y enseñaba a la multitud desde la barca.

    Cuando terminó de hablar, dijo a Simón: «Navega mar adentro, y echen las redes».

    Simón le respondió: «Maestro, hemos trabajado la noche entera y no hemos sacado nada, pero si tú lo dices, echaré las redes».

    Así lo hicieron, y sacaron tal cantidad de peces, que las redes estaban a punto de romperse.

    Entonces hicieron señas a los compañeros de la otra barca para que fueran a ayudarlos. Ellos acudieron, y llenaron tanto las dos barcas, que casi se hundían.

    Al ver esto, Simón Pedro se echó a los pies de Jesús y le dijo: «Aléjate de mí, Señor, porque soy un pecador».

    El temor se había apoderado de él y de los que lo acompañaban, por la cantidad de peces que habían recogido;

    y lo mismo les pasaba a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, compañeros de Simón. Pero Jesús dijo a Simón: «No temas, de ahora en adelante serás pescador de hombres».

    Ellos atracaron las barcas a la orilla y, abandonándolo todo, lo siguieron.

    Palabra del Señor.

    #12838
    Anónimo
    Inactivo

    Os dejo los comentarios al Evangelio del domingo.

    ¿MAS HUMANOS SIN DIOS?
    [align=justify]Por tu palabra, echaré las redes.

    [align=justify]Hoy todos nos sentimos humanistas. Todos estamos de acuerdo en que, de una manera o de otra, debemos buscar la liberación plena de la humanidad.

    El verdadero problema surge cuando nos preguntamos cómo se puede hacer al hombre más humano.

    A partir, sobre todo, de L. Feuerbach y C. Marx, la crítica atea a la religión ha insistido en que es necesario suprimir a Dios para lograr el nacimiento del verdadero hombre. Sólo cuando «el ser humano sea el ser supremo para el hombre», la humanidad se pondrá en camino hacia su verdadera liberación.

    Que el ser humano sea el dios y creador de sí mismo puede resultar ciertamente seductor al hombre cotemporáneo. Pero, ello no quiere decir que lo haga más humano.

    Quizás, la cuestión más decisiva para el futuro de la fe entre nosotros sea la de saber si el ser humano puede ser más humano sin Dios. ¿Cuándo es el hombre más grande y más humano, cuando sabe vivir desde la fe en el Dios liberador de Jesús, o cuando se le diviniza y se le deja solo, como dueño y señor de su existencia?

    El mensaje de Jesús es un verdadero reto. Según el evangelio, ninguna persona puede darse a sí misma la salvación plena que anda buscando desde lo más hondo de su ser.

    Sólo cuando aceptamos a Dios como único Señor y lo sabemos acoger como origen y centro de referencia de todo su ser y su quehacer, podemos alcanzar nuestra verdadera medida y dignidad. Desde Dios podemos descubrir los verdaderos límites de nuestro ser y la grandeza de nuestro destino.

    ¿Es posible alcanzar la salvación total desde nuestro esfuerzo autónomo y solitario? ¿Es posible existir alguna vez como un ser autónomo, dueño de su existencia?

    Lo importante es verificar cuál es el «dios» al que nos sometemos y de quien hacemos depender nuestra vida. Descubrir cuál es el «dios» público o privado al que adoramos.

    En realidad, para cada uno de nosotros, «nuestro dios particular» es aquél al que rendimos totalmente nuestro ser. Todos conocemos el nombre de muchos de estos dioses: dinero, salud, éxito, sexo, poder, trabajo, rendimiento, prestigio, eficacia…

    El relato evangélico nos invita a reflexionar «en nombre de quién estamos echando las redes». Pues es fácil pasarse toda la vida luchando sin lograr llenar de contenido verdaderamente humano nuestra existencia diaria.[/align]
    [align=right]José Antonio Pagola[/align]

    ERROR NEFASTO

    [align=justify]Está muy extendida la idea de que la culpa es algo introducido por la religión. Muchos piensan que si Dios no existiera, desaparecería totalmente el sentimiento de culpa, pues no habría mandamientos y cada uno podría hacer lo que quisiera.

    Nada más lejos de la realidad. La culpa no es algo inventado por los creyentes, sino una experiencia universal que vive todo hombre, como lo ha recordado con insistencia la filosofía moderna. Creyentes y ateos, todos nos enfrentamos a esta realidad dramática: nos sentimos llamados a hacer el bien pero, una y otra vez, hacemos el mal.

    Lo propio del creyente es que vive la experiencia de la culpa ante Dios. Pero, ¿ante qué Dios? Si el creyente se siente culpable ante la mirada de un Dios resentido e implacable, nada hay en el mundo más culpabilizador y destructor. Si, por el contrario, experimenta a Dios como alguien que nos acompaña con amor, siempre dispuesto a la comprensión y la ayuda, es difícil pensar en algo más luminoso, sanante y liberador.

    Pero, ¿cuál es la actitud real de Dios ante nuestro pecado? No es tan fácil responder a esta pregunta. En el Antiguo Testamento se da un largo proceso que, a veces, los creyentes no llegan a captar. «Todavía queda mucho camino hasta que comprendamos o adivinemos que la cólera de Dios es solamente la tristeza de su amor».

    Pero resulta todavía más deplorable que bastantes cristianos no lleguen nunca a captar con gozo al Dios de perdón y de gracia revelado en Jesucristo. ¿Cómo ha podido irse formando, después de Jesucristo, esa imagen de un Dios resentido y culpabilizador? ¿Cómo no trabajar con todas las fuerzas para liberar a la gente de tal equívoco?

    No pocas personas piensan que el pecado es un mal que se le hace a Dios, el cual «impone» los mandamientos porque le conviene a él; por eso castiga al pecador. No terminamos de comprender que el único interés de Dios es evitar el mal del hombre. Y que el pecado es un mal para el hombre, y no para Dios. Lo explicaba hace mucho santo Tomás de Aquino: «Dios es ofendido por nosotros sólo porque obramos contra nuestro propio bien. »

    Quien, desde la culpa, sólo mira a Dios como juez resentido y castigador, no ha entendido nada de ese Padre cuyo único interés somos nosotros y nuestro bien. En ese Dios en el que no hay absolutamente nada de egoísmo ni resentimiento, sólo cabe ofrecimiento de perdón y de ayuda para ser más humanos. Somos nosotros los que nos juzgamos y castigamos rechazando su amor.

    La escena que nos describe Lucas es profundamente significativa. Simón Pedro se arroja a los pies de Jesús, abrumado por sus sentimientos de culpa e indignidad: «Apártate de mí, Señor, que soy un pecador.»

    La reacción de Jesús, encarnación de un Dios de amor y perdón, es conmovedora: «No temas. Desde ahora, serás pescador de hombres.»[/align]
    [align=right]José Antonio Pagola[/align]

    RECONOCER EL PECADO

    [align=justify]El relato de «la pesca milagrosa» en el lago de Galilea fue muy popular entre los primeros cristianos. Varios evangelistas recogen el episodio, pero solo Lucas culmina la narración con una escena conmovedora que tiene por protagonista a Simón Pedro, discípulo creyente y pecador al mismo tiempo.

    Pedro es un hombre de fe, seducido por Jesús. Sus palabras tienen para él más fuerza que su propia experiencia. Pedro sabe que nadie se pone a pescar al mediodía en el lago, sobre todo si no ha capturado nada por la noche. Pero se lo ha dicho Jesús y Pedro confía totalmente en él: «Apoyado en tu palabra, echaré las redes».

    Pedro es, al mismo tiempo, un hombre de corazón sincero. Sorprendido por la enorme pesca obtenida, «se arroja a los pies de Jesús» y con una espontaneidad admirable le dice: «Apártate de mí, que soy pecador». Pedro reconoce, ante todos, su pecado y su absoluta indignidad para convivir de cerca con Jesús.

    Jesús no se asusta de tener junto a sí a un discípulo pecador. Al contrario, si se siente pecador, Pedro podrá comprender mejor su mensaje de perdón para todos y su acogida a pecadores e indeseables. «No temas. Desde ahora, serás pescador de hombres». Jesús le quita el miedo a ser un discípulo pecador y lo asocia a su misión de reunir y convocar a hombres y mujeres de toda condición a entrar en el proyecto salvador de Dios.

    ¿Por qué la Iglesia se resiste tanto a reconocer sus pecados y confesar su necesidad de conversión? La Iglesia es de Jesucristo, pero ella no es Jesucristo. A nadie puede extrañar que en ella haya pecado. La Iglesia es «santa» porque vive animada por el Espíritu Santo de Jesús, pero es «pecadora» porque no pocas veces se resiste a ese Espíritu y se aleja del evangelio. El pecado está en los creyentes y en las instituciones; en la jerarquía y en el pueblo de Dios; en los pastores y en las comunidades cristianas. Todos necesitamos conversión.

    Es muy grave habituarnos a ocultar la verdad pues nos impide comprometernos en una dinámica de conversión y renovación. Por otra parte, ¿no es más evangélica una Iglesia frágil y vulnerable que tiene el coraje de reconocer su pecado, que una institución empeñada inútilmente en ocultar al mundo sus miserias? ¿No son más creíbles nuestras comunidades cuando colaboran con Cristo en la tarea evangelizadora, reconociendo humildemente sus pecados y comprometiéndose a una vida cada vez más evangélica? ¿No tenemos mucho que aprender también hoy del gran apóstol Pedro reconociendo su pecado a los pies de Jesús?[/align]
    [align=right]José Antonio Pagola[/align]

    También el de Kamiano.

    ¡ DÉJATE «PESCAR» POR JESÚS !

    ¡Déjate “pescar” por Jesús! Te sentirás como uno de esos peces de colores que dibuja nuestro querido Patxi V. Fano. Peces de colores, singulares, únicos… Muchísimos peces… Para Dios nada hay imposible. Las redes se llenan, la desesperanza abre paso a una realidad desbordante. El color, la luz, la abundancia son sinónimos del Reino. En la más estricta sencillez, intimidad, sin que se note demasiado. Lo notamos por dentro, porque en el interior bulle un mar de vivencias que “saltan” has ta la vida eterna. ¡Déjate “pescar” por Jesús! Caerás en una red… Una red de relaciones que llevan a vivir la fraternidad. Una red que nos lanza como misioneros de la misericordia del Reino. ¡Déjate “pescar” por Jesús! El tiempo del gris, el blanco y negro ha pasado… Él nos abre las puertas, las redes de su Corazón misericordioso. ¿Dónde mejor habitar? [/align]

    [align=right]Texto: Fernando Cordero ss.cc. –[/align]

    #18891
    Anónimo
    Inactivo

    Os dejo los comentarios al Evangelio del domingo.

    ¿MAS HUMANOS SIN DIOS?
    [align=justify]Por tu palabra, echaré las redes.

    [align=justify]Hoy todos nos sentimos humanistas. Todos estamos de acuerdo en que, de una manera o de otra, debemos buscar la liberación plena de la humanidad.

    El verdadero problema surge cuando nos preguntamos cómo se puede hacer al hombre más humano.

    A partir, sobre todo, de L. Feuerbach y C. Marx, la crítica atea a la religión ha insistido en que es necesario suprimir a Dios para lograr el nacimiento del verdadero hombre. Sólo cuando «el ser humano sea el ser supremo para el hombre», la humanidad se pondrá en camino hacia su verdadera liberación.

    Que el ser humano sea el dios y creador de sí mismo puede resultar ciertamente seductor al hombre cotemporáneo. Pero, ello no quiere decir que lo haga más humano.

    Quizás, la cuestión más decisiva para el futuro de la fe entre nosotros sea la de saber si el ser humano puede ser más humano sin Dios. ¿Cuándo es el hombre más grande y más humano, cuando sabe vivir desde la fe en el Dios liberador de Jesús, o cuando se le diviniza y se le deja solo, como dueño y señor de su existencia?

    El mensaje de Jesús es un verdadero reto. Según el evangelio, ninguna persona puede darse a sí misma la salvación plena que anda buscando desde lo más hondo de su ser.

    Sólo cuando aceptamos a Dios como único Señor y lo sabemos acoger como origen y centro de referencia de todo su ser y su quehacer, podemos alcanzar nuestra verdadera medida y dignidad. Desde Dios podemos descubrir los verdaderos límites de nuestro ser y la grandeza de nuestro destino.

    ¿Es posible alcanzar la salvación total desde nuestro esfuerzo autónomo y solitario? ¿Es posible existir alguna vez como un ser autónomo, dueño de su existencia?

    Lo importante es verificar cuál es el «dios» al que nos sometemos y de quien hacemos depender nuestra vida. Descubrir cuál es el «dios» público o privado al que adoramos.

    En realidad, para cada uno de nosotros, «nuestro dios particular» es aquél al que rendimos totalmente nuestro ser. Todos conocemos el nombre de muchos de estos dioses: dinero, salud, éxito, sexo, poder, trabajo, rendimiento, prestigio, eficacia…

    El relato evangélico nos invita a reflexionar «en nombre de quién estamos echando las redes». Pues es fácil pasarse toda la vida luchando sin lograr llenar de contenido verdaderamente humano nuestra existencia diaria.[/align]
    [align=right]José Antonio Pagola[/align]

    ERROR NEFASTO

    [align=justify]Está muy extendida la idea de que la culpa es algo introducido por la religión. Muchos piensan que si Dios no existiera, desaparecería totalmente el sentimiento de culpa, pues no habría mandamientos y cada uno podría hacer lo que quisiera.

    Nada más lejos de la realidad. La culpa no es algo inventado por los creyentes, sino una experiencia universal que vive todo hombre, como lo ha recordado con insistencia la filosofía moderna. Creyentes y ateos, todos nos enfrentamos a esta realidad dramática: nos sentimos llamados a hacer el bien pero, una y otra vez, hacemos el mal.

    Lo propio del creyente es que vive la experiencia de la culpa ante Dios. Pero, ¿ante qué Dios? Si el creyente se siente culpable ante la mirada de un Dios resentido e implacable, nada hay en el mundo más culpabilizador y destructor. Si, por el contrario, experimenta a Dios como alguien que nos acompaña con amor, siempre dispuesto a la comprensión y la ayuda, es difícil pensar en algo más luminoso, sanante y liberador.

    Pero, ¿cuál es la actitud real de Dios ante nuestro pecado? No es tan fácil responder a esta pregunta. En el Antiguo Testamento se da un largo proceso que, a veces, los creyentes no llegan a captar. «Todavía queda mucho camino hasta que comprendamos o adivinemos que la cólera de Dios es solamente la tristeza de su amor».

    Pero resulta todavía más deplorable que bastantes cristianos no lleguen nunca a captar con gozo al Dios de perdón y de gracia revelado en Jesucristo. ¿Cómo ha podido irse formando, después de Jesucristo, esa imagen de un Dios resentido y culpabilizador? ¿Cómo no trabajar con todas las fuerzas para liberar a la gente de tal equívoco?

    No pocas personas piensan que el pecado es un mal que se le hace a Dios, el cual «impone» los mandamientos porque le conviene a él; por eso castiga al pecador. No terminamos de comprender que el único interés de Dios es evitar el mal del hombre. Y que el pecado es un mal para el hombre, y no para Dios. Lo explicaba hace mucho santo Tomás de Aquino: «Dios es ofendido por nosotros sólo porque obramos contra nuestro propio bien. »

    Quien, desde la culpa, sólo mira a Dios como juez resentido y castigador, no ha entendido nada de ese Padre cuyo único interés somos nosotros y nuestro bien. En ese Dios en el que no hay absolutamente nada de egoísmo ni resentimiento, sólo cabe ofrecimiento de perdón y de ayuda para ser más humanos. Somos nosotros los que nos juzgamos y castigamos rechazando su amor.

    La escena que nos describe Lucas es profundamente significativa. Simón Pedro se arroja a los pies de Jesús, abrumado por sus sentimientos de culpa e indignidad: «Apártate de mí, Señor, que soy un pecador.»

    La reacción de Jesús, encarnación de un Dios de amor y perdón, es conmovedora: «No temas. Desde ahora, serás pescador de hombres.»[/align]
    [align=right]José Antonio Pagola[/align]

    RECONOCER EL PECADO

    [align=justify]El relato de «la pesca milagrosa» en el lago de Galilea fue muy popular entre los primeros cristianos. Varios evangelistas recogen el episodio, pero solo Lucas culmina la narración con una escena conmovedora que tiene por protagonista a Simón Pedro, discípulo creyente y pecador al mismo tiempo.

    Pedro es un hombre de fe, seducido por Jesús. Sus palabras tienen para él más fuerza que su propia experiencia. Pedro sabe que nadie se pone a pescar al mediodía en el lago, sobre todo si no ha capturado nada por la noche. Pero se lo ha dicho Jesús y Pedro confía totalmente en él: «Apoyado en tu palabra, echaré las redes».

    Pedro es, al mismo tiempo, un hombre de corazón sincero. Sorprendido por la enorme pesca obtenida, «se arroja a los pies de Jesús» y con una espontaneidad admirable le dice: «Apártate de mí, que soy pecador». Pedro reconoce, ante todos, su pecado y su absoluta indignidad para convivir de cerca con Jesús.

    Jesús no se asusta de tener junto a sí a un discípulo pecador. Al contrario, si se siente pecador, Pedro podrá comprender mejor su mensaje de perdón para todos y su acogida a pecadores e indeseables. «No temas. Desde ahora, serás pescador de hombres». Jesús le quita el miedo a ser un discípulo pecador y lo asocia a su misión de reunir y convocar a hombres y mujeres de toda condición a entrar en el proyecto salvador de Dios.

    ¿Por qué la Iglesia se resiste tanto a reconocer sus pecados y confesar su necesidad de conversión? La Iglesia es de Jesucristo, pero ella no es Jesucristo. A nadie puede extrañar que en ella haya pecado. La Iglesia es «santa» porque vive animada por el Espíritu Santo de Jesús, pero es «pecadora» porque no pocas veces se resiste a ese Espíritu y se aleja del evangelio. El pecado está en los creyentes y en las instituciones; en la jerarquía y en el pueblo de Dios; en los pastores y en las comunidades cristianas. Todos necesitamos conversión.

    Es muy grave habituarnos a ocultar la verdad pues nos impide comprometernos en una dinámica de conversión y renovación. Por otra parte, ¿no es más evangélica una Iglesia frágil y vulnerable que tiene el coraje de reconocer su pecado, que una institución empeñada inútilmente en ocultar al mundo sus miserias? ¿No son más creíbles nuestras comunidades cuando colaboran con Cristo en la tarea evangelizadora, reconociendo humildemente sus pecados y comprometiéndose a una vida cada vez más evangélica? ¿No tenemos mucho que aprender también hoy del gran apóstol Pedro reconociendo su pecado a los pies de Jesús?[/align]
    [align=right]José Antonio Pagola[/align]

    También el de Kamiano.

    ¡ DÉJATE «PESCAR» POR JESÚS !

    ¡Déjate “pescar” por Jesús! Te sentirás como uno de esos peces de colores que dibuja nuestro querido Patxi V. Fano. Peces de colores, singulares, únicos… Muchísimos peces… Para Dios nada hay imposible. Las redes se llenan, la desesperanza abre paso a una realidad desbordante. El color, la luz, la abundancia son sinónimos del Reino. En la más estricta sencillez, intimidad, sin que se note demasiado. Lo notamos por dentro, porque en el interior bulle un mar de vivencias que “saltan” has ta la vida eterna. ¡Déjate “pescar” por Jesús! Caerás en una red… Una red de relaciones que llevan a vivir la fraternidad. Una red que nos lanza como misioneros de la misericordia del Reino. ¡Déjate “pescar” por Jesús! El tiempo del gris, el blanco y negro ha pasado… Él nos abre las puertas, las redes de su Corazón misericordioso. ¿Dónde mejor habitar? [/align]

    [align=right]Texto: Fernando Cordero ss.cc. –[/align]

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