Inicio Foros Formación cofrade Evangelio Dominical y Festividades Evangelio del domingo 12/01/2014

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  • #8616
    Anónimo
    Inactivo

    Apenas se bautizó Jesús, vio que el Espíritu de Dios se posaba sobre él.

    Lectura del santo evangelio según San Mateo.

    En aquel tiempo, fue Jesús de Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara.

    Pero Juan intentaba disuadirlo, diciéndole: «Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?». Jesús le contestó: «Déjalo ahora. Está bien que cumplamos así todo lo que Dios quiere». Entonces Juan se lo permitió.

    Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrió el cielo y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz del cielo que decía: «Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto».

    Palabra de Dios.

    #12722
    Anónimo
    Inactivo

    Os adjunto los comentarios al Evangelio.

    DIFERENTE

    [align=justify]¿Puede decir algo al hombre o a la mujer de hoy el deseo de Dios de un creyente del siglo once?

    ¿Está permitido publicar su oración en un periódico de nuestros días?

    ¿Es una provocación de mal gusto? ¿Una ingenuidad?

    ¿Puede ser una «llamarada» diferente para quienes buscan algo más que bienestar material?

    He dudado antes de transcribir estos fragmentos de la célebre oración de Anselmo de Canterbury. Tal vez sean para alguno un «regalo de Navidad»[/align]

    [align=center]«Ea, hombrecillo, deja un momento tus ocupaciones habituales;

    entra un instante en ti mismo, lejos del tumulto de tus pensamientos.

    Arroja fuera de ti las preocupaciones agobiantes;

    aparta de ti tus inquietudes trabajosas.

    Dedícate un rato a Dios y descansa siquiera un momento en su presencia….

    Excluye todo, excepto Dios y lo que pueda ayudarte a buscarle…

    Ahora di a Dios:

    Busco tu rostro, Señor, anhelo ver tu rostro…

    Enseña a mi corazón dónde y cómo buscarte, dónde y cómo encontrarte…

    Si no estás aquí, ¿dónde te buscaré?

    Si estás por doquier, ¿cómo no descubro tu presencia?…

    Nunca jamás te vi, Señor, Dios mío; no conozco tu rostro.

    ¿Qué hará éste tu desterrado lejos de ti?

    ¿Qué hará tu servidor, ansioso de tu amor y tan lejos de tu rostro?

    Anhela verte, y tu rostro está muy lejos.

    Desea acercarse a ti, y tu morada es inaccesible.

    Arde en el deseo de encontrarte, e ignora dónde vives.

    No suspira más que por ti, y jamás ha visto tu rostro…

    Tú me has creado… y me has concedido todos los bienes que poseo, y aún no te conozco.

    Me creaste para verte, y todavía nada he hecho de aquello para lo que fui creado…

    Enséñame a buscarte y muéstrate a quien te busca porque no puedo ir en tu busca a menos que tú me enseñes,

    y no puedo encontrarte si tú no te manifiestas.

    Deseando te buscaré,

    buscando te desearé,

    amando te hallaré

    y hallándote te amaré».[/align]

    [align=justify]DESDE LA EXPERIENCIA DE DIOS

    Jesús vivió junto al Bautista una experiencia de Dios que le llevó a ver la realidad de una manera nueva y diferente. Ya nunca fue el de antes. Se alejó del Bautista, pero no volvió a su casa. Dejó su trabajo y su familia, y comenzó a hablar con una fuerza desconocida.

    No repetía las tradiciones religiosas de su pueblo. No se apoyaba en la Ley de Moisés ni se hacía eco de la teología del Templo. Se sentía lleno del Espíritu de Dios y anunciaba a todos un mensaje nuevo: Dios es un Padre que nos quiere. Sólo hay una tarea: aprender a vivir como hermanos.

    Ya no es posible acceder históricamente a lo que Jesús pudo vivir. La tradición cristiana trató de sugerirlo más tarde recreando una escena encantadora: el cielo que se abre, el Espíritu de Dios que desciende sobre Jesús como una graciosa paloma, y una voz: «Tú eres mi hijo querido». En adelante, Jesús comenzó a ver la realidad con hondura diferente: todo está bajo el misterio del amor de Dios. Éste es el secreto de la vida.

    Por lo general, no es ésta nuestra manera de vivir la realidad. A nosotros nos parece que sólo existe lo que vemos y tocamos: el mundo material. Incluso los que nos decimos creyentes vivimos muchas veces así. La religión es como un «añadido» que apenas influye en nuestra manera de entender y vivir la realidad.

    Hay algo que no hemos de olvidar. Si no vivimos la experiencia de Dios que vivió Jesús, no nos sentirán como testigos de un Dios vivo, sino como representantes de un pasado muerto. No aportaremos nada especialmente nuevo al mundo actual. Trataremos de favorecer la religión, pero no ayudaremos a creer en el amor de Dios. Cuidaremos las tradiciones, pero ¿a quién atraeremos hacia Jesús? Predicaremos de casi todo, pero ¿quién tendrá la sensación de sentirse amado por la Iglesia?

    Muchas cosas tendremos que hacer los cristianos de hoy, pero pocas tan importantes como comunicar la experiencia de Dios, «el misterio más profundo, santo y liberador de la existencia», y mostrar de manera creíble y concreta caminos para confiar en él. El Evangelio de Jesús sólo se puede contagiar viviendo su experiencia de Dios.

    UNA NUEVA ETAPA

    Antes de narrar su actividad profética, los evangelistas nos hablan de una experiencia que va a transformar radicalmente la vida de Jesús. Después de ser bautizado por Juan, Jesús se siente el Hijo querido de Dios, habitado plenamente por su Espíritu. Alentado por ese Espíritu, Jesús se pone en marcha para anunciar a todos, con su vida y su mensaje, la Buena Noticia de un Dios amigo y salvador del ser humano.

    No es extraño que, al invitarnos a vivir en los próximos años “una nueva etapa evangelizadora”, el Papa nos recuerde que la Iglesia necesita más que nunca “evangelizadores con Espíritu”. Sabe muy bien que solo el Espíritu de Jesús nos puede infundir fuerza para poner en marcha la conversión radical que necesita la Iglesia. ¿Por qué caminos?

    Esta renovación de la Iglesia solo puede nacer de la novedad del Evangelio. El Papa quiere que la gente de hoy escuche el mismo mensaje que Jesús proclamaba por los caminos de Galilea, no otro diferente. Hemos de “volver a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio”. Solo de esta manera, “podremos romper esquemas aburridos en los que pretendemos encerrar a Jesucristo”.

    El Papa está pensando en una renovación radical, “que no puede dejar las cosas como están; ya no sirve una simple

    administración”. Por eso, nos pide “abandonar el cómodo criterio pastoral del siempre se ha hecho así” e insiste una y otra vez: “Invito a todos a ser audaces y creativos en esta tarea de repensar los objetivos, las estructuras, el estilo y los métodos evangelizadores de las propias comunidades”.

    Francisco busca una Iglesia en la que solo nos preocupe comunicar la Buena Noticia de Jesús al mundo actual. “Más que el temor a no equivocarnos, espero que nos mueva el temor a encerrarnos en las estructuras que nos dan una falsa contención, en las normas que nos vuelven jueces implacables, en las costumbres donde nos sentimos tranquilos, mientras afuera hay una multitud hambrienta y Jesús nos repite sin cansarse: Dadles vosotros de comer”.

    El Papa quiere que construyamos “una Iglesia con las puertas abiertas”, pues la alegría del Evangelio es para todos y no se debe excluir a nadie. ¡Qué alegría poder escuchar de sus labios una visión de Iglesia que recupera el Espíritu más genuino de Jesús rompiendo actitudes muy arraigadas durante siglos! “A menudo nos comportamos como controladores de la gracia y no como facilitadotes. Pero la Iglesia no es una aduana, es la casa del Padre donde hay lugar para cada uno con su vida a cuestas”.

    Ponte en marcha para iniciar una nueva etapa evangelizadora. Pásalo.

    CREER, ¿PARA QUÉ?

    A veces, cuando hablo de Dios con algunas personas que han abandonado toda práctica religiosa, me doy cuenta de que, seguramente, nunca han tenido la experiencia de encontrarse con él. Han oído hablar de un Dios que prohíbe ciertas cosas, y que promete la «vida eterna» a quienes le obedecen, pero no sabrían decir mucho más.

    Si a ti te ha pasado algo de esto, es normal que la fe no te resulte atractiva: ¿qué te puede aportar?, ¿qué puedes salir ganando con preocuparte de estas cosas?, ¿para qué sirve creer? Hoy quiero hablar contigo de esto.

    Tú sabes muy bien que los creyentes tenemos los mismos problemas y sufrimientos que todo el mundo. La fe no le dispensa a nadie de las preocupaciones y dificultades de cada día. Pero si un creyente cuida en el fondo de su corazón la confianza en Dios, descubre una luz, un estímulo y un horizonte nuevo para vivir.

    En primer lugar, el creyente puede acoger la vida cada mañana como un regalo de Dios. La vida no es una casualidad; tampoco es una lucha solitaria frente a las adversidades. Dios me regala un nuevo día. No estoy solo en la vida. Alguien cuida de mí. Viviré este día confiando en él.

    El creyente puede conocer también la alegría de saberse perdonado. En medio de sus errores y mediocridad puede experimentar la inmensa comprensión de Dios. Yo no soy mejor que los demás. Conozco mi pecado y mi fragilidad. Mi suerte es poder sentirme perdonado y renovado interiormente para comenzar siempre de nuevo una vida más humana.

    El creyente cuenta también con una luz nueva frente al mal. La fe no es una droga ni un tranquilizante frente a las desgracias. Yo no me veo liberado del sufrimiento, pero le puedo dar un sentido nuevo y diferente.

    Dios quiere verme feliz. Puedo vivir sin autodestruirme ni caer en la desesperación.

    ¿Para qué creer? Para sentirme acogido por Dios cuando me veo solo e incomprendido; para sentirme consolado en el momento del dolor y la depresión; para verme fortalecido en mi impotencia y pequeñez; para sentirme invitado a vivir, a amar, a crear vida a pesar de mi fragilidad.

    ¿Para qué creer? Para situar las cosas en su verdadera perspectiva y dimensión; para vivir incluso los acontecimientos que parecen pequeños e insignificantes con más hondura; para tener más fuerza para amar a las personas.

    ¿Para qué creer? Para no ahogar en mí el deseo de vida hasta el infinito; para defender mi libertad y no terminar esclavo de cualquier ídolo esclavizador; para vivir abierto a la verdad última de la vida; para no perder la esperanza en el ser humano y en la vida.

    ¿Para qué creer? Para no vivir a medias; para no contentarme con «ir tirando»; para no ser un «vividor»; para vivir de una manera digna y gratificante; para no estancarme en la vida; para ir aprendiendo desde el evangelio maneras nuevas y más humanas de trabajar y disfrutar, de sufrir y de vivir.

    Siempre me ha conmovido esa postura noble del gran científico ateo Jean Rostand.

    Cuentan que le gustaba repetir a sus amigos cristianos: «Vosotros tenéis la suerte de creer». Y, cuando planteaba la cuestión de la fe, solía afirmar: «De lo que yo estoy seguro es que me gustaría que Dios existiera». Son palabras que hacen pensar.

    «Señor, Tú estas cerca. Estás cerca siempre. Seamos conscientes o no.

    Te aceptemos o te rechacemos, te lo digamos o no, Tú estás cerca, Señor».

    Son bastantes las personas que, poco a poco, han arrinconado a Dios de su vida. Ya no cuentan con él a la hora de orientar y dar sentido a su vivir diario. No les preocupa que Dios exista o deje de existir. Piensan que tener fe es creer una serie de cosas extrañas que nada tienen que ver con la vida.

    Si quieres reavivar tu fe, tienes que abrirte a un Dios vivo, que te quiere ver lleno o llena de vida. Un Dios que puede ser para ti el mejor estímulo y la mejor ayuda para vivir.

    Hoy se habla mucho de quienes se alejan de la fe, pero no se dice que hay personas que, no sólo no abandonan su fe, sino que se preocupan más que nunca de cuidarla y alimentarla a través de la oración, leyendo el Evangelio, porque sienten que Dios les ayuda a enfrentarse a la vida de una manera más humana.

    También el de Kamiano:

    En la Fiesta del Bautismo del Señor, con la que cerramos el tiempo de Navidad, renovamos nuestro propio bautismo. Quizá no nos acordemos de la fecha en la que fuimos bautizados, pero sería bueno conocerla y celebrarla. Últimamente el papa Francisco ha hablado de la importancia del día de nuestro bautismo. Ha dicho: “aunque muchos no tenemos el mínimo recuerdo de la celebración de este sacramento, estamos llamados a vivir cada día aspirando a la vocación que en él recibimos”.

    En la escena evangélica del bautismo escuchamos: “Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto”. También nosotros recibimos esa palabra del Padre en nuestro bautismo. Una palabra de amor, de predilección, de ser especiales no por nada en específico, de ser especiales por ser y por ser en sus manos. Y esto, lógicamente, da una solidez enorme a la vida, por muchas dificultades que venga. Sentirnos queridos por Dios es lo más fuerte que nos puede pasar, porque ya sabemos que el Amor de Dios se comunica con los hermanos. Es fuente siempre de Amor.

    Ojalá que en la eucaristía del bautismo del Señor, los sacerdotes aspergen abundantemente con el agua, que nos recuerda la gracia de este sacramento.

    Fraternalmente.-[/align]

    #18775
    Anónimo
    Inactivo

    Os adjunto los comentarios al Evangelio.

    DIFERENTE

    [align=justify]¿Puede decir algo al hombre o a la mujer de hoy el deseo de Dios de un creyente del siglo once?

    ¿Está permitido publicar su oración en un periódico de nuestros días?

    ¿Es una provocación de mal gusto? ¿Una ingenuidad?

    ¿Puede ser una «llamarada» diferente para quienes buscan algo más que bienestar material?

    He dudado antes de transcribir estos fragmentos de la célebre oración de Anselmo de Canterbury. Tal vez sean para alguno un «regalo de Navidad»[/align]

    [align=center]«Ea, hombrecillo, deja un momento tus ocupaciones habituales;

    entra un instante en ti mismo, lejos del tumulto de tus pensamientos.

    Arroja fuera de ti las preocupaciones agobiantes;

    aparta de ti tus inquietudes trabajosas.

    Dedícate un rato a Dios y descansa siquiera un momento en su presencia….

    Excluye todo, excepto Dios y lo que pueda ayudarte a buscarle…

    Ahora di a Dios:

    Busco tu rostro, Señor, anhelo ver tu rostro…

    Enseña a mi corazón dónde y cómo buscarte, dónde y cómo encontrarte…

    Si no estás aquí, ¿dónde te buscaré?

    Si estás por doquier, ¿cómo no descubro tu presencia?…

    Nunca jamás te vi, Señor, Dios mío; no conozco tu rostro.

    ¿Qué hará éste tu desterrado lejos de ti?

    ¿Qué hará tu servidor, ansioso de tu amor y tan lejos de tu rostro?

    Anhela verte, y tu rostro está muy lejos.

    Desea acercarse a ti, y tu morada es inaccesible.

    Arde en el deseo de encontrarte, e ignora dónde vives.

    No suspira más que por ti, y jamás ha visto tu rostro…

    Tú me has creado… y me has concedido todos los bienes que poseo, y aún no te conozco.

    Me creaste para verte, y todavía nada he hecho de aquello para lo que fui creado…

    Enséñame a buscarte y muéstrate a quien te busca porque no puedo ir en tu busca a menos que tú me enseñes,

    y no puedo encontrarte si tú no te manifiestas.

    Deseando te buscaré,

    buscando te desearé,

    amando te hallaré

    y hallándote te amaré».[/align]

    [align=justify]DESDE LA EXPERIENCIA DE DIOS

    Jesús vivió junto al Bautista una experiencia de Dios que le llevó a ver la realidad de una manera nueva y diferente. Ya nunca fue el de antes. Se alejó del Bautista, pero no volvió a su casa. Dejó su trabajo y su familia, y comenzó a hablar con una fuerza desconocida.

    No repetía las tradiciones religiosas de su pueblo. No se apoyaba en la Ley de Moisés ni se hacía eco de la teología del Templo. Se sentía lleno del Espíritu de Dios y anunciaba a todos un mensaje nuevo: Dios es un Padre que nos quiere. Sólo hay una tarea: aprender a vivir como hermanos.

    Ya no es posible acceder históricamente a lo que Jesús pudo vivir. La tradición cristiana trató de sugerirlo más tarde recreando una escena encantadora: el cielo que se abre, el Espíritu de Dios que desciende sobre Jesús como una graciosa paloma, y una voz: «Tú eres mi hijo querido». En adelante, Jesús comenzó a ver la realidad con hondura diferente: todo está bajo el misterio del amor de Dios. Éste es el secreto de la vida.

    Por lo general, no es ésta nuestra manera de vivir la realidad. A nosotros nos parece que sólo existe lo que vemos y tocamos: el mundo material. Incluso los que nos decimos creyentes vivimos muchas veces así. La religión es como un «añadido» que apenas influye en nuestra manera de entender y vivir la realidad.

    Hay algo que no hemos de olvidar. Si no vivimos la experiencia de Dios que vivió Jesús, no nos sentirán como testigos de un Dios vivo, sino como representantes de un pasado muerto. No aportaremos nada especialmente nuevo al mundo actual. Trataremos de favorecer la religión, pero no ayudaremos a creer en el amor de Dios. Cuidaremos las tradiciones, pero ¿a quién atraeremos hacia Jesús? Predicaremos de casi todo, pero ¿quién tendrá la sensación de sentirse amado por la Iglesia?

    Muchas cosas tendremos que hacer los cristianos de hoy, pero pocas tan importantes como comunicar la experiencia de Dios, «el misterio más profundo, santo y liberador de la existencia», y mostrar de manera creíble y concreta caminos para confiar en él. El Evangelio de Jesús sólo se puede contagiar viviendo su experiencia de Dios.

    UNA NUEVA ETAPA

    Antes de narrar su actividad profética, los evangelistas nos hablan de una experiencia que va a transformar radicalmente la vida de Jesús. Después de ser bautizado por Juan, Jesús se siente el Hijo querido de Dios, habitado plenamente por su Espíritu. Alentado por ese Espíritu, Jesús se pone en marcha para anunciar a todos, con su vida y su mensaje, la Buena Noticia de un Dios amigo y salvador del ser humano.

    No es extraño que, al invitarnos a vivir en los próximos años “una nueva etapa evangelizadora”, el Papa nos recuerde que la Iglesia necesita más que nunca “evangelizadores con Espíritu”. Sabe muy bien que solo el Espíritu de Jesús nos puede infundir fuerza para poner en marcha la conversión radical que necesita la Iglesia. ¿Por qué caminos?

    Esta renovación de la Iglesia solo puede nacer de la novedad del Evangelio. El Papa quiere que la gente de hoy escuche el mismo mensaje que Jesús proclamaba por los caminos de Galilea, no otro diferente. Hemos de “volver a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio”. Solo de esta manera, “podremos romper esquemas aburridos en los que pretendemos encerrar a Jesucristo”.

    El Papa está pensando en una renovación radical, “que no puede dejar las cosas como están; ya no sirve una simple

    administración”. Por eso, nos pide “abandonar el cómodo criterio pastoral del siempre se ha hecho así” e insiste una y otra vez: “Invito a todos a ser audaces y creativos en esta tarea de repensar los objetivos, las estructuras, el estilo y los métodos evangelizadores de las propias comunidades”.

    Francisco busca una Iglesia en la que solo nos preocupe comunicar la Buena Noticia de Jesús al mundo actual. “Más que el temor a no equivocarnos, espero que nos mueva el temor a encerrarnos en las estructuras que nos dan una falsa contención, en las normas que nos vuelven jueces implacables, en las costumbres donde nos sentimos tranquilos, mientras afuera hay una multitud hambrienta y Jesús nos repite sin cansarse: Dadles vosotros de comer”.

    El Papa quiere que construyamos “una Iglesia con las puertas abiertas”, pues la alegría del Evangelio es para todos y no se debe excluir a nadie. ¡Qué alegría poder escuchar de sus labios una visión de Iglesia que recupera el Espíritu más genuino de Jesús rompiendo actitudes muy arraigadas durante siglos! “A menudo nos comportamos como controladores de la gracia y no como facilitadotes. Pero la Iglesia no es una aduana, es la casa del Padre donde hay lugar para cada uno con su vida a cuestas”.

    Ponte en marcha para iniciar una nueva etapa evangelizadora. Pásalo.

    CREER, ¿PARA QUÉ?

    A veces, cuando hablo de Dios con algunas personas que han abandonado toda práctica religiosa, me doy cuenta de que, seguramente, nunca han tenido la experiencia de encontrarse con él. Han oído hablar de un Dios que prohíbe ciertas cosas, y que promete la «vida eterna» a quienes le obedecen, pero no sabrían decir mucho más.

    Si a ti te ha pasado algo de esto, es normal que la fe no te resulte atractiva: ¿qué te puede aportar?, ¿qué puedes salir ganando con preocuparte de estas cosas?, ¿para qué sirve creer? Hoy quiero hablar contigo de esto.

    Tú sabes muy bien que los creyentes tenemos los mismos problemas y sufrimientos que todo el mundo. La fe no le dispensa a nadie de las preocupaciones y dificultades de cada día. Pero si un creyente cuida en el fondo de su corazón la confianza en Dios, descubre una luz, un estímulo y un horizonte nuevo para vivir.

    En primer lugar, el creyente puede acoger la vida cada mañana como un regalo de Dios. La vida no es una casualidad; tampoco es una lucha solitaria frente a las adversidades. Dios me regala un nuevo día. No estoy solo en la vida. Alguien cuida de mí. Viviré este día confiando en él.

    El creyente puede conocer también la alegría de saberse perdonado. En medio de sus errores y mediocridad puede experimentar la inmensa comprensión de Dios. Yo no soy mejor que los demás. Conozco mi pecado y mi fragilidad. Mi suerte es poder sentirme perdonado y renovado interiormente para comenzar siempre de nuevo una vida más humana.

    El creyente cuenta también con una luz nueva frente al mal. La fe no es una droga ni un tranquilizante frente a las desgracias. Yo no me veo liberado del sufrimiento, pero le puedo dar un sentido nuevo y diferente.

    Dios quiere verme feliz. Puedo vivir sin autodestruirme ni caer en la desesperación.

    ¿Para qué creer? Para sentirme acogido por Dios cuando me veo solo e incomprendido; para sentirme consolado en el momento del dolor y la depresión; para verme fortalecido en mi impotencia y pequeñez; para sentirme invitado a vivir, a amar, a crear vida a pesar de mi fragilidad.

    ¿Para qué creer? Para situar las cosas en su verdadera perspectiva y dimensión; para vivir incluso los acontecimientos que parecen pequeños e insignificantes con más hondura; para tener más fuerza para amar a las personas.

    ¿Para qué creer? Para no ahogar en mí el deseo de vida hasta el infinito; para defender mi libertad y no terminar esclavo de cualquier ídolo esclavizador; para vivir abierto a la verdad última de la vida; para no perder la esperanza en el ser humano y en la vida.

    ¿Para qué creer? Para no vivir a medias; para no contentarme con «ir tirando»; para no ser un «vividor»; para vivir de una manera digna y gratificante; para no estancarme en la vida; para ir aprendiendo desde el evangelio maneras nuevas y más humanas de trabajar y disfrutar, de sufrir y de vivir.

    Siempre me ha conmovido esa postura noble del gran científico ateo Jean Rostand.

    Cuentan que le gustaba repetir a sus amigos cristianos: «Vosotros tenéis la suerte de creer». Y, cuando planteaba la cuestión de la fe, solía afirmar: «De lo que yo estoy seguro es que me gustaría que Dios existiera». Son palabras que hacen pensar.

    «Señor, Tú estas cerca. Estás cerca siempre. Seamos conscientes o no.

    Te aceptemos o te rechacemos, te lo digamos o no, Tú estás cerca, Señor».

    Son bastantes las personas que, poco a poco, han arrinconado a Dios de su vida. Ya no cuentan con él a la hora de orientar y dar sentido a su vivir diario. No les preocupa que Dios exista o deje de existir. Piensan que tener fe es creer una serie de cosas extrañas que nada tienen que ver con la vida.

    Si quieres reavivar tu fe, tienes que abrirte a un Dios vivo, que te quiere ver lleno o llena de vida. Un Dios que puede ser para ti el mejor estímulo y la mejor ayuda para vivir.

    Hoy se habla mucho de quienes se alejan de la fe, pero no se dice que hay personas que, no sólo no abandonan su fe, sino que se preocupan más que nunca de cuidarla y alimentarla a través de la oración, leyendo el Evangelio, porque sienten que Dios les ayuda a enfrentarse a la vida de una manera más humana.

    También el de Kamiano:

    En la Fiesta del Bautismo del Señor, con la que cerramos el tiempo de Navidad, renovamos nuestro propio bautismo. Quizá no nos acordemos de la fecha en la que fuimos bautizados, pero sería bueno conocerla y celebrarla. Últimamente el papa Francisco ha hablado de la importancia del día de nuestro bautismo. Ha dicho: “aunque muchos no tenemos el mínimo recuerdo de la celebración de este sacramento, estamos llamados a vivir cada día aspirando a la vocación que en él recibimos”.

    En la escena evangélica del bautismo escuchamos: “Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto”. También nosotros recibimos esa palabra del Padre en nuestro bautismo. Una palabra de amor, de predilección, de ser especiales no por nada en específico, de ser especiales por ser y por ser en sus manos. Y esto, lógicamente, da una solidez enorme a la vida, por muchas dificultades que venga. Sentirnos queridos por Dios es lo más fuerte que nos puede pasar, porque ya sabemos que el Amor de Dios se comunica con los hermanos. Es fuente siempre de Amor.

    Ojalá que en la eucaristía del bautismo del Señor, los sacerdotes aspergen abundantemente con el agua, que nos recuerda la gracia de este sacramento.

    Fraternalmente.-[/align]

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