Inicio Foros Formación cofrade Evangelio Dominical y Festividades Evangelio del domingo 18/03/2018 5º de Cuaresma

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    Anónimo
    Inactivo

    «Si el grano de trigo cae en tierra y muere, da mucho fruto»

    Lectura del santo Evangelio según San Juan

    En aquel tiempo, entre los que habían venido a celebrar la fiesta había algunos griegos; éstos, acercándose a Felipe, el de Betsaida de Galilea, le rogaban:

    – «Señor, quisiéramos ver a Jesús.»

    Felipe fue a decírselo a Andrés; y Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús.

    Jesús les contestó:

    – «Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre.

    Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo se guardará para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo premiará.

    Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré?: Padre, líbrame de esta hora. Pero si por esto he venido, para esta hora. Padre, glorifica tu nombre.»

    Entonces vino una voz del cielo:

    – «Lo he glorificado y volveré a glorificarlo.»

    La gente que estaba allí y lo oyó decía que había sido un trueno; otros decían que le había hablado un ángel.

    Jesús tomó la palabra y dijo:

    – «Esta voz no ha venido por mí, sino por vosotros. Ahora va a ser juzgado el mundo; ahora el Príncipe de este mundo va a ser echado fuera. Y cuando yo sea elevado sobre la tierra atraeré a todos hacia mí.»

    Esto lo decía dando a entender la muerte de que iba a morir.

    Palabra del Señor.

    #12934
    Anónimo
    Inactivo

    Os dejo los comentarios del Evangelio.

    ATRAIDOS POR EL CRUCIFICADO

    [align=justify]Un grupo de «griegos», probablemente paganos, se acercan a los discípulos con una petición admirable: «Queremos ver a Jesús». Cuando se lo comunican, Jesús responde con un discurso vibrante en el que resume el sentido profundo de su vida. Ha llegado la hora. Todos, judíos y griegos, podrán captar muy pronto el misterio que se encierra en su vida y en su muerte: «Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí».

    Cuando Jesús sea alzado a una cruz y aparezca crucificado sobre el Gólgota, todos podrán conocer el amor insondable de Dios, se darán cuenta de que Dios es amor y sólo amor para todo ser humano. Se sentirán atraídos por el Crucificado. En él descubrirán la manifestación suprema del Misterio de Dios.

    Para ello se necesita, desde luego, algo más que haber oído hablar de la doctrina de la redención. Algo más que asistir a algún acto religioso de la semana santa. Hemos de centrar nuestra mirada interior en Jesús y dejarnos conmover, al descubrir en esa crucifixión el gesto final de una vida entregada día a día por un mundo más humano para todos. Un mundo que encuentre su salvación en Dios.

    Pero, probablemente a Jesús empezamos a conocerlo de verdad cuando, atraídos por su entrega total al Padre y su pasión por una vida más feliz para todos sus hijos, escuchamos aunque sea débilmente su llamada: «El que quiera servirme que me siga, y dónde esté yo, allí estará también mi servidor».

    Todo arranca de un deseo de «servir» a Jesús, de colaborar en su tarea, de vivir sólo para su proyecto, de seguir sus pasos para manifestar, de múltiples maneras y con gestos casi siempre pobres, cómo nos ama Dios a todos. Entonces empezamos a convertirnos en sus seguidores.

    Esto significa compartir su vida y su destino: «donde esté yo, allí estará mi servidor». Esto es ser cristiano: estar donde estaba Jesús, ocuparnos de lo que se ocupaba él, tener las metas que él tenía, estar en la cruz como estuvo él, estar un día a la derecha del Padre donde está él.

    ¿Cómo sería una Iglesia «atraída» por el Crucificado, impulsada por el deseo de «servirle» sólo a él y ocupada en las cosas en que se ocupaba él? ¿Cómo sería una Iglesia que atrajera a la gente hacia Jesús?[/align]
    [align=right]José Antonio Pagola[/align]

    Peregrinación arriesgada a Jerusalén

    [align=justify]Era el mes de nisán del año 30. Las lluvias de invierno habían ido cesando suavemente. La primavera comenzaba a despertarse en las colinas de Galilea y despuntaba ya en los brotes de las higueras: a Jesús le recordaba todos los años la cercanía inminente del reino de Dios, llenando el mundo de vida nueva. El clima era agradable. Las gentes se preparaban para subir en peregrinación a Jerusalén a celebrar la gran fiesta de la Pascua. Desde Galilea se necesitaban tres o cuatro días de camino. Se podía pasar la noche cómodamente al aire libre. Además, la luna iba creciendo: el día de Pascua sería luna llena. Jesús comunicó a los suyos su decisión: quería subir a Jerusalén como peregrino, acompañado de sus discípulos y discípulas.

    ¿Qué motivos le impulsaban? ¿Quería sencillamente unirse a su pueblo para celebrar la Pascua como un peregrino más? ¿Se dirigía a la ciudad santa para aguardar allí la manifestación gloriosa del reino de Dios? ¿Quería desafiar a los dirigentes religiosos de Israel para provocar una respuesta que arrastrara a todos a acoger la irrupción de Dios? ¿Buscaba confrontar a todo el pueblo y urgir la restauración de Israel? Nada sabemos con certeza. Hasta ahora, Jesús se ha dedicado a anunciar el reino de Dios por las aldeas de Galilea, pero su llamada está dirigida a todo Israel. Es normal que en un determinado momento dirija su mensaje también a Jerusalén.

    Es la ocasión ideal. La ciudad santa era el centro del pueblo elegido: hacia ella dirigían su mirada y su corazón todos los judíos dispersos por el mundo. La fecha no puede ser más apropiada. Miles de peregrinos venidos de Palestina y de todos los rincones del Imperio se congregarán para reavivar durante las fiestas de Pascua su anhelo de libertad. Sus discípulos, al parecer, se alarmaron con la idea. También Jesús es consciente del peligro que corre en Jerusalén. Su mensaje puede irritar a los dirigentes del templo y a las autoridades romanas. A pesar de todo, Jesús sube a la ciudad santa. Ya no volverá.

    Probablemente sigue la ruta más oriental para peregrinar hasta la ciudad santa. El grupo deja Cafarnaún, camina a lo largo del río Jordán y, después de atravesar Jericó, sigue la calzada que sube por el wadi Kelt hasta llegar al monte de los Olivos. Era el mejor punto para contemplar la ciudad santa en todo su esplendor y belleza. Los peregrinos enmudecían y lloraban de alegría al verla. Probablemente no es la primera vez que Jesús llega a Jerusalén, pero en esta ocasión todo es diferente. En su corazón se entremezclan la alegría y la pena, el temor y la esperanza. Nunca sabremos lo que vivió. Solo faltaban unos días para su ejecución.

    Desde el monte de los Olivos se divisa toda la ciudad. A lo lejos, en el punto más elevado, el antiguo palacio de Herodes, con sus fastuosas salas y sus jardines, convertido en sede ocasional del prefecto romano: tal vez Pilato se encuentra ya allí para vigilar de cerca las fiestas de Pascua. No muy lejos se puede adivinar la residencia de Antipas, el tetrarca de Galilea, que de ordinario no suele faltar a la celebración de estas fiestas multitudinarias; su palacio traía a todos recuerdos trágicos del pasado, pues allí había vivido el rey pagano Antíoco IV, que tanto había hecho sufrir a los judíos fieles a su Dios. Junto a estos dos palacios, las lujosas villas del barrio superior de la ciudad; allí reside la familia de Anas y la mayor parte de la aristocracia del templo. Al sur de esta zona residencial se encuentra el teatro romano y el circo, construidos por Herodes para que Jerusalén no fuera menos que otras ciudades importantes del Imperio. Probablemente Jesús no pisó nunca las calles de esta parte de la ciudad, habitada por el alto clero y las familias más ricas y poderosas de Jerusalén. Los barrios pobres y populares están en el otro extremo, ocupando la parte baja de la urbe. Desde el monte de los Olivos no es posible observar la agitación y el bullicio que allí reina. En sus estrechas calles se alternan talleres, tiendas y negocios de toda clase. Los vendedores ofrecen a gritos sus mercancías: tejidos, sandalias, túnicas, perfumes, pequeñas joyas o recuerdos de la ciudad santa. Los puestos de cereales, frutas y productos del campo se concentran sobre todo junto a las puertas de la ciudad. No es fácil moverse en medio de tanta gente ocupada en hacerse con las provisiones necesarias para los días de fiesta.

    Pero lo que atraía la mirada de todos los peregrinos era la inmensa explanada donde se levanta resplandeciente el templo santo, dominando un conjunto complejo de edificios, galerías y salas destinadas a diferentes actividades. Aquella era ¡la casa de Dios! Según el historiador Flavio Josefo, «estaba casi enteramente recubierta de láminas de oro macizo y, al salir el sol, brillaba con tal resplandor que los que la miraban tenían que desviar su mirada. A los extranjeros que se acercaban a Jerusalén les parecía ver una cumbre nevada». Allí entrarán los próximos días para ofrecer los sacrificios rituales, cantar himnos de acción de gracias y degollar los corderos para la cena pascual. Faltaban solo unas horas para el comienzo de las fiestas y debían ocuparse de realizar las purificaciones. Las condiciones de pureza eran exigentes. Los paganos se debían detener en el amplio «patio de los paganos»; lo mismo harán los leprosos, los ciegos o los tullidos. Las mujeres no pasarán del «patio de las mujeres» y los varones se detendrán en el «patio de los israelitas». Desde allí asistirán a los diversos ritos. Ningún peregrino puede acceder al área reservada a los sacerdotes, donde se encuentra el altar de los sacrificios. Ante la presencia de Dios en el sancta sanctorum solo accede el sumo sacerdote, único mediador entre Israel y su Dios.

    Más de uno preguntaría qué era aquel poderoso edificio con cuatro torres que se levantaba en un extremo de la explanada, dominando todo el recinto sagrado. Se trata de una fortaleza construida por Herodes y llamada popularmente la «torre Antonia». Según Flavio Josefo, «el templo era la fortaleza que dominaba la ciudad, y la Antonia era la torre que dominaba el templo». Allí permanece vigilante una guarnición de soldados romanos para controlar cualquier altercado que perturbe el orden. Seguramente en alguno de sus calabozos más de un desgraciado espera la hora de su ejecución.

    Solo cuando se acercaron a la ciudad pudieron conocer Jesús y sus discípulos la atmósfera que se respiraba en Jerusalén. Por todos los caminos iban llegando los grupos de peregrinos. Los valles del Cedrón, Hinnón y Tyropeón que rodean Jerusalén eran insuficientes para acoger a las muchedumbres que se encaminaban hacia alguna de las puertas de la ciudad. La gente comenzaba ya a acampar en todos los espacios libres: junto a las murallas, en las colinas de alrededor y en el monte de los Olivos. Más de cien mil peregrinos tomarían parte en las fiestas. Al encontrarse ubicadas dentro del Imperio romano, las comunidades judías de la diáspora no encontraban ya problemas fronterizos para desplazarse hasta Jerusalén. Por otra parte, la impresionante reconstrucción del templo llevada a cabo por Herodes había dado un impulso nuevo a las peregrinaciones. Cada vez eran más los peregrinos que llegaban de Egipto, Fenicia o Siria; de Macedonia, Tesalia o Corinto; desde Panfilia, Cilicia, Bitinia y las costas del mar Negro; incluso desde Roma, la capital del Imperio. Jerusalén se convertía en las fiestas de Pascua en una ciudad mundial, la «capital religiosa» del mundo judío en el seno del Imperio romano.

    La aglomeración de una muchedumbre tan numerosa dentro de la ciudad santa, cargada de tantos recuerdos, representa un peligro potencial. El encuentro de tantos hermanos venidos del mundo entero hacía crecer el sentido de pertenencia: son un pueblo privilegiado, elegido por el mismo Dios. La celebración de la Pascua enardece aún más sus corazones. Las fiestas giran en torno a esa noche memorable en que celebran su liberación de la esclavitud del faraón. Lo hacen con nostalgia y también con esperanza. Egipto ha sido reemplazado por Roma. La tierra heredada de Yahvé no es ya un país de libertad: ahora son esclavos en su propia tierra. Esos días la oración de los peregrinos se convierte en un clamor: Dios escuchará los gritos de su pueblo oprimido y vendrá de nuevo a liberarlos de la esclavitud. Roma conoce bien el peligro. Por eso Pilato se desplaza esos días hasta Jerusalén para reforzar la guarnición de la torre Antonia: hay que cortar de raíz cualquier acción subversiva antes de que se pueda contagiar a la masa de peregrinos.

    Muchos de ellos se acercan a la ciudad cantando su alegría por haber llegado a Jerusalén después de un largo viaje. Lo mismo hace el grupo de Jesús. Se acercan ya a las puertas de la ciudad. Es el último tramo, y Jesús lo ha querido recorrer montado sobre un asno, como humilde peregrino que entra en Jerusalén deseando a todos la paz. En ese momento, contagiados por el clima festivo de la Pascua y enardecidos por la expectación de la pronta llegada del reino de Dios, en la que tanto insistía Jesús, comienzan a aclamarlo. Algunos cortan cualquier rama o follaje verde que crece junto al camino, otros extienden sus túnicas a su paso. Expresan su fe en el reino de Dios y su agradecimiento a Jesús. No es una recepción solemne organizada para recibir a un personaje ilustre y poderoso. Es el homenaje espontáneo de los discípulos y seguidores que vienen con él. Según se nos dice, los que le aclaman son peregrinos que «iban delante de él» o que «le seguían». Probablemente su grito debió de ser este: «¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!».

    El gesto de Jesús era seguramente intencionado. Su entrada en Jerusalén montado en un asno decía más que muchas palabras. Jesús busca un reino de paz y justicia para todos, no un imperio construido con violencia y opresión. Montado en su pequeño asno aparece ante aquellos peregrinos como profeta, portador de un orden nuevo y diferente, opuesto al que imponían los generales romanos, montados sobre sus caballos de guerra. Su humilde entrada en Jerusalén se convierte en sátira y burla de las entradas triunfales que organizaban los romanos para tomar posesión de las ciudades conquistadas. Más de uno vería en el gesto de Jesús una graciosa crítica al prefecto romano que, por esos mismos días, ha entrado en Jerusalén montado en su poderoso caballo, adornado con todos los símbolos de su poder imperial. A los romanos no les podía hacer ninguna gracia. Ignoramos el alcance que pudo tener el gesto simbólico de Jesús en medio de aquel gentío multitudinario. En cualquier caso, aquella entrada «antitriunfal», jaleada por sus seguidores y seguidoras, es una burla que puede encender los ánimos de la gente. Este acto público de Jesús anunciando un antirreino no violento habría bastado para decretar su ejecución.[/align]
    [align=right]José Antonio Pagola[/align]

    Un gesto muy peligroso

    [align=justify]A los pocos días sucede algo mucho más grave. Jesús, que mientras está en Jerusalén suele hospedarse, al parecer, en el cercano barrio de Betania, en casa de sus amigos Lázaro, María y Marta, vuelve a la ciudad y realiza la acción pública más grave de toda su vida. De hecho, esta intervención en el templo es lo que desencadena su detención y rápida ejecución. Nadie duda del gesto audaz y provocativo de Jesús. Llega al templo y con paso decidido entra en el gran patio de los gentiles donde se llevan a cabo diversas actividades necesarias para el culto. Allí se cambian las diferentes monedas del Imperio por el shekel de Tiro, única moneda que se acepta en el templo, sin duda por ser la más fuerte y estable en aquella época. Allí se venden las palomas, tórtolas y demás animales necesarios para los sacrificios y el cumplimiento de los votos; los peregrinos prefieren comprarlos en el mismo Jerusalén en vez de traerlos desde su casa, con el riesgo de perderlos o lesionarlos en el camino, dejándolos inservibles para el culto.

    Según la fuente más antigua, Jesús «comenzó a echar fuera a los que vendían y compraban»; además «volcó las mesas de los cambistas y los puestos de vendedores de palomas»; por último «no permitía que nadie transportase cosas por el templo». Probablemente su intervención es bastante modesta, y solo altera momentáneamente el funcionamiento rutinario de la jornada. El patio de los gentiles es enorme y ocupa la mayor parte de la explanada del templo; esos días se concentran ahí miles de peregrinos; hay docenas de mesas para el cambio y de puestos de venta de animales para los sacrificios. El servicio de orden del templo y cientos de sacerdotes cuidan de que todo transcurra en paz; los soldados de Pilato lo controlan todo desde la torre Antonia. Posiblemente Jesús atropella a un grupo de vendedores y compradores, vuelca algunas mesas y puestos de venta de palomas, y trata de interrumpir la actividad durante algunos momentos. No puede hacer mucho más. Para bloquear el funcionamiento del templo se hubiera necesitado un buen número de personas.

    Su gesto fue pequeño y limitado, pero estaba cargado de una fuerza profética y un significado de consecuencias imprevisibles.

    Atacar el templo era atacar el corazón del pueblo judío, el símbolo alrededor del cual gira todo lo demás, el centro de la vida religiosa, social y política. En aquel lugar santo, signo de la elección de Israel, habita el Dios de la Alianza: su presencia garantiza la protección y la seguridad para el pueblo. Allí se hace visible la unión del cielo y la tierra, la comunión entre Israel y su Dios. Solo allí se puede ofrecer a Dios un sacrificio agradable y recibir su perdón. En este lugar santo, protegido de toda impureza y contaminación, se manifestará un día la victoria final del Dios de Israel. Cualquier agresión al templo era una ofensa peligrosa e intolerable no solo para los dirigentes religiosos, sino para todo el pueblo. ¿Qué sería de Israel sin la presencia de Dios en medio de ellos? ¿Cómo podrían sobrevivir sin el templo?

    La acción de Jesús fue sin duda un gesto hostil de protesta, pero ¿qué significado concreto le quiso atribuir a su arrebato profético? Para entender todo su alcance hemos de aproximarnos al clima de ambigüedad que envuelve al templo y a los altos dignatarios que lo controlan en aquellos momentos. El recelo venía desde el inicio mismo de las obras de restauración. Nadie duda de la belleza y esplendor del nuevo templo, pero ¿cuál ha sido la intención real de Herodes? ¿Quería levantar una casa al Dios de Israel o engrandecer su imagen en el Imperio? ¿Para qué ha construido aquel gigantesco «patio de los gentiles» que ocupa las tres cuartas partes de la explanada? ¿Para acoger a peregrinos fieles a la Alianza o para atraer a viajeros paganos a admirar su poder? ¿Qué es el templo en estos momentos? ¿Casa de Dios o signo de colaboración con Roma? ¿Templo de oración o almacén de los diezmos y primicias de los campesinos? ¿Santuario de perdón o símbolo de las injusticias? ¿Está al servicio de la Alianza o beneficia a los intereses de la aristocracia sacerdotal?

    En este lugar de culto ha surgido una enorme organización mantenida por un exagerado cuerpo de funcionarios, escribas, administradores, contables, personal de orden y siervos de las grandes familias sacerdotales. Todos ellos viven del templo y suponen una carga más para la población campesina. Las críticas de las gentes se centran en las poderosas familias sacerdotales. Aunque todos presumen de sus linajes, la dinastía de Sadoc ha quedado rota hace tiempo; Herodes ha importado de Babilonia y Egipto familias sacerdotales de dudosa legitimidad; en este momento son las autoridades romanas las que nombran y cesan a su arbitrio al sumo sacerdote de turno. No es extraño que los designados se preocupen más de perpetuarse en el poder que de servir al pueblo: distribuyen los cargos más lucrativos entre sus familiares, ejercen un fuerte control de las deudas y, según Josefo, llegan incluso a enviar a sus esclavos a arrebatar a los sacerdotes pobres los diezmos que les corresponden.

    Lo que más irrita es probablemente su vida lujosa a costa de las gentes del campo. Al distribuirse la tierra prometida, la tribu de Levi no había recibido un territorio como las demás. Su heredad sería Dios: vivirían de los sacrificios, diezmos y tributos. A pesar de todo, poco después de volver del destierro de Babilonia, algunos sacerdotes poseían ya tierras; en tiempos de Jesús, bastantes habían comprado extensas fincas y posesiones. Naturalmente seguían quedándose con la parte correspondiente de los animales sacrificados, presionaban al pueblo para cobrar las primicias y diezmos de los productos del campo y exigían el pago anual del medio shékel de tributo. Solo con estos ingresos no hubieran podido vivir en la opulencia, pero el desarrollo de la monetización tuvo como efecto una acumulación de riqueza en las arcas del templo; una hábil política de préstamos hizo el resto. El templo se fue convirtiendo en fuente de poder y riqueza de una minoría aristocrática que vivía a costa de los sectores más débiles. ¿Es este el templo querido por el Dios de la Alianza?

    La acción de Jesús fue un gesto simbólico. Su intervención en medio de aquella gran explanada durante un tiempo probablemente corto es poco importante en sí misma, pero busca atraer la atención sobre algo que para Jesús es muy importante. Ha escogido bien la situación: está rodeado de peregrinos de todo el mundo, la policía del templo está atenta a cualquier incidente y los soldados romanos vigilan desde la torre Antonia. Es el escenario adecuado para que su mensaje tenga el debido eco. Lo que Jesús pretende no es «purificar» el culto. No se acerca al lugar de los sacrificios para condenar prácticas abusivas. Su gesto es más radical y profundo. Jesús bloquea e interrumpe las actividades normales, necesarias para el funcionamiento religioso del templo, como el cambio de moneda o la venta de palomas. Su acción no apunta hacia una reforma de esa liturgia, sino hacia la desaparición de la propia institución: sin dinero no se pueden comprar animales puros; sin animales no hay sacrificios; sin sacrificios no hay expiación del pecado ni seguridad de perdón. Su intervención no parece tampoco un gesto de protesta contra el culto privilegiado del pueblo judío, que excluye la participación de los paganos. Jesús espera que los gentiles serán acogidos en el reino definitivo de Dios, pero no hace ningún gesto preciso para que los paganos empiecen a tomar ya parte en los sacrificios del templo. Su intervención no está tampoco dirigida directamente a condenar la vida corrupta de la aristocracia sacerdotal, aunque en el trasfondo de su acción está muy presente su actuación abusiva.

    El gesto de Jesús es más radical y total. Anuncia el juicio de Dios no contra aquel edificio, sino contra un sistema económico, político y religioso que no puede agradar a Dios. El templo se ha convertido en símbolo de todo lo que oprime al pueblo. En la «casa de Dios» se acumula la riqueza; en las aldeas de sus hijos crece la pobreza y el endeudamiento.

    El templo no está al servicio de la Alianza. Nadie defiende desde ahí a los pobres ni protege los bienes y el honor de los más vulnerables. Se está repitiendo de nuevo lo que Jeremías condenaba en su tiempo: el templo se había convertido en una «cueva de ladrones». La «cueva» no es el lugar donde se cometen los crímenes, sino donde se refugian los ladrones y criminales después de haberlos cometido. Así sucede en Jerusalén: no es en el templo donde se cometen los crímenes, sino fuera; el templo es el lugar donde los ladrones se refugian y acumulan su botín. Tarde o temprano era inevitable el choque frontal del reino de Dios con aquel sistema. El gesto de Jesús es una «destrucción» simbólica y profética, no real y efectiva, pero anuncia el final de ese orden de cosas. El Dios de los pobres y excluidos no reina ni reinará desde ese templo: jamás legitimará ese sistema. Con la venida del reino de Dios, el templo pierde su razón de ser.

    La actuación de Jesús ha ido demasiado lejos. El personal de seguridad del templo y los soldados de la fortaleza Antonia saben lo que tienen que hacer. Hay que esperar a que la ciudad se encuentre más tranquila y los ánimos de los peregrinos más calmados. El caso no preocupa solo a los sacerdotes del templo; inquieta también a las autoridades romanas. El templo es siempre lugar de conflictos; por eso lo vigilan de cerca. Cualquier incidente en el recinto sagrado despierta su desconfianza: quienes ponen en peligro el poder del sumo sacerdote, fiel servidor de Roma, ponen en peligro la paz. Una cosa es cierta: si no abandona su actitud y renuncia a actuaciones tan subversivas, este hombre será eliminado. No es aconsejable detenerlo en público, mientras está rodeado de seguidores y simpatizantes. Ya encontrarán el modo de apresarlo de manera discreta.[/align]
    [align=right]José Antonio Pagola[/align]

    También el de Kamiano.

    EL GRANO QUE MUERE, DA VIDA

    [align=justify]La pedagogía del grano de trigo es tan sabia y espiritual que tendríamos que tenerla más presente en nuestro proceso vital. La enfermedad, la muerte, nos espanta de alguna manera. Sin embargo, solo desde la limitación, la entrega, el darse hasta el final, el morir… es la vía para la vida. Ahí se desparrama, se extiende el Amor.

    La Cruz es la vía del crecimiento. Ahí florecerá la espiga que se convierte en alimento. Todos estos textos que nos preparan a la Pascua del Señor, nos ayudan al cambio de mentalidad y a entrar en la esperanza del sueño de Dios para la humanidad.

    Seamos grano de trigo… pequeño, que cae y muere. Confiemos en el Dios de la Vida. Siempre. Y en su Amor. Sin límite.[/align]
    [align=right]Dibujo: Patxi Velasco FANO

    Texto: Fernando Cordero ss.cc.[/align]

    Fraternalmente

    #18987
    Anónimo
    Inactivo

    Os dejo los comentarios del Evangelio.

    ATRAIDOS POR EL CRUCIFICADO

    [align=justify]Un grupo de «griegos», probablemente paganos, se acercan a los discípulos con una petición admirable: «Queremos ver a Jesús». Cuando se lo comunican, Jesús responde con un discurso vibrante en el que resume el sentido profundo de su vida. Ha llegado la hora. Todos, judíos y griegos, podrán captar muy pronto el misterio que se encierra en su vida y en su muerte: «Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí».

    Cuando Jesús sea alzado a una cruz y aparezca crucificado sobre el Gólgota, todos podrán conocer el amor insondable de Dios, se darán cuenta de que Dios es amor y sólo amor para todo ser humano. Se sentirán atraídos por el Crucificado. En él descubrirán la manifestación suprema del Misterio de Dios.

    Para ello se necesita, desde luego, algo más que haber oído hablar de la doctrina de la redención. Algo más que asistir a algún acto religioso de la semana santa. Hemos de centrar nuestra mirada interior en Jesús y dejarnos conmover, al descubrir en esa crucifixión el gesto final de una vida entregada día a día por un mundo más humano para todos. Un mundo que encuentre su salvación en Dios.

    Pero, probablemente a Jesús empezamos a conocerlo de verdad cuando, atraídos por su entrega total al Padre y su pasión por una vida más feliz para todos sus hijos, escuchamos aunque sea débilmente su llamada: «El que quiera servirme que me siga, y dónde esté yo, allí estará también mi servidor».

    Todo arranca de un deseo de «servir» a Jesús, de colaborar en su tarea, de vivir sólo para su proyecto, de seguir sus pasos para manifestar, de múltiples maneras y con gestos casi siempre pobres, cómo nos ama Dios a todos. Entonces empezamos a convertirnos en sus seguidores.

    Esto significa compartir su vida y su destino: «donde esté yo, allí estará mi servidor». Esto es ser cristiano: estar donde estaba Jesús, ocuparnos de lo que se ocupaba él, tener las metas que él tenía, estar en la cruz como estuvo él, estar un día a la derecha del Padre donde está él.

    ¿Cómo sería una Iglesia «atraída» por el Crucificado, impulsada por el deseo de «servirle» sólo a él y ocupada en las cosas en que se ocupaba él? ¿Cómo sería una Iglesia que atrajera a la gente hacia Jesús?[/align]
    [align=right]José Antonio Pagola[/align]

    Peregrinación arriesgada a Jerusalén

    [align=justify]Era el mes de nisán del año 30. Las lluvias de invierno habían ido cesando suavemente. La primavera comenzaba a despertarse en las colinas de Galilea y despuntaba ya en los brotes de las higueras: a Jesús le recordaba todos los años la cercanía inminente del reino de Dios, llenando el mundo de vida nueva. El clima era agradable. Las gentes se preparaban para subir en peregrinación a Jerusalén a celebrar la gran fiesta de la Pascua. Desde Galilea se necesitaban tres o cuatro días de camino. Se podía pasar la noche cómodamente al aire libre. Además, la luna iba creciendo: el día de Pascua sería luna llena. Jesús comunicó a los suyos su decisión: quería subir a Jerusalén como peregrino, acompañado de sus discípulos y discípulas.

    ¿Qué motivos le impulsaban? ¿Quería sencillamente unirse a su pueblo para celebrar la Pascua como un peregrino más? ¿Se dirigía a la ciudad santa para aguardar allí la manifestación gloriosa del reino de Dios? ¿Quería desafiar a los dirigentes religiosos de Israel para provocar una respuesta que arrastrara a todos a acoger la irrupción de Dios? ¿Buscaba confrontar a todo el pueblo y urgir la restauración de Israel? Nada sabemos con certeza. Hasta ahora, Jesús se ha dedicado a anunciar el reino de Dios por las aldeas de Galilea, pero su llamada está dirigida a todo Israel. Es normal que en un determinado momento dirija su mensaje también a Jerusalén.

    Es la ocasión ideal. La ciudad santa era el centro del pueblo elegido: hacia ella dirigían su mirada y su corazón todos los judíos dispersos por el mundo. La fecha no puede ser más apropiada. Miles de peregrinos venidos de Palestina y de todos los rincones del Imperio se congregarán para reavivar durante las fiestas de Pascua su anhelo de libertad. Sus discípulos, al parecer, se alarmaron con la idea. También Jesús es consciente del peligro que corre en Jerusalén. Su mensaje puede irritar a los dirigentes del templo y a las autoridades romanas. A pesar de todo, Jesús sube a la ciudad santa. Ya no volverá.

    Probablemente sigue la ruta más oriental para peregrinar hasta la ciudad santa. El grupo deja Cafarnaún, camina a lo largo del río Jordán y, después de atravesar Jericó, sigue la calzada que sube por el wadi Kelt hasta llegar al monte de los Olivos. Era el mejor punto para contemplar la ciudad santa en todo su esplendor y belleza. Los peregrinos enmudecían y lloraban de alegría al verla. Probablemente no es la primera vez que Jesús llega a Jerusalén, pero en esta ocasión todo es diferente. En su corazón se entremezclan la alegría y la pena, el temor y la esperanza. Nunca sabremos lo que vivió. Solo faltaban unos días para su ejecución.

    Desde el monte de los Olivos se divisa toda la ciudad. A lo lejos, en el punto más elevado, el antiguo palacio de Herodes, con sus fastuosas salas y sus jardines, convertido en sede ocasional del prefecto romano: tal vez Pilato se encuentra ya allí para vigilar de cerca las fiestas de Pascua. No muy lejos se puede adivinar la residencia de Antipas, el tetrarca de Galilea, que de ordinario no suele faltar a la celebración de estas fiestas multitudinarias; su palacio traía a todos recuerdos trágicos del pasado, pues allí había vivido el rey pagano Antíoco IV, que tanto había hecho sufrir a los judíos fieles a su Dios. Junto a estos dos palacios, las lujosas villas del barrio superior de la ciudad; allí reside la familia de Anas y la mayor parte de la aristocracia del templo. Al sur de esta zona residencial se encuentra el teatro romano y el circo, construidos por Herodes para que Jerusalén no fuera menos que otras ciudades importantes del Imperio. Probablemente Jesús no pisó nunca las calles de esta parte de la ciudad, habitada por el alto clero y las familias más ricas y poderosas de Jerusalén. Los barrios pobres y populares están en el otro extremo, ocupando la parte baja de la urbe. Desde el monte de los Olivos no es posible observar la agitación y el bullicio que allí reina. En sus estrechas calles se alternan talleres, tiendas y negocios de toda clase. Los vendedores ofrecen a gritos sus mercancías: tejidos, sandalias, túnicas, perfumes, pequeñas joyas o recuerdos de la ciudad santa. Los puestos de cereales, frutas y productos del campo se concentran sobre todo junto a las puertas de la ciudad. No es fácil moverse en medio de tanta gente ocupada en hacerse con las provisiones necesarias para los días de fiesta.

    Pero lo que atraía la mirada de todos los peregrinos era la inmensa explanada donde se levanta resplandeciente el templo santo, dominando un conjunto complejo de edificios, galerías y salas destinadas a diferentes actividades. Aquella era ¡la casa de Dios! Según el historiador Flavio Josefo, «estaba casi enteramente recubierta de láminas de oro macizo y, al salir el sol, brillaba con tal resplandor que los que la miraban tenían que desviar su mirada. A los extranjeros que se acercaban a Jerusalén les parecía ver una cumbre nevada». Allí entrarán los próximos días para ofrecer los sacrificios rituales, cantar himnos de acción de gracias y degollar los corderos para la cena pascual. Faltaban solo unas horas para el comienzo de las fiestas y debían ocuparse de realizar las purificaciones. Las condiciones de pureza eran exigentes. Los paganos se debían detener en el amplio «patio de los paganos»; lo mismo harán los leprosos, los ciegos o los tullidos. Las mujeres no pasarán del «patio de las mujeres» y los varones se detendrán en el «patio de los israelitas». Desde allí asistirán a los diversos ritos. Ningún peregrino puede acceder al área reservada a los sacerdotes, donde se encuentra el altar de los sacrificios. Ante la presencia de Dios en el sancta sanctorum solo accede el sumo sacerdote, único mediador entre Israel y su Dios.

    Más de uno preguntaría qué era aquel poderoso edificio con cuatro torres que se levantaba en un extremo de la explanada, dominando todo el recinto sagrado. Se trata de una fortaleza construida por Herodes y llamada popularmente la «torre Antonia». Según Flavio Josefo, «el templo era la fortaleza que dominaba la ciudad, y la Antonia era la torre que dominaba el templo». Allí permanece vigilante una guarnición de soldados romanos para controlar cualquier altercado que perturbe el orden. Seguramente en alguno de sus calabozos más de un desgraciado espera la hora de su ejecución.

    Solo cuando se acercaron a la ciudad pudieron conocer Jesús y sus discípulos la atmósfera que se respiraba en Jerusalén. Por todos los caminos iban llegando los grupos de peregrinos. Los valles del Cedrón, Hinnón y Tyropeón que rodean Jerusalén eran insuficientes para acoger a las muchedumbres que se encaminaban hacia alguna de las puertas de la ciudad. La gente comenzaba ya a acampar en todos los espacios libres: junto a las murallas, en las colinas de alrededor y en el monte de los Olivos. Más de cien mil peregrinos tomarían parte en las fiestas. Al encontrarse ubicadas dentro del Imperio romano, las comunidades judías de la diáspora no encontraban ya problemas fronterizos para desplazarse hasta Jerusalén. Por otra parte, la impresionante reconstrucción del templo llevada a cabo por Herodes había dado un impulso nuevo a las peregrinaciones. Cada vez eran más los peregrinos que llegaban de Egipto, Fenicia o Siria; de Macedonia, Tesalia o Corinto; desde Panfilia, Cilicia, Bitinia y las costas del mar Negro; incluso desde Roma, la capital del Imperio. Jerusalén se convertía en las fiestas de Pascua en una ciudad mundial, la «capital religiosa» del mundo judío en el seno del Imperio romano.

    La aglomeración de una muchedumbre tan numerosa dentro de la ciudad santa, cargada de tantos recuerdos, representa un peligro potencial. El encuentro de tantos hermanos venidos del mundo entero hacía crecer el sentido de pertenencia: son un pueblo privilegiado, elegido por el mismo Dios. La celebración de la Pascua enardece aún más sus corazones. Las fiestas giran en torno a esa noche memorable en que celebran su liberación de la esclavitud del faraón. Lo hacen con nostalgia y también con esperanza. Egipto ha sido reemplazado por Roma. La tierra heredada de Yahvé no es ya un país de libertad: ahora son esclavos en su propia tierra. Esos días la oración de los peregrinos se convierte en un clamor: Dios escuchará los gritos de su pueblo oprimido y vendrá de nuevo a liberarlos de la esclavitud. Roma conoce bien el peligro. Por eso Pilato se desplaza esos días hasta Jerusalén para reforzar la guarnición de la torre Antonia: hay que cortar de raíz cualquier acción subversiva antes de que se pueda contagiar a la masa de peregrinos.

    Muchos de ellos se acercan a la ciudad cantando su alegría por haber llegado a Jerusalén después de un largo viaje. Lo mismo hace el grupo de Jesús. Se acercan ya a las puertas de la ciudad. Es el último tramo, y Jesús lo ha querido recorrer montado sobre un asno, como humilde peregrino que entra en Jerusalén deseando a todos la paz. En ese momento, contagiados por el clima festivo de la Pascua y enardecidos por la expectación de la pronta llegada del reino de Dios, en la que tanto insistía Jesús, comienzan a aclamarlo. Algunos cortan cualquier rama o follaje verde que crece junto al camino, otros extienden sus túnicas a su paso. Expresan su fe en el reino de Dios y su agradecimiento a Jesús. No es una recepción solemne organizada para recibir a un personaje ilustre y poderoso. Es el homenaje espontáneo de los discípulos y seguidores que vienen con él. Según se nos dice, los que le aclaman son peregrinos que «iban delante de él» o que «le seguían». Probablemente su grito debió de ser este: «¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!».

    El gesto de Jesús era seguramente intencionado. Su entrada en Jerusalén montado en un asno decía más que muchas palabras. Jesús busca un reino de paz y justicia para todos, no un imperio construido con violencia y opresión. Montado en su pequeño asno aparece ante aquellos peregrinos como profeta, portador de un orden nuevo y diferente, opuesto al que imponían los generales romanos, montados sobre sus caballos de guerra. Su humilde entrada en Jerusalén se convierte en sátira y burla de las entradas triunfales que organizaban los romanos para tomar posesión de las ciudades conquistadas. Más de uno vería en el gesto de Jesús una graciosa crítica al prefecto romano que, por esos mismos días, ha entrado en Jerusalén montado en su poderoso caballo, adornado con todos los símbolos de su poder imperial. A los romanos no les podía hacer ninguna gracia. Ignoramos el alcance que pudo tener el gesto simbólico de Jesús en medio de aquel gentío multitudinario. En cualquier caso, aquella entrada «antitriunfal», jaleada por sus seguidores y seguidoras, es una burla que puede encender los ánimos de la gente. Este acto público de Jesús anunciando un antirreino no violento habría bastado para decretar su ejecución.[/align]
    [align=right]José Antonio Pagola[/align]

    Un gesto muy peligroso

    [align=justify]A los pocos días sucede algo mucho más grave. Jesús, que mientras está en Jerusalén suele hospedarse, al parecer, en el cercano barrio de Betania, en casa de sus amigos Lázaro, María y Marta, vuelve a la ciudad y realiza la acción pública más grave de toda su vida. De hecho, esta intervención en el templo es lo que desencadena su detención y rápida ejecución. Nadie duda del gesto audaz y provocativo de Jesús. Llega al templo y con paso decidido entra en el gran patio de los gentiles donde se llevan a cabo diversas actividades necesarias para el culto. Allí se cambian las diferentes monedas del Imperio por el shekel de Tiro, única moneda que se acepta en el templo, sin duda por ser la más fuerte y estable en aquella época. Allí se venden las palomas, tórtolas y demás animales necesarios para los sacrificios y el cumplimiento de los votos; los peregrinos prefieren comprarlos en el mismo Jerusalén en vez de traerlos desde su casa, con el riesgo de perderlos o lesionarlos en el camino, dejándolos inservibles para el culto.

    Según la fuente más antigua, Jesús «comenzó a echar fuera a los que vendían y compraban»; además «volcó las mesas de los cambistas y los puestos de vendedores de palomas»; por último «no permitía que nadie transportase cosas por el templo». Probablemente su intervención es bastante modesta, y solo altera momentáneamente el funcionamiento rutinario de la jornada. El patio de los gentiles es enorme y ocupa la mayor parte de la explanada del templo; esos días se concentran ahí miles de peregrinos; hay docenas de mesas para el cambio y de puestos de venta de animales para los sacrificios. El servicio de orden del templo y cientos de sacerdotes cuidan de que todo transcurra en paz; los soldados de Pilato lo controlan todo desde la torre Antonia. Posiblemente Jesús atropella a un grupo de vendedores y compradores, vuelca algunas mesas y puestos de venta de palomas, y trata de interrumpir la actividad durante algunos momentos. No puede hacer mucho más. Para bloquear el funcionamiento del templo se hubiera necesitado un buen número de personas.

    Su gesto fue pequeño y limitado, pero estaba cargado de una fuerza profética y un significado de consecuencias imprevisibles.

    Atacar el templo era atacar el corazón del pueblo judío, el símbolo alrededor del cual gira todo lo demás, el centro de la vida religiosa, social y política. En aquel lugar santo, signo de la elección de Israel, habita el Dios de la Alianza: su presencia garantiza la protección y la seguridad para el pueblo. Allí se hace visible la unión del cielo y la tierra, la comunión entre Israel y su Dios. Solo allí se puede ofrecer a Dios un sacrificio agradable y recibir su perdón. En este lugar santo, protegido de toda impureza y contaminación, se manifestará un día la victoria final del Dios de Israel. Cualquier agresión al templo era una ofensa peligrosa e intolerable no solo para los dirigentes religiosos, sino para todo el pueblo. ¿Qué sería de Israel sin la presencia de Dios en medio de ellos? ¿Cómo podrían sobrevivir sin el templo?

    La acción de Jesús fue sin duda un gesto hostil de protesta, pero ¿qué significado concreto le quiso atribuir a su arrebato profético? Para entender todo su alcance hemos de aproximarnos al clima de ambigüedad que envuelve al templo y a los altos dignatarios que lo controlan en aquellos momentos. El recelo venía desde el inicio mismo de las obras de restauración. Nadie duda de la belleza y esplendor del nuevo templo, pero ¿cuál ha sido la intención real de Herodes? ¿Quería levantar una casa al Dios de Israel o engrandecer su imagen en el Imperio? ¿Para qué ha construido aquel gigantesco «patio de los gentiles» que ocupa las tres cuartas partes de la explanada? ¿Para acoger a peregrinos fieles a la Alianza o para atraer a viajeros paganos a admirar su poder? ¿Qué es el templo en estos momentos? ¿Casa de Dios o signo de colaboración con Roma? ¿Templo de oración o almacén de los diezmos y primicias de los campesinos? ¿Santuario de perdón o símbolo de las injusticias? ¿Está al servicio de la Alianza o beneficia a los intereses de la aristocracia sacerdotal?

    En este lugar de culto ha surgido una enorme organización mantenida por un exagerado cuerpo de funcionarios, escribas, administradores, contables, personal de orden y siervos de las grandes familias sacerdotales. Todos ellos viven del templo y suponen una carga más para la población campesina. Las críticas de las gentes se centran en las poderosas familias sacerdotales. Aunque todos presumen de sus linajes, la dinastía de Sadoc ha quedado rota hace tiempo; Herodes ha importado de Babilonia y Egipto familias sacerdotales de dudosa legitimidad; en este momento son las autoridades romanas las que nombran y cesan a su arbitrio al sumo sacerdote de turno. No es extraño que los designados se preocupen más de perpetuarse en el poder que de servir al pueblo: distribuyen los cargos más lucrativos entre sus familiares, ejercen un fuerte control de las deudas y, según Josefo, llegan incluso a enviar a sus esclavos a arrebatar a los sacerdotes pobres los diezmos que les corresponden.

    Lo que más irrita es probablemente su vida lujosa a costa de las gentes del campo. Al distribuirse la tierra prometida, la tribu de Levi no había recibido un territorio como las demás. Su heredad sería Dios: vivirían de los sacrificios, diezmos y tributos. A pesar de todo, poco después de volver del destierro de Babilonia, algunos sacerdotes poseían ya tierras; en tiempos de Jesús, bastantes habían comprado extensas fincas y posesiones. Naturalmente seguían quedándose con la parte correspondiente de los animales sacrificados, presionaban al pueblo para cobrar las primicias y diezmos de los productos del campo y exigían el pago anual del medio shékel de tributo. Solo con estos ingresos no hubieran podido vivir en la opulencia, pero el desarrollo de la monetización tuvo como efecto una acumulación de riqueza en las arcas del templo; una hábil política de préstamos hizo el resto. El templo se fue convirtiendo en fuente de poder y riqueza de una minoría aristocrática que vivía a costa de los sectores más débiles. ¿Es este el templo querido por el Dios de la Alianza?

    La acción de Jesús fue un gesto simbólico. Su intervención en medio de aquella gran explanada durante un tiempo probablemente corto es poco importante en sí misma, pero busca atraer la atención sobre algo que para Jesús es muy importante. Ha escogido bien la situación: está rodeado de peregrinos de todo el mundo, la policía del templo está atenta a cualquier incidente y los soldados romanos vigilan desde la torre Antonia. Es el escenario adecuado para que su mensaje tenga el debido eco. Lo que Jesús pretende no es «purificar» el culto. No se acerca al lugar de los sacrificios para condenar prácticas abusivas. Su gesto es más radical y profundo. Jesús bloquea e interrumpe las actividades normales, necesarias para el funcionamiento religioso del templo, como el cambio de moneda o la venta de palomas. Su acción no apunta hacia una reforma de esa liturgia, sino hacia la desaparición de la propia institución: sin dinero no se pueden comprar animales puros; sin animales no hay sacrificios; sin sacrificios no hay expiación del pecado ni seguridad de perdón. Su intervención no parece tampoco un gesto de protesta contra el culto privilegiado del pueblo judío, que excluye la participación de los paganos. Jesús espera que los gentiles serán acogidos en el reino definitivo de Dios, pero no hace ningún gesto preciso para que los paganos empiecen a tomar ya parte en los sacrificios del templo. Su intervención no está tampoco dirigida directamente a condenar la vida corrupta de la aristocracia sacerdotal, aunque en el trasfondo de su acción está muy presente su actuación abusiva.

    El gesto de Jesús es más radical y total. Anuncia el juicio de Dios no contra aquel edificio, sino contra un sistema económico, político y religioso que no puede agradar a Dios. El templo se ha convertido en símbolo de todo lo que oprime al pueblo. En la «casa de Dios» se acumula la riqueza; en las aldeas de sus hijos crece la pobreza y el endeudamiento.

    El templo no está al servicio de la Alianza. Nadie defiende desde ahí a los pobres ni protege los bienes y el honor de los más vulnerables. Se está repitiendo de nuevo lo que Jeremías condenaba en su tiempo: el templo se había convertido en una «cueva de ladrones». La «cueva» no es el lugar donde se cometen los crímenes, sino donde se refugian los ladrones y criminales después de haberlos cometido. Así sucede en Jerusalén: no es en el templo donde se cometen los crímenes, sino fuera; el templo es el lugar donde los ladrones se refugian y acumulan su botín. Tarde o temprano era inevitable el choque frontal del reino de Dios con aquel sistema. El gesto de Jesús es una «destrucción» simbólica y profética, no real y efectiva, pero anuncia el final de ese orden de cosas. El Dios de los pobres y excluidos no reina ni reinará desde ese templo: jamás legitimará ese sistema. Con la venida del reino de Dios, el templo pierde su razón de ser.

    La actuación de Jesús ha ido demasiado lejos. El personal de seguridad del templo y los soldados de la fortaleza Antonia saben lo que tienen que hacer. Hay que esperar a que la ciudad se encuentre más tranquila y los ánimos de los peregrinos más calmados. El caso no preocupa solo a los sacerdotes del templo; inquieta también a las autoridades romanas. El templo es siempre lugar de conflictos; por eso lo vigilan de cerca. Cualquier incidente en el recinto sagrado despierta su desconfianza: quienes ponen en peligro el poder del sumo sacerdote, fiel servidor de Roma, ponen en peligro la paz. Una cosa es cierta: si no abandona su actitud y renuncia a actuaciones tan subversivas, este hombre será eliminado. No es aconsejable detenerlo en público, mientras está rodeado de seguidores y simpatizantes. Ya encontrarán el modo de apresarlo de manera discreta.[/align]
    [align=right]José Antonio Pagola[/align]

    También el de Kamiano.

    EL GRANO QUE MUERE, DA VIDA

    [align=justify]La pedagogía del grano de trigo es tan sabia y espiritual que tendríamos que tenerla más presente en nuestro proceso vital. La enfermedad, la muerte, nos espanta de alguna manera. Sin embargo, solo desde la limitación, la entrega, el darse hasta el final, el morir… es la vía para la vida. Ahí se desparrama, se extiende el Amor.

    La Cruz es la vía del crecimiento. Ahí florecerá la espiga que se convierte en alimento. Todos estos textos que nos preparan a la Pascua del Señor, nos ayudan al cambio de mentalidad y a entrar en la esperanza del sueño de Dios para la humanidad.

    Seamos grano de trigo… pequeño, que cae y muere. Confiemos en el Dios de la Vida. Siempre. Y en su Amor. Sin límite.[/align]
    [align=right]Dibujo: Patxi Velasco FANO

    Texto: Fernando Cordero ss.cc.[/align]

    Fraternalmente

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