Inicio Foros Formación cofrade Evangelio Dominical y Festividades Evangelio del domingo 18/06/2017 Festividad Corpus Christi

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    Anónimo
    Inactivo

    «Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida»

    Lectura del santo Evangelio según San Juan

    En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos:

    «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo».

    Disputaban los judíos entre sí:

    «¿Cómo puede este darnos a comer su carne?».

    Entonces Jesús les dijo:

    «En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.

    Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida.

    El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él.

    Como el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así, del mismo modo, el que me come vivirá por mi.

    Este es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre».

    Palabra del Señor.

    #12897
    Anónimo
    Inactivo

    Os dejo los comentarios al Evangelio del domingo.

    EL NUEVO DOMINGO

    [align=justify]El domingo ya no es lo que era hace unos años. En poco tiempo ha crecido y se ha convertido en el «fin de semana», que comienza ya el viernes por la tarde y en el que la mayoría puede vivir de manera diferente, escapando de las obligaciones del trabajo, de los horarios impuestos y de la rutina diaria.

    No todos vivimos el fin de semana de la misma manera. Para algunos es una verdadera suerte: tienen iniciativa, posibilidades y amigos para disfrutar esos días. Para otros es un tiempo cruel, pues sienten con más fuerza su soledad, enfermedad o vejez; el domingo solo despierta en ellos tristeza y nostalgia. Otros temen el domingo, no saben qué hacer con él, se aburren; si no hubiera fútbol sería insoportable.

    Teólogos y liturgistas se preguntan hoy cómo será en el futuro el domingo cristiano. ¿Se reducirá a una celebración de la misa aislada y sin conexión alguna con el fin de semana de la gente? Por el contrario, «no será posible una integración dinámica de los valores humanos del fin de semana en la mística del domingo?». Algunas pistas.

    El domingo cristiano puede ser el alma del fin de semana, que ayude a los creyentes a experimentar mejor su libertad de hijos de Dios, sin imposiciones ni fines utilitaristas. La Eucaristía podría ayudar a recuperar el sosiego y reavivar el aliento interior. El fin de semana podemos ser un poco más «nosotros mismos».

    Por otra parte, se podría recuperar el sábado como fiesta de la creación; de esta manera se podría proseguir el domingo con la celebración de la salvación. Así piensan algunos liturgistas. La fe ayudaría entonces a vivir el fin de semana como una celebración al Creador y un encuentro con la naturaleza, no a través del trabajo, sino del disfrute y la contemplación.

    Por último, la celebración de la «asamblea eucarística» puede dar un sentido más hondo a esa otra dimensión del fin de semana, que es la comunicación entrañable y gratificante con amigos y familiares, o el encuentro con otras personas y otros pueblos. El fin de semana puede ser experiencia de encuentro y comunión de hermanos. ¿Crecerá él domingo cristiano hasta ser «fermento y sal» del fin de semana de la actual cultura? En cualquier caso, podemos hacernos una pregunta: ¿sabemos los cristianos extraer de la Eucaristía dominical aliento y alegría para vivir el nuevo domingo?[/align] 
    [align=right]José Antonio Pagola[/align]

    HACER MEMORIA

    [align=justify]Jesús creó un clima especial en aquella cena de despedida que compartió con los suyos la víspera de su ejecución. Sabía que era la última. Ya no volvería a sentarse a la mesa con ellos hasta la fiesta final junto al Padre. Quería dejar bien grabado en su recuerdo lo que había sido siempre su vida: pasión por Dios y entrega total a todos.

    Esa noche lo vivía todo con tal intensidad que, al repartirles el pan y distribuirles el vino, les vino a decir estas palabras memorables: «Así soy yo. Os doy mi vida entera. Mirad: este pan es mi cuerpo roto por vosotros; este vino es mi sangre derramada por todos. No me olvidéis nunca. Haced esto en memoria mía. Recordadme así: totalmente entregado a vosotros. Esto alimentará vuestras vidas».

    Para Jesús, era el momento de la verdad. En esa cena se reafirmó en su decisión de ir hasta el final en su fidelidad al proyecto de Dios. Seguiría siempre del lado de los débiles, moriría enfrentándose a quienes deseaban otra religión y otro Dios olvidado del sufrimiento de la gente. Daría su vida sin pensar en sí mismo. Confiaba en el Padre. Lo dejaría todo en sus manos.

    Celebrar la Eucaristía es hacer memoria de este Jesús, grabando dentro de nosotros cómo fue él hasta el final. Reafirmarnos en nuestra opción por vivir siguiendo sus pasos. Tomar en nuestras manos nuestra vida y compromisos para intentar vivirlos hasta las últimas consecuencias.

    Celebrar la Eucaristía es, sobre todo, decir como él: «Esta vida mía no la quiero guardar exclusivamente para mí. No la quiero acaparar sólo para mi propio interés. Quiero pasar por esta tierra reproduciendo en mí algo de lo que él vivió. Sin encerrarme en mi egoísmo; contribuyendo desde mi entorno y mi pequeñez a hacer un mundo más humano».

    Es fácil hacer de la Eucaristía otra cosa muy distinta de lo que es. Basta con ir a misa a cumplir una obligación, olvidando lo que Jesús vivió en la última cena. Basta con comulgar, pensando sólo en nuestro bienestar interior. Basta con salir de la iglesia sin decidirnos nunca a vivir de manera más entregada.[/align]
    [align=right]José Antonio Pagola[/align]

    ESTANCADOS


    [align=justify]El Papa Francisco está repitiendo que los miedos, las dudas, la falta de audacia… pueden impedir de raíz impulsar la renovación que necesita hoy la Iglesia. En su Exhortación “La alegría del Evangelio” llega a decir que, si quedamos paralizados por el miedo, una vez más podemos quedarnos simplemente en “espectadores de un estancamiento infecundo de la Iglesia”.

    Sus palabras hacen pensar. ¿Qué podemos percibir entre nosotros? ¿Nos estamos movilizando para reavivar la fe de nuestras comunidades cristianas, o seguimos instalados en ese “estancamiento infecundo” del que habla Francisco? ¿Dónde podemos encontrar fuerzas para reaccionar?

    Una de las grandes aportaciones del Concilio fue impulsar el paso desde la “misa”, entendida como una obligación individual para cumplir un precepto sagrado, hacia la “Eucaristía” vivida como celebración gozosa de toda la comunidad para alimentar su fe, crecer en fraternidad y reavivar su esperanza en Cristo.

    Sin duda, a lo largo de estos años, hemos dado pasos muy importantes. Quedan muy lejos aquellas misas celebradas en latín en las que el sacerdote “decía” la misa y el pueblo cristiano venía a “oír” la misa o “asistir” a la celebración. Pero, ¿no estamos celebrando la Eucaristía de manera rutinaria y aburrida?

    Hay un hecho innegable. La gente se está alejando de manera imparable de la práctica dominical porque no encuentra en nuestras celebraciones el clima, la palabra clara, el rito expresivo, la acogida estimulante que necesita para alimentar su fe débil y vacilante.

    Sin duda, todos, pastores y creyentes, nos hemos de preguntar qué estamos haciendo para que la Eucaristía sea, como quiere el Concilio, “centro y cumbre de toda la vida de la comunidad cristiana”. Pero, ¿basta la buena voluntad de las parroquias o la creatividad aislada de algunos, sin más criterios de renovación?

    La Cena del Señor es demasiado importante para que dejemos que se siga “perdiendo”, como “espectadores de un estancamiento infecundo” ¿No es la Eucaristía el centro de la vida cristiana?. ¿Cómo permanece tan callada e inmóvil la jerarquía? ¿Por qué los creyentes no manifestamos nuestra preocupación y nuestro dolor con más fuerza?

    El problema es grave. ¿Hemos de seguir “estancados” en un modo de celebración eucarística, tan poco atractivo para los hombres y mujeres de hoy? ¿Es esta liturgia que venimos repitiendo desde hace siglos la que mejor puede ayudarnos a actualizar aquella cena memorable de Jesús donde se concentra de modo admirable el núcleo de nuestra fe?[/align]

    [align=right]José Antonio Pagola[/align]

    También el de Kamiano.

    PUNTO DE ENCUENTRO

    [align=justify]La Eucaristía es punto de Encuentro: con Dios y con los hermanos. El verdadero alimento nos hace entrar en la dinámica de la fraternidad y de la filiación. Un encuentro con los brazos abiertos: de Dios y del mundo, porque la Eucaristía lleva a la entrega y a la unión. Todos unidos en torno al Pan, que nos quita el hambre y nos da alas para volar como ciudadanos del Reino.

    Alegría por juntarnos en torno a Jesús-Eucaristía, entregado, partido, repartido… Es la dinámica de la donación y de la entrega. Tan diferente a veces de nuestras dinámicas que, quizá por miedo, no terminamos de creernos que la vida consiste en darse. Y mientras más te das, más vida alcanzas. El Maestro en darse es Jesús.

    Hagamos procesión del Corpus: de encuentro, abrazos y donación. Como la vida misma, cuando estamos en perspectiva eucarística.[/align]
    [align=right]Dibujo: Patxi Velasco FANO

    Texto: Fernando Cordero ss.cc.[/align]

    Fraternalmente

    #18950
    Anónimo
    Inactivo

    Os dejo los comentarios al Evangelio del domingo.

    EL NUEVO DOMINGO

    [align=justify]El domingo ya no es lo que era hace unos años. En poco tiempo ha crecido y se ha convertido en el «fin de semana», que comienza ya el viernes por la tarde y en el que la mayoría puede vivir de manera diferente, escapando de las obligaciones del trabajo, de los horarios impuestos y de la rutina diaria.

    No todos vivimos el fin de semana de la misma manera. Para algunos es una verdadera suerte: tienen iniciativa, posibilidades y amigos para disfrutar esos días. Para otros es un tiempo cruel, pues sienten con más fuerza su soledad, enfermedad o vejez; el domingo solo despierta en ellos tristeza y nostalgia. Otros temen el domingo, no saben qué hacer con él, se aburren; si no hubiera fútbol sería insoportable.

    Teólogos y liturgistas se preguntan hoy cómo será en el futuro el domingo cristiano. ¿Se reducirá a una celebración de la misa aislada y sin conexión alguna con el fin de semana de la gente? Por el contrario, «no será posible una integración dinámica de los valores humanos del fin de semana en la mística del domingo?». Algunas pistas.

    El domingo cristiano puede ser el alma del fin de semana, que ayude a los creyentes a experimentar mejor su libertad de hijos de Dios, sin imposiciones ni fines utilitaristas. La Eucaristía podría ayudar a recuperar el sosiego y reavivar el aliento interior. El fin de semana podemos ser un poco más «nosotros mismos».

    Por otra parte, se podría recuperar el sábado como fiesta de la creación; de esta manera se podría proseguir el domingo con la celebración de la salvación. Así piensan algunos liturgistas. La fe ayudaría entonces a vivir el fin de semana como una celebración al Creador y un encuentro con la naturaleza, no a través del trabajo, sino del disfrute y la contemplación.

    Por último, la celebración de la «asamblea eucarística» puede dar un sentido más hondo a esa otra dimensión del fin de semana, que es la comunicación entrañable y gratificante con amigos y familiares, o el encuentro con otras personas y otros pueblos. El fin de semana puede ser experiencia de encuentro y comunión de hermanos. ¿Crecerá él domingo cristiano hasta ser «fermento y sal» del fin de semana de la actual cultura? En cualquier caso, podemos hacernos una pregunta: ¿sabemos los cristianos extraer de la Eucaristía dominical aliento y alegría para vivir el nuevo domingo?[/align] 
    [align=right]José Antonio Pagola[/align]

    HACER MEMORIA

    [align=justify]Jesús creó un clima especial en aquella cena de despedida que compartió con los suyos la víspera de su ejecución. Sabía que era la última. Ya no volvería a sentarse a la mesa con ellos hasta la fiesta final junto al Padre. Quería dejar bien grabado en su recuerdo lo que había sido siempre su vida: pasión por Dios y entrega total a todos.

    Esa noche lo vivía todo con tal intensidad que, al repartirles el pan y distribuirles el vino, les vino a decir estas palabras memorables: «Así soy yo. Os doy mi vida entera. Mirad: este pan es mi cuerpo roto por vosotros; este vino es mi sangre derramada por todos. No me olvidéis nunca. Haced esto en memoria mía. Recordadme así: totalmente entregado a vosotros. Esto alimentará vuestras vidas».

    Para Jesús, era el momento de la verdad. En esa cena se reafirmó en su decisión de ir hasta el final en su fidelidad al proyecto de Dios. Seguiría siempre del lado de los débiles, moriría enfrentándose a quienes deseaban otra religión y otro Dios olvidado del sufrimiento de la gente. Daría su vida sin pensar en sí mismo. Confiaba en el Padre. Lo dejaría todo en sus manos.

    Celebrar la Eucaristía es hacer memoria de este Jesús, grabando dentro de nosotros cómo fue él hasta el final. Reafirmarnos en nuestra opción por vivir siguiendo sus pasos. Tomar en nuestras manos nuestra vida y compromisos para intentar vivirlos hasta las últimas consecuencias.

    Celebrar la Eucaristía es, sobre todo, decir como él: «Esta vida mía no la quiero guardar exclusivamente para mí. No la quiero acaparar sólo para mi propio interés. Quiero pasar por esta tierra reproduciendo en mí algo de lo que él vivió. Sin encerrarme en mi egoísmo; contribuyendo desde mi entorno y mi pequeñez a hacer un mundo más humano».

    Es fácil hacer de la Eucaristía otra cosa muy distinta de lo que es. Basta con ir a misa a cumplir una obligación, olvidando lo que Jesús vivió en la última cena. Basta con comulgar, pensando sólo en nuestro bienestar interior. Basta con salir de la iglesia sin decidirnos nunca a vivir de manera más entregada.[/align]
    [align=right]José Antonio Pagola[/align]

    ESTANCADOS


    [align=justify]El Papa Francisco está repitiendo que los miedos, las dudas, la falta de audacia… pueden impedir de raíz impulsar la renovación que necesita hoy la Iglesia. En su Exhortación “La alegría del Evangelio” llega a decir que, si quedamos paralizados por el miedo, una vez más podemos quedarnos simplemente en “espectadores de un estancamiento infecundo de la Iglesia”.

    Sus palabras hacen pensar. ¿Qué podemos percibir entre nosotros? ¿Nos estamos movilizando para reavivar la fe de nuestras comunidades cristianas, o seguimos instalados en ese “estancamiento infecundo” del que habla Francisco? ¿Dónde podemos encontrar fuerzas para reaccionar?

    Una de las grandes aportaciones del Concilio fue impulsar el paso desde la “misa”, entendida como una obligación individual para cumplir un precepto sagrado, hacia la “Eucaristía” vivida como celebración gozosa de toda la comunidad para alimentar su fe, crecer en fraternidad y reavivar su esperanza en Cristo.

    Sin duda, a lo largo de estos años, hemos dado pasos muy importantes. Quedan muy lejos aquellas misas celebradas en latín en las que el sacerdote “decía” la misa y el pueblo cristiano venía a “oír” la misa o “asistir” a la celebración. Pero, ¿no estamos celebrando la Eucaristía de manera rutinaria y aburrida?

    Hay un hecho innegable. La gente se está alejando de manera imparable de la práctica dominical porque no encuentra en nuestras celebraciones el clima, la palabra clara, el rito expresivo, la acogida estimulante que necesita para alimentar su fe débil y vacilante.

    Sin duda, todos, pastores y creyentes, nos hemos de preguntar qué estamos haciendo para que la Eucaristía sea, como quiere el Concilio, “centro y cumbre de toda la vida de la comunidad cristiana”. Pero, ¿basta la buena voluntad de las parroquias o la creatividad aislada de algunos, sin más criterios de renovación?

    La Cena del Señor es demasiado importante para que dejemos que se siga “perdiendo”, como “espectadores de un estancamiento infecundo” ¿No es la Eucaristía el centro de la vida cristiana?. ¿Cómo permanece tan callada e inmóvil la jerarquía? ¿Por qué los creyentes no manifestamos nuestra preocupación y nuestro dolor con más fuerza?

    El problema es grave. ¿Hemos de seguir “estancados” en un modo de celebración eucarística, tan poco atractivo para los hombres y mujeres de hoy? ¿Es esta liturgia que venimos repitiendo desde hace siglos la que mejor puede ayudarnos a actualizar aquella cena memorable de Jesús donde se concentra de modo admirable el núcleo de nuestra fe?[/align]

    [align=right]José Antonio Pagola[/align]

    También el de Kamiano.

    PUNTO DE ENCUENTRO

    [align=justify]La Eucaristía es punto de Encuentro: con Dios y con los hermanos. El verdadero alimento nos hace entrar en la dinámica de la fraternidad y de la filiación. Un encuentro con los brazos abiertos: de Dios y del mundo, porque la Eucaristía lleva a la entrega y a la unión. Todos unidos en torno al Pan, que nos quita el hambre y nos da alas para volar como ciudadanos del Reino.

    Alegría por juntarnos en torno a Jesús-Eucaristía, entregado, partido, repartido… Es la dinámica de la donación y de la entrega. Tan diferente a veces de nuestras dinámicas que, quizá por miedo, no terminamos de creernos que la vida consiste en darse. Y mientras más te das, más vida alcanzas. El Maestro en darse es Jesús.

    Hagamos procesión del Corpus: de encuentro, abrazos y donación. Como la vida misma, cuando estamos en perspectiva eucarística.[/align]
    [align=right]Dibujo: Patxi Velasco FANO

    Texto: Fernando Cordero ss.cc.[/align]

    Fraternalmente

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