Inicio Foros Formación cofrade Evangelio Dominical y Festividades Evangelio del domingo 20/12/2015 4º Domingo de Adviento

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  • #9483
    Anónimo
    Inactivo

    ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?

    Lectura del santo evangelio según San Lucas

    En aquellos días, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.

    En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito:

    – «¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!

    ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá. »

    Palabra del Señor.

    #12831
    Anónimo
    Inactivo

    Os dejo los comentarios al Evangelio:

    DICHOSO EL QUE CREE

    [align=justify]El pensador francés Blaise Pascal se atrevió a decir que «nadie es tan feliz como un cristiano auténtico».

    Pero, ¿quién lo puede creer hoy? La inmensa mayoría piensa más bien que la fe poco tiene que ver con la felicidad. En todo caso habría que relacionarla con una salvación futura y eterna que queda muy lejos, pero no con esa felicidad concreta que ahora mismo nos interesa.

    Más aún. Son bastantes los que piensan que la religión es un estorbo para vivir la vida de manera intensa, pues empequeñece a la persona y mata el gozo de vivir. Además, ¿por qué iba a preocuparse un creyente de ser feliz? Vivir como cristiano, ¿no es fastidiarse siempre más que los demás? ¿No es seguir un camino de renuncia y abnegación? ¿No es, en definitiva, renunciar a la felicidad?

    Lo cierto es que los cristianos no parecen mostrar con su manera de vivir que la fe encierre una fuerza decisiva para enfrentarse a la vida con dicha y plenitud interior. Muchos nos ven más bien como Friedrich Nietszche, que veía a los creyentes como «personas más encadenadas que liberadas por Dios».

    ¿Qué ha sucedido? ¿Por qué se habla tan poco de felicidad en las iglesias? ¿Por qué muchos cristianos no descubren a Dios como el mejor amigo de su vida?

    Como ocurre tantas veces, parece que también en el movimiento de Jesús se ha perdido la experiencia original que al comienzo lo vivificaba todo. Al enfriarse aquella primera experiencia y al acumularse luego otros códigos y esquemas religiosos, a veces bastante extraños al Evangelio, la alegría cristiana se ha ido apagando.

    ¿Cuántos sospechan hoy que lo primero que uno escucha cuando se acerca a Jesús es una llamada a ser feliz y a hacer un mundo más dichoso? ¿Cuántos pueden pensar que lo que Jesús ofrece es un camino por el que podemos descubrir una alegría diferente que puede cambiar de raíz nuestra vida?

    ¿Cuántos creen que Dios busca solo y exclusivamente nuestro bien, que no es un ser celoso que sufre al vernos disfrutar, sino alguien que nos quiere desde ahora dichosos y felices?

    Estoy convencido de que una persona está a punto de tomar en serio a Jesús cuando intuye que en él puede encontrar lo que todavía le falta para conocer una alegría más plena y verdadera. El saludo a María: «Dichosa tú, que has creído», puede extenderse de alguna manera a todo creyente.

    A pesar de las incoherencias y la infidelidad de nuestras vidas mediocres, dichoso también hoy el que cree desde el fondo de su corazón.[/align]
    [align=right]José Antonio Pagola[/align]

    RASGOS DE MARÍA

    [align=justify]La visita de María a Isabel le permite al evangelista Lucas poner en contacto al Bautista y a Jesús antes incluso de haber nacido. La escena está cargada de una atmósfera muy especial. Las dos van a ser madres. Las dos han sido llamadas a colaborar en el plan de Dios. No hay varones. Zacarías ha quedado mudo. José está sorprendentemente ausente. Las dos mujeres ocupan toda la escena.

    María que ha llegado aprisa desde Nazaret se convierte en la figura central. Todo gira en torno a ella y a su Hijo. Su imagen brilla con unos rasgos más genuinos que muchos otros que le han sido añadidos posteriormente a partir de advocaciones y títulos más alejados del clima de los evangelios.

    María, «la madre de mi Señor». Así lo proclama Isabel a gritos y llena del Espíritu Santo. Es cierto: para los seguidores de Jesús, María es, antes que nada, la Madre de nuestro Señor. Éste es el punto de partida de toda su grandeza. Los primeros cristianos nunca separan a María de Jesús. Son inseparables. «Bendecida por Dios entre todas las mujeres», ella nos ofrece a Jesús, «fruto bendito de su vientre».

    María, la creyente. Isabel la declara dichosa porque «ha creído». María es grande no simplemente por su maternidad biológica, sino por haber acogido con fe la llamada de Dios a ser Madre del Salvador. Ha sabido escuchar a Dios; ha guardado su Palabra dentro de su corazón; la ha meditado; la ha puesto en práctica cumpliendo fielmente su vocación. María es Madre creyente.

    María, la evangelizadora. María ofrece a todos la salvación de Dios que ha acogido en su propio Hijo. Ésa es su gran misión y su servicio. Según el relato, María evangeliza no sólo con sus gestos y palabras, sino porque allá a donde va lleva consigo la persona de Jesús y su Espíritu. Esto es lo esencial del acto evangelizador.

    María, portadora de alegría. El saludo de María contagia la alegría que brota de su Hijo Jesús. Ella ha sido la primera en escuchar la invitación de Dios: «Alégrate…el Señor está contigo». Ahora, desde una actitud de servicio y de ayuda a quienes la necesitan, María irradia la Buena Noticia de Jesús, el Cristo, al que siempre lleva consigo. Ella es para la Iglesia el mejor modelo de una evangelización gozosa.

    Quien cree en la encarnación de Dios, que ha querido compartir nuestra vida y acompañarnos en nuestra indigencia, se siente llamado a vivir de otra manera.

    No se trata de hacer «cosas grandes». Quizá, sencillamente, ofrecer nuestra amistad a ese vecino hundido en la soledad, estar cerca de ese joven que sufre depresión, tener paciencia con ese anciano que busca ser escuchado por alguien, estar junto a esos padres que tienen a su hijo en la cárcel, alegrar el rostro de ese niño triste marcado por la separación de sus padres…

    Este amor que nos lleva a compartir las cargas y el peso que tiene que soportar el hermano es un amor «salvador», porque libera de la soledad e introduce una esperanza nueva en quien sufre, pues se siente acompañado en su aflicción.[/align]
    [align=right]José Antonio Pagola[/align]

    También el de Kamiano.

    SERVIR COMO MARIA

    [align=justify]El Espíritu nos lleva a servir con amor, como María. Carros de corazones que se esparcen por el camino y encuentran su concreción en la prima Isabel. Dos mujeres embarazadas que comparten el proyecto de vivir para Dios. María partió. No se lo pensó. Siempre es tiempo para servir. Y hacerlo con esa decisión, alegría, entrega es, sin duda, motivo para que nosotros también nos fijemos en ella y en cómo ella hace tanto bien y de manera tan callada. El Espíritu transporta a María. Si nos dejáramos conducir por el Espíritu, otro gallo cantaría –además del de la Misa del Gallo-. Con María sigamos las sendas de la Misericordia. Feliz semana, felices días de vivir en esperanza.[/align]

    [align=right]Texto: Fernando Cordero, ss. cc. [/align]
    [align=right]Dibujo: Patxi Velasco, FANO[/align][attachment=1]20-12-2015.jpg[/attachment]

    #18884
    Anónimo
    Inactivo

    Os dejo los comentarios al Evangelio:

    DICHOSO EL QUE CREE

    [align=justify]El pensador francés Blaise Pascal se atrevió a decir que «nadie es tan feliz como un cristiano auténtico».

    Pero, ¿quién lo puede creer hoy? La inmensa mayoría piensa más bien que la fe poco tiene que ver con la felicidad. En todo caso habría que relacionarla con una salvación futura y eterna que queda muy lejos, pero no con esa felicidad concreta que ahora mismo nos interesa.

    Más aún. Son bastantes los que piensan que la religión es un estorbo para vivir la vida de manera intensa, pues empequeñece a la persona y mata el gozo de vivir. Además, ¿por qué iba a preocuparse un creyente de ser feliz? Vivir como cristiano, ¿no es fastidiarse siempre más que los demás? ¿No es seguir un camino de renuncia y abnegación? ¿No es, en definitiva, renunciar a la felicidad?

    Lo cierto es que los cristianos no parecen mostrar con su manera de vivir que la fe encierre una fuerza decisiva para enfrentarse a la vida con dicha y plenitud interior. Muchos nos ven más bien como Friedrich Nietszche, que veía a los creyentes como «personas más encadenadas que liberadas por Dios».

    ¿Qué ha sucedido? ¿Por qué se habla tan poco de felicidad en las iglesias? ¿Por qué muchos cristianos no descubren a Dios como el mejor amigo de su vida?

    Como ocurre tantas veces, parece que también en el movimiento de Jesús se ha perdido la experiencia original que al comienzo lo vivificaba todo. Al enfriarse aquella primera experiencia y al acumularse luego otros códigos y esquemas religiosos, a veces bastante extraños al Evangelio, la alegría cristiana se ha ido apagando.

    ¿Cuántos sospechan hoy que lo primero que uno escucha cuando se acerca a Jesús es una llamada a ser feliz y a hacer un mundo más dichoso? ¿Cuántos pueden pensar que lo que Jesús ofrece es un camino por el que podemos descubrir una alegría diferente que puede cambiar de raíz nuestra vida?

    ¿Cuántos creen que Dios busca solo y exclusivamente nuestro bien, que no es un ser celoso que sufre al vernos disfrutar, sino alguien que nos quiere desde ahora dichosos y felices?

    Estoy convencido de que una persona está a punto de tomar en serio a Jesús cuando intuye que en él puede encontrar lo que todavía le falta para conocer una alegría más plena y verdadera. El saludo a María: «Dichosa tú, que has creído», puede extenderse de alguna manera a todo creyente.

    A pesar de las incoherencias y la infidelidad de nuestras vidas mediocres, dichoso también hoy el que cree desde el fondo de su corazón.[/align]
    [align=right]José Antonio Pagola[/align]

    RASGOS DE MARÍA

    [align=justify]La visita de María a Isabel le permite al evangelista Lucas poner en contacto al Bautista y a Jesús antes incluso de haber nacido. La escena está cargada de una atmósfera muy especial. Las dos van a ser madres. Las dos han sido llamadas a colaborar en el plan de Dios. No hay varones. Zacarías ha quedado mudo. José está sorprendentemente ausente. Las dos mujeres ocupan toda la escena.

    María que ha llegado aprisa desde Nazaret se convierte en la figura central. Todo gira en torno a ella y a su Hijo. Su imagen brilla con unos rasgos más genuinos que muchos otros que le han sido añadidos posteriormente a partir de advocaciones y títulos más alejados del clima de los evangelios.

    María, «la madre de mi Señor». Así lo proclama Isabel a gritos y llena del Espíritu Santo. Es cierto: para los seguidores de Jesús, María es, antes que nada, la Madre de nuestro Señor. Éste es el punto de partida de toda su grandeza. Los primeros cristianos nunca separan a María de Jesús. Son inseparables. «Bendecida por Dios entre todas las mujeres», ella nos ofrece a Jesús, «fruto bendito de su vientre».

    María, la creyente. Isabel la declara dichosa porque «ha creído». María es grande no simplemente por su maternidad biológica, sino por haber acogido con fe la llamada de Dios a ser Madre del Salvador. Ha sabido escuchar a Dios; ha guardado su Palabra dentro de su corazón; la ha meditado; la ha puesto en práctica cumpliendo fielmente su vocación. María es Madre creyente.

    María, la evangelizadora. María ofrece a todos la salvación de Dios que ha acogido en su propio Hijo. Ésa es su gran misión y su servicio. Según el relato, María evangeliza no sólo con sus gestos y palabras, sino porque allá a donde va lleva consigo la persona de Jesús y su Espíritu. Esto es lo esencial del acto evangelizador.

    María, portadora de alegría. El saludo de María contagia la alegría que brota de su Hijo Jesús. Ella ha sido la primera en escuchar la invitación de Dios: «Alégrate…el Señor está contigo». Ahora, desde una actitud de servicio y de ayuda a quienes la necesitan, María irradia la Buena Noticia de Jesús, el Cristo, al que siempre lleva consigo. Ella es para la Iglesia el mejor modelo de una evangelización gozosa.

    Quien cree en la encarnación de Dios, que ha querido compartir nuestra vida y acompañarnos en nuestra indigencia, se siente llamado a vivir de otra manera.

    No se trata de hacer «cosas grandes». Quizá, sencillamente, ofrecer nuestra amistad a ese vecino hundido en la soledad, estar cerca de ese joven que sufre depresión, tener paciencia con ese anciano que busca ser escuchado por alguien, estar junto a esos padres que tienen a su hijo en la cárcel, alegrar el rostro de ese niño triste marcado por la separación de sus padres…

    Este amor que nos lleva a compartir las cargas y el peso que tiene que soportar el hermano es un amor «salvador», porque libera de la soledad e introduce una esperanza nueva en quien sufre, pues se siente acompañado en su aflicción.[/align]
    [align=right]José Antonio Pagola[/align]

    También el de Kamiano.

    SERVIR COMO MARIA

    [align=justify]El Espíritu nos lleva a servir con amor, como María. Carros de corazones que se esparcen por el camino y encuentran su concreción en la prima Isabel. Dos mujeres embarazadas que comparten el proyecto de vivir para Dios. María partió. No se lo pensó. Siempre es tiempo para servir. Y hacerlo con esa decisión, alegría, entrega es, sin duda, motivo para que nosotros también nos fijemos en ella y en cómo ella hace tanto bien y de manera tan callada. El Espíritu transporta a María. Si nos dejáramos conducir por el Espíritu, otro gallo cantaría –además del de la Misa del Gallo-. Con María sigamos las sendas de la Misericordia. Feliz semana, felices días de vivir en esperanza.[/align]

    [align=right]Texto: Fernando Cordero, ss. cc. [/align]
    [align=right]Dibujo: Patxi Velasco, FANO[/align][attachment=1]20-12-2015.jpg[/attachment]

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