Inicio Foros Formación cofrade Evangelio Dominical y Festividades Evangelio del domingo 21/02/2016 2º Cuaresma

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    Anónimo
    Inactivo

    Mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió

    Lectura del santo Evangelio según San Lucas

    En aquel tiempo, Jesús tomó a Pedro, Juan y Santiago, y subió a la montaña para orar.

    Mientras oraba, su rostro cambió de aspecto y sus vestiduras se volvieron de una blancura deslumbrante.

    Y dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías,

    que aparecían revestidos de gloria y hablaban de la partida de Jesús, que iba a cumplirse en Jerusalén.

    Pedro y sus compañeros tenían mucho sueño, pero permanecieron despiertos, y vieron la gloria de Jesús y a los dos hombres que estaban con él.

    Mientras estos se alejaban, Pedro dijo a Jesús: «Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». El no sabía lo que decía.

    Mientras hablaba, una nube los cubrió con su sombra y al entrar en ella, los discípulos se llenaron de temor.

    Desde la nube se oyó entonces una voz que decía: «Este es mi Hijo, el Elegido, escúchenlo».

    Y cuando se oyó la voz, Jesús estaba solo. Los discípulos callaron y durante todo ese tiempo no dijeron a nadie lo que habían visto.

    Palabra del Señor.

    #12840
    Anónimo
    Inactivo

    Os dejo los comentarios al Evangelio.

    ¿DÓNDE ESCUCHAR A JESÚS?

    [align=justify]Entre todos los métodos posibles de leer la Palabra de Dios se está revalorizando cada vez más en algunos sectores cristianos el método llamado lectio divina, muy apreciado en otros tiempos, sobre todo en los monasterios. Consiste en una lectura meditada de la Biblia, orientada directamente a suscitar el encuentro con Dios y la escucha de su Palabra en el fondo del corazón. Esta forma de leer el texto bíblico exige dar diversos pasos.

    Lo primero es leer el texto tratando de captar su sentido original, para evitar cualquier interpretación arbitraria o subjetiva. No es legítimo hacerle decir a la Biblia cualquier cosa, tergiversando su sentido real. Hemos de comprender el texto empleando todas las ayudas que tengamos a mano: una buena traducción, las notas de la Biblia, algún comentario sencillo.

    La meditación supone un paso más. Ahora se trata de acoger la Palabra de Dios meditándola en el fondo del corazón. Para ello se comienza por repetir despacio las palabras fundamentales del texto, tratando de asimilar su mensaje y hacerlo nuestro. Los antiguos decían que es necesario «masticar» o «rumiar» el texto bíblico para «hacerlo descender de la cabeza al corazón». Este momento pide recogimiento y silencio interior, fe en Dios, que me habla, apertura dócil a su voz.

    El tercer momento es la oración. El lector pasa ahora de una actitud de escucha a una postura de respuesta. Esta oración es necesaria para que se establezca el diálogo entre el creyente y Dios. No hace falta hacer grandes esfuerzos de imaginación ni inventar hermosos discursos. Basta preguntarnos con sinceridad: «Señor, ¿qué me quieres decir a través de este texto?, ¿a qué me llamas en concreto?, ¿qué confianza quieres sembrar en mi corazón?».

    Se puede pasar a un cuarto momento, que suele ser designado como contemplación o silencio ante Dios. El creyente descansa en Dios acallando otras voces. Es el momento de estar ante él escuchando solo su amor y su misericordia, sin ninguna otra preocupación o interés.

    Por último, es necesario recordar que la verdadera lectura de la Biblia termina en la vida concreta, y que el criterio para verificar si hemos escuchado a Dios es nuestra conversión. Por eso es necesario pasar de la «Palabra escrita» a la «Palabra vivida». San Nilo, venerable Padre del desierto, decía: «Yo interpreto la Escritura con mi vida».

    Según el relato de la escena del Tabor, los discípulos escuchan esta invitación: «Este es mi Hijo, el escogido; escuchadlo». Una forma de hacerlo es aprender a leer los evangelios de Jesús con este método. Descubriremos un estilo de vida que puede transformar para siempre nuestra existencia.[/align]
    [align=right]José Antonio Pagola[/align]

    PERDIDOS

    [align=justify]Según los expertos, uno de los datos más preocupantes de la sociedad moderna es la «pérdida de referentes». Todos lo podemos comprobar: la religión va perdiendo fuerza en las conciencias; se va diluyendo la moral tradicional; ya no se sabe a ciencia cierta quién puede poseer las claves que orienten la existencia.

    Bastantes educadores no saben qué decir ni en nombre de quién hablar a sus alumnos acerca de la vida. Los padres no saben qué «herencia espiritual» dejar a sus hijos. La cultura se va transformando en modas sucesivas. Los valores del pasado interesan menos que la información de lo inmediato.

    Son muchos los que no saben muy bien dónde fundamentar su vida ni a quién acudir para orientarla. No se sabe dónde encontrar los criterios que puedan regir la manera de vivir, pensar, trabajar, amar o morir. Todo queda sometido al cambio constante de las modas o los gustos del momento.

    Es fácil constatar ya algunas consecuencias. Si no hay a quién acudir, cada cual ha de defenderse como pueda. Algunos viven con una «personalidad prestada», alimentándose de la cultura de la información. Hay quienes buscan algún sucedáneo en las sectas o adentrándose en el mundo seductor de lo «virtual». Por otra parte, son cada vez más los que viven perdidos. No tienen meta ni proyecto. Pronto se convierten en presa fácil de cualquiera que pueda satisfacer sus deseos inmediatos.

    Necesitamos reaccionar. Vivir con un corazón más atento a la verdad última de la vida; detenernos para escuchar las necesidades más hondas de nuestro ser; sintonizar con nuestro verdadero yo. Es fácil que se despierte en nosotros la necesidad de escuchar un mensaje diferente. Tal vez entonces hagamos un espacio mayor a Dios.

    La escena evangélica de Lucas recobra un hondo sentido en nuestros tiempos. Según el relato, los discípulos «se asustan» al quedar cubiertos por una nube. Se sienten solos y perdidos. En medio de la nube escuchan una voz que les dice: «Este es mi Hijo, el escogido. Escuchadlo». Es difícil vivir sin escuchar una voz que ponga luz y esperanza en nuestro corazón.[/align]
    [align=right]José Antonio Pagola[/align]

    ESCUCHAR SOLO A JESÚS

    [align=justify]La escena es considerada tradicionalmente como «la transfiguración de Jesús». No es posible reconstruir con certeza la experiencia que dio origen a este sorprendente relato, solo sabemos que los evangelistas le dan gran importancia pues, según su relato, es una experiencia que deja entrever algo de la verdadera identidad de Jesús.

    En un primer momento, el relato destaca la transformación de su rostro y, aunque vienen a conversar con él Moisés y Elías, tal vez como representantes de la ley y los profetas respectivamente, solo el rostro de Jesús permanece transfigurado y resplandeciente en el centro de la escena.

    Al parecer, los discípulos no captan el contenido profundo de lo que están viviendo, pues Pedro dice a Jesús: «Maestro, qué bien se está aquí. Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». Coloca a Jesús en el mismo plano y al mismo nivel que a los dos grandes personajes bíblicos. A cada uno su tienda. Jesús no ocupa todavía un lugar central y absoluto en su corazón.

    La voz de Dios le va a corregir, revelando la verdadera identidad de Jesús: «Este es mi Hijo, el escogido», el que tiene el rostro transfigurado. No ha de ser confundido con los de Moisés o Elías, que están apagados. «Escuchadle a él». A nadie más. Su Palabra es la única decisiva. Las demás nos han de llevar hasta él.

    Es urgente recuperar en la Iglesia actual la importancia decisiva que tuvo en sus comienzos la experiencia de escuchar en el seno de las comunidades cristianas el relato de Jesús recogido en los evangelios. Estos cuatro escritos constituyen para los cristianos una obra única que no hemos de equiparar al resto de los libros bíblicos.

    Hay algo que solo en ellos podemos encontrar: el impacto causado por Jesús a los primeros que se sintieron atraídos por él y le siguieron. Los evangelios no son libros didácticos que exponen doctrina académica sobre Jesús. Tampoco biografías redactadas para informar con detalle sobre su trayectoria histórica. Son «relatos de conversión» que invitan al cambio, al seguimiento a Jesús y a la identificación con su proyecto.

    Por eso piden ser escuchados en actitud de conversión. Y en esa actitud han de ser leídos, predicados, meditados y guardados en el corazón de cada creyente y de cada comunidad. Una comunidad cristiana que sabe escuchar cada domingo el relato evangélico de Jesús en actitud de conversión, comienza a transformarse. No tiene la Iglesia un potencial más vigoroso de renovación que el que se encierra en estos cuatro pequeños libros.[/align]
    [align=right]José Antonio Pagola[/align]

    También el de Kamiano.

    ENTRE EL TABOR Y LO COTIDIANO

    [align=justify]En el segundo domingo de Cuaresma subimos con Jesús a la montaña a orar. Es en la oración donde acaece la transfiguración, un anticipo del Cristo glorioso. Podríamos pensar con la mentalidad práctica actual si era necesario que se pusiera a rezar. Sin embargo, es precisamente su oración la que nos revela su verdadera identidad. Es el Hijo que se recibe plenamente del Padre, y nos recibe con Él. Así lo afirma Jean Lafrance, un maestro espiritual para nuestro tiempo: “Su oración es la expresión de su ser y nos lo revela. Debemos pues aprender de él la oración o mejor todavía dejar que Él ore en nosotros”. El pasaje de Lc 9,28b-36 es, además, escuela de escucha. Pedro, Juan y Santiago están invitados por el Padre a escuchar con toda su persona: “Este es mi Hijo, el escogido, escuchadle”. Es difícil vivir sin una luz que ilumine nuestra existencia, que pueble de sentido nuestros oídos, que caldee nuestros corazones y nos lance al compromiso. El religioso camilo José Carlos Bermejo nos indica cómo se aprende a escuchar, la primera actitud de los cristianos: “capacitándose en el arte de hacer silencio interior, pasa por la disposición a centrarse en el otro, poniéndose a sí mismo entre paréntesis, aprendiendo a manejar los sentimientos que produce el encuentro con la alteridad, especialmente el encuentro con la vulnerabilidad ajena”. Ponernos en el lugar de Jesús, en ese momento de transfiguración, de luz, de felicidad. Y también en ese anuncio de su muerte en Jerusalén, sin quedarnos dormidos. Podemos decir que la vida cristiana es una experiencia a dos tiempos: es un proceso de transfiguración en el que está presente el componente de entrega, de sufrimiento, de compromiso. Felicidad y esfuerzo, Tabor y Calvario. No podemos potenciar solamente una de las dos dimensiones. Los seguidores de Jesús aceptamos la vida en lo que tiene de dolor, esfuerzo, camino, pero sin añadir más dureza a la existencia. Después de la escucha, hemos permanecer en el silencio ante el Misterio de lo que acontece y se desarrolla en la experiencia propia del Pueblo de Dios.[/align]

    Escuchar a Dios y al pueblo

    [align=justify]El beato Óscar Romero desarrolló la sensibilidad de escuchar a Cristo y al Pueblo. Ante de hablar, escuchaba a su pueblo. Pero no escuchó para paralizar sus opiniones, sino que las tomó en cuenta muy seriamente. Su última carta pastoral la escribió tras hacer un proceso de consulta con las comunidades cristianas. Así lo comenta él mismo: “Y a esto se junta la madurez de nuestra arquidiócesis, a la cual he consultado para escribir esta carta pastoral. Yo saludo en ustedes esa madurez, esa audacia, esa opción preferencial por los pobres, esa riqueza de ideas que ustedes me han dado en esa consulta” (homilía del 6 de agosto de 1979). Esta manera de proceder sigue siendo un desafío para la Iglesia hoy, y para cualquier cristiano que vive su fe en comunidad, en el ámbito familiar o laboral. Escuchar a los otros atentamente y tomarlos en cuenta. Cuando no se toma en serio la realidad, el clamor de los pobres y la transfiguración del pueblo, la Iglesia puede caer en la tentación de quedarse “en las nubes”. El arzobispo Romero nos recuerda, igual que Jesús, que hay que “bajar”, para encarnarse en los problemas del pueblo y contribuir a transfigurarlo: “Es muy bonito vivir una piedad de solo cantos y rezos, de solo meditaciones espirituales, de solo contemplación. Ya llegará eso en la hora del cielo, donde no habrá injusticias, donde el pecado no será una realidad que los cristianos tenemos que destronar. Ahora, les decía Cristo a los apóstoles contemplativos en el Tabor, queriéndose quedar allí para siempre, bajemos, hay que trabajar” (homilía del 19 de noviembre de 1978).[/align]

    Bajar de la nube de la autosatisfacción

    [align=justify]Hay mucho camino que recorrer, mucho por hacer. No podemos quedarnos de brazos cruzados adelantando la gloria sin pasar por la cruz. No podemos desconectarnos de la realidad de cada día amparándonos en la “música celestial”. Con gran acierto lo expresa Luis Juanós, monje de Montserrat: “No hay cielo ni tierra prometida para los que viven en la nube de la autosatisfacción, ignorando a los demás, para los que suspiran por el cielo despreciando la tierra, y quieren llegar al cielo sin transformar el mundo rehuyendo el ruido de la vida cotidiana”. Subamos, pues, en este tiempo de cuaresma a la montaña a orar, con Jesús, para tener la experiencia de su gloria y así poder afrontar los desafíos del día a día en el duro camino hacia la cruz. Necesitamos instantes de transfiguración: contemplar su luz resplandeciente que venza nuestra mirada miope y gris. Luz que ilumine la oscuridad que a veces parece envolver la realidad y el transcurrir diario. Y luego bajar del monte, porque lo nuestro no es estar arriba sino abajo, no quedarnos en las nubes sino convivir y comprometernos con los peregrinos de la tierra. Pero no olvidemos las señales de Jesús, su invitación a que vayamos a lo esencial: el Padre. No podemos olvidar la fuente: Dios. A veces nos da reparo hablar de Él, no tanto de los pobres, del compromiso o de hacer cosas por los demás. Todo ello está ciertamente genial y es lo que debemos hacer. Pero sin olvidarnos de esos ratos de monte Tabor, de encuentro profundo que ensancha el alma y nos hace tender hacia un horizonte de esperanza ilimitado. Jesús nos señala al Padre. Jesús siempre nos ayuda a alcanzar la meta. Su orientación es auténtica, porque vive de la voluntad del Padre, está “agarrado” por el Abba. Entremos en las “señales” de Dios, respetémoslas, así seremos conducidos a la alegría de un Tabor sin fin, hecho de compromisos y gestos concretos, pero con Dios como fuente y fin.[/align]
    [align=right]Dibujo: Patxi Velasco FANO

    Texto: Fernando Cordero ss.cc. –[/align]

    Fraternalmente.-

    #18893
    Anónimo
    Inactivo

    Os dejo los comentarios al Evangelio.

    ¿DÓNDE ESCUCHAR A JESÚS?

    [align=justify]Entre todos los métodos posibles de leer la Palabra de Dios se está revalorizando cada vez más en algunos sectores cristianos el método llamado lectio divina, muy apreciado en otros tiempos, sobre todo en los monasterios. Consiste en una lectura meditada de la Biblia, orientada directamente a suscitar el encuentro con Dios y la escucha de su Palabra en el fondo del corazón. Esta forma de leer el texto bíblico exige dar diversos pasos.

    Lo primero es leer el texto tratando de captar su sentido original, para evitar cualquier interpretación arbitraria o subjetiva. No es legítimo hacerle decir a la Biblia cualquier cosa, tergiversando su sentido real. Hemos de comprender el texto empleando todas las ayudas que tengamos a mano: una buena traducción, las notas de la Biblia, algún comentario sencillo.

    La meditación supone un paso más. Ahora se trata de acoger la Palabra de Dios meditándola en el fondo del corazón. Para ello se comienza por repetir despacio las palabras fundamentales del texto, tratando de asimilar su mensaje y hacerlo nuestro. Los antiguos decían que es necesario «masticar» o «rumiar» el texto bíblico para «hacerlo descender de la cabeza al corazón». Este momento pide recogimiento y silencio interior, fe en Dios, que me habla, apertura dócil a su voz.

    El tercer momento es la oración. El lector pasa ahora de una actitud de escucha a una postura de respuesta. Esta oración es necesaria para que se establezca el diálogo entre el creyente y Dios. No hace falta hacer grandes esfuerzos de imaginación ni inventar hermosos discursos. Basta preguntarnos con sinceridad: «Señor, ¿qué me quieres decir a través de este texto?, ¿a qué me llamas en concreto?, ¿qué confianza quieres sembrar en mi corazón?».

    Se puede pasar a un cuarto momento, que suele ser designado como contemplación o silencio ante Dios. El creyente descansa en Dios acallando otras voces. Es el momento de estar ante él escuchando solo su amor y su misericordia, sin ninguna otra preocupación o interés.

    Por último, es necesario recordar que la verdadera lectura de la Biblia termina en la vida concreta, y que el criterio para verificar si hemos escuchado a Dios es nuestra conversión. Por eso es necesario pasar de la «Palabra escrita» a la «Palabra vivida». San Nilo, venerable Padre del desierto, decía: «Yo interpreto la Escritura con mi vida».

    Según el relato de la escena del Tabor, los discípulos escuchan esta invitación: «Este es mi Hijo, el escogido; escuchadlo». Una forma de hacerlo es aprender a leer los evangelios de Jesús con este método. Descubriremos un estilo de vida que puede transformar para siempre nuestra existencia.[/align]
    [align=right]José Antonio Pagola[/align]

    PERDIDOS

    [align=justify]Según los expertos, uno de los datos más preocupantes de la sociedad moderna es la «pérdida de referentes». Todos lo podemos comprobar: la religión va perdiendo fuerza en las conciencias; se va diluyendo la moral tradicional; ya no se sabe a ciencia cierta quién puede poseer las claves que orienten la existencia.

    Bastantes educadores no saben qué decir ni en nombre de quién hablar a sus alumnos acerca de la vida. Los padres no saben qué «herencia espiritual» dejar a sus hijos. La cultura se va transformando en modas sucesivas. Los valores del pasado interesan menos que la información de lo inmediato.

    Son muchos los que no saben muy bien dónde fundamentar su vida ni a quién acudir para orientarla. No se sabe dónde encontrar los criterios que puedan regir la manera de vivir, pensar, trabajar, amar o morir. Todo queda sometido al cambio constante de las modas o los gustos del momento.

    Es fácil constatar ya algunas consecuencias. Si no hay a quién acudir, cada cual ha de defenderse como pueda. Algunos viven con una «personalidad prestada», alimentándose de la cultura de la información. Hay quienes buscan algún sucedáneo en las sectas o adentrándose en el mundo seductor de lo «virtual». Por otra parte, son cada vez más los que viven perdidos. No tienen meta ni proyecto. Pronto se convierten en presa fácil de cualquiera que pueda satisfacer sus deseos inmediatos.

    Necesitamos reaccionar. Vivir con un corazón más atento a la verdad última de la vida; detenernos para escuchar las necesidades más hondas de nuestro ser; sintonizar con nuestro verdadero yo. Es fácil que se despierte en nosotros la necesidad de escuchar un mensaje diferente. Tal vez entonces hagamos un espacio mayor a Dios.

    La escena evangélica de Lucas recobra un hondo sentido en nuestros tiempos. Según el relato, los discípulos «se asustan» al quedar cubiertos por una nube. Se sienten solos y perdidos. En medio de la nube escuchan una voz que les dice: «Este es mi Hijo, el escogido. Escuchadlo». Es difícil vivir sin escuchar una voz que ponga luz y esperanza en nuestro corazón.[/align]
    [align=right]José Antonio Pagola[/align]

    ESCUCHAR SOLO A JESÚS

    [align=justify]La escena es considerada tradicionalmente como «la transfiguración de Jesús». No es posible reconstruir con certeza la experiencia que dio origen a este sorprendente relato, solo sabemos que los evangelistas le dan gran importancia pues, según su relato, es una experiencia que deja entrever algo de la verdadera identidad de Jesús.

    En un primer momento, el relato destaca la transformación de su rostro y, aunque vienen a conversar con él Moisés y Elías, tal vez como representantes de la ley y los profetas respectivamente, solo el rostro de Jesús permanece transfigurado y resplandeciente en el centro de la escena.

    Al parecer, los discípulos no captan el contenido profundo de lo que están viviendo, pues Pedro dice a Jesús: «Maestro, qué bien se está aquí. Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». Coloca a Jesús en el mismo plano y al mismo nivel que a los dos grandes personajes bíblicos. A cada uno su tienda. Jesús no ocupa todavía un lugar central y absoluto en su corazón.

    La voz de Dios le va a corregir, revelando la verdadera identidad de Jesús: «Este es mi Hijo, el escogido», el que tiene el rostro transfigurado. No ha de ser confundido con los de Moisés o Elías, que están apagados. «Escuchadle a él». A nadie más. Su Palabra es la única decisiva. Las demás nos han de llevar hasta él.

    Es urgente recuperar en la Iglesia actual la importancia decisiva que tuvo en sus comienzos la experiencia de escuchar en el seno de las comunidades cristianas el relato de Jesús recogido en los evangelios. Estos cuatro escritos constituyen para los cristianos una obra única que no hemos de equiparar al resto de los libros bíblicos.

    Hay algo que solo en ellos podemos encontrar: el impacto causado por Jesús a los primeros que se sintieron atraídos por él y le siguieron. Los evangelios no son libros didácticos que exponen doctrina académica sobre Jesús. Tampoco biografías redactadas para informar con detalle sobre su trayectoria histórica. Son «relatos de conversión» que invitan al cambio, al seguimiento a Jesús y a la identificación con su proyecto.

    Por eso piden ser escuchados en actitud de conversión. Y en esa actitud han de ser leídos, predicados, meditados y guardados en el corazón de cada creyente y de cada comunidad. Una comunidad cristiana que sabe escuchar cada domingo el relato evangélico de Jesús en actitud de conversión, comienza a transformarse. No tiene la Iglesia un potencial más vigoroso de renovación que el que se encierra en estos cuatro pequeños libros.[/align]
    [align=right]José Antonio Pagola[/align]

    También el de Kamiano.

    ENTRE EL TABOR Y LO COTIDIANO

    [align=justify]En el segundo domingo de Cuaresma subimos con Jesús a la montaña a orar. Es en la oración donde acaece la transfiguración, un anticipo del Cristo glorioso. Podríamos pensar con la mentalidad práctica actual si era necesario que se pusiera a rezar. Sin embargo, es precisamente su oración la que nos revela su verdadera identidad. Es el Hijo que se recibe plenamente del Padre, y nos recibe con Él. Así lo afirma Jean Lafrance, un maestro espiritual para nuestro tiempo: “Su oración es la expresión de su ser y nos lo revela. Debemos pues aprender de él la oración o mejor todavía dejar que Él ore en nosotros”. El pasaje de Lc 9,28b-36 es, además, escuela de escucha. Pedro, Juan y Santiago están invitados por el Padre a escuchar con toda su persona: “Este es mi Hijo, el escogido, escuchadle”. Es difícil vivir sin una luz que ilumine nuestra existencia, que pueble de sentido nuestros oídos, que caldee nuestros corazones y nos lance al compromiso. El religioso camilo José Carlos Bermejo nos indica cómo se aprende a escuchar, la primera actitud de los cristianos: “capacitándose en el arte de hacer silencio interior, pasa por la disposición a centrarse en el otro, poniéndose a sí mismo entre paréntesis, aprendiendo a manejar los sentimientos que produce el encuentro con la alteridad, especialmente el encuentro con la vulnerabilidad ajena”. Ponernos en el lugar de Jesús, en ese momento de transfiguración, de luz, de felicidad. Y también en ese anuncio de su muerte en Jerusalén, sin quedarnos dormidos. Podemos decir que la vida cristiana es una experiencia a dos tiempos: es un proceso de transfiguración en el que está presente el componente de entrega, de sufrimiento, de compromiso. Felicidad y esfuerzo, Tabor y Calvario. No podemos potenciar solamente una de las dos dimensiones. Los seguidores de Jesús aceptamos la vida en lo que tiene de dolor, esfuerzo, camino, pero sin añadir más dureza a la existencia. Después de la escucha, hemos permanecer en el silencio ante el Misterio de lo que acontece y se desarrolla en la experiencia propia del Pueblo de Dios.[/align]

    Escuchar a Dios y al pueblo

    [align=justify]El beato Óscar Romero desarrolló la sensibilidad de escuchar a Cristo y al Pueblo. Ante de hablar, escuchaba a su pueblo. Pero no escuchó para paralizar sus opiniones, sino que las tomó en cuenta muy seriamente. Su última carta pastoral la escribió tras hacer un proceso de consulta con las comunidades cristianas. Así lo comenta él mismo: “Y a esto se junta la madurez de nuestra arquidiócesis, a la cual he consultado para escribir esta carta pastoral. Yo saludo en ustedes esa madurez, esa audacia, esa opción preferencial por los pobres, esa riqueza de ideas que ustedes me han dado en esa consulta” (homilía del 6 de agosto de 1979). Esta manera de proceder sigue siendo un desafío para la Iglesia hoy, y para cualquier cristiano que vive su fe en comunidad, en el ámbito familiar o laboral. Escuchar a los otros atentamente y tomarlos en cuenta. Cuando no se toma en serio la realidad, el clamor de los pobres y la transfiguración del pueblo, la Iglesia puede caer en la tentación de quedarse “en las nubes”. El arzobispo Romero nos recuerda, igual que Jesús, que hay que “bajar”, para encarnarse en los problemas del pueblo y contribuir a transfigurarlo: “Es muy bonito vivir una piedad de solo cantos y rezos, de solo meditaciones espirituales, de solo contemplación. Ya llegará eso en la hora del cielo, donde no habrá injusticias, donde el pecado no será una realidad que los cristianos tenemos que destronar. Ahora, les decía Cristo a los apóstoles contemplativos en el Tabor, queriéndose quedar allí para siempre, bajemos, hay que trabajar” (homilía del 19 de noviembre de 1978).[/align]

    Bajar de la nube de la autosatisfacción

    [align=justify]Hay mucho camino que recorrer, mucho por hacer. No podemos quedarnos de brazos cruzados adelantando la gloria sin pasar por la cruz. No podemos desconectarnos de la realidad de cada día amparándonos en la “música celestial”. Con gran acierto lo expresa Luis Juanós, monje de Montserrat: “No hay cielo ni tierra prometida para los que viven en la nube de la autosatisfacción, ignorando a los demás, para los que suspiran por el cielo despreciando la tierra, y quieren llegar al cielo sin transformar el mundo rehuyendo el ruido de la vida cotidiana”. Subamos, pues, en este tiempo de cuaresma a la montaña a orar, con Jesús, para tener la experiencia de su gloria y así poder afrontar los desafíos del día a día en el duro camino hacia la cruz. Necesitamos instantes de transfiguración: contemplar su luz resplandeciente que venza nuestra mirada miope y gris. Luz que ilumine la oscuridad que a veces parece envolver la realidad y el transcurrir diario. Y luego bajar del monte, porque lo nuestro no es estar arriba sino abajo, no quedarnos en las nubes sino convivir y comprometernos con los peregrinos de la tierra. Pero no olvidemos las señales de Jesús, su invitación a que vayamos a lo esencial: el Padre. No podemos olvidar la fuente: Dios. A veces nos da reparo hablar de Él, no tanto de los pobres, del compromiso o de hacer cosas por los demás. Todo ello está ciertamente genial y es lo que debemos hacer. Pero sin olvidarnos de esos ratos de monte Tabor, de encuentro profundo que ensancha el alma y nos hace tender hacia un horizonte de esperanza ilimitado. Jesús nos señala al Padre. Jesús siempre nos ayuda a alcanzar la meta. Su orientación es auténtica, porque vive de la voluntad del Padre, está “agarrado” por el Abba. Entremos en las “señales” de Dios, respetémoslas, así seremos conducidos a la alegría de un Tabor sin fin, hecho de compromisos y gestos concretos, pero con Dios como fuente y fin.[/align]
    [align=right]Dibujo: Patxi Velasco FANO

    Texto: Fernando Cordero ss.cc. –[/align]

    Fraternalmente.-

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