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19 noviembre, 2013 a las 12:21 #8547
Anónimo
InactivoSeñor, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino.Lectura del santo evangelio según San LucasEn aquel tiempo, las autoridades hacían muecas a Jesús, diciendo:
– «A otros ha salvado; que se salve a si mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido.»
Se burlaban de él también los soldados, ofreciéndole vinagre y diciendo:
– «Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo.»
Habla encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: «Éste es el rey de los judíos.»
Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo:
– «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros.»
Pero el otro lo increpaba:
– «¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha faltado en nada.»
Y decía:
– «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino.»
Jesús le respondió:
– «Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso.»
Palabra del Señor.22 noviembre, 2013 a las 17:03 #12714Anónimo
Inactivo[align=justify]Os adjunto los comentarios al Evangelio de hoy:LA EXPERIENCIA DEL INCURABLETodos sabemos, desde muy temprano, que hemos de morir. Pero vivimos como si la muerte no fuera con nosotros. Nos parece natural que mueran los demás, incluso esos seres queridos cuya desaparición nos apenará profundamente. Pero nos cuesta «imaginar» que también nosotros moriremos. No negamos con nuestra cabeza que algún día lejano e incierto será así. Es otra cosa. C. Castilla del Pino dice que se trata de una singular «negación emocional» que nos permite vivir y proyectar el futuro como si, de hecho, no fuéramos a morir nunca.
Sin embargo, el desarrollo de la medicina moderna está provocando cada vez más situaciones de personas que se ven obligadas a vivir la experiencia de saber o de intuir que, en un plazo más o menos breve, van a vivir su propia muerte. Cualquiera de nosotros puede sufrir hoy una intervención «a vida o muerte» o verse sometido a los largos tratamientos de una enfermedad terminal.
Las reacciones pueden ser diversas. Es normal que, de pronto, se despierte el miedo. La persona se siente «atrapada». Impotente ante un mal que puede acabar con su vida. Enseguida comienzan a brotar preguntas inquietantes: ¿He de morir ya? Y, ¿cuándo y cómo será?, ¿qué sentiré en esos momentos?, ¿qué sucederá después?, ¿terminará todo en la muerte?, ¿será verdad que me encontraré con Dios?
Estas preguntas, planteadas desde una actitud de angustia reprimida y formuladas una y otra vez en lo secreto de uno mismo, no hacen bien. La postura ha de ser otra. Es el momento de vivir más intensamente que nunca el regalo de cada día. Es ahora cuando se puede vivir con más verdad y también con más amor. Sin perder la confianza en Dios, comunicándose con la persona amiga, colaborando con los médicos para vivir con dignidad y sin sufrir mucho.
El doctor Reil, eminente médico del pasado siglo, decía que «los enfermos incurables pierden la vida, pero no la esperanza». Tal vez, éste es el gran reto del incurable: no perder la esperanza. Pero, ¿esperanza en qué?, ¿esperanza en quién? En un Congreso reciente, el profesor Laín Entralgo nos hablaba de esa «esperanza genuina» que, según los estudios del médico de Heilderberg, H. Plügge, habita a la persona ante la muerte, y que se da incluso en quien no profesa religión alguna. Una esperanza oculta que no se orienta hacia este mundo ni hacia las cosas de esta vida, sino que tiende hacia algo indeterminado y apunta a la vida como aspiración firme y segura del ser humano.
El incurable creyente confía todo este anhelo de vida en manos de Dios. Todo lo demás se hace secundario. No importan los errores pasados, la infidelidad o la vida mediocre. Ahora sólo cuenta la bondad y la fuerza salvadora de Dios. Por eso, de su corazón brota una oración semejante a la del malhechor moribundo en la cruz: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino.» Una oración que es invocación confiada, petición de perdón y, sobre todo, acto de fe viva en un Dios salvador.
ACUERDATE DE MÍSegún el relato de Lucas, Jesús ha agonizado en medio de las burlas y desprecios de quienes lo rodean. Nadie parece haber entendido su vida. Nadie parece haber captado su entrega a los que sufren ni su perdón a los culpables. Nadie ha visto en su rostro la mirada compasiva de Dios. Nadie parece ahora intuir en aquella muerte misterio alguno.
Las autoridades religiosas se burlan de él con gestos despectivos: ha pretendido salvar a otros; que se salve ahora a sí mismo. Si es el Mesías de Dios, el “Elegido” por él, ya vendrá Dios en su defensa.
También los soldados se suman a las burlas. Ellos no creen en ningún Enviado de Dios. Se ríen del letrero que Pilatos ha mandado colocar en la cruz: “Este es el rey de los judíos”. Es absurdo que alguien pueda reinar sin poder. Que demuestre su fuerza salvándose a sí mismo.
Jesús permanece callado, pero no desciende de la cruz. ¿Qué haríamos nosotros si el Enviado de Dios buscara su propia salvación escapando de esa cruz que lo une para siempre a todos los crucificados de la historia? ¿Cómo podríamos creer en un Dios que nos abandonara para siempre a nuestra suerte?
De pronto, en medio de tantas burlas y desprecios, una sorprendente invocación: “Jesús, acuérdate de mí cuando
llegues a tu reino”. No es un discípulo ni un seguidor de Jesús. Es un de los dos delincuentes crucificados junto a él. Lucas lo propone como un ejemplo admirable de fe en el Crucificado. Este hombre, a punto de morir ajusticiado, sabe que Jesús es un hombre inocente, que no ha hecho más que bien a todos. Intuye en su vida un misterio que a él se le escapa, pero está convencido de que Jesús no va a ser derrotado por la muerte.
De su corazón nace una súplica. Solo pide a Jesús que no lo olvide: algo podrá hacer por él. Jesús le responde de inmediato: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”. Ahora están los dos unidos en la angustia y la
impotencia, pero Jesús lo acoge como compañero inseparable. Morirán crucificados, pero entrarán juntos en el misterio de Dios.
En medio de la sociedad descreída de nuestros días, no pocos viven desconcertados. No saben si creen o no creen. Casi sin saberlo, llevan en su corazón una fe pequeña y frágil. A veces, sin saber por qué ni cómo, agobiados por el peso de la vida, invocan a Jesús a su manera. “Jesús, acuérdate de mí” y Jesús lo escucha: “Tú estarás siempre conmigo”. Dios tiene sus caminos para encontrarse con cada persona y no siempre pasan por donde le indican los teólogos. Lo decisivo es tener un corazón que escucha la propia conciencia.
“Jesús, acuérdate de mí”. Pásalo.
También el de
Kamiano.[/i] Un rey que sirve, que se arrodilla, que lava los pies. Un rey que da lecciones con su vida. Un rey que nos habla también con su muerte en Cruz. Un rey que es donación, que se abaja y se hace grande en su Amor.
Un rey que rompe nuestros esquemas, nuestros juegos, nuestra manera de actuar… Un rey flexible para lo importante: reinar desde el Amor, en los corazones, en las vidas rotas, en los que buscan, en los que esperan, en los que sufren, en los que tienen corazón misericordioso.
Un rey que sale del tablero del Evangelio y nos invita a un juego nuevo, sin trampas, con entrega, hasta el final.
Un rey que nos invita a participar de su reinado, con el mayor gesto: lavar los pies y amar desde la Cruz, con el perdón, con la entrega, con todo el ser.
Fraternalmente.-
[/align] 22 noviembre, 2013 a las 17:03 #18767Anónimo
Inactivo[align=justify]Os adjunto los comentarios al Evangelio de hoy:LA EXPERIENCIA DEL INCURABLETodos sabemos, desde muy temprano, que hemos de morir. Pero vivimos como si la muerte no fuera con nosotros. Nos parece natural que mueran los demás, incluso esos seres queridos cuya desaparición nos apenará profundamente. Pero nos cuesta «imaginar» que también nosotros moriremos. No negamos con nuestra cabeza que algún día lejano e incierto será así. Es otra cosa. C. Castilla del Pino dice que se trata de una singular «negación emocional» que nos permite vivir y proyectar el futuro como si, de hecho, no fuéramos a morir nunca.
Sin embargo, el desarrollo de la medicina moderna está provocando cada vez más situaciones de personas que se ven obligadas a vivir la experiencia de saber o de intuir que, en un plazo más o menos breve, van a vivir su propia muerte. Cualquiera de nosotros puede sufrir hoy una intervención «a vida o muerte» o verse sometido a los largos tratamientos de una enfermedad terminal.
Las reacciones pueden ser diversas. Es normal que, de pronto, se despierte el miedo. La persona se siente «atrapada». Impotente ante un mal que puede acabar con su vida. Enseguida comienzan a brotar preguntas inquietantes: ¿He de morir ya? Y, ¿cuándo y cómo será?, ¿qué sentiré en esos momentos?, ¿qué sucederá después?, ¿terminará todo en la muerte?, ¿será verdad que me encontraré con Dios?
Estas preguntas, planteadas desde una actitud de angustia reprimida y formuladas una y otra vez en lo secreto de uno mismo, no hacen bien. La postura ha de ser otra. Es el momento de vivir más intensamente que nunca el regalo de cada día. Es ahora cuando se puede vivir con más verdad y también con más amor. Sin perder la confianza en Dios, comunicándose con la persona amiga, colaborando con los médicos para vivir con dignidad y sin sufrir mucho.
El doctor Reil, eminente médico del pasado siglo, decía que «los enfermos incurables pierden la vida, pero no la esperanza». Tal vez, éste es el gran reto del incurable: no perder la esperanza. Pero, ¿esperanza en qué?, ¿esperanza en quién? En un Congreso reciente, el profesor Laín Entralgo nos hablaba de esa «esperanza genuina» que, según los estudios del médico de Heilderberg, H. Plügge, habita a la persona ante la muerte, y que se da incluso en quien no profesa religión alguna. Una esperanza oculta que no se orienta hacia este mundo ni hacia las cosas de esta vida, sino que tiende hacia algo indeterminado y apunta a la vida como aspiración firme y segura del ser humano.
El incurable creyente confía todo este anhelo de vida en manos de Dios. Todo lo demás se hace secundario. No importan los errores pasados, la infidelidad o la vida mediocre. Ahora sólo cuenta la bondad y la fuerza salvadora de Dios. Por eso, de su corazón brota una oración semejante a la del malhechor moribundo en la cruz: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino.» Una oración que es invocación confiada, petición de perdón y, sobre todo, acto de fe viva en un Dios salvador.
ACUERDATE DE MÍSegún el relato de Lucas, Jesús ha agonizado en medio de las burlas y desprecios de quienes lo rodean. Nadie parece haber entendido su vida. Nadie parece haber captado su entrega a los que sufren ni su perdón a los culpables. Nadie ha visto en su rostro la mirada compasiva de Dios. Nadie parece ahora intuir en aquella muerte misterio alguno.
Las autoridades religiosas se burlan de él con gestos despectivos: ha pretendido salvar a otros; que se salve ahora a sí mismo. Si es el Mesías de Dios, el “Elegido” por él, ya vendrá Dios en su defensa.
También los soldados se suman a las burlas. Ellos no creen en ningún Enviado de Dios. Se ríen del letrero que Pilatos ha mandado colocar en la cruz: “Este es el rey de los judíos”. Es absurdo que alguien pueda reinar sin poder. Que demuestre su fuerza salvándose a sí mismo.
Jesús permanece callado, pero no desciende de la cruz. ¿Qué haríamos nosotros si el Enviado de Dios buscara su propia salvación escapando de esa cruz que lo une para siempre a todos los crucificados de la historia? ¿Cómo podríamos creer en un Dios que nos abandonara para siempre a nuestra suerte?
De pronto, en medio de tantas burlas y desprecios, una sorprendente invocación: “Jesús, acuérdate de mí cuando
llegues a tu reino”. No es un discípulo ni un seguidor de Jesús. Es un de los dos delincuentes crucificados junto a él. Lucas lo propone como un ejemplo admirable de fe en el Crucificado. Este hombre, a punto de morir ajusticiado, sabe que Jesús es un hombre inocente, que no ha hecho más que bien a todos. Intuye en su vida un misterio que a él se le escapa, pero está convencido de que Jesús no va a ser derrotado por la muerte.
De su corazón nace una súplica. Solo pide a Jesús que no lo olvide: algo podrá hacer por él. Jesús le responde de inmediato: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”. Ahora están los dos unidos en la angustia y la
impotencia, pero Jesús lo acoge como compañero inseparable. Morirán crucificados, pero entrarán juntos en el misterio de Dios.
En medio de la sociedad descreída de nuestros días, no pocos viven desconcertados. No saben si creen o no creen. Casi sin saberlo, llevan en su corazón una fe pequeña y frágil. A veces, sin saber por qué ni cómo, agobiados por el peso de la vida, invocan a Jesús a su manera. “Jesús, acuérdate de mí” y Jesús lo escucha: “Tú estarás siempre conmigo”. Dios tiene sus caminos para encontrarse con cada persona y no siempre pasan por donde le indican los teólogos. Lo decisivo es tener un corazón que escucha la propia conciencia.
“Jesús, acuérdate de mí”. Pásalo.
También el de
Kamiano.[/i] Un rey que sirve, que se arrodilla, que lava los pies. Un rey que da lecciones con su vida. Un rey que nos habla también con su muerte en Cruz. Un rey que es donación, que se abaja y se hace grande en su Amor.
Un rey que rompe nuestros esquemas, nuestros juegos, nuestra manera de actuar… Un rey flexible para lo importante: reinar desde el Amor, en los corazones, en las vidas rotas, en los que buscan, en los que esperan, en los que sufren, en los que tienen corazón misericordioso.
Un rey que sale del tablero del Evangelio y nos invita a un juego nuevo, sin trampas, con entrega, hasta el final.
Un rey que nos invita a participar de su reinado, con el mayor gesto: lavar los pies y amar desde la Cruz, con el perdón, con la entrega, con todo el ser.
Fraternalmente.-
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