Inicio Foros Formación cofrade Evangelio Dominical y Festividades Evangelio domingo 11/02/2018 6º de Tiempo Ordinario Ciclo B

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  • #10416
    Anónimo
    Inactivo

    La lepra se le quitó, y quedó limpio

    Lectura del santo Evangelio según San Marcos

    En aquel tiempo, se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas:

    «Si quieres, puedes limpiarme».

    Compadecido, extendió la mano y lo tocó, diciendo:

    «Quiero: queda limpio».

    La lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpio.

    Él lo despidió, encargándole severamente:

    «No se lo digas a nadie; pero, para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés, para que les sirva de testimonio»,

    Pero, cuando se fue, empezó a pregonar bien alto y a divulgar el hecho, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo, se quedaba fuera, en lugares solitarios; y aun así acudían a él de todas partes.

    Palabra del Señor.

    #12924
    Anónimo
    Inactivo

    Os dejo los comentarios al Evangelio.

    FRENTE AL CINISMO

    [align=justify]Por mucho que nos tapemos los ojos y nos cerremos los oídos, los datos están ahí con toda su brutalidad. Millones de seres humanos mueren cada año de hambre y desnutrición.

    No hace falta que nadie utilice bombas químicas. No son necesarias armas de destrucción masiva. Nosotros, los pueblos más civilizados del Planeta, nos bastamos para ir destruyendo masivamente seres humanos, desarrollando sin límite alguno nuestro bienestar a costa de exprimir o ignorar a los pueblos más indefensos.

    Ésta es hoy nuestra mayor vergüenza. Tenemos recursos para eliminar el hambre, pero seguimos ciegos nuestra carretera egoísta hacia un bienestar siempre mayor, mientras millones de niños vienen al mundo sólo a sufrir y morir de desnutrición en pocos años.

    Los expertos nos han alertado hace tiempo. Estamos llevando demasiado lejos la desigualdad y el desequilibrio. Los excluidos de la vida no soportan ya tanta burla cruel. Y en Occidente empezamos a sentir cada vez más el acoso, la rebelión desesperada y hasta la reacción violenta de quienes no se resignan a vivir sin esperanza alguna.

    Los teólogos están hablando de la necesidad de introducir en el Planeta una «ética de la compasión universal». Las mentes más lúcidas llaman a funcionar con otro concepto de «desarrollo sostenible» para todos los pueblos. Manos Unidas nos invita a la Campaña contra el Hambre con un lema que lo dice todo: «COMPARTE LO QUE IMPORTA».

    Pero los poderosos de la Tierra siguen ciegos y sordos. No saben impulsar políticas de acercamiento, cooperación y solidaridad. Sólo se les ocurren medidas de fuerza: endurecer las fronteras, frenar la inmigración, controlar el petróleo, defender el propio bienestar…

    Frente a esta actitud cínica y temeraria, hemos de crear otra conciencia en los pueblos ricos de Europa. El próximo domingo podemos hacer un gesto humilde pero significativo. Nuestra aportación a la Campaña contra el Hambre servirá para promocionar entre los pobres el desarrollo, no la guerra.[/align]
    [align=right]José Antonio Pagola[/align]

    CARNAVAL TODO EL AÑO

    [align=justify]Queda limpio.

    Sería un error ver en los Carnavales únicamente desenfreno, inmoralidad y libertinaje. Los estudiosos de las costumbres populares saben analizar también los aspectos positivos que encierran.

    Pocas veces puede el pueblo erigirse, como en estos días, en protagonista de su propia fiesta, sin limitarse a ser mero espectador de un festejo.

    Pocas fiestas ofrecen a las gentes una posibilidad tan rica de desarrollar su creatividad y fantasía, e incluso su sentido crítico.

    Por otra parte, son muchos los que viven el Carnaval con sano regocijo, sin caer en la frivolidad grotesca o la degeneración.

    Más preocupante que los excesos que se puedan cometer estos días es observar que los aspectos más ambiguos y negativos del Carnaval se extienden a la vida de todos los días, fuera ya del clima festivo de estas fechas.

    El disfraz y la máscara no son un juego en la sociedad contemporánea sino todo un estilo de vivir. Hay que ofrecer “buena imagen”, representar bien «el personaje”, aunque uno termine por desconoce su propia identidad.

    Tampoco se produce sólo en Carnaval ese fenómeno, no tan raro hoy entre nosotros, de ridiculizar lo sagrado, parodiar lo espiritual, invertir los valores, hacer de lo religioso una mascarada.

    Por otra parte, romper todo tipo de barreras y límites morales ya no es algo propio de estas fechas, sino el modo de vida de quienes aceptan ciegamente el hedonismo como el valor central de nuestra cultura.

    El esfuerzo ya no está de moda. Todo lo que supone austeridad y disciplina queda arrinconado. Es la hora de dar culto al deseo y al placer inmediato.

    Hay que disfrutar de todo y ahora mismo. Excitación permanente. Sexo a la carta. Seguir los impulsos. Gustarlo todo, hacerlo todo, ir siempre más lejos, buscar nuevas combinaciones.

    Lo lamentable es que, cuando el Carnaval deja de ser una fiesta para convertirse en un modo de vida, la persona se disuelve, la existencia se vacía, el ser humano se envilece.

    La vida convertida en orgía repetitiva y sin misterio pierde su sabor más sano. La violación permanente de toda regla crea vacío. La persona, travestida y disfrazada con mil máscaras, olvida su verdadero rostro.

    Del Carnaval no nace un hombre nuevo y esperanzado sino un ser triste, cansado y aburrido.[/align]
    [align=right]José Antonio Pagola[/align]

    EXPERIENCIA SANA DE LA CULPA

    [align=justify]No hace falta haber leído mucho a Sigmund Freud para comprobar cómo una falsa exaltación de la culpa ha invadido, coloreado y muchas veces pervertido la experiencia religiosa de no pocos creyentes. Basta nombrarles a Dios para que lo asocien inmediatamente a sentimientos de culpa, remordimiento y temor a castigos eternos. El recuerdo de Dios les hace sentirse mal.

    Les parece que Dios está siempre ahí para recordarnos nuestra indignidad. No puede uno presentarse ante él si no se humilla antes a sí mismo. Es el paso obligado. Estas personas solo se sienten seguras ante Dios repitiendo incesantemente: «Por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa».

    Esta forma de vivir ante Dios es poco sana. Esa «culpa persecutoria», además de ser estéril, puede destruir a la persona. El individuo fácilmente termina centrándolo todo en su culpa. Es la culpa la que moviliza su experiencia religiosa, sus plegarias, ritos y sacrificios. Una tristeza y un malestar secreto se instalan entonces en el centro de su religión. No es extraño que personas que han tenido una experiencia tan negativa un día lo abandonen todo.

    Sin embargo, no es ese el camino más acertado hacia la curación. Es un error eliminar de nosotros el sentimiento de culpa. Carl Gustav Jung y Carlos Castilla del Pino, entre otros, nos han advertido de los peligros que encierra la negación de la culpa. Vivir «sin culpa» sería vivir desorientado en el mundo de los valores. El individuo que no sabe registrar el daño que está haciéndose a sí mismo o a los demás nunca se transformará ni crecerá como persona.

    Hay un sentimiento de culpa que es necesario para construir la vida, porque introduce una autocrítica sana y fecunda, pone en marcha una dinámica de transformación y conduce a vivir mejor y con más dignidad.

    Como siempre, lo importante es saber en qué Dios cree uno. Si Dios es un ser exigente y siempre insatisfecho, que lo controla todo con ojos de juez vigilante sin que nada se le escape, la fe en ese Dios podrá generar angustia e impotencia ante la perfección nunca lograda. Si Dios, por el contrario, es el Dios vivo de Jesucristo, el amigo de la vida y aliado de la felicidad humana, la fe en ese Dios engendrará un sentimiento de culpa sano y sanador, que impulsará a vivir de forma más digna y responsable.

    La oración del leproso a Jesús puede ser estímulo para una invocación confiada a Dios desde la experiencia de culpa: «Si quieres, puedes limpiarme». Esta oración es reconocimiento de la culpa, pero es también confianza en la misericordia de Dios y deseo de transformar la vida.[/align]
    [align=right]José Antonio Pagola[/align]

    AMIGO DE LOS EXCLUIDOS

    [align=justify]Jesús era muy sensible al sufrimiento de quienes encontraba en su camino, marginados por la sociedad, despreciados por la religión o rechazados por los sectores que se consideraban superiores moral o religiosamente.

    Es algo que le sale de dentro. Sabe que Dios no discrimina a nadie. No rechaza ni excomulga. No es solo de los buenos. A todos acoge y bendice. Jesús tenía la costumbre de levantarse de madrugada para orar. En cierta ocasión desvela cómo contempla el amanecer: «Dios hace salir su sol sobre buenos y malos». Así es él.

    Por eso, a veces, reclama con fuerza que cesen todas las condenas: «No juzguéis y no seréis juzgados». Otras, narra pequeñas parábolas para pedir que nadie se dedique a «separar el trigo y la cizaña» como si fuera el juez supremo de todos.

    Pero lo más admirable es su actuación. El rasgo más original y provocativo de Jesús fue su costumbre de comer con pecadores, prostitutas y gentes indeseables. El hecho es insólito. Nunca se había visto en Israel a alguien con fama de «hombre de Dios» comiendo y bebiendo animadamente con pecadores.

    Los dirigentes religiosos más respetables no lo pudieron soportar. Su reacción fue agresiva: «Ahí tenéis a un comilón y borracho, amigo de pecadores». Jesús no se defendió. Era cierto. En lo más íntimo de su ser sentía un respeto grande y una amistad conmovedora hacia los rechazados por la sociedad o la religión.

    Marcos recoge en su relato la curación de un leproso para destacar esa predilección de Jesús por los excluidos. Jesús está atravesando una región solitaria. De pronto se le acerca un leproso. No viene acompañado por nadie. Vive en la soledad. Lleva en su piel la marca de su exclusión. Las leyes lo condenan a vivir apartado de todos. Es un ser impuro.

    De rodillas, el leproso hace a Jesús una súplica humilde. Se siente sucio. No le habla de enfermedad. Solo quiere verse limpio de todo estigma: «Si quieres, puedes limpiarme». Jesús se conmueve al ver a sus pies aquel ser humano desfigurado por la enfermedad y el abandono de todos. Aquel hombre representa la soledad y la desesperación de tantos estigmatizados. Jesús «extiende su mano» buscando el contacto con su piel, «lo toca» y le dice: «Quiero. Queda limpio».

    Siempre que discriminamos desde nuestra supuesta superioridad moral a diferentes grupos humanos (vagabundos, prostitutas, toxicómanos, sidóticos, inmigrantes, homosexuales…), o los excluimos de la convivencia negándoles nuestra acogida, nos estamos alejando gravemente de Jesús.[/align]
    [align=right]José Antonio Pagola[/align]

    También el de Kamiano.

    UN AGUA QUE LIMPIA Y RESTAURA

    [align=justify]Jesús nos limpia con el agua de la Vida. El sanador herido libera a los enfermos de su carga, especialmente aquellos que están excluidos de la sociedad.

    Desde el bautismo, la Vida se nos desparrama en un agua nueva que nos injerta en la libertad de los hijos de Dios. El Amor del Padre nos cae en gotas y gotas que nos llenan de sentido, de esperanza y de calor del Corazón.

    Como Él hoy, Manos Unidas, nuestros hermanos de Pastoral de la Salud, se dedican a los protagonistas del Evangelio. Con ellos, sentimos el baño del agua que nos regenera. ¡Todos con Manos Unidas! ¡Todos con la Pastoral de la Salud![/align]
    [align=right]Dibujo: Patxi Velasco Fano

    Texto: Fernando Cordero ss.cc[/align]

    #18977
    Anónimo
    Inactivo

    Os dejo los comentarios al Evangelio.

    FRENTE AL CINISMO

    [align=justify]Por mucho que nos tapemos los ojos y nos cerremos los oídos, los datos están ahí con toda su brutalidad. Millones de seres humanos mueren cada año de hambre y desnutrición.

    No hace falta que nadie utilice bombas químicas. No son necesarias armas de destrucción masiva. Nosotros, los pueblos más civilizados del Planeta, nos bastamos para ir destruyendo masivamente seres humanos, desarrollando sin límite alguno nuestro bienestar a costa de exprimir o ignorar a los pueblos más indefensos.

    Ésta es hoy nuestra mayor vergüenza. Tenemos recursos para eliminar el hambre, pero seguimos ciegos nuestra carretera egoísta hacia un bienestar siempre mayor, mientras millones de niños vienen al mundo sólo a sufrir y morir de desnutrición en pocos años.

    Los expertos nos han alertado hace tiempo. Estamos llevando demasiado lejos la desigualdad y el desequilibrio. Los excluidos de la vida no soportan ya tanta burla cruel. Y en Occidente empezamos a sentir cada vez más el acoso, la rebelión desesperada y hasta la reacción violenta de quienes no se resignan a vivir sin esperanza alguna.

    Los teólogos están hablando de la necesidad de introducir en el Planeta una «ética de la compasión universal». Las mentes más lúcidas llaman a funcionar con otro concepto de «desarrollo sostenible» para todos los pueblos. Manos Unidas nos invita a la Campaña contra el Hambre con un lema que lo dice todo: «COMPARTE LO QUE IMPORTA».

    Pero los poderosos de la Tierra siguen ciegos y sordos. No saben impulsar políticas de acercamiento, cooperación y solidaridad. Sólo se les ocurren medidas de fuerza: endurecer las fronteras, frenar la inmigración, controlar el petróleo, defender el propio bienestar…

    Frente a esta actitud cínica y temeraria, hemos de crear otra conciencia en los pueblos ricos de Europa. El próximo domingo podemos hacer un gesto humilde pero significativo. Nuestra aportación a la Campaña contra el Hambre servirá para promocionar entre los pobres el desarrollo, no la guerra.[/align]
    [align=right]José Antonio Pagola[/align]

    CARNAVAL TODO EL AÑO

    [align=justify]Queda limpio.

    Sería un error ver en los Carnavales únicamente desenfreno, inmoralidad y libertinaje. Los estudiosos de las costumbres populares saben analizar también los aspectos positivos que encierran.

    Pocas veces puede el pueblo erigirse, como en estos días, en protagonista de su propia fiesta, sin limitarse a ser mero espectador de un festejo.

    Pocas fiestas ofrecen a las gentes una posibilidad tan rica de desarrollar su creatividad y fantasía, e incluso su sentido crítico.

    Por otra parte, son muchos los que viven el Carnaval con sano regocijo, sin caer en la frivolidad grotesca o la degeneración.

    Más preocupante que los excesos que se puedan cometer estos días es observar que los aspectos más ambiguos y negativos del Carnaval se extienden a la vida de todos los días, fuera ya del clima festivo de estas fechas.

    El disfraz y la máscara no son un juego en la sociedad contemporánea sino todo un estilo de vivir. Hay que ofrecer “buena imagen”, representar bien «el personaje”, aunque uno termine por desconoce su propia identidad.

    Tampoco se produce sólo en Carnaval ese fenómeno, no tan raro hoy entre nosotros, de ridiculizar lo sagrado, parodiar lo espiritual, invertir los valores, hacer de lo religioso una mascarada.

    Por otra parte, romper todo tipo de barreras y límites morales ya no es algo propio de estas fechas, sino el modo de vida de quienes aceptan ciegamente el hedonismo como el valor central de nuestra cultura.

    El esfuerzo ya no está de moda. Todo lo que supone austeridad y disciplina queda arrinconado. Es la hora de dar culto al deseo y al placer inmediato.

    Hay que disfrutar de todo y ahora mismo. Excitación permanente. Sexo a la carta. Seguir los impulsos. Gustarlo todo, hacerlo todo, ir siempre más lejos, buscar nuevas combinaciones.

    Lo lamentable es que, cuando el Carnaval deja de ser una fiesta para convertirse en un modo de vida, la persona se disuelve, la existencia se vacía, el ser humano se envilece.

    La vida convertida en orgía repetitiva y sin misterio pierde su sabor más sano. La violación permanente de toda regla crea vacío. La persona, travestida y disfrazada con mil máscaras, olvida su verdadero rostro.

    Del Carnaval no nace un hombre nuevo y esperanzado sino un ser triste, cansado y aburrido.[/align]
    [align=right]José Antonio Pagola[/align]

    EXPERIENCIA SANA DE LA CULPA

    [align=justify]No hace falta haber leído mucho a Sigmund Freud para comprobar cómo una falsa exaltación de la culpa ha invadido, coloreado y muchas veces pervertido la experiencia religiosa de no pocos creyentes. Basta nombrarles a Dios para que lo asocien inmediatamente a sentimientos de culpa, remordimiento y temor a castigos eternos. El recuerdo de Dios les hace sentirse mal.

    Les parece que Dios está siempre ahí para recordarnos nuestra indignidad. No puede uno presentarse ante él si no se humilla antes a sí mismo. Es el paso obligado. Estas personas solo se sienten seguras ante Dios repitiendo incesantemente: «Por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa».

    Esta forma de vivir ante Dios es poco sana. Esa «culpa persecutoria», además de ser estéril, puede destruir a la persona. El individuo fácilmente termina centrándolo todo en su culpa. Es la culpa la que moviliza su experiencia religiosa, sus plegarias, ritos y sacrificios. Una tristeza y un malestar secreto se instalan entonces en el centro de su religión. No es extraño que personas que han tenido una experiencia tan negativa un día lo abandonen todo.

    Sin embargo, no es ese el camino más acertado hacia la curación. Es un error eliminar de nosotros el sentimiento de culpa. Carl Gustav Jung y Carlos Castilla del Pino, entre otros, nos han advertido de los peligros que encierra la negación de la culpa. Vivir «sin culpa» sería vivir desorientado en el mundo de los valores. El individuo que no sabe registrar el daño que está haciéndose a sí mismo o a los demás nunca se transformará ni crecerá como persona.

    Hay un sentimiento de culpa que es necesario para construir la vida, porque introduce una autocrítica sana y fecunda, pone en marcha una dinámica de transformación y conduce a vivir mejor y con más dignidad.

    Como siempre, lo importante es saber en qué Dios cree uno. Si Dios es un ser exigente y siempre insatisfecho, que lo controla todo con ojos de juez vigilante sin que nada se le escape, la fe en ese Dios podrá generar angustia e impotencia ante la perfección nunca lograda. Si Dios, por el contrario, es el Dios vivo de Jesucristo, el amigo de la vida y aliado de la felicidad humana, la fe en ese Dios engendrará un sentimiento de culpa sano y sanador, que impulsará a vivir de forma más digna y responsable.

    La oración del leproso a Jesús puede ser estímulo para una invocación confiada a Dios desde la experiencia de culpa: «Si quieres, puedes limpiarme». Esta oración es reconocimiento de la culpa, pero es también confianza en la misericordia de Dios y deseo de transformar la vida.[/align]
    [align=right]José Antonio Pagola[/align]

    AMIGO DE LOS EXCLUIDOS

    [align=justify]Jesús era muy sensible al sufrimiento de quienes encontraba en su camino, marginados por la sociedad, despreciados por la religión o rechazados por los sectores que se consideraban superiores moral o religiosamente.

    Es algo que le sale de dentro. Sabe que Dios no discrimina a nadie. No rechaza ni excomulga. No es solo de los buenos. A todos acoge y bendice. Jesús tenía la costumbre de levantarse de madrugada para orar. En cierta ocasión desvela cómo contempla el amanecer: «Dios hace salir su sol sobre buenos y malos». Así es él.

    Por eso, a veces, reclama con fuerza que cesen todas las condenas: «No juzguéis y no seréis juzgados». Otras, narra pequeñas parábolas para pedir que nadie se dedique a «separar el trigo y la cizaña» como si fuera el juez supremo de todos.

    Pero lo más admirable es su actuación. El rasgo más original y provocativo de Jesús fue su costumbre de comer con pecadores, prostitutas y gentes indeseables. El hecho es insólito. Nunca se había visto en Israel a alguien con fama de «hombre de Dios» comiendo y bebiendo animadamente con pecadores.

    Los dirigentes religiosos más respetables no lo pudieron soportar. Su reacción fue agresiva: «Ahí tenéis a un comilón y borracho, amigo de pecadores». Jesús no se defendió. Era cierto. En lo más íntimo de su ser sentía un respeto grande y una amistad conmovedora hacia los rechazados por la sociedad o la religión.

    Marcos recoge en su relato la curación de un leproso para destacar esa predilección de Jesús por los excluidos. Jesús está atravesando una región solitaria. De pronto se le acerca un leproso. No viene acompañado por nadie. Vive en la soledad. Lleva en su piel la marca de su exclusión. Las leyes lo condenan a vivir apartado de todos. Es un ser impuro.

    De rodillas, el leproso hace a Jesús una súplica humilde. Se siente sucio. No le habla de enfermedad. Solo quiere verse limpio de todo estigma: «Si quieres, puedes limpiarme». Jesús se conmueve al ver a sus pies aquel ser humano desfigurado por la enfermedad y el abandono de todos. Aquel hombre representa la soledad y la desesperación de tantos estigmatizados. Jesús «extiende su mano» buscando el contacto con su piel, «lo toca» y le dice: «Quiero. Queda limpio».

    Siempre que discriminamos desde nuestra supuesta superioridad moral a diferentes grupos humanos (vagabundos, prostitutas, toxicómanos, sidóticos, inmigrantes, homosexuales…), o los excluimos de la convivencia negándoles nuestra acogida, nos estamos alejando gravemente de Jesús.[/align]
    [align=right]José Antonio Pagola[/align]

    También el de Kamiano.

    UN AGUA QUE LIMPIA Y RESTAURA

    [align=justify]Jesús nos limpia con el agua de la Vida. El sanador herido libera a los enfermos de su carga, especialmente aquellos que están excluidos de la sociedad.

    Desde el bautismo, la Vida se nos desparrama en un agua nueva que nos injerta en la libertad de los hijos de Dios. El Amor del Padre nos cae en gotas y gotas que nos llenan de sentido, de esperanza y de calor del Corazón.

    Como Él hoy, Manos Unidas, nuestros hermanos de Pastoral de la Salud, se dedican a los protagonistas del Evangelio. Con ellos, sentimos el baño del agua que nos regenera. ¡Todos con Manos Unidas! ¡Todos con la Pastoral de la Salud![/align]
    [align=right]Dibujo: Patxi Velasco Fano

    Texto: Fernando Cordero ss.cc[/align]

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