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  • #9053
    Anónimo
    Inactivo

    «La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros.»

    Lectura del santo evangelio según San Juan.

    En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios.

    La Palabra en el principio estaba junto a Dios.

    Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho.

    En la Palabra habla vida, y la vida era la luz de los hombres.

    La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió.

    Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe.

    No era él la luz, sino testigo de la luz.

    La Palabra era la luz verdadera, ,que alumbra a todo hombre.

    Al mundo vino, y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció.

    Vino a su casa, y los suyos no la recibieron.

    Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre.

    Éstos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios.

    Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad.

    Juan da testimonio de él y grita diciendo:

    «Éste es de quien dije: «El que viene detrás de mí pasa delante de mí, porque existía antes que yo.»»

    Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia.

    Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo.

    A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.

    Palabra del Señor.

    #12789
    Anónimo
    Inactivo

    [align=justify]Os dejo los comentarios al Evangelio de la fiesta de Navidad:

    ALEGRIA PARA EL PUEBLO

    Hay cosas que sólo la gente sencilla sabe captar. Verdades que sólo el pueblo es capaz de intuir. Alegrías que solamente los pobres pueden disfrutar.

    Así es el nacimiento del Salvador en Belén. La gran alegría para todo el pueblo. No algo para ricos y gente pudiente. Un acontecimiento que sólo los cultos y sabios puedan entender. Algo reservado a minorías selectas. Es un acontecimiento popular. Una alegría para todo el pueblo.

    Más aún. Son unos pobres pastores, considerados en la sociedad judía como gente poco honrada, marginados por muchos como pecadores, los únicos que están despiertos para escuchar la noticia.

    Hoy también es así, aunque, con frecuencia, las clases más pobres y marginadas hayan quedado muy distantes de nuestra Iglesia.

    Dios es gratuito, y es acogido más fácilmente por el pueblo pobre que por aquéllos que piensan poder adquirirlo todo con dinero.

    Dios es sencillo, y está más cerca del pueblo sencillo y simple que de aquéllos cuyas energías, esfuerzos y trabajos están obsesivamente dirigidos a tener siempre más.

    Dios es bueno, y le entienden mejor los que saben quererse como hermanos que aquéllos que viven egoístamente, tratando de estrujarle a la vida toda clase de felicidad.

    Hoy sigue siendo verdad lo que insinúa el relato de la primera Navidad. Los pobres tienen un corazón más abierto al evangelio que aquellos que viven satisfechos. Su corazón encierra una «sensibilidad hacia el evangelio» que en los ricos ha quedado, con frecuencia, como atrofiada.

    Tienen razón los místicos cuando nos dicen que para acoger a Dios es necesario «vaciarnos», «despojarnos» y «volvernos pobres».

    Mientras vivamos buscando únicamente la satisfacción de todos nuestros deseos, ajenos al sufrimiento ajeno, conoceremos distintos grados de excitación, pero no la alegría que se anuncia a los pastores de Belén.

    Mientras sigamos alentando nuestros deseos de posesión, no se podrá cantar entre nosotros la paz que se entonó en Belén: «La idea de que se puede fomentar la paz mientras se alientan los esfuerzos de posesión y lucro es una ilusión».

    Tendremos cada vez más cosas para disfrutar, pero no llenarán nuestro vacío interior, nuestro aburrimiento y soledad. Alcanzaremos logros cada vez más notables, pero crecerá entre nosotros la rivalidad, el antagonismo y la lucha despiadada.

    EL ROSTRO HUMANO DE DIOS

    El cuarto evangelio comienza con un prólogo muy especial. Es una especie de himno que, desde los primeros siglos, ayudó decisivamente a los cristianos a ahondar en el misterio encerrado en Jesús. Si lo escuchamos con fe sencilla, también hoy nos puede ayudar a creer en Jesús de manera más profunda. Solo nos detenemos en algunas afirmaciones centrales.

    «La Palabra de Dios se ha hecho carne». Dios no es mudo. No ha permanecido callado, encerrado para siempre en su Misterio. Dios se nos ha querido comunicar. Ha querido hablarnos, decirnos su amor, explicarnos su proyecto. Jesús es sencillamente el Proyecto de Dios hecho carne.

    Dios no se nos ha comunicado por medio de conceptos y doctrinas sublimes que solo pueden entender los doctos. Su Palabra se ha encarnado en la vida entrañable de Jesús, para que lo puedan entender hasta los más sencillos, los que saben conmoverse ante la bondad, el amor y la verdad que se encierra en su vida.

    Esta Palabra de Dios «ha acampado entre nosotros». Han desaparecido las distancias. Dios se ha hecho «carne». Habita entre nosotros. Para encontrarnos con él, no tenemos que salir fuera del mundo, sino acercarnos a Jesús. Para conocerlo, no hay que estudiar teología, sino sintonizar con Jesús, comulgar con él.

    «A Dios nadie lo ha visto jamás». Los profetas, los sacerdotes, los maestros de la ley hablaban mucho de Dios, pero ninguno había visto su rostro. Lo mismo sucede hoy entre nosotros: en la Iglesia hablamos mucho de Dios, pero nadie lo hemos visto. Solo Jesús, «el Hijo de Dios, que está en el seno del Padre es quien lo ha dado a conocer».

    No lo hemos de olvidar. Solo Jesús nos ha contado cómo es Dios. Solo él es la fuente para acercarnos a su Misterio. ¡Cuántas ideas raquíticas y poco humanas de Dios hemos de desaprender y olvidar para dejarnos atraer y seducir por ese Dios que se nos revela en Jesús!

    Cómo cambia todo cuando uno capta por fin que Jesús es el rostro humano de Dios. Todo se hace más simple y más claro. Ahora sabemos cómo nos mira Dios cuando sufrimos, cómo nos busca cuando nos perdemos, cómo nos entiende y perdona cuando lo negamos. En él se nos revela «la gracia y la verdad» de Dios.

    EN EL PESEBRE

    Se nos mezclan en la imaginación la ternura y la pobreza, el frío y la calidez, la emoción y el miedo. Todo depende de dónde ponga uno el acento, si en una contemplación realista de la escena (un parto poco menos que a la intemperie), o en una mirada espiritual a la buena noticia escondida tras la miseria (el Dios niño que viene a darle la vuelta a la lógica del mundo). Y es que algo de todo esto hay en el pesebre: el dolor y la dicha, la cruz y la cara.

    La cruz

    «Y dio a luz a su hijo primogénito. Lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no habían encontrado sitio en la posada.» (Lc 2, 7)Que ya desde el Nacimiento se apunta esa cruz de la historia, de la vida, de la encarnación. Dios que se hace muy pequeño, y no elige para nacer los salones de gala, las clínicas modernas o los hospitales llenos de seguridades de nuestros tiempos; elige un tiempo de pobreza, y un lugar al margen del imperio. Elige una familia humilde. Elige la incertidumbre frente a tenerlo todo asegurado. Porque sabe que solo ahí, en la cuneta de los caminos, tendrán acceso a él los desheredados de la historia. Y esa ser, una y otra vez, su manera de estar en la vida y en el mundo. En los márgenes. En el pesebre…

    Piensa, por un instante, en la dificultad, la sombra, la «cruz» de la Navidad… Para no caer en una visión edulcorada del compromiso de Dios con nosotros.

    La cara

    «El ángel les dijo: No temáis. Mirad, os doy una Buena Noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy os ha nacido en la Ciudad de David el Salvador, el Mesías y Señor.» (Lc 2, 10-11)Pero Jesús no nace en soledad. Nace rodeado de gente buena. Gente que comprende lo que es el compromiso, la pasión, la entrega, el amor. Porque al final de eso se trata todo esto, del Amor. Así, con mayúsculas. El amor que es Dios mismo. El amor que viene a anunciar a un mundo que se ha atascado en odios, rivalidades, opresión y rencores. Como en tantas épocas. El anuncio sigue siendo necesario. Como necesario es el amor. Y resulta que al final de eso va la Navidad. No de fiestas, risas de lata, zambombas o comilonas. Va de amor. Amor que es capaz de apostarlo todo por los suyos. Amor incondicional, definitivo, eterno. Amor que no deja de creer en nosotros. Ese es el mayor milagro.

    ¿Qué es para ti la «cara» de la Navidad?

    ¿Qué buena noticia vives?[/align]
    Fraternalmente.-

    #18842
    Anónimo
    Inactivo

    [align=justify]Os dejo los comentarios al Evangelio de la fiesta de Navidad:

    ALEGRIA PARA EL PUEBLO

    Hay cosas que sólo la gente sencilla sabe captar. Verdades que sólo el pueblo es capaz de intuir. Alegrías que solamente los pobres pueden disfrutar.

    Así es el nacimiento del Salvador en Belén. La gran alegría para todo el pueblo. No algo para ricos y gente pudiente. Un acontecimiento que sólo los cultos y sabios puedan entender. Algo reservado a minorías selectas. Es un acontecimiento popular. Una alegría para todo el pueblo.

    Más aún. Son unos pobres pastores, considerados en la sociedad judía como gente poco honrada, marginados por muchos como pecadores, los únicos que están despiertos para escuchar la noticia.

    Hoy también es así, aunque, con frecuencia, las clases más pobres y marginadas hayan quedado muy distantes de nuestra Iglesia.

    Dios es gratuito, y es acogido más fácilmente por el pueblo pobre que por aquéllos que piensan poder adquirirlo todo con dinero.

    Dios es sencillo, y está más cerca del pueblo sencillo y simple que de aquéllos cuyas energías, esfuerzos y trabajos están obsesivamente dirigidos a tener siempre más.

    Dios es bueno, y le entienden mejor los que saben quererse como hermanos que aquéllos que viven egoístamente, tratando de estrujarle a la vida toda clase de felicidad.

    Hoy sigue siendo verdad lo que insinúa el relato de la primera Navidad. Los pobres tienen un corazón más abierto al evangelio que aquellos que viven satisfechos. Su corazón encierra una «sensibilidad hacia el evangelio» que en los ricos ha quedado, con frecuencia, como atrofiada.

    Tienen razón los místicos cuando nos dicen que para acoger a Dios es necesario «vaciarnos», «despojarnos» y «volvernos pobres».

    Mientras vivamos buscando únicamente la satisfacción de todos nuestros deseos, ajenos al sufrimiento ajeno, conoceremos distintos grados de excitación, pero no la alegría que se anuncia a los pastores de Belén.

    Mientras sigamos alentando nuestros deseos de posesión, no se podrá cantar entre nosotros la paz que se entonó en Belén: «La idea de que se puede fomentar la paz mientras se alientan los esfuerzos de posesión y lucro es una ilusión».

    Tendremos cada vez más cosas para disfrutar, pero no llenarán nuestro vacío interior, nuestro aburrimiento y soledad. Alcanzaremos logros cada vez más notables, pero crecerá entre nosotros la rivalidad, el antagonismo y la lucha despiadada.

    EL ROSTRO HUMANO DE DIOS

    El cuarto evangelio comienza con un prólogo muy especial. Es una especie de himno que, desde los primeros siglos, ayudó decisivamente a los cristianos a ahondar en el misterio encerrado en Jesús. Si lo escuchamos con fe sencilla, también hoy nos puede ayudar a creer en Jesús de manera más profunda. Solo nos detenemos en algunas afirmaciones centrales.

    «La Palabra de Dios se ha hecho carne». Dios no es mudo. No ha permanecido callado, encerrado para siempre en su Misterio. Dios se nos ha querido comunicar. Ha querido hablarnos, decirnos su amor, explicarnos su proyecto. Jesús es sencillamente el Proyecto de Dios hecho carne.

    Dios no se nos ha comunicado por medio de conceptos y doctrinas sublimes que solo pueden entender los doctos. Su Palabra se ha encarnado en la vida entrañable de Jesús, para que lo puedan entender hasta los más sencillos, los que saben conmoverse ante la bondad, el amor y la verdad que se encierra en su vida.

    Esta Palabra de Dios «ha acampado entre nosotros». Han desaparecido las distancias. Dios se ha hecho «carne». Habita entre nosotros. Para encontrarnos con él, no tenemos que salir fuera del mundo, sino acercarnos a Jesús. Para conocerlo, no hay que estudiar teología, sino sintonizar con Jesús, comulgar con él.

    «A Dios nadie lo ha visto jamás». Los profetas, los sacerdotes, los maestros de la ley hablaban mucho de Dios, pero ninguno había visto su rostro. Lo mismo sucede hoy entre nosotros: en la Iglesia hablamos mucho de Dios, pero nadie lo hemos visto. Solo Jesús, «el Hijo de Dios, que está en el seno del Padre es quien lo ha dado a conocer».

    No lo hemos de olvidar. Solo Jesús nos ha contado cómo es Dios. Solo él es la fuente para acercarnos a su Misterio. ¡Cuántas ideas raquíticas y poco humanas de Dios hemos de desaprender y olvidar para dejarnos atraer y seducir por ese Dios que se nos revela en Jesús!

    Cómo cambia todo cuando uno capta por fin que Jesús es el rostro humano de Dios. Todo se hace más simple y más claro. Ahora sabemos cómo nos mira Dios cuando sufrimos, cómo nos busca cuando nos perdemos, cómo nos entiende y perdona cuando lo negamos. En él se nos revela «la gracia y la verdad» de Dios.

    EN EL PESEBRE

    Se nos mezclan en la imaginación la ternura y la pobreza, el frío y la calidez, la emoción y el miedo. Todo depende de dónde ponga uno el acento, si en una contemplación realista de la escena (un parto poco menos que a la intemperie), o en una mirada espiritual a la buena noticia escondida tras la miseria (el Dios niño que viene a darle la vuelta a la lógica del mundo). Y es que algo de todo esto hay en el pesebre: el dolor y la dicha, la cruz y la cara.

    La cruz

    «Y dio a luz a su hijo primogénito. Lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no habían encontrado sitio en la posada.» (Lc 2, 7)Que ya desde el Nacimiento se apunta esa cruz de la historia, de la vida, de la encarnación. Dios que se hace muy pequeño, y no elige para nacer los salones de gala, las clínicas modernas o los hospitales llenos de seguridades de nuestros tiempos; elige un tiempo de pobreza, y un lugar al margen del imperio. Elige una familia humilde. Elige la incertidumbre frente a tenerlo todo asegurado. Porque sabe que solo ahí, en la cuneta de los caminos, tendrán acceso a él los desheredados de la historia. Y esa ser, una y otra vez, su manera de estar en la vida y en el mundo. En los márgenes. En el pesebre…

    Piensa, por un instante, en la dificultad, la sombra, la «cruz» de la Navidad… Para no caer en una visión edulcorada del compromiso de Dios con nosotros.

    La cara

    «El ángel les dijo: No temáis. Mirad, os doy una Buena Noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy os ha nacido en la Ciudad de David el Salvador, el Mesías y Señor.» (Lc 2, 10-11)Pero Jesús no nace en soledad. Nace rodeado de gente buena. Gente que comprende lo que es el compromiso, la pasión, la entrega, el amor. Porque al final de eso se trata todo esto, del Amor. Así, con mayúsculas. El amor que es Dios mismo. El amor que viene a anunciar a un mundo que se ha atascado en odios, rivalidades, opresión y rencores. Como en tantas épocas. El anuncio sigue siendo necesario. Como necesario es el amor. Y resulta que al final de eso va la Navidad. No de fiestas, risas de lata, zambombas o comilonas. Va de amor. Amor que es capaz de apostarlo todo por los suyos. Amor incondicional, definitivo, eterno. Amor que no deja de creer en nosotros. Ese es el mayor milagro.

    ¿Qué es para ti la «cara» de la Navidad?

    ¿Qué buena noticia vives?[/align]
    Fraternalmente.-

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