Natividad de la bienaventurada Virgen María.

María, de la estirpe de Abrahán, nacida de la tribu de Judá y de la progenie del rey David, de la cual nació el Hijo de Dios, hecho hombre por obra del Espíritu Santo, para liberar a la humanidad de la antigua servidumbre del pecado, siendo sus padres Joaquín y Ana.

Virgen Maria y sus padres

La Virgen María fue la Madre de Jesús y, con este hecho, se cumplieron las Escrituras y todo lo dicho por los profetas. Dios escogió a esta mujer para ser la Madre de su Hijo. Con ella se aproximó la hora de la salvación. Por esta razón debemos celebrar esta fiesta con alabanzas y acciones de gracias.

El nacimiento de la Virgen María tuvo privilegios únicos. Ella vino al mundo sin pecado original. María, la elegida para ser Madre de Dios, era pura, santa, con todas las gracias más preciosas. Tenía la gracia santificante, desde su concepción.

Después del pecado original de Adán y Eva, Dios había prometido enviar al mundo a otra mujer cuya descendencia aplastaría la cabeza de la serpiente. Al nacer la Virgen María comenzó a cumplirse la promesa.

La vida de la Virgen María nos enseña a alabar a Dios por las gracias que le otorgó y por las bendiciones que por Ella derramó sobre el mundo. Por ello, podemos encomendar nuestras necesidades a Ella.

La Iglesia recuerda el día del nacimiento de la Virgen María cada 8 de septiembre. A diferencia de lo que ocurre con el nacimiento de Juan Bautista, el evangelio no dice nada del nacimiento de Nuestra Señora. No da datos del nacimiento de María, pero hay varias tradiciones. Algunas, considerando a María descendiente de David, señalan su nacimiento en Belén. Otra corriente griega y armenia, señala Nazareth como cuna de María.

Sin embargo, ya en el siglo V existía en Jerusalén el santuario mariano situado junto a los restos de la piscina Probática, o sea, de las ovejas. Debajo de la hermosa iglesia románica, levantada por los cruzados que aún existe, denominada Basílica de Santa Ana, se hallan los restos de una basílica bizantina y unas criptas excavadas en la roca que parecen haber formado parte de una vivienda que se ha considerado como la casa natal de la Virgen.

Esta tradición, fundada en apócrifos muy antiguos como el llamado Protoevangelio de Santiago (siglo II), se vincula con la convicción expresada por muchos autores acerca de que Joaquín, el padre de María, fuera propietario de rebaños de ovejas. Estos animales eran lavados en dicha piscina antes de ser ofrecidos en el templo.

Con el nacimiento de aquella bienaventurada Niña, predestinada por los decretos eternos para ser Madre del Verbo encarnado, debía de ser concebida  y por lo tanto nacida sin pecado. Y por tan singular privilegio, a los nueve meses de su inmaculada concepción nacía en Nazaret, ciudad de Galilea, a treinta leguas de Jerusalén, en ese día fijado por la tradición en el 8 de septiembre desde el siglo VI, día con el que se abre el año litúrgico bizantino, y el cual se cierra con la «Dormición», en agosto.

Hasta entonces no había visto el mundo nacimiento más recomendable, así por la nobleza de la sangre y circunstancias de sus padres, como por la santidad y por el mérito de aquella tierna niña que nacía para consuelo de todo el universo, y para admiración de toda la corte celestial.

Su padre San Joaquín, se cree que era de sangre real. Hijo de Barpanter y descendiente de David por Natan. Esta rama de la familia real era originaria de Judea; pero habiendo decaído de su antiguo esplendor en mucha pobreza de bienes de fortuna por singular disposición de la divina Providencia, que quería fuesen los parientes más cercanos del Salvador de la misma condición que él, se había como desnaturalizado de su propio país, y arraigando su casa en Nazaret, estaba reputada por familia de Galilea.

Su madre Santa Ana era hija de Matan, sacerdote de Belén, de la tribu de Leví, y de la familia de Aarón, de manera que en la persona de su hija María se hallaban dichosamente unidas la sangre real y la familia sacerdotal, de la cual era Aarón entre los judíos. No hubo dos esposos, mejor nacidos el uno para el otro; el mismo humor, las mismas inclinaciones y el mismo parecer en todo, acreditando así que era obra de Dios aquel dichoso matrimonio. Siendo Dios el único objeto de sus deseos, y dirigiéndose todos sus afectuosos suspiros a la venida del prometido Mesías.

Vivían casi siempre en dulce y sosegado retiro, ocupando en oración todo el tiempo que tenían libre. De nuevo y según se atribuye a Santa Brígida, decía que eran sus padres dos astros resplandecientes, que aunque encubiertos con las nubes de una vida oscura y abatida, deslumbraba su claridad a los mismo ángeles, y a todo el cielo enamoraba su piedad y su pureza.

Había años que San Joaquín y Santa Ana vivían con aquella paz, con aquella unión, y entregados a aquellos devotos ejercicios que tanto edificaban a todos, cuando quiso el Señor que saliese aquel misterioso retoño de la vara de Jesé, de que habla el profeta Isaías; que amaneciese aquella aurora tan deseada que había de preceder por breve tiempo al Sol divino, el suspirado Mesías. Es opinión común que ya San Joaquín y Santa Ana iban declinando a la vejez sin haber tenido sucesión, y sin esperanzas de tenerla; de suerte, que aquella esterilidad, considerada entonces como maldición de Dios, y reputada por las más ignominiosa desgracia que podía suceder a una familia, quitándole toda esperanza de tener alguna afinidad con el Mesías prometido, humillaba desde hacía ya mucho tiempo a los dos santos casados; y como por una parte su avanzada edad, y por otra su modo de vivir en perfecta continencia, según afirma Santa Brígida, se creyeron destituidos de toda esperanza de sucesión, y se contentaban con derramar su corazón en la presencia de Dios, pidiéndole solamente aquello que fuese de su mayor gloria. Se cree generalmente que el Señor reveló a los dos santos esposos que tendrían una hija, la cual había de ser bendita entre todas las mujeres, y Dios se había de valer de ella para la salvación del pueblo de Israel; pero sea lo que fuere, lo cierto es que tuvieron a la Santísima Virgen, la cual nació milagrosamente, de una madre estéril  y librando a sus padres de la ignominia de la esterilidad, los hizo las dos personas más dichosas y más respetables del mundo.

Pero ¿por qué razón fue conveniente que naciese de madre estéril esta Virgen Madre? Porque era necesario que una cosa tan extraordinaria y nunca vista debajo del sol, naciese también por un camino extraordinario, y que naciese milagrosamente la que ella misma era el mayor milagro.

Fácilmente se puede comprender el gozo de aquel afortunado padre y de aquella dichosa madre en el momento que nació aquella bienaventurada Hija. Alumbrados también con cierta luz sobrenatural, seguramente conocieron que Dios los había creado únicamente para sí, y que ellos no eran más que depositarios de aquel tesoro. El milagroso nacimiento de aquella Niña fue para ellos presagio cierto de su mérito y de su excelencia.

¡Oh! dichosos padres, que disteis a luz una virgen que será Madre de Dios sin dejar de ser hija vuestra: Dichoso el vientre, ¡Oh! Virgen santa, que llevarías en tus entrañas al mismísimo Hijo de Dios.

Dénse prisa todos los fieles, por venir a saludar a la que hoy celebramos de su nacimiento y que acaba de nacer, porque antes de su nacimiento ya estaba predestinada para ser Madre de Dios, y con ella renace y se renueva el mismo mundo. Venid, pueblos; venid, naciones, de cualquiera condición que fuéreis; venid a celebrar el nacimiento de esta Virgen, con la cual, por decirlo así, nació nuestra salvación.

Con total seguridad, una fiesta tan santa y que tanto pudiera interesar aquellos primeros cristianos, Apóstoles y discípulos del Señor, tendrían alguna razón para que, no celebrasen ya como Iglesia, y desde sus primitivos siglos, dicha festividad. No se sabe la razón que tuvieron aquellos primeros fieles, sin duda más devotos de María y más celosos de su culto que nosotros, pero seguramente serías para no dar motivo y hacer creer a los gentiles y otros pueblos agnósticos, criadas en mayor parte en la idolatría, que los cristianos adoraban como diosa a la Madre de su Dios. Este sería seguramente el motivo que tenían los verdaderos fieles en aquellos nebulosos tiempos para no manifestar su celo por el culto de la Santísima Virgen en fiestas ruidosas y solemnes, contentándose con rendirle sus respetos reverentes con una tierna devoción y con un culto reservado.

Pero ya con el transcurrir de los siglos y después luego que la Iglesia del Señor, gozó ya de años de paz, los «pastores pudieron instruir públicamente a su rebaño», y floreció en todo el mundo cristiano el culto público y solemne de la Santísima Virgen; se celebraron sus fiestas con magnificencia; convinieron griegos y latinos, y el nacimiento de la Santísima Virgen fue una de las principales fiestas entre los cristianos.

La Iglesia es la que ha enseñado a celebrar la Natividad de la Santísima Virgen con toda la devoción y con toda la solemnidad posible. Ha sido santificada y digna de nuestro culto, desde el primer instante que nació.

En Occidente fue introducida hacia el siglo VII La fiesta pasó a Roma y fue apoyada por el Papa Sergio I. Su fecha de celebración no tiene un origen claro, pero motivó como ya se ha comentado, que la fiesta de «La Inmaculada Concepción» se celebrara el 8 de diciembre (9 meses antes), y era celebrada con una procesión-letanía, que terminaba en la Basílica de Santa María la Mayor.

Esta fiesta mariana tiene su origen en la dedicación de una iglesia en Jerusalén, pues la piedad cristiana siempre ha venerado a las personas y acontecimientos que han preparado el nacimiento de Jesús. María ocupa un lugar privilegiado, y su nacimiento es motivo de gozo profundo. En esta basílica, que había de convertirse en la iglesia de Santa Ana (siglo XII), San Juan Damasceno saludó a la Virgen niña: «Dios te salve, Probática, santuario divino de la Madre de Dios … ¡Dios te salve, María, dulcísima hija de Ana!».

aunque el Papa Pío X quitó esta celebración del grupo de las fiestas de precepto, el nacimiento de la Virgen María es celebrado como fiesta litúrgica en el santoral católico y en la mayoría de los santorales anglicanos, se celebra el mismo día 8 de septiembre, igual que por los cristianos sirios.

Maria 

Algo que no debemos olvidar.

– María vino al mundo sin pecado original y con la gracia santificante.

– La Virgen María fue escogida para ser la Madre de Dios.

– La Virgen María fue pura y santa.

– Al nacer la Virgen María se cumplió la promesa de Dios de que mandaría al mundo a una mujer de la que nacería el Salvador para liberarnos del pecado.

Cómo vivir la fiesta en familia.

– Llevar flores a la Virgen en alguna capilla, en señal de que la amamos y dando gracias a Dios por haberla creado y escogido para esa gran misión.

– Pedir a la Santísima Virgen María, para que nos consiga la gracia que más necesitemos en este momento de nuestra vida, como familia.

– Rezarle: María, en este día que festejamos tu nacimiento, te pido que me ayudes a estar siempre cerca de ti y de tu Hijo Jesús.

 

 HIMNO A MARÍA

Hoy nace una clara estrella,
tan divina y celestial,
que, con ser estrella, es tal,
que el mismo sol nace de ella.

 

De Ana y de Joaquín, oriente
de aquella estrella divina,
sale luz clara y digna
de ser pura eternamente;
el alba más clara y bella
no le puede ser igual,
que, con ser estrella, es tal,
que el mismo Sol nace de ella.

 

No le iguala lumbre alguna
de cuantas bordan el cielo,
porque es el humilde suelo
de sus pies la blanca luna:
nace en el suelo tan bella
y con luz tan celestial,
que, con ser estrella, es tal,
que el mismo Sol nace de ella.

 

Canten hoy, pues nacéis vos,
los ángeles, gran Señora,
y ensáyense, desde ahora,
para cuando nazca Dios.

 

Canten hoy pues a ver vienen
nacida su Reina bella,
que el fruto que esperan de ella
es por quien la gracia tienen.

 

Dignan, Señora de vos,
que habéis de ser su Señora,
y ensáyense, desde ahora,
para cuando nazca Dios.

 

Pues de aquí a catorce años,
que en buena hora cumpláis,
verán el bien que nos dais,
remedio de tantos daños.

 

Canten y digan, por vos,
que desde hoy tienen Señora,
y ensáyense desde ahora,
para cuando venga Dios.

 

Y  nosotros que esperamos
que llegue pronto Belén,
preparemos también
el corazón y las manos.

 

Vete sembrando, Señora,
de paz nuestro corazón,
y ensayemos, desde ahora,
para cuando nazca Dios.

 

Gloria al Padre,

 y gloria al Hijo,
gloria al Espíritu Santo,
por los siglos de los siglos.

 Amén.

 

Oración


Concede, Señor, a tus hijos el don de tu gracia, para que, cuantos hemos recibido las primicias de la salvación por la maternidad de la Virgen María, consigamos aumento de paz en la fiesta de su Nacimiento. Por nuestro Señor Jesucristo.
Amén.

 

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